¡BASTA YA! BOLETÍN LITERARIO OCTUBRE NOVIEMBRE 2016



Basta ya! Boletín Literario – Octubre – Noviembre 2016
Director: Eduardo Alberto Planas.  Colaboradores permanentes: Lily Chavez,  Alfredo Lemon,  Jorge Luis Carranza, Sergio Pravaz, Jorge Torres Roggero, Leonardo Arce, Héctor Aldo Valinotti. Corresponsales: Griselda Rulfo (Villa María), Gabriela Bayarri (Villa Dolores). Registro Propiedad  Intelectual Nº 598958. Hecho el depósito que marca la ley 11.723. Contacto:eduardoplanas2001@hotmail.com Blog: www.boletinliterariobastaya.blogspot.com. Tel: 0351- 4886974 – 156170141. Esta revista se terminó de imprimir en Grafica 21 – Duarte Quiroz  N° 1702, Córdoba. Tel: 351- 4876498. Fotos: Tapa: www.google.com.ar / Dibujos: www.pinterest.com / Contratapa: Light Painting – Eduardo Planas / Diseño y diagramación: Laura Pozzo.
CONTENIDOS:
Uvitas del campo – Osvaldo Guevara // Dos – Jorge Luis Carranza // El pastor que fue amado por la luna – Alfredo Lemon // El medio transparente – Circe Maia // Membrillos, El país de las maravillas, Íntima-mente – Claudia Tejeda // Aurora boreal, …tú quieres que yo quiera que tu..., El valle de los huesos – Alfredo Gómez Alonso // Esquinas – Diana Luz Bravi // Rocío, Una nube – Pablo del Corro // La memoria ardiente de lo que vendrá, Pequeña Luz – Eduardo Planas // El mar en el poema de Hernán Jaeggi -  Leandro Calle //  El  Tolito – Roy Rodríguez // Poema de Ana Paulinelli //  Presentación del libro Casi silencio de Jorge Luis Carranza – Gustavo Parada Aguirre // Megafón. Dientes rotos, dura cáscara y  jugos difíciles. Las dos batallas de Marechal – Jorge Torres Roggero // Mano a mano con Elena Poniatowski  - Sergio  Pravaz // Una cantante cubana en Córdoba // Alibe Eugenia en Café del Alba // No me arrepiento de este amor // Regreso a casa: Recuerdos que se borran – Leonardo Arce // Dossier: La encantadora aristócrata que se pasó a su clase por la raja – Catalina May



UVITAS DEL CAMPO
¡Tanta pena, tanta!
Carlos Pezoa Véliz

Invisibles
las uvitas del campo.

Carmen y yo las sorprendimos
en nuestras caminatas
desentumecedoras
de los usados cuerpos torpes.

El alambrado del baldío
bullente de yuyales
vuelve inhábiles los dedos
estirándose.

El sol de rojas fauces
no arroja aún
a nuestro paso
sus paladas de fuego.

En un árbol
todavía con noche entre sus ramas
gorjea un pájaro
alcanzable y remoto.

El cansancio de ser
va con nosotros
garronéandonos.

Con el sabor silvestre
de las uvitas ágiles
efímeramente
regresamos a la niñez
borrosa
como una lámpara en la bruma.                        

Nos acompañan
los dolores mudos.

Nos duela la osamenta
en retirada.

Nos duelen los insomnios
de los seres amados tan amados.

Nos duele el país joven con la piel
hecha jirones
por colmillos viejos.

Terminan por dolernos
las huidizas
                    uvitas
                             del campo
que al menor roce
saltan
como lágrimas.
                                                                           
Osvaldo Guevara (Especial para Basta ya)






Dos

Hoy, especialmente hoy, 
el lobo del hombre y su manada,
parecen haber tomado la ciudad.

Tardaré en llegar a casa.

Saber que  alguien 
está esperando 
hace bien,                                      
mucho bien.

Somos un puñado de vida.

Dos pobrezas
que se dan calor, 
lamen su herida.

Nada especial
nada del otro mundo.

Como la salida 
y la puesta del sol.                                            
Jorge Luis  Carranza





EL PASTOR QUE FUE AMADO POR LA LUNA

Luego de cuidar los rebaños,
                                           me quedé dormido.                

Era verano.

El roce de tu boca encendió la noche.

Iluminaste el momento con tu luz de cristal.

Quitaste el velo de mi sombra.

Conociste mi cuerpo y mi destino.

Lamí tu paladar y los labios estallaron de saliva.

Bebí demorándome 
                                    tus lágrimas de leche.

                                                 Alfredo Lemon
                                    






EL MEDIO TRANSPARENTE

                                                                                                                    
Lo mejor sería no pensar demasiado
en ellas, las palabras. Ellas vienen
así o de otro modo y no es tan importante.

