¡BASTA YA! BOLETÍN LITERARIO - AÑO 12 - Nº 146 - ABRIL - MAYO 2017





¡Basta ya! Boletín Literario – Abril – Mayo de 2017
Director: Eduardo Alberto Planas.  Colaboradores permanentes: Lily Chavez,  Alfredo Lemon,  Jorge Luis Carranza, Sergio Pravaz, Jorge Torres Roggero, Leonardo Arce. Registro Propiedad  Intelectual Nº 598958. Hecho el depósito que marca la ley 11.723.Contacto:eduardoplanas2001@hotmail.com
Blog: www.boletinliterariobastaya.blogspot.com.ar Tel: 0351- 4886974 – 156170141. Esta revista se terminó de imprimir en Grafica 21 – Duarte Quiroz  N° 1702, Córdoba. Tel: 351- 4876498. Diseño y diagramación: Laura Pozzo. Tapa y Contratapa: Sil Tuninetti - Fotos
CONTENIDOS:
Un hombre decía – Jorge Carranza / Ouroboros – Alfredo Lemon / El derecho a la memoria – Jeannette Carvalan / De perros y jueces – Claudio Amancio Suarez / Ellos castran la palabra – Leandro Calle / Crónica – Carlos Garro Aguilar / digo presente, digo mi madre – Guido Guidi / 30.000 rosas rojas – Sofía Jalil /  Desde México, Ileana Cervera / Javier Almeida, poner el cuerpo -  Leandro Calle / Letras de Olavarría – Guido Guidi / San José G. Brochero: ¿Un santo populista? – Jorge Torres Roggero /  Pasos que no se pierden – Eduardo  Planas / Moonlight (Luz de Luna): Destellos de redención – Leonardo Arce / Duende de Biblioteca – Juan Martín Velásquez /  La poesía en el cine: “Paterson” /  La paz de mis demonios – José Santiago /  Una cosa trae la otra – Lily Chavez / Con  frío y en Soledad – Miguel Ángel De Grandis / El don de la ternura -  Raymond Carver / Arte en Alto Alberdi: Re-Creo Espacio Infinito de Ricardo Castiglia


UN HOMBRE DECÍA...


“no  duele”
“hay que seguir”
“ya va a pasar”.

Ahora al cabo de los años dice
“si  duele”
“a veces  seguir
cuesta un Perú”
“no se me pasa”.

Y agrega
“tengo miedo”.

Y así va yendo
sin tanto peso
detrás de la estrella
que  ilumina
el camino
hacia su nube.

                                              

Jorge Luis Carranza




OUROBOROS

Zanjas, zócalos, trampas.
Giros, piruetas, zancadillas.

La cuna, la cama, la tumba.
La madre, la amante, la muerte.

La vida y su cruz,
la idea y su hoz,
el fin y su coz.

Desde el principio al precipicio,
el dragón mordiéndose la cola.

Antes del cansancio, la proeza.
Antes del lamento, la danza.

La potencia del niño y el anciano agonizante.
El resplandor del deseo en el último poema.


ALFREDO LEMON

  



El derecho a la memoria 
                                                                          
Todos los años desde que se instauro en Argentina el 24 de marzo como el día de la Memoria, -y yo agregaría de la Verdad y la Justicia-, realizamos grandes y cada vez más multitudinarias marchas del pueblo, organizaciones sociales y de derechos humanos. Es casi una ceremonia y una manera de expresar la decisión del Nunca Más, de romper el silencio, el ocultamiento y la impunidad que a partir de la dictadura militar, empresarial y clerical genocida se abatiera sobre el pueblo argentino y sobre nuestra querida Patria Grande.
La memoria al decir de Pierre Nora “viene a designar el esfuerzo consciente de los grupos humanos por encontrar con su pasado, sea éste real o imaginado, valorándolo y tratándolo con especial respeto”. La política sistemática de desapariciones, represión clandestina y supresión de la identidad de hijos de opositores, llevó a que la democracia impulsara una activa política de «reconstrucción de la memoria» y descubrimiento de «la verdad», sobre todo a partir de la presidencia de Néstor Kirchner, quien en nombre del estado pidió perdón al pueblo argentino.
La Memoria se une ineludiblemente a la verdad de los hechos sucedidos e invisibilizados.
Al derecho de conocer la verdad sobre esas violaciones, en particular la identidad de los autores y las causas, los hechos y las circunstancias relacionados con las violaciones y por consiguiente al juzgamiento de los autores y su condena judicial y a la reparación de las víctimas. Por eso decimos memoria verdad y justicia.
Pero además de eso, las sociedades modernas también reconocen una dimensión colectiva del derecho a la verdad. Louis Joinet  señala que: “El derecho de saber es también un derecho colectivo que tiene su origen en la historia para evitar que en el futuro las violaciones se reproduzcan”.
Así entonces, el derecho a la verdad no se reduce al derecho individual de toda víctima directa o de sus familiares a saber lo que ocurrió, sino que es un derecho que alcanza a toda la sociedad en función del conocimiento de su historia y que, como contrapartida en su dimensión colectiva, comprende ‘el deber de recordar’ o ‘deber de memoria’ que incumbe al Estado, para evitar que en el futuro las violaciones se reproduzcan.

Jeannette Carvalan. Integrante Ex Presos Políticos de la Patria Grande y de la Comisión de la Memoria de la Agepj.





De perros y de jueces

“El mal de la Argentina es la extensión”.
 Juan Bautista Alberdi

Vivo en un país muy grande
son muchas las distancias y la justicia queda lejos.
Los perros ladran y muerden
en nombre de un orden que despuebla la vida
y los jueces de Lynch cobran su sueldo
por cada hermano muerto.

Desde que la muerte empezó
a ser la agricultura de lo vivo
el crimen es algo ambiguo y
ya nadie sabe por qué nos arropa la desgracia
ni por qué paga la vida
sus cuentas con la sangre.

En esta tierra de perros y de jueces
la libertad vive en el cubil del ogro
con el corazón  del mundo en la garganta.

¡Es tan extenso mi país
que la justicia no alcanza para todos!

Claudio Amancio Suarez

(De las plaquetas Letras por la Memoria)













Ellos castran la palabra
Ellos castran la palabra
y que vamos a hacer con una palabra
                                              /mutilada.

Una palabra que no tiene
manera de agarrase a la tierra
palabra sin esperma
vacía como un huevo vacío
cáscara.
No se puede hacer nada
con la palabra castrada
pero se puede crear otra palabra
una palabra fecunda y plena
como la palabra árbol
y  plantarla en el centro d la vida.

Leandro Calle
(De las plaquetas Letras por la Memoria)






Crónica

¿Y qué es lo real?           
                             
Lo real son esos basurales
esos niños marginados
estos baldíos entre cuya maleza
se descomponen los fragmentos
de pasiones deshechas:
sórdida resaca
de una cronología turbia
y asfixiante.

Lo real es esta flor
que estalla como un pequeño sol
al borde del asfalto
esta estrella de polen y roció
vencedora fugaz
del polvo  y la tristeza
el desamor y el abandono
la ignominia y la muerte.

Carlos Garro Aguilar

(De las plaquetas Letras por la Memoria)






digo presente
             
la gota de la canilla
me estuvo marcando el ritmo
toda la noche

y no sé por qué
recuerdo aquellas campanas
cada 15 minutos
a 50 metros
de mis esposas
durante 13 días

la gota de la campana
tañe incesante
para que no me duerma


Guido Guidi












dijo mi madre

a mi vieja, por darme la vida dos veces

dijo mi madre un día
que el nombre que me habita
era de un espíritu libre

me dije que quizás paloma fuera
para pasar entre las rejas
que tantas formas adquieren                                                                                                                       

con las golondrinas se fue mi madre
al lejano territorio del dolor deshabitado
a cocinar con sabiduría de azúcar
el membrillo que al hierro carcome

me quedé solo enseñando a mi paloma
a regresar cada noche
para tener en el relato de su vuelo
noticia del mundo de los hombres

y traía ella en su pico cada día
una gota de mermelada de membrillo
hasta que la dulzura pudo
disolver el presidio

Guido Guidi     






30.000 rosas rojas
Sofía Jalil

Corto tres ramas secas del árbol y las pinto con témpera negra. Busco Voligoma; no tengo. Vuelvo a buscar y encuentro una barra de silicona; la derrito a fuego lento. Las ramitas se convierten en tallos de flores rojas, de papel maché. Son tres rosas, son 30.000 desaparecidos. Coloco las tres rosas en el canasto de mi bicicleta y me dispongo a pedalear hasta Colón y Cañada: el 24 de marzo, desde que tengo noción de la gravedad brutal de los hechos, elijo marchar. 
Las calles de mi barrio sureño están desiertas. Es viernes, y el atardecer tiene pinceladas dominicales. Paso hojas secas, ventanas con tenues luces, aromas de café, mates lavados, televisores prendidos, jóvenes caminando de la mano y perros que pasean a sus dueños. 
Cruzo el parque Sarmiento y pienso en la similitud del nuevo concepto de posverdad con las noticias comunicadas por los medios de comunicación durante la última dictadura; más bien, durante muchos periodos zigzagueantes de irrupción democrática. Posverdad es un neologismo que trata de categorizar lo que ya sabemos: las noticias falsas existen. ¿Acaso esto no sucedió hace, mínimo, 41 años atrás en nuestro país? ¿Acaso no sucedió cuando los pibes se morían en Malvinas y los ciudadanos creían que sus chocolates llegarían para salvarlos? 
La capacidad para identificar noticias falsas por parte de los ciudadanos ha mutado. La gravedad de los hechos cae por su propio peso, y más aún cuando la justicia nacional sentencia en base a testimonios y pruebas irrefutables de que la violencia por parte del Estado existió. El Estado violó, mutiló, torturó, mató y desapareció.
NOS (otros)
Llego a Plaza España y bajo por la avenida Irigoyen. Un imponente escenario está montado frente a la otrora cárcel de mujeres, hoy especie de centro comercial al aire libre, el Buen Pastor. Pronto será de noche y miles de personas escucharán las voces que tienen memoria y exigen justicia. 
Mientras tanto, la Negra Sosa canta una hermosa poesía de Silvio Rodríguez, y entre el leve barullo de la ciudad, su voz se levanta interpelándonos: “Si no creyera en lo que duele / si no creyera en lo que queda / si no creyera en lo que lucha / ¿qué cosa fuera, qué cosa fuera la maza sin cantera?”. Respiro, suspiro, admiro, contemplo, me alegro y sigo. 
Decido bajar por Obispo Oro; es contramano, bajo de la bici y camino hasta que se convierte en Laprida. Una familia con aires puntanos, miran hacia el escenario. “Otra marcha”, dice ella. “Y no trabajan, no quieren trabajar”, responde él. “Sí”, afirma ella. Paso por su derecha y no puedo más que decirle: “Hoy recordamos a 30.000 personas desaparecidas”. Los chupines de él cortan prácticamente su caminar; la blanca ropa de ella recuerda que, por más que lo intente, lo más puro es la inocencia de los y las niñas. 
“Quieren vivir de planes, ¿no entendés?”, replica el hombre en ajustados pantalones. “Podrían haber sido tus padres, abuelos, tíos, tus seres queridos, desaparecidos”, respondo. “Ah… Claro. Pero no fueron”, sentencia ella.  Percibo una mueca de desprecio mientras paso con la cola de mi bicicleta, su canasto, y sus 30.000 rosas rojas. Perpleja y con el corazón en la boca, sigo mi camino y miro mi celular. Tengo una llamada perdida de una compañera de la vida cuyos familiares fueron torturados y asesinados durante la última dictadura militar. La dispar realidad.  
Jardín de gente
Me detengo frente a la Compañía de Jesús y veo a quienes viven el día como un feriado cualquiera, con ansias lucrativas y comerciales, y mientras escribo estas líneas sentada en el mármol sobresaliente de una vidriera, tres paquetas mujeres se acercan y miran la vidriera que hace de respaldo a mi espalda. “¡Qué lindo!”, dice una. “¡Hermoso!”, agrega otra. Bajan la mirada y me ven. Se van. 
A una cuadra miles de personas marchan, piden memoria y exigen justicia. Recientemente nuestro flamante presidente amagó con desprestigiar la memoria, y relativizó la cantidad de desaparecidos. “No matarás”: la clandestinidad e impunidad con la que se manejaron los genocidas genera que me pregunte ¿es necesario semejante cuestionamiento? 
Tomo la bici, guardo la lapicera y vuelvo a rodar. Llego a Colón y Cañada. Una marea de personas y sus banderas se mueven al compás de una partitura llena de eternas redondas. La marcha es lenta, pacífica y musical. Suenan bombos y platillos, también algunos silbatos. Los jóvenes del candombe están parados frente a un pequeño fuego, necesitan estirar los cueros de sus tambores antes de tocar, y bailar, sus mágicas canciones. 
La piel de gallina. La sensación de ser parte de un todo, cuyas partes son mucho más que el todo. Cada historia, cada pérdida, cada célula que construye memoria está presente. Marcho con mi bicicleta. Encuentro a mi amiga quien me cuenta que durante la tarde pintó una bandera junto a su hermano, con el rostro de su abuelo. El rostro de aquel a quien no pudo conocer, aquel a quien ve en el espejo todas las mañanas: los genes no engañan. 
El mar de gente, con su torrencial fuerza, se mantiene calmo y paciente. Marchamos. Hay pueblos que no tienen semejante muestra de madurez democrática. El pueblo polaco, húngaro, ruso, gitano, judío, bosnio, ruandés, entre muchos otros diezmados, no marchan recordando sus centenares de miles muertos. Hay países cuyos poderes judiciales hacen la vista gorda. Hay ciudadanos que prefieren ignorar, a recordar. Y pienso en “sentir la alegría de esta lucha”, como describió la joven periodista Agostina Parisí al consultarle sobre su labor al cubrir los juicios a los genocidas ¿Cuánto necesita un pueblo para elaborar sus errores y hacer justicia? ¿Somos todos capaces de hacerlo? 
La marcha desemboca en un festival. Y la alegría vuelve fuerte: la memoria y la justica, el coraje y la valentía, de poder gritar a viva voz “¡30.000 desaparecidos, presentes! ¡Ahora y siempre!



Sofia Jalil




Desde México, Ileana Cervera

Técnicamente hablando

Quizá por ahí
algún día aprendamos a
escribir en nuestra propia lengua.

Las formas del agua desdibujan la alegría,
las nubes enredadas, las aves que migran,
los dientes tercos amarrados a la angustia,
el color de la tarde. 

Aún hay treinta mil flores frescas
que ver mientras resbala el sol.

Por eso digo, ojalá aprendamos a escuchar
al otro en su propia lengua.





Linterna mágica

Un cuarto, cuarto por cuarto húmedo, translúcido,
cubierto por un sol, linterna mágica que alumbra los pliegues
de una vejez recién aparecida…

¿Seré todo aquello que no he conseguido ser?
¿Habré vivido en la extrema sordidez de una vida diaria?

¿En la fealdad y la vulgaridad impuesta por la
irracionalidad de un mundo que usa el disfraz de la razón?

Enfática

Es imposible no entristecerse los domingos.
La frase rotunda, inadmisible, enfática.

Sospecho de las afirmaciones, la asumo
y parto de una premisa indemostrada;
su prueba supone violar la lógica.

Conjeturo la existencia del corazón,


porque la tristeza de un día cualquiera tiene que sentirse en alguna parte.

San Nicolás

Cuando sientas el dedo de una sombra crecer
y aparezca San Nicolás sin salvavidas,
un fantasma pasará los muros en un mal sueño.

De penumbra a penumbra cuando calla el mundo
nadie siente, ¿para qué hablo?

Para ser recordada como un castillo en conmoción.


Las palabras

La imaginación es una
memoria que desplaza imágenes,

un cuarto de hora que somos,
un cuarto donde fuimos.

¿Y si las palabras
construyeran una nave?                                                  

Lengua inútil

Amarrada a un horizonte
con los muslos empapados de tristeza,

montes de salina, lengua inútil,
cicatriz abierta.

Es un descalabro la aurora,
una burbuja que por envidia se rasga,

encanto en las espinas, maleta llena de sol,
antorcha que casi se apaga.

Especial para “Basta Ya”
desde la ciudad de México

Ileana Cervera

Poeta mexicana, Lic. en Letras, reseñista
y fotógrafa. Los poemas pertenecen a
“Textos en las lluvias de marzo”, libro de
próxima edición.






Javier Almeida, poner el cuerpo

Por Leandro Calle

No es la primera vez que Javier Almeida, poeta cordobés nacido en 1967, escribe un libro cuya temática tiene que ver con las drogas. En 1995, Almeida publicó “Las plantas del santiamén” un libro en formato un poco más grande que los usuales libros de poesía y que contaba con ilustraciones y “collages” del propio autor. “Tuve algunos problemas cuando saqué ese libro”, me dice Javier y yo recuerdo que fue Osvaldo Pol quien me entregó dos ejemplares, uno para mí y otro para llevárselo a Olga Orozco. El libro contaba con el auspicio de la Municipalidad de Córdoba. Voy a la biblioteca y en virtud de su gran formato lo encuentro rápidamente. Lo abro al azar. El último verso del poema que tengo frente a mis ojos dice: “Si estamos perdidos el camino es real”. 
La experimentación que Javier hace en “Las plantas del santiamén” está vinculada a la marihuana. Digamos de esta edición que es una edición más bien liviana. Casi veinte años después, Javier Almeida vuelve sobre el tema de manera directa pero incursionando en las drogas duras. Estrictamente hablando en la experimentación entre el consumo y la escritura. El resultado literario a partir de probar con diferentes tipos de droga. Entre este nuevo libro que se llama “Pharmacon Poiesis” (2016) y “Las plantas del santiamén” (1995) no sólo existen poco más de veinte años de vida sino también una decena de libros publicados por Almeida. 
En un alto primer piso de un edificio público recibo al poeta que llega agitado por la escalera que no parecía tener fin. Tomamos unos mates y hablamos de “Las plantas del santiamén” y de otras yerbas (nunca mejor dicho). Javier me cuenta que “Pharmacon Poiesis” se escribió entre 1992 y 1997. Que con el revuelo que se había armado con “Las plantas…” prefirió no publicarlo y que ahora le había parecido el momento oportuno. De hecho hay una continuidad entre uno y otro libro y hay incluso un poema que migró del primer libro a este último: “inmanencia arcana”. Obviamente ese poema refiere al “Cannabis Sativa” como lo indica la referencia que cada uno de los 21 poemas tiene en el índice. Es decir, al lado de cada título, el lector puede encontrar la droga específica que produjo ese poema. Podemos leer entre otros fármacos y otros elementos: Hachís, Halopidol, Fana, Aseptobrom, Morfina, Opio Rojo Cieno, Crack, etc. 
Voy al grano y le pregunto, después de pasarle un mate amargo, sobre qué le dejó esa experimentación entre droga y escritura: “Advertir la multidimencionalidad de las otras realidades, el corrimiento perceptual incluso de creación de palabras como injertos que Schiavetta con tino me sugirió… por el lado malo me acrecentó una dislexia, achaques del cuerpo y  un brote psicótico, ahora en tratamiento. Me recibí de profesor de yoga, todo eso y más me dejo. Dice Orozco, que las pérdidas son tesoros en otros lados.”
Un libro así pareciera que podría causar escándalo, sin embargo no ha sucedido eso, si bien Córdoba ciudad contiene una matriz bastante conservadora y beatífica. Almeida, deja el mate, me mira a los ojos y lanza una frase fulminante: Córdoba festeja en privado lo que censura en público. 
El nuevo libro de Javier, cuenta además con dos fotos de Toty Cáceres. Tapa y contratapa. En la tapa el retrato de Javier, Almeida, tiene las manos juntas, enlazadas y una mirada inquietante como si en esas manos se concentrara la ambición del mundo. La contratapa es un Almeida empequeñecido en su rostro que está como hacia abajo, como en un pozo y sus manos son grandes, enormes y si bien están juntas, están abiertas, como en súplica como pidiendo. Los ojos parecen una réplica del fondo negro que tiene la imagen, como si asistiéramos a un juego de cajas chinas. Del interrogante a la súplica podría decirse. Lo cierto es que las imágenes que ofrece la editorial “Buena Vista” hacen del libro una sola pieza donde la experimentación, las imágenes y las palabras dialogan en perfecta armonía. Aunque hablamos de un armonía oscura u oculta donde hay que entrar en el camino de los iniciados. Almeida ha realizado ese camino, ha puesto el cuerpo y el resultado en este libro.
Le pregunto cómo fue el encuentro con Cáceres: “Yo buscaba hacer fotos de santón hindú para unos textos sutras que escribí en mi formación de yoga. Toti estaba buscando modelos para hacer representaciones de personajes bíblicos. Yo, soy Juan Bautista. Tenía problemas para definir la tapa de Pharmacon y cuando vi las fotos, vi cómo se correspondía con los textos, incluso la contratapa que no fue pensada así y cae justo como termina el libro, para mí fue sincronicidad. Me cuenta Toti que le costó sacar el sudor de mi frente en la manipulación de la imagen y yo digo en “Miasma”: sudado a propio llamamiento ¿has visto la araña recoger su tela en el pezón del sueño? Toti no conocía el texto, siento que de alguna manera, me lavo, me limpio. Un placer trabajar con él”.
No es un libro fácil, pienso. De hecho es lo que pensé cuando leí los poemas que Javier me había pasado en fotocopias. Luego, con la cuidada edición de “Buena Vista” tuve la misma sensación. No es un libro fácil. Hay que poner el cuerpo. Pero claro, ahora tengo al autor delante de mí. Dudo, entre mate y mate hasta que disparo: contame alguna historia con esos poemas.
“The chemikal film, compuesto por varios poemas que se juntaron solos. Yo trabajaba en el depósito de una empresa de ingeniería vial en Malargüe, Mendoza. En medio del desierto aspiraba fana, me imaginaba en paraísos tropicales, sentía como un reality show por encima de mi cabeza que me trasladaba a otras dimensiones. Por eso digo en el final del poema "el aire me saca fotos como si yo escupiera cuadros y esta absorto de verme como un primitivo video”.  Poner el cuerpo, antes de poner la palabra. 
Leandro Calle