Vidrios, ventanas son y habría que limpiarlas
con cuidado, por eso. No pintarlas
-¿qué verías detrás?- y no adornarlas.

Por mirar el adorno en la ventana
no miraste hacia afuera.


El más breve vistazo
hubiera sido al menos suficiente    
para mirar la luz del otro lado.

Si, esa luz de afuera
sobre un rostro que pasa.


Circe Maia  







CLAUDIA TEJEDA de su libro UN OJO CON PATIO



Membrillos
No es que no se cumplan los deseos
-me decía la vieja testaruda-
A veces frotamos la lámpara equivocada.

Y me senté con esa tarde dulce
a coleccionar genios en el vapor de los membrillos.

*

El país de las maravillas    
Algodón de azúcar en los oídos
para la nena en cama que mira televisión
Aquí no ha pasado nada
ni un grito ahogado ni un susurro
una tanda publicitaria y por cadena nacional
los comunicados de la junta.
Mi mundo era el vecindario del Chavo
y los apagones espontáneos.
La oscuridad era un barril en la intemperie
un espacio ajustado y solo
y la temible garrotera.
Cuando se  restableció la luz
fuimos treinta mil menos.
*


Intima-mente
I
El es la confirmación de mi espalda
cuando me desnuda de alas
y me regresa a la carne y al hueso
con su urgencia de hombre.
II
Desenvuelve mi perímetro de orquídea entregada
eriza la curva de mis pétalos.
Lo demás
es una selva en estampida
nuestro aroma salvaje y único
de agotadas mariposas.
III
Tu mano se desliza de puntillas
a encender mis pechos abultados de luz
pequeños faros
en tu recorrido de barco.
IV
Mis piernas juegan al crepúsculo con tu sol
te esconden en mi intimidad
de sonrojado poniente
de yacimiento de estrellas.
V
Nuestras sombras
desdibujan la confidencia de los centauros
la pureza del instinto.
VI
Voy hacia mí
sobre tu sexo
Eva que clausura el paraíso
soy la manzana que te muerde.
VII
Desciende el latido
mi sur se hace centro.
tal vez nazca un pájaro
de este gemido.













Claudia Tejeda
Poemas extraídos de su libro
“Un ojo con patio”, 2016



Aurora Boreal
                                        
Alfredo Gómez Alonso             

A veces las ideas se encuentran en extraños lugares.
A veces se esconden en un punto frente a nosotros; en ocasiones detrás, o a los costados, dibujando cuadrantes cuya orientación no logramos conocer. Con frecuencia se hallan sobre el pavimento, en los leñosos contornos de un árbol, o en el zapato que se mueve en cámara lenta.
Pueden inclusive aparecer en un difícil recodo del espacio, en una ondulación incierta, o en el reverso de una figura euclidiana.
Pero a veces están más allá, y escudriñamos en geografías desconocidas, al otro lado del punto ciego y más allá de los confines gramaticales, en un sitio que no alcanzamos, en un lugar imposible.
Como pájaros desesperados, luchamos con los cuatro vientos en busca de un horizonte hipotético que se aleja cada vez, sin advertir la trascendencia de los cambios operados en el vuelo.
A fuerza de batallar con espejismos, nos hemos transformado en una alegoría del propio infinito, y, como un enigmático teorema de viejas auroras boreales, surgimos de la oscuridad llenos de luces, y sin historia.     




   ...tú quieres que yo quiero que tu...

                                                                            Por Alfredo Gómez Alonso

Quiero que andemos por los parajes donde nos esperan árboles antiguos
pasear por los museos entre una veneración de estatuas
recrear la infancia de los parques    
con un clamor de juegos al aire libre

Quiero extender nuestras manos hasta los dibujos en las nubes
que orientemos con  señas cardinales el vuelo de los pájaros
       el contacto de los gladiolos al paso
saludar al sol desde las profundas cuencas de los valles

Quiero llorar junto a los brezos
una llave de acceso al secreto lenguaje de los colores
quiero que hablemos del animal oculto por el frío
de un niño ciego a tientas por el mundo

Quiero transitar la superficie de la Tierra
que prestemos oído a las graves caracolas
ir corriendo desnudos bajo la lluvia
y salpicar
en las aguas espontáneas de la fuentes