      


                                                   


                                
                   

Letras de Olavarría


          
           Estuve en Olavarría.                                                                                             
            No pretendo hacer una crónica porque en general me resultan aburridas, pero la hipocresía monta ahora su podrida fiesta de lugares comunes subida a una moralina que ni su madre cree, ni su presidente que dice que eso pasa "cuando no se respetan las normas" - como si ser contrabandista, evasor y fugador de divisas estuviera dentro de la norma – y la indignación me obliga a contar mi vivencia.
            Niego la palabra "avalancha" porque no la hubo, niego que el predio estuviera saturado porque de las 3/4 partes hacia atrás se podía estar perfectamente, con familias que tenían cochecitos, etc... Repito: el predio tenía todavía lugar al comenzar el show y durante todo su transcurso.
Porque decir que al permitir que entraran los "sin entrada" dieron lugar al bardo es una estigmatización. Sería como decir que los que no tienen plata (pobres digamos) son los violentos. Hay que analizar cómo se impide el acceso a una persona que hizo 500, 600 o 1200 km para llegar a ver a su ídolo.
            Niego que la entrada fuera caótica, porque más allá del río de gente que llegaba, había un control 100 mts., antes pidiendo no entrar con envases de vidrio y en la puerta (al menos en la Nro.1 que me tocó a mí) se entraba de a uno, se palpaba a cada uno.
 
           Había un clima de fiesta popular como pocas veces he visto, una marea (literal) de empuje y alegría, de familias y por supuesto mucho alcohol, y bastante porrito. Lo impresionante, conmocionante - al menos para mí que era la primera vez que iba - era la buena onda, la solidaridad instantánea, la complicidad en una alegría que atravesaba todas las fronteras entre clases sociales, provincias, colores, etc.
            Cuando arrancó el show estaba a unos 200 mts. del escenario y el pogo me pidió respeto y prudencia. Respeto porque era el único allí que no se sabía las letras de los temas, prudencia porque en los primeros 4 compases mi cuerpo me recordó que fuimos de los primeros en ponerle el cuerpo al rock-and-roll desde que ese animal difícil de domar apareció en nuestra tierra. Me alejé 50 metros hacia atrás y listo. Allí más tranquilo encontré a dos personas de "la tribu" que habían estado adelante. Uno de ellos estaba enojado porque según él había gente que "iba para la foto", que "no se sabían ni las letras" y la estaban pudriendo, que eso no era de ricoteros.
            Es muy impresionante el poder de la palabra, esa es la diferencia entre un rock y otro, entre un cuarteto y otro. El Indio dice cosas que joden, que molestan, y lo que más jode, es que más de 200 mil personas "se sepan la letra", que asuman en su piel y en su cuerpo ese compromiso, esa entrega.
            Fuera de las intervenciones del Indio para tratar de calmar a un grupo de sacados, lo único que dijo (advirtiendo previamente que sólo iba a decir eso) fue recordar la búsqueda de los nietos por parte de las Abuelas, invitando a quien tuviera dudas a acercarse a ellas, y pedirles a los asistentes que estuvieran atentos al comportamiento de "sus" diputados respecto de la baja de edad de imputabilidad... Y si, dice cosas jodidas y hay que hacerlo callar...
            Más allá de eso, no vi ni una sola agresión ni siquiera insultos entre la gente, a pesar del "estado" general....
            La ida al show estaba aproximadamente señalizada, pero para volver, fuera del predio no había indicaciones para que esa multitud encontrara sus autos, sus colectivos... (Aunque sea cartelitos que dijeran "la ruta queda para allá").
            Con solo una lata de cerveza bebida (sic) - debía manejar - con José perdimos el camino hacia la playa donde habíamos dejado el auto, y a la 1 de la mañana ya había miles de personas deambulando buscando sus colectivos cuya ubicación desconocían hasta los empleados municipales...
En fin. Creo que nadie podía imaginar que la convocatoria pasara de 150 mil del show anterior, a casi 340 mil. Faltó infraestructura en todos lados, menos adentro del predio...
            Los hipócritas ceban ahora sus ensangrentadas lenguas en la desgracia de los fallecidos y heridos (hasta hablan de "desaparecidos" haciendo una elipsis perversa), porque ese animal jodido, difícil de domar, que se llama rock, hizo pareja con otro, aún más peligroso, que se llama pueblo, y este no es cualquiera: es un pueblo que se sabe la letra.
                                                                                                                                                                         
Guido Guidi



San José G. Brochero: ¿un santo populista?
por Jorge Torres Roggero











1.- Un Santo Populista

Como ya dediqué un libro a las largas disputas sobre el impredecible populismo, me limitaré a justificar el título de estas líneas con algunas expresiones del Papa Francisco. En otras palabras, para dar cuenta de la vida de un sacerdote, nada mejor que una gramática (una lógica) católica.
Preguntado el Papa sobre los peligros del populismo (El País, 21/01/2017), comienza con una aclaración: “…es una palabra equívoca porque en América Latina tiene otro significado. Allí significa el protagonismo de los pueblos, por ejemplo, se organizan entre ellos…”
En otro segmento de la larga entrevista denuncia que “Latinoamérica está sufriendo los efectos de un sistema económico en cuyo centro está el dios dinero y, entonces, se cae en una política de exclusión muy grande (…) Latinoamérica está sufriendo un fuerte embate de un liberalismo económico muy fuerte”.
Adviértase ese redundante pero enfático “fuerte”; y añadamos la denuncia sobre los entregadores de la patria. Los llama directamente “cipayos”.
Postula Francisco: “El “cipayo” es aquel que vende la patria a la potencia extranjera que le puede dar más beneficio. Y en nuestra historia argentina, por ejemplo, siempre hay algún político “cipayo”.
Con esto basta, por ahora, para caracterizar a un santo populista: se entregó en cuerpo y alma al servicio de los pobres y excluidos; trabajó como uno más respetando las formas organizativas del pueblo y practicó “la minga” como un modo de trabajo comunitario. Por último, se enfrentó al cipayismo desenfrenado de sus “amigos” Juárez Celman y Ramón J. Cárcano, grandes privatizadores, y entregados al monopolio de los ferrocarriles británicos. Luchaba sin descanso por un ferrocarril nacional que rompiera la red de hierro con que los ferrocarriles extranjeros habían blindado el acceso a los puertos.

2.- Brochero y los pobres

El Cura bregó sin cesar para que el agua del río, bien destinado por la Providencia al bienestar común, alcanzara para todos. Los terratenientes realizaban tomas arriba, disminuían la provisión de agua y atentaban contra la seguridad pues los más pobres quedaban expuestos al “empuje de las crecientes”. No había escasez de agua: faltaba equidad, y el cumplimiento de la ley. Por eso Brochero organizó a los pueblos, gestionó y enfrentó a los poderosos con las razones del Evangelio.
Otro trabajo que emprendió el cura de San Alberto es la reconstrucción de capillas. Muchas databan del S.XVIII y eran ranchos inmundos. Preocupado siempre por “el común”, consideraba que los templos eran un lugar de reunión en los solitarios parajes en que los pobladores vivían aislados. En torno a ellos florecieron poblaciones, revivió el culto y la fiesta volvió a ser un bien de todos.
Para construir una capilla organizaba una asamblea sin exclusiones, sin acepción de personas y armaba una comisión. No confiaba demasiado en los “sabios e influyentes” del pago. Por eso para la capilla de Ambul eligió “tres perdidos, ignorantes y sin influjo”. Demostraba así que el templo no era obra suya, ni de los tres que formaban la comisión, sino “obra de Dios”, que “se valió de los hombres más rudos e ignorantes y aun ladrones como era San Mateo, para que se viera que en esa vuelta de costumbres del género humano había andado el dedo de Dios”. (Acevedo, 72).
Otra aspiración de los pueblos del Oeste era contar con una ruta directa a la ciudad de Córdoba. En 1883, Brochero puso todo su entusiasmo en la construcción del camino soñado. Para lograr el objetivo, invitó al gobernador Juárez Celman, su condiscípulo. Lo aguardó con los caballos ensillados. Juntos, emprendieron el viaje por el fragoso camino de herradura entre precipicios y quebradas. Juárez sufrió en carne propia lo que era cruzar la Sierra Grande.
Al regreso, el gobernador ordenó arreglar la ruta serrana de la Loma Pelada. Siguiendo la antigua ruta criolla, se procuró que el camino tuviera tres metros de ancho. Según la tradición, Brochero y su amigo Guillermo Molina demostraron el éxito de la apertura haciendo pasar por el camino un carrito ante el asombro general (Barrionuevo Imposti, 599).
También intervino en la construcción del camino que cruzó la Sierra Grande pasando por San Roque, Tanti y La Cieneguita. Fue el inicio de una red de “caminos de ruedas” que unían las poblaciones del Valle. El Beato José Gabriel quería que los caminos fueran para todos. Por eso, cuando daba instrucciones para hacer llevadero el cruce de las Sierras Grandes por las mujeres de la ciudad, dejaba bien en claro: “hasta las sirvientas tienen que ir en coche hasta Tanti”, antes de iniciar la travesía a lomo de mula.
Cuando inició la construcción de la Casa de Ejercicios, su trabajo era siempre un codo con codo. Se fatigaba a la par de los humildes jornaleros de los hornos de ladrillo y arrastraba troncos a la cincha de su mula. Cierta vez, la mula se espantó, el Cura rodó por el pedregal y se quebró una pierna. Pero prosiguió trabajando con la pierna entablillada. Arremangaba su vieja, desteñida sotana, y abría la marcha con una pila de ladrillos al hombro. Lo seguía todo el pueblo. Jóvenes y niños, mujeres y hombres avanzaban con religiosa unción. Cargaban sus ofrendas: bienes, cuerpos, trabajo, devoción. Era un acto litúrgico, era una procesión. Y, era la vieja “minga” criolla. Por eso, según el cura, “Dios bendijo la obra”.
Brochero fue, además, un incansable impulsor de la educación. Construyó el Colegio del Tránsito con enseñanza gratis para las niñas. Promovía la enseñanza gratuita para varones y niñas en un lugar en que sólo el veinte por ciento podía pagarla. Y para los niños más pobres, los útiles sin cargo.
Aunque era licenciado en filosofía, no entraba en discusiones políticas, tampoco acusaba, con voz engolada, de masones a los que no aceptaban las prácticas sociales que imponían el derecho canónico y las disposiciones dogmáticas. Como Jesús, comía con los pecadores y fatigaba los caminos agrestes anunciando a los afligidos y explotados que había llegado el tiempo de vivir. Cabalgaba leguas y leguas por sierras y llanos sólo para llevar consuelo y confesión a algún leproso yacente en humilde tapera. Con callos sangrantes y dolorosos en las nalgas, no aflojaba, caminaba firme en su fe, revestido de una invencible esperanza.
3.- Brochero y los presos

A comienzos del S. XX, si bien se había inaugurado la nueva cárcel en Córdoba, persistía la creencia de que a los presos había que tratarlos con rigor. Constantemente eran sometidos a castigos y humillaciones. Fue entonces cuando el canónigo Brochero comenzó a frecuentar la cárcel para visitar y llevar consuelo a los presos.
El 22 de diciembre de 1900 el santo se dirige a sus “queridos hijos espirituales los presos de la Penitenciaría”. Les desea que el año nuevo “los encuentre con salud, con paciencia y con esperanza de conseguir alguna gracia”. Pero el pedido de “gracias”, se empantanó por obra de los leguleyos. Como decía Brochero, “el carro se encajó hasta las mazas”. Les avisa que “muchas personas de valer de Córdoba” resisten la solicitud. Ustedes recen, les recomienda, “para que se les rebajen dos años en sus condenas y se les pongan término a los que no la tengan”. Calcula que a lo mejor pueda salir de la cárcel una docena de penados: “¡Una docena de presos que pueden ser agraciados en el 1° de enero es lo que asusta y escandaliza a ciertas personas de la sociedad de Córdoba, y no se escandalizan que más de diez docenas de presos no se les ha concluido el sumario entre tres meses que manda la ley!”
A comienzos de 1901 inicia una campaña periodística. En “Los Principios”, escribe una dura y erudita crítica al fiscal Dr. César que no sólo se opone a conceder la gracia, sino que argumenta extensamente para negarle jurisdicción al Gobernador.
Ante tal dictamen, Brochero decide exponer sus argumentos. Para que no digan que “habla porque sí” recurre a las “pruebas con el librito en la mano al cual tantas veces invocan y al que tantas veces le quieren hacer decir, como en otras ocasiones que no diga”. Obsérvese: el cura, como los viejos caudillos federales, se refiere a la constitución provincial llamándola “librito”. Brochero le exige al fiscal que se ponga en contacto con la realidad y lo acusa de no “haber dado nunca un paseíto por las comisarías”. Además, considera una falacia el dictamen sobre las atribuciones del gobernador. Postula que quien puede conmutar la pena de muerte, con más razón puede suavizar las condenas haciéndolas cumplir en comisarías donde los presos “no se vean obligados a soportar las mortificaciones y tiranías que sufren en la Penitenciaría”. ¿Acaso los jueces al condenarlos tenían la intención de “hacerlos pasar suplicios infernales?” Recuerda que la Constitución Provincial “exige que las cárceles de la provincia sean seguras, sanas y limpias y que no podrá tomarse medida alguna que a pretexto de precaución conduzca a mortificar a los presos”. Refuta uno a uno los argumentos del fiscal al que presenta como prejuicioso, pero, además como desinformado y cobarde.
Sobre todo, aboga para que los jueces “asistan con más regularidad a sus despachos”, en otros términos, que trabajen. Es necesario que los sumarios no duerman eternamente. No puede ser que, como en muchos casos, el sobreseimiento llega cuando el encausado ha sufrido más de un año de prisión “y lo largan con el consuelo de que su causa no ha afectado su buen nombre.”
Se presenta a sí mismo como alguien que expone “con sencillez” sus opiniones. No tiene el propósito de ofender a nadie. Sólo desea  el imperio de la verdad. Lo único que lo impulsa es “la conmiseración que despiertan esos seres desgraciados que viven hacinados en la Cárcel de Detenidos y en la Penitenciaría”.
Como en la cárcel se había producido un conato de evasión y una sublevación, Brochero fue acusado de promover el tumulto con sus pláticas y Ejercicios en la cárcel. “Ese es el resultado de sus pláticas”, le dicen. El cura responde: “La intentona de evasión, si la ha habido, no puede resultar de unas pláticas y unas leyendas (lecturas) qué sólo tienen por objeto instruir a los ignorantes, o recordar a los instruidos, los deberes que tienen para con Dios, para consigo mismos y para con sus prójimos.
Según Brochero, en sus pláticas les enseñaba tácticas para que en sus declaraciones a los jueces sigan estrategias que les hagan más tenues las penas. Recuerda a los penados que “nadie estaba obligado a acusarse a sí mismo”. Para convencerlos de que no intenten la evasión les explica que la nación estaba “enjambrada de hilos telegráficos” y les iba a ser muy difícil escapar.
Brochero encaraba, también, acciones concretas de ayuda a los presos. Juntaba y entregaba ropa “a los penados más pobres de la penitenciaría”.
En resumen, el canónigo Brochero, lejos de los privilegios de su cargo, se ocupa de predicar a los presos, son queridos por él, son defendidos de las injusticias, son educados para el uso de sus derechos y por lo tanto de su libertad y son socorridos en sus necesidades.
4.- Brochero entre las niñas y las chinitas

Hacia octubre de 1880, una carta de Brochero revela ciertos desencuentros con David Luque y la Madre Catalina, fundadora de las Esclavas que atienden el Colegio de Niñas construido por el cura y el pueblo en una maravillosa minga. Brochero les reprocha la aplicación de pedagogías reñidas con la justicia y con el respeto hacia las alumnas, tanto en los castigos como en los premios. A pesar  de lo convenido, han aumentado las cuotas; ya no se ocupan de la ropa del cura; han prohibido el uso del refectorio a los trabajadores que completan las obras. David Luque prohíbe a Brochero confesar a las religiosas. La carta concluye con un anuncio: le comunica a la Provinciala que ha renunciado a la parroquia. Ahora  la Madre Catalina y   Don David podrán vivir tranquilos.
La Madre Catalina, por su parte, le escribe a la Rectora para contarle que las cartas del Señor Cura “son terribles”. Pero la consuela saber que con las mismas cartas ha venido la renuncia al curato: “voy hacer pedir y pediré yo misma de un modo especial, para que se la admitan y Ustedes se vean libres de esta cruz”. La fundadora les ordena que recen la novena de Nuestro Amo pidiendo para que el cura se vaya. Turbio modo de rezar: “…pidiéndole esto, pero sin que nadie sepa, pidiendo por una necesidad”.
En realidad, la discusión de fondo era entre dos visiones del mundo: una educación abierta a todos o sólo para algunos elegidos. Las hermanas consideraban que el internado era para las chicas de la clase alta. En 1888 la Hna. María de los Dolores escribía a la Madre Catalina: “ha traído varias chinitillas declaradas, que el abuelo de una de ellas  ha venido a visitarla de chiripá de jergo y usutas; pero como Ud. sabe, mi Madre, que al Sr. Cura no se le puede contradecir, por eso se las ha admitido[….] pero sí le he dicho- de buen modo- que vea de no traerme chinitas, porque las familias decentes se han de acobardar de entrar a sus hijas al Colegio sabiendo que están juntas con las chinitas.(Brochero,1999)
Rectora y Fundadora representan una religión recostada en las clases altas, aplican la división en castas impuestas en la ciudad de Córdoba por el grupo dominante y reproducen el papel de la jerarquía eclesiástica como domesticadora de las aspiraciones populares. El abuelo de chiripá era una reliquia de las campañas federales en que el cura se había criado. Era una reliquia y una continuidad secreta e invisibilizada de la democracia federal de los caudillos. Fue discriminado por su forma de vestir y, como resultado, su nieta se convirtió en una mala junta para las niñas. Los males sobrevienen por “juntar niñas con chinitas”. Queda así aclarado en algo por qué había que rezar para que el Señor Cura se fuera de una vez y dejara de ser una cruz para las Esclavas.