El Valle de los Huesos
(Sobre las Profecías de Ezequiel 37, 1-14)
A Eduardo Alberto Planas

en el valle de los huesos                                                                                                                             
vasto derrumbadero de materias
duerme un silencio de esqueletos anónimos
declarantes de la historia
confesores de la involución
de residuos menstruales
y pellejos abusados

es un paisaje
de cruces que mienten
de ídolos carcomidos bajo la intimidación de los murciélagos
tapizando el valle de los huesos

es este un paisaje
de ajetreos paleolíticos

tales imágenes
suscitan un griterío ensordecedor
un temblor desamparado
horror ciego

todo parece perdido
y no se atisban horizontes
ante el cataclismo expuesto
en el valle de los huesos

sin embargo, en unas líneas enigmáticas
se ofrece el panorama de los átomos recombinados
una certidumbre de movimientos en el tiempo
la generosa curva de lo posible

esta sabiduría
considera el reverdecimiento general
un flujo de savias transparentes
fuerzas internas que desbordan

mas, si observamos con detenimiento
estas predicciones descubren
una indicación incauta y antojadiza
una especie de partícula descomedida
señalando irresponsabilidad
por parte del profeta

resulta sumamente riesgoso
hacer predicciones en la tierra de los hombres
sin tener en cuenta
un catálogo dramático
de lágrimas tras el cristal
     niños devorados por las moscas
           y una historia de cuerpos que vuelan en pedazos

resulta una temeridad hacer
hoy
tales predicciones
en la tierra de los hombres

pero, si por crípticas señales
o el poder de los designios
las palabras de ese santo estuvieren en lo cierto
a estas alturas
no puede siquiera imaginarse
qué cosa podría pasar en este mundo
si alguna vez
en busca de justicia
esos huesos se ponen de pie
y echan a andar

                                                                      
Alfredo Gomez Alonso







Esquinas
el niño resbala
por el asfalto,
con sus piruetas transpira
entre los coches
indolentes
El frío  arrasa la  boca,
la soledad del nido
esparcido en las calles.
Sólo un cataclismo
rescata el  silencio.
En los cubos de basura,
un caballo de Troya  de lata y cartón.



Diana Luz Bravi
(Rosario, Santa Fe, Lic. en Letras y Odontóloga)






PABLO DEL CORRO de su libro CUADERNO AZUL
Rocío




Poníamos la pava
con la mujer que amé
Apagábamos las luces
y pasaba toda la noche
tejiendo
delante de nosotros
En cada vuelta
la araña de nuestra ventana
crecía en su trampa
Entre mate y mate
ella esperaba el alba
para ver como brillaba el rocío
en ese universo hecho tela
Yo esperaba que cayera
la primer mariposa

*







Una nube
Era tiempo de sembrar
Con lo poco que tenía
elegí, desenfrenado
la mejor semilla
de un puñado que sostuve
entre las manos
Por la grieta de las palmas juntas
dejé caer al suelo las demás
Prodigue uno a uno
los cuidados de rigor
Esperé pacientemente
sus brotes
A mitad del amor
una ráfaga fatal
desnudó aquel pedazo de cielo
Aconsejan plantar en tierra firme
yo no lo sabía
y usé una nube.

Pablo del Corro





La memoria ardiente de lo que vendrá    

Si alguna vez el mar pudo parecerte cálido, / la tierra fértil y el cielo húmedo de sol. / Si vas a caminar como si nada / sobre la delgada capa de la vida, cargando en tus espaldas treinta mil ojos llenos de lágrimas,  no te sorprendas,  cuando de pronto una grieta aparezca bajo tus pies. / No tiembles entonces.  / No permitas que el dolor quede oculto. / Que surja y fluya como torrente. / Para  que veas  como el tumulto  cruza  la delgada línea roja. / La memoria ardiente de lo que vendrá.     
Eduardo Alberto Planas


Pequeña luz
Para Alfonsina
Pequeña luz         
nacida en la inocencia
quizás puedas
construir tu destino
desde un sueño.

Pequeña luz que
ilumina todo el universo
ojalá crezcas sin        
riendas en tu vuelo 

y seas capaz de ir detrás
de cada asombro.
        
Pequeña luz que transformas
lo cotidiano con la magia de tu sonrisa       
espero que nunca tengas que
callar las palabras.

No dejes de mirar
la mano que pide
que se tiende y
brilla bajo la lluvia.

Pequeña luz que con tu sonrisa
horadas las tinieblas
y hace pensar que todo  fuego es
posible y que no es demasiado.
                                           
Eduardo Alberto Planas




El mar en el poema de Hernán Jaegui

Jaeggi, frente al mar, en su eje, está conectado con el mundo, con el mundo natural y absoluto al que muchas veces las doctrinas humanas le niegan trascendencia e infinito.