5.- Brochero y las jubilaciones

El 9 de agosto de 1901 se inicia una serie de cartas a Zoraida Viera y de algunos escritos periodísticos que relatan el esfuerzo del cura Brochero para lograr lo que hoy se llama jubilación (entonces solo una pensión), para sus amigas de Traslasierra. Le cuenta que ha conseguido una sanción favorable en la Cámara de Diputados pero que había resistencia en el senado. Aunque no existía sistema jubilatorio, Diputados, teniendo en cuenta los veinticinco años de docencia de Zoraida Viera y Pastora Olmos, había otorgado una pensión de 50 pesos. Desde el diario católico “Los Principios” se publican diatribas contra la medida. Basta considerar los títulos de los artículos del 7 y 10 de agosto y sus contundentes paratextos reveladores del contenido: “El sistema de pensiones. Una sanción inconsulta” y “Economías y derroches. Aberraciones”. Brochero se suscribe al periódico “La conciencia pública”. Quiere que se publique un suelto que desmienta las acusaciones de que Zoraida no necesita la pensión porque es rica: “en que (se) diga que come algo bien (Usted y Don Erasmo) porque trabaja su marido día y noche.”
La “grita” de la prensa es grande. Se vio obligado a gastar cien pesos para publicar una solicitada de Don Justo P. Chávez en que aboga por la pensión. Asimismo, para acallar el bochinche de los periódicos: “Yo autoricé –bajo mi honradez como hombre y como clérigo- para que desmientan que Usted es rica, como andaban mintiendo en las dos cámaras.”
Relata sus “topadas” con los senadores que aducen que han entrado en un período de economías para negar la pensión. Es curioso el argumento de los católicos que niegan la jubilación: no debe aceptarse la jubilación porque el marido tiene medios para mantenerla.
“La conciencia pública” (13-08-1901), después de algunas idas y vueltas, publica, por fin, una nota de Brochero titulada “Solicitada. El asunto jubilación”. Sostiene en ella:
“1°.-Hay dos empleadas que sirven a la Provincia hace más de un cuarto de siglo. 2° Que la sirven bien. Que no han abandonado sus puestos ni en los años en que la Provincia no tuvo con qué pagarle sus haberes. Que nunca han dado lugar para una sola queja. Que todos los informes oficiales y particulares les son favorables en el largo período de veintiséis años. Que han gastado los mejores días de su vida consagradas al servicio del Fisco, con un sueldo escaso, pagado tarde algunas veces y pagado mal otras. Que no pueden continuar la tarea por enfermedad adquirida en el cargo que desempeñan. Que quieren retirarse con goce de sueldo como justa recompensa a sus desvelos y fatigas, y que presentan solicitudes en este sentido”.
En resumen, las autoridades inmediatas superiores informan favorablemente. Las solicitudes pasan de oficina en oficina. Todos los informes resultan favorables. Nadie desconoce la justicia de la petición: “El poder público se apresura a premiar la honradez, la asiduidad, los méritos indiscutibles de las dos solicitudes”. En Diputados se discuten los petitorios y triunfa la justicia: “pagan en tal forma un tributo al patriotismo de los buenos ciudadanos”.
Falta el Senado. Pero este Honorable Cuerpo se ha empeñado en hacer economías. Piensa que la aprobación de la jubilación es un atentado a su propósito de economizar “hasta en los centavos”.
El cura desafía a los senadores para que le digan en qué peligra la renta que “hoy el gobierno maneja con tanta honradez”. El aserto suena a ironía. En efecto, San José Gabriel, a la vez que apela a la conciencia honrada de los senadores, denuncia los gastos superfluos: “Economizad en todo (que hacéis bien) en puestos inútiles, en viajes de recreo, en obras innecesarias, en subvenciones lujosas, pero vosotros que sois los representantes del Estado, tenéis obligación de responder a los servidores del mismo, de no abandonarlos cuando están enfermos por servirlo bien, y cuando, como en el caso que nos ocupa, tienen necesidad de ese acto de justicia.”
Se nota que Brochero ha leído “La conciencia pública” del dieciséis de agosto un artículo titulado “¡Oh, el presupuesto!”. En él se denunciaba que los senadores se habían aumentado el sueldo. La nota decía: “por economía bien entendida los padres de la patria debieron ser los primeros en renunciar a esos emolumentos que no significan otra cosa que una burla sangrienta al Estado, y al pueblo que representan”.
Ese mismo día, a las ocho de la noche, Brochero escribe a Zoraida para “darle una mala noticia sobre su asunto en Senado”. El Gobernador no lo aprueba y el Senado les hará el vacío: simplemente no se reunirá los dos días de la semana a fin de que llegue el receso de las Cámaras y sólo se podrán tratar los proyectos del Gobernador.
Brochero se anticipaba en muchos años a los fundamentos de la Ley 11829 (1922) en que su amigo Hipólito Yrigoyen postulaba: “Todo hombre que hubiera trabajado durante treinta años en labores útiles y honestas, tiene derecho a participar de la riqueza social, que no puede ser menor al salario mínimo que en el momento en que la ley entre en vigencia”.
San José Gabriel pedía para sus maestras cincuenta pesos: un sueldo de portero. Los poderosos ojos del amor al prójimo estaban profetizando desde el corazón mismo del pueblo el advenimiento de los derechos sociales en nuestra patria. Pero los católicos de Córdoba no tenían ojos para ver, ni oídos para oír.

6.- Brochero y el “liberalismo sin freno”

La lucha de Brochero para sacar a sus paisanos del atraso y “la pobreza franciscana” mediante del ramal ferroviario Villa Dolores-Soto, fue abortada por los mismos que se decían amigos. En cartas del año 1906, san José Gabriel pone el dedo en la llaga del problema que aqueja no sólo a su pago, sino a la patria toda.
Hacia 1890, el diario “La prensa” acuñó el término “oligarquía” para designar el dominio de la nación por un grupo cada vez más cerrado que se entrega por consenso “a los grandes intereses económicos de los terratenientes y de las empresas extranjeras preferentemente inglesas”. Y es en la enajenación de los ferrocarriles construidos por los argentinos que se manifiesta del modo más nefasto el predominio de esta minoría voraz y antipatriota.
San José Gabriel advierte que sus gestiones naufragan en las manos negras de los monopolios que con los fletes ahogan el progreso y el florecimiento industrial de las regiones. En efecto, poniendo fletes baratos desde el puerto hacia el interior y caros desde las provincias a los puertos, se mutilaba toda posibilidad de crear industrias y “alentar a la vez en los habitantes de su recorrido el anhelo al trabajo, desmayado actualmente por falta de esos transportes rápidos y baratos”.
Los funcionarios y legisladores, dice, deberían procurar obligadamente con las nuevas construcciones “el abaratamiento de los transportes para provecho de Córdoba y sus industrias, para evitar con ellas el monopolio siempre perjudicial de las otras empresas (…) que poco a poco van absorbiendo todos los transportes y imponiendo tarifas tan subidas que casi no pueden resistirlas ni las industrias ni el comercio y que-con el tiempo- llegarán a arruinarlo por completo” (Brochero, 1999).
Arturo Cabrera Domínguez memora: “…no hay que olvidar una circunstancia decisiva: el ferrocarril estaba en poder de los ingleses. Y ellos solamente aceptaban líneas que convenían a sus planes (…) El Dr. Juárez Celman hubiera podido conseguir el ramal del Congreso, pero había una resistencia imposible de vencer: los intereses del capital británico. (…) Sí, el sueño dorado de Brochero fue el ferrocarril de Mina Clavero a Soto, pero eso no era negocio para los ingleses. Esto me lo dijo, con una gran discreción, Ramón Cárcano”. (Guevara: 1997).
Brochero en su modo de vida, en sus golpes oratorios, en su entrega total a los más pobres y marginados, descubre desde adentro las redes que organizan la comunidad criolla desde siempre y pone en actividad la creatividad intrínseca del pueblo. También el tren era una minga, porque los serranos se comprometían por escrito a donar al Estado treinta metros a cada lado de la vía para abaratar el costo.  Algo muy distinto al estanciero Cárcano que compró a precio vil las tierras expropiadas a los centenarios paisanos criollos. Cinco kilómetros a cada lado de la vía recibieron las compañías inglesas. Por eso se alejó de su amigo Brochero y decretó como inviable el ramal. Desde entonces sería probritánico como lo confesaría su hijo Miguel Ángel: “Los ingleses tuvieron confianza en los destinos del país […] se asociaron con los nativos, con tal buen resultado en sus negocios, que cuando decían River Plate creían referirse a sus propias posesiones” (Cárcano, 1986). Había elegido ser parte marginal de la nobleza británica cuando aceptó comprar a precio vil las tierras expropiadas a los viejos criollos para hacer el ferrocarril británico. ¡Lindo modo de descubrir que el destino de todo argentino es ser estanciero! (Cfr. Cárcano, Mis primeros 80 años)
Pablo VI, muchos años después, nos deja una clara enseñanza. En la Populorum Progressio, aclara:
1.- “La renta disponible no es cosa que queda abandonada al libre capricho de los hombres”. Por lo tanto, “las especulaciones egoístas deben ser eliminadas”; 2.-  Tampoco “se podría admitir que ciudadanos, provistos de rentas abundantes, provenientes de los recursos y actividad nacional, los transfieran en parte considerable al extranjero, por puro provecho personal, sin preocuparse del daño evidente que con ello infligirían a la propia patria” (24); 3.- El “liberalismo sin freno” que considera “al provecho como motor del progreso económico, al mercado como ley suprema de la economía y a la propiedad privada de los medios de producción como derecho absoluto, sin límites ni obligaciones”, conduce a la “dictadura internacional del dinero”(26); 4.- “…El derecho de propiedad no debe jamás ejercitarse con detrimento de la utilidad común” (…) Si se llegare a un conflicto “ entre los derechos privados adquiridos y las exigencias comunitarias”, toca a los poderes públicos “procurar una solución con la activa participación de las personas y los grupos”(23).
En nuestros tiempos tumultuosos, ¿alguien escuchó alguna plática que, ante hechos concretos de la realidad, aplique estas enseñanzas a la fuga de capitales, al poder de los monopolios que expolian con sobreprecios al pueblo o difunden mentiras como las que escribían los opositores al ferrocarril de Brochero en los diarios porteños de comienzos del siglo XX?
Ahora bien, lo que no es asumido, no es redimido. Brochero cargó sobre sí mismo el discurso negativo de los dirigentes sobre el propio pueblo.  Esto decía el hijo de Cárcano sobre Brochero que los recibió en su casa para unas vacaciones: “Fíjese: Miguel Ángel no lo quería. Pensaba que era muy sucio. En cierta ocasión, Cárcano llevó sus hijos (…) a la casa del cura. Después Miguel Ángel me comentó que el lugar era una mugre, que resultaba insoportable el olor. Yo no le discutí. Era cierto.” (Guevara; 1997; Torres Roggero, 2012).
Su labor apostólica se adelanta al pensamiento de muchos antropólogos, filósofos y escritores que tratan de descubrir en lo más desvalido y hediento de América una configuración auténtica de nuestro propio modo de ser. Esta contribución a la cultura resulta así una añadidura en su empeño por el des-ocultamiento del Reino de Dios en cada uno de nosotros como vivientes de una comunidad. En la minga, se revalorizaba el trabajo y al trabajador: “…el trabajo une las voluntades, aproxima los espíritus y funde los corazones: al realizarlo, los hombres descubren que son hermanos” (PP, 24).
Presencia profética, anticipo de la fiesta final de la Minga de Dios cuyo luminoso misterio será revelado en su día a la asamblea-santa (1Pe:2,9-10; 2Pe:3,9-10).


Jorge Torres Roggero. Profesor Emérito, Universidad Nacional de Córdoba.




Pasos que no se pierden               
Los tumultos llenaron el gélido salón.   
Con sus voces distintas pero iguales
rompieron los muros de la ignominia.
                                                                                                                 
Ellos, los mismos de siempre,
no lo soportaron
y enviaron los guardianes.
300  almas repudiaron el encierro
y ya nada fue como antes.
Noveles vientos empujaban el destino.

Pero la primavera duro poco
y ellos regresaron
con  tanta ferocidad que dio miedo en serio.                                     
Aniquilaron, exterminaron, desaparecieron
se apropiaron.

Los pasos se detuvieron y el  silencio reino.
Las voces enmudecieron.
Solo el dolor persistió.
El dolor inmenso de la vida mutilada.

Hubo que esperar cierto tiempo
para que la multitud,
motor de la historia,
colmara de nuevo los salones.
En el medio quedaron 30.000.

Pasos que no se pierden
cuando hay memoria.
Porque así no pueden separar la historia
haciendo que cada lucha sea un principio.

Pasos que no se pierden
cuando hay  verdad.
Las heridas están abiertas
pero duele menos cuando se ve
que a pesar de todo, la justicia obra.

Pasos que no se pierden
cuando otros caminan las
mismas viejas sendas con nuevas ansias
reinventando la esperanza.
Como dijo el poeta: “Arderá la memoria
hasta que todo sea como lo  soñamos".

                                                                                                                         






Eduardo Alberto Planas




Moonlight (Luz de Luna): Destellos de redención



*  *  *  *  *  EXCELENTE


                                                                       
Moonlight es esa típica perla del cine que aparece y brilla de vez en cuando. Una pequeña propuesta que se engrandece a sí misma gracias a todos los elementos que la componen y que ha obtenido todo el reconocimiento de la que pudo ser acreedora.
Ganadora del Globo de Oro a la Mejor Película de Drama y ganadora de tres premios Oscar, que incluyen Mejor Actor de Reparto (Mahershala Alí), Mejor Guion Adaptado y Mejor Película, entre otros premios más, “Moonlight” es una cinta cuyo libreto se encuentra dividido en tres capítulos: “Little”, “Chiron” y “Black”. Más que capítulos, se trata de las tres etapas de vida que atraviesa nuestro protagonista: niñez, adolescencia y adultez.
Primero vemos a un niño afroamericano (Alex R. Hibbert) que convive con su madre drogodependiente (Naomie Harris) en un barrio periférico de la ciudad de Miami y que es rescatado y acogido por un comerciante de drogas (Mahershala Alí); luego ese niño se convierte en adolescente (Ashton Sanders) quien padece el maltrato en el colegio por su incapacidad de socializar con sus pares y el abandono familiar que le afecta; y por último, ese adolescente se hace adulto (Trevante Rhodes) y se transforma en un muchacho respetado y temido en su comunidad. Todas estas etapas se van enlazando por la constante y desesperada búsqueda del protagonista de hallar una salida a su crisis de identidad. El vínculo sentimental que va apareciendo en relación a su amigo Kevin (Jaden Piner, Jharrel Jerome y André Holland) será vital.
Una curiosa trama que es perfecta: es una historia de transformación pero, sobre todo, de redención. Los personajes van evolucionando a lo largo del metraje, van planteándose su propia existencia y tratando de remediarla en la medida en que sus circunstancias personales les permiten. Y el mensaje que hay detrás de todo resulta atractivo: es el amor el que puede redirigir nuestras vidas y nunca es tarde para eso. Ese amor adquiere diferentes tonalidades: de madre e hijo, de amigos, de conocidos, etc. El protagonista es quien va desglosando su propia persona, aflorando sus sentimientos y despejando dudas a través de ese sentimiento, y eso es algo bello de experimentar en la pantalla. El condimento extra viene de la mano del reconocimiento de la orientación sexual del protagonista. El modo en que este aspecto es abordado es magnífico: sin ser jamás explícito, juega con imágenes metafóricas para alivianar la tensión. Un gran acierto en términos de cine.
Párrafo aparte merece la siguiente idea: si todos los elementos funcionan a la perfección es gracias a la pericia puesta de manifiesto por el director y guionista Barry Jenkins. Conjuga todos los aspectos técnicos (sobre todo al tener un bellísimo trabajo de fotografía y de banda sonora) y los pone a coordinar con la excelente historia que tenía para plasmar en la pantalla. Las actuaciones de todo el elenco son otro aspecto que ha permitido la conexión de la cinta con el público. No por nada Alí resultó ganador del Oscar a Mejor Actor de Reparto y Harris nominada en la misma categoría femenina.
Una justa película vencedora en los premios Oscar. Lamentablemente su victoria ha pasado a la historia de los premios de la Academia no tan sólo por destronar a la gran favorita de la noche “La La Land” (2016), que jugaba la partida con catorce nominaciones, sino por el bochornoso contexto en que se anunció. El error cometido por los responsables de los sobres que contenía el nombre de la película ganadora y el mal modo en que Warren Beatty y Faye Dunaway pilotearon la situación harán que la ceremonia sea recordada más por la derrota del musical de Damien Chazelle que por la victoria del drama de Jenkins, primera película con impronta homosexual en alzar la estatuilla dorada principal. Más allá de esta circunstancia, que seguramente será anecdótica dentro de unos años, esta cinta  puede darse ese lujo, un privilegio que, en el año 2006 se le privó a Ang Lee y su impecable “Secreto en la Montaña”.
Sin embargo, que la Academia desprecie propuestas clásicas y admita películas que rompen moldes cinematográficos tradicionales es algo valorable. Da placer que una historia que ahonda en las miserias humanas y en los caminos de búsqueda de perdón, transformación y redención de personajes sin nada de esperanzas y que el denominador común resulte ser el amor, como fuerza poderosa que “todo lo puede” es una caricia al alma. Al finalizar la película, queda esa bella sensación de que “no todo está perdido”.

Leonardo Arce





Literatura infantil         DUENDE DE BIBLIOTECA


Duendecillo cillo          
-Rey de bibliotecas-     
Canta serenatas
y tiene jaquecas
por un polvo pillo
que apesta de alergia.
Muchacho sencillo
Con mucha experiencia.
Va de libro en libro,
Jamás se aquerencia
Hurga  en sus historias
Con mucha paciencia,
Lector desde niño
¡y a plena conciencia!
Ya todos los ojos
Buscan su silueta
Siempre escurridiza
Cazando las letras
Recoge palabras
Que duermen la siesta
Y sueñan escritas
Páginas de fiesta!
Duendecillo cillo
Con su voz modesta
Canta como un grillo
Cuando se despierta;
Lo miro al trasluz
De mi ventana alerta
Flotando en el aire
Con su capa abierta
De polvo que sabe
Vestir su silueta.
Cubrirla en su nube
De letras inquietas
Aunque por desgracia
Contraiga su alergia
Y de un fuerte estornudo
Apeste historietas….
Soñará la dicha
De ser lo que era
El mismo que habita
Cuentos y poemas,
Corazón de asombro,
Justicia y entrega.
Brincando en el suave
Colchón de las letras
Y entre los renglones
Tejiendo rayuelas
Sin más estornudos
Ni fuertes jaquecas
En la tibia estancia
De mi biblioteca…

Juan  Martín Velázquez
“Duendespistes” Colección Solcitos
Sol Rojo Editora 2005





La poesía en el cine: “PATERSON”


Paterson vive en Paterson, Nueva Jersey. Es conductor de autobuses y poeta. Cada día, antes de iniciar su jornada de trabajo, retoca los versos que va anotando en su cuaderno. Encuentra la inspiración en la realidad más cotidiana. Paterson (un Adam Driver brillante) practica una poesía de versos libres y austeros que celebra la belleza de elementos cotidianos. Como el propio cine de Jim Jarmusch, su director.
Paterson, la película, toma en sí misma una forma poética, no tanto en su expresión visual como en su estructura narrativa. A la manera de un poema de siete estrofas, el film se despliega como una variación de la vida diaria del protagonista a lo largo de una semana. El ritmo interno viene marcado por esta cadencia de la rutina: dentro de un mismo patrón general que se reitera, los detalles confieren una musicalidad distinta.
Jarmusch nos sumerge en esta celebración de la vida cotidiana por parte de un artista amateur a través de sus propios códigos. El macguffin dramático que recorre la película gira en torno a la posible publicación de su obra, la única frontera que separa a Paterson de convertirse en un poeta también de oficio. A ello le anima Laura, un personaje con su universo visual propio, a quien le gustaría que el talento de su esposo tuviera un reconocimiento público.
En Paterson se lleva a cabo una celebración de la vida ordinaria de un trabajador que mantiene un potente vínculo de hermandad con su entorno cotidiano.
El día a día se entiende no como forma de enajenación sino como antítesis popular de la épica. Y no deja de existir una proyección utópica en el retrato de esta comunidad en la que se mueve el chofer - poeta.
Paterson, la ciudad, funciona a la vez como una localización concreta con sus referentes propios e idiosincrásicos, empezando por su poeta insignia William Carlos Williams, y como un espacio idealizado de una rutina sin conflictos que permite ser vivida desde esta percepción poética.
Paterson es la película más luminosa que ha firmado Jim Jarmusch hasta el momento. Desde la veteranía, el director construye una emotiva oda al artista amateur que deviene un manifiesto actualizado sobre su forma de entender el arte.
Además de narrar el proceso creativo, la película esconde un misterio.


LA PAZ DE MIS DEMONIOS


Por José Santiago
Me voy de La Paz, Bolivia, con algunos fantasmas en silencio y otros muertos para siempre. Llevo en la mochila palabras como revólveres y apuntaré hasta dar en el blanco de la conciencia. Atrás quedan la imponente iglesia San Francisco, la agitación por las calles empinadas, el mercado de Brujas repleto de sanadores, artesanos y malandras. 
Me voy de La Paz antes de que sea demasiado tarde y me atrapen las cholitas con sus dientes en tiempo de descuento. Huyo por calle Sagarnaga y en los ojos llevo el silencio de la comunidad aymara a los pies de la Muela del Diablo. 
Me quedan en las manos los arpegios enseñados por Agustín -lutier y bohemio-, el gesto rudo de Enrique –sereno de los guapos- a medianoche en un hostel en penumbras, pero a plaza Avaroa sólo la contemplo porque sería imposible cargar con ella. También dejo las puertas abiertas de los bares de calle Jaén y una noche de entrega sin posesiones. 
Me voy de La Paz con el olor del mercado Lanza impregnado en la memoria y todavía domestico la resaca de la verbena en la fiesta de su aniversario. Escapo aunque no evito las despedidas. Reviso números telefónicos, nombres propios y direcciones. Hago una lista de rostros: algunos los beso en la boca, a otros les digo adiós.
Me voy de La Paz porque tengo miedo de esconderme en Valle de la Luna o perder el alma en alguna encrucijada. Me despido del mercado Rodríguez, el pasaje Tarija con restaurantes para gringos, los cabarets detrás de calle Comercio con entrada gratis y salida a salvo, sin garantías.
Fuga entre abrazos
Escribo compulsivamente, a pura toz, errático. Escribo para detener la ciudad que sobrevive caótica a mis espaldas. Quedan las movilidades imprudentes, el tránsito desquiciado, los celulares robados por el barrio Chino, las empanadas de queso, la fritura, la fritura, la fritura y una noche de lectura poética en el bar Armatroste, resistencia cultural en la urbe.
Me voy de La Paz con 29 años recién estrenados, un trabajo hablando un precario inglés, aprendizajes introspectivos y, al menos, dos abismos fundacionales. No caben acá la descripción panorámica desde el Alto ni el retrato del cerro nevado Illymani. No entran acá noches de desvelo, las improvisaciones poéticas en los colectivos ni los miedos.
Me voy de La Paz y nace el vacío para seguir comiendo lugares y personas y esquinas y soledades. Interpreto la fuga lo mejor posible, calculo los abrazos que atenuaron el dolor, guardo las cartas del Tarot de Carmen, interpreto las señales alumbradas por los seres que vienen a recordarnos algo.
Me voy de La Paz para regresar y poder comprobar el silencio de algunos fantasmas; y el de los otros, los que están muertos para siempre.



UNA COSA TRAE LA OTRA                                              Por Lily Chavez
“La espera se pega al cuerpo
como un papel mojado donde
no hay piedad ni respiro. El
desastre quiere luz y buscamos
la envoltura de la razón y es
una bestia más para el corral
tan lleno”
            Juan Gelman


El Director del Boletín  insiste en que haga esta columna que ya tiene sus años. Sucede que por momentos, me siento rozada por el desgano, por la tristeza de las cosas que pasan a diario, por esta  sociedad cada vez más violenta, menos dialoguista y por la impotencia, semejante a una  vara que no puede hacer caer los frutos de un árbol.
Estoy desganada, sí y enojada por lo que no alcanzo a comprender. Me pega duro (como a la mayoría) la violencia de género, las violaciones, la muerte. Sé, que desde épocas remotas, la mujer ha sido sometida y ultrajada hasta trascender incluso las fronteras de lo racional. Antes, todo quedaba en la cuestión privada pero ahora, es un problema social, un dolor que nos concierne a todos. Se apagó ese silencio que amparaba el patriarcado pero, qué y cómo hacer para que no existan más feminicidios, para que la mujer no sea, como en la antigüedad, sinónimo de debilidad, bajeza y desgracia.
 En la cultura humana, son numerosos y antiquísimos las antecedentes del sometimiento de la mujer. Algunos datan del año 400 a de C. cuando las leyes de Bizancio establecían que el marido era un dios al que se debía adorar  o en la India, cuando a través de la ceremonia denominada Sati, la mujer que enviudaba era quemada viva y luego enterrada junto al cadáver del esposo. En Grecia, cuando la pareja era acusada de cometer un delito, sólo a la mujer se le imponía la pena. En el siglo XIV, en Francia (Burdeos) si un hombre mataba a su esposa por un exceso de cólera no era castigado, si se mostraba arrepentido. Y tanto, tanto más, que ya conocemos. Y llegamos hasta el presente convencidos - erróneamente - de haber avanzado como sociedad.
Y cuando el mundo duele, la poesía eleva su fuego. Camila García Reyna escribió para Micaela Tamara Schwarz: “donde mataron a Micaela / tendrían que crecer los árboles / tendría que correr agua / tendría que terminar la calle /quedarse callada/ para que sólo los pájaros hablen con su muerte / y se la lleven muy lejos de los hombres… “(fragmento) y Patricia Karina Vergara Sánchez dice: “…no tengo más remedio / que darles la mala noticia /a las buenas y tranquilas conciencias:/
Estoy aquí. /Exigiendo a gritos, /la parte que.” (fragmento).  Repito¨: donde mataron a Micaela me corresponde del mundo. /Y no voy a callarme la boca, ni a desaparecer tendrían que crecer los árboles…
Y precisamente al hablar de árboles y porque esto es una cosa trae la otra pienso en que también eso destruimos: los árboles. Nos colgamos de las ramas débiles del futuro, hacemos en todo sentido leña del árbol caído, se busca la noche para envenenar hectáreas y hectáreas de bosque nativo, se incendia por disfrute, por juego.
Y entonces, esta ciudad, cada vez más indefensa, sacude con carteles que rezan: 38.260 árboles secos; 51.040 árboles dañados y 408.000 cazuelas vacías.
Muertes y árboles, sólo estadística, números sin corazón, como tantas otras cosas.
Espero que el próximo número del Basta ya! me encuentre teniendo una alegría para darles, ahora que recuerdo  que el humor y la sonrisa son frutos de la vida y que podemos bajarlos del árbol de la felicidad con la vara .del optimismo. En este instante final recuerdo a Grouncho Marx y cuánto me hacen reír sus disparates.
¿Por qué debería preocuparme por la posteridad? ¿Qué ha hecho la posteridad por mí?
*
¿No es usted la señorita Smith, hija del banquero multimillonario Smith? ¿No? Perdone, por un momento pensé que me había enamorado de usted.
*
Encuentro la televisión muy educativa. Cada vez que alguien la enciende, me retiro a otra habitación y leo un libro.

Grouncho Marx





Lily Chavez








                                  Con frío y en Soledad       



El interior del bar tiene la inconfundible decoración de esos que quedaron suspendidos en el tiempo, por lo general frente a las plazas de los barrios en las grandes ciudades, pero retirados del centro. Un mostrador de madera lustrada, coronado con una mesada de mármol sobre la cual prevalece una antigua máquina de café, que aún presta servicio. Las paredes cubiertas por una inusual cantidad de adornos que no respetan ningún orden ni estilo: muchos recuerdos, algunas fotos de personajes famosos y dos o tres de equipos de fútbol.
En la esquina más alejada de la puerta de entrada, y casi como formando parte del mobiliario, se encuentra Rubén. Sentado en su silla de ruedas, con sus dos piernas amputadas y perenemente acompañado por un vaso de ginebra a media asta.
Los habituales del lugar normalmente ignoran su presencia, pero si aparece en alguna conversación se refieren a él como “el loco de la guerra”. Él hace caso omiso a la concurrencia. Asiente y niega con sus gestos, aprieta con fuerza sus puños y repite como una letanía, con una voz casi inaudible, la historia que todos conocen pero que nadie es capaz de repetir sin llorar desconsoladamente.
Rubén es hermano de uno de los mozos del bar y este lo trae empujando su silla de ruedas al iniciar la jornada y lo lleva consigo al finalizar. Durante el día, y con permiso del dueño del bar, no permite que su vaso quede vacío. De alguna manera es el encargado de mantenerlo “aletargado”.
Cuando alguien, sin importar quien sea, arrima una silla a la mesa de Rubén, este no se inmuta y continúa con sus gestos, pero le da más volumen a su voz, de manera que su acompañante pueda escuchar.

Los que desembarcaron en la Gran Malvina tuvieron más suerte. Allí había muchos soldados y vaya a saber lo que significa Malvina, pero los que desembarcamos en la Soledad sabíamos lo que significaba su nombre, pero nunca imaginamos que podía ser tan grande.
Éramos tres más el sargento, de tres distintas regiones, y el apodo de cada uno era el nombre de su provincia. Allí estábamos Salta, Chaco y yo, que era Córdoba. Lo único que teníamos en común era que nuestros padres nos concibieron en el año 1961, condenándonos a ser conscriptos clase 1962.
Salta era estudiante de primer año de veterinaria. Culto y muy bien hablado, nos corregía permanentemente, pero se rendía ante Chaco que tenía una forma, según él mismo, “enrevesada” de hablar. Por ejemplo, decía “me se parece” en lugar de me parece que, o cuando llegamos a la isla no hacía más que repetir “qué manera de no haber árboles acá”. Todas sus frases eran acompañadas por su infaltable “chamigo”. Yo, Córdoba, era el encargado de los chistes y bromas.
Apenas llegamos al lugar donde debíamos estar apostados cuidando una ametralladora, el clima era de euforia y lo pasábamos muy bien mientras cavábamos nuestra trinchera, sin ni siquiera el control del sargento, que se instaló con la radio en un lugar más elevado, donde la transmisión era mejor.
La ingenuidad de Chaco solo era superada por su bondad. Yo permanentemente le gastaba bromas, como por ejemplo gritarle: “¡Víbora!”, y él, al grito de “Eeeesa chamigo”, tomaba la pala, o lo que tuviera a mano, daba media vuelta y poniéndose en guardia buscaba en el suelo. Luego, por lo general, seguían diálogos entre él y Salta, que con paciencia trataba de explicarle.
—Chaco, te he dicho que acá no hay víboras.
—Pero Córdoba gritó.
—¿Cuántas veces vas a caer con la misma broma?
—Las que hagan falta, hasta que Córdoba aprienda que acá no hay víbora.
—Acá a lo sumo encontrás un pingüino.
—Y ¿qué carancho e ese aparato?
—Es un pájaro que no vuela.
—¿Y cómo sabes que es pájaro si no guela?
En ese punto yo intervine y le dije:
—No solo que no vuela, sino que camina como si tuviera los pantalones bajos.
—Charlanmé que soy del monte. Pájaro que no guela y con pantalone, ahora me van a venir con que los pescados caminan calsao con alpargata.
Jugábamos como niños y es que éramos niños, pero al sargento se lo veía cada vez más preocupado.
Un día vino enfurecido, insultando, y dijo: “Se vinieron esos hijos de puta y eso no estaba en los planes, dicen en el comando que a esta zona van a llegar desde el norte”.
—Chaco.
Mande, sargento.
¿Para dónde queda tu casa?
Chaco giró y apuntó exactamente al norte, luego el sargento nos dio orden de acomodar la ametralladora apuntando en esa dirección. A continuación nos dijo: “Mañana pasa una patrulla y yo me voy a ir personalmente a conseguir provisiones y munición, vos Córdoba que sos el más despierto quedás a cargo”.
A los dos días de que el sargento se había ido comenzó a nevar. Chaco no lo podía creer, nunca había visto algo así, hacía bolas de nieve y nos las tiraba, pero el humor de Salta y mío ya no era el mismo. Se sentían a lo lejos explosiones.
Al día de nevada le siguieron cuatro de persistente lluvia, que no solo mojó toda nuestra ropa, sino que se acumuló en el fondo de la trinchera. Nuestros pies en el barro y el cuerpo mojado no eran una buena combinación, pero la tentación de salir a la intemperie su esfumaba cuando escuchábamos alguna explosión, e inclusive ya se oía el traqueteo de las ametralladoras.
El sargento nunca volvió y las provisiones se acabaron. El frío arreció y nuestra esperanza se tambaleaba con cada explosión o avión que pasaba rasante.
En el interior de nuestra defensa/trampa no parábamos de tiritar, quizá de miedo, quizá de bronca, quizá de frío. Nos manteníamos acurrucados, esperando ansiosos y sin saber qué.
Por las noches era fácil apreciar que nos encontrábamos en medio de dos fuegos, y decir que uno era amigo y otro enemigo sería faltar a la verdad, ya que ambos nos aterrorizaban por igual.
Chaco comenzó a tener fiebre muy alta, no dejaba de tiritar y repetía “No siento las patas chamigo, no siento las patas”. Otras veces, de repente, gritaba ¡Víbora! o ¡Pingüino!”. También llamaba a su madre y decía “Mama, prepárese un yerbeao que la perrada tiene hambre”. Con Salta nos acurrucábamos a su par y tratábamos de consolarlo diciéndole un montón de cosas que nosotros no creíamos. Mientras tanto su fiebre alta era la única fuente de calor.
Habían pasado diez días desde que se fue el sargento cuando Chaco dejó de tiritar. Yo, por primera vez desde que se fue, haciendo uso del mando que me encomendara, comencé a darle órdenes: “¡Soldado, tirite!, ¡soldado, respire!”. Y así continué hasta que Salta me interrumpió y remedándolo me dijo: “Me se parece que está muerto”. ¡Suertudo!”, le dije y comenzamos a reír hasta que nos dormimos acurrucados y llorando.
Pobre Chaco. Qué mala idea extirparlo del monte subtropical para venir a enterrarlo en medio de tanto frío bajo una cruz blanca que reza en inglés “Soldado argentino solo conocido por Dios”. ¿Qué sabe él del frío?, ¿qué sabe él de inglés?, ¿qué sabe él de Dios?
Las explosiones comenzaron a disminuir, hasta que un par de días después cesaron por completo.
Soldados ingleses nos rodearon y, apuntándonos con sus armas, nos daban órdenes inentendibles hasta que uno de ellos, en un pésimo español, nos preguntó cuántos éramos. Salta contestó que éramos dos vivos y un muerto, yo lo corregí diciendo que éramos tres muertos solo que uno de manera definitiva.
Fue duro reconocer que el cura de mi pueblo tenía razón cuando decía: “Tenemos que amar a nuestros enemigos”. Los ingleses nos abrigaron, nos dieron de comer y café caliente y nos devolvieron a casa. Las tres cosas que más ansié desde que desembarcamos en Soledad.
 Al finalizar el relato se produce un silencio que mucho se parece a la muerte. El gesto de Rubén es tan adusto que recuerda la aspereza de aquel paisaje donde casi perdió la vida y definitivamente perdió la alegría. La niebla en sus ojos completa la imagen austral.
Mientras se dirige a tomar el vaso su mano tiembla incontrolable, quizá de bronca por no lograr que su espíritu se doblegue ante su triste destino. Quizá de miedo por ver en sí mismo a un mortal enemigo cuando piensa en el suicidio. Quizá de frío, quizá de soledad y frío.

Nota: Durante la guerra de Malvinas murieron en combate 649 soldados argentinos, luego de finalizado el conflicto un número similar de excombatientes se suicidó.
                                                                                                                                                                         
Miguel Ángel De Grandis
Ciudadano clase 1966
Nro. de orden: 933
Nro. de sorteo: 642
Exceptuado por excedente de clase







"Esta mañana hay nieve por todos lados.
Hablamos sobre la tormenta.
Me comentas que no dormiste bien.
Te digo que yo tampoco.
Tuviste una noche terrible. “Yo también.”
Estamos tranquilos el uno con el otro,
nos asistimos tiernamente
como si comprendiéramos nuestro estado de ánimo,
las mutuas inseguridades.
Creemos adivinar los sentimientos del otro,
no podemos, por supuesto, nunca podremos.
No tiene importancia.
En realidad es la ternura la que me interesa.
Ése es el don que me conmueve, que me sostiene,
esta mañana, igual que todas las mañanas."


(Raymond Carver - El don de la ternura - Fragmento)

ARTE EN ALTO ALBERDI: Re-Creo Espacio Infinito de Ricardo Castiglia   


                                                                                    
                                                                                                                                                                                


“Todo comenzó hace unos años, cuando  decidí mudar mi atelier ubicado en la planta baja de mi hogar; estaba sacando mis cosas, y las  colocaba en la vereda. La gente pasaba y se interesaba. De allí surgió la idea de abrir esta especie de casa-galería, para que existe un dialogo entre el artista, su obra y el público. Eso nos enriquece a todos”, nos dice Ricardo Castiglia. “Los vecinos sabían que pintaba, pero no conocían mi obra. Es también una forma de desacralizar la figura del pintor ubicado allá arriba, en una especie de torre de marfil”, sigue diciendo Ricardo.
Castiglia nació en 1955 en Colonia Caroya, Provincia de Córdoba, Argentina. Poseedor de una larga trayectoria como artista visual y docente en las Facultades de Artes  de la UNC y la UPC., desde el inicio de su carrera ha expuesto en numerosas muestras individuales y colectivas,  ha participado en importantes salones nacionales y provinciales, concursos, premios, etc. La vocación del artista nace en edad temprana, alimentada por el permanente estímulo recibido de sus progenitores. Su madre, Nadina Rebeca Cicci, que había estudiado Bellas Artes en Concepción del Uruguay, provincia de Entre Ríos, fue quien se encargó de transmitirle el amor por la belleza y la armonía, junto con los primeros conocimientos técnicos de dibujo y pintura. Su padre, Ricardo Castiglia, lejos de permanecer ajeno, complementó la labor materna: fue él quien se encargó de introducir a su hijo al mundo de los museos de bellas artes, galerías  y muestras de Córdoba. Ricardo  recuerda puntualmente el fuerte impacto que le produjo la primera vez que, acompañando por su padre, se encontró en el Museo Emilio Caraffa con la obra “Piazza del Popolo“, del pintor cordobés Emiliano Gómez Clara.  Asimismo, le resultan imborrables las visitas realizadas a las Bienales Americanas de Arte, que tuvieron lugar en su ciudad natal en 1962, 1964 y 1966, con el patrocinio de la automotriz IKA.
También relata que en su infancia, fue decisivo el aporte formativo de María Ester García Fons, maestra particular de dibujo y pintura que solía dictar sus clases al aire libre en el prodigioso  jardín  que por entonces era el actual vivero “El Fénix”, perteneciente a su familia, ubicado sobre calle Duarte Quirós. Es en ese paisaje en el cual, lúdicamente,  arraigan las referencias a las formas y colores de naturaleza, lo táctil sensorial y orgánico que se aprecian en la obra de  Ricardo Castiglia.
Re-Creo Espacio Infinito, su casa/taller/galería, está ubicada en pleno corazón del tradicional barrio cordobés de Alto Alberdi, en calle León Pinelo Nº 81.  El artista interactúa con este entorno desde la niñez; la casa, heredada de sus padres, se construyó en terrenos comprados a los originarios de la zona. Castiglia es para el barrio un apellido conocido, el artista asume este rol; su contacto con la tierra y los vecinos es constante y fluido. A menudo saca su taller a la calle y su obra  interviene la vereda, transformándola; la gente detiene su marcha, la observa, hace preguntas, muchas veces se muestran perplejos, y casi siempre se alejan con una sonrisa.

Su casa es taller, es obra, es galería, espacio fértil para encuentros culturales, está en constante diálogo con su entorno “…lo cambio, lo transformo, el barrio contribuye en ello”, explica el artista. Por último, pero no por ello menos importante, cabe destacar el invalorable aporte de Bernardita Bielsa, compañera de vida del artista  y curadora de Re-Creo Espacio Infinito. Con su energía y fuerte determinación de revolucionarlo todo, es ella la encargada de sostener y estimular la actual etapa creativa de Castiglia.


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