 Desde los tiempos de Homero está presente el tema del mar en poesía pero la poesía no se agota en un tema y el tema del mar no se agota en poesía. Esta señora a quien llamamos poesía, repite con frecuencia los mismos tópicos. Lo que quiero decir, es que los temas en poesía son casi siempre los mismos, no hay temas nuevos. La novedad reside en el tono, en el modo, en el tratamiento del tema. No se trata del qué sino del cómo. Pero digámoslo poética y bellamente como ya lo dijo Paul Valéry en su “Cementerio marino”: “La mer, la mer, toujours recommencée!” (¡El mar, el mar que siempre recomienza!). Este incesante hablar del mar, este decirse a través de sus olas, flujo y reflujo del agua que viene y que va es una perfecta imagen de la creación poética, siempre empezando, aniquilándose en la ola que se desmiga y vuelve a armarse en el reflujo. Los temas de la poesía, a través de la historia, a través de la escritura, se escriben y se reescriben como las olas del mar que siempre recomienzan. “Dice que sí, que no, que no, dice que sí”, diría Pablo Neruda. Casi todos los grandes poetas, han hablado del mar. Y no sólo han hablado, sino que han visto en él, casi un espejo, un reflejo del poeta. En este sentido, nos dice bellamente Jaeggi: “Al verme en ti, me veo/ Al mirarte te miras mirándome. / Como un rayo de luz el ojo/ regresa a su fondo acuoso. / Te miro espejo mío/ y al mirarte yo soy tu imagen/ donde te miras./ Se vuelven uno/ el rostro y el reflejo./ Vivimos uno en el otro,/ no vernos es estar muerto”. Jaeggi retoma en su libro esta escuela de poesía que tiene al mar como espejo de la creación poética, como sostenimiento metafísico del ser humano. El mar, en Jaeggi, está henchido de trascendencia, pero no es una trascendencia religiosa en términos institucionales, religada por doctrinas y dogmas, al contrario. La trascendencia que deja entrever el autor en su poema sobre el mar (porque el libro es un poema solo y es al mismo tiempo muchos poemas y puede leerse de estas dos formas) es una trascendencia desde la inmanencia, la sacralidad de la naturaleza, lo pagano como sacro, la percepción de un absoluto que se da en “este” mundo y no otro. La inmensidad del mar es como la inmensidad infinita del pensamiento. Jaeggi, frente al mar, en su eje, está conectado con el mundo, con el mundo natural y absoluto al que muchas veces las doctrinas humanas, la rapiña de las instituciones le niegan trascendencia e infinito. Ese mirarse, ese decirse en espejo es el que nos interesa. Ahí la experiencia. Jaeggi no viene a hablarnos del mar, Jaeggi nos habla de su experiencia con el mar y en eso reside la autenticidad y la belleza. Allí está su trascendencia. La mediación no está dada en contarnos cómo es, ni quién es, sino en qué me pasó, es decir, no nos baja un cuerpo doctrinario, sino que nos impulsa a hacer la experiencia, a encontrarnos con el mar, a mirarnos en el rostro de su oleaje. En este sentido, la poesía de Jaeggi, tanto por lo que dice como por cómo lo dice se arraiga en una verdadera poesía de lenguaje místico alejada de aspectos dogmáticos, y nutrida por la escucha, el silencio y la observación. 
El libro, editado por Babel Editorial, lleva un lúcido prólogo de Julio Castellanos y se abre con un primer poema, “Puerto de partida”, que forma un encuadre con el poema final “Puerto de llegada”. Entre esos dos puertos hay 47 poemas sobre o desde el mar en los que el poeta pone de manifiesto, diferentes temáticas como el amor, la amistad, la muerte, etc. Entre puerto y puerto, los lectores asistimos a un periplo, un viaje que lejos de circunscribirse al viaje marítimo ahonda más allá y es metáfora del viaje interior y de la escritura. “Al final ya no hay mar” dice el poeta cuando llega al puerto de llegada. Hernán Jaeggi es así, Odiseo que vuelve. El poeta es llevado por el mar en el poema como Odiseo en el canto XIII: “De este modo, ligera la nave cortaba las olas; transportaba a un varón semejante en ingenio a los dioses que en su alma llevaba las huellas de mil pesadumbres padecidas en guerras y embates del fiero oleaje, más que entonces, de todo olvidado, dormía dulcemente” (Odisea, XIII, 88-92). 
El mar hace surgir, es lo que permite aparecer y parir, parición y aparición: “En el límite de la sombra/ la palabra es una aparición/ que camina sobre las aguas, / fantasma de sí misma” (Puerto de llegada). Antes había dicho el poeta: “Toda aparición es la interpretación/ de otra cosa:/ el silencio nocturno la imagen de un santo,/ quien la toque volverá a nacer” (Imagen poética). De eso en parte se trata el mar y la escritura de volver a nacer, o si se quiere de seguir naciendo. Por eso la utilización a su vez de los gerundios en el texto porque todo está sucediendo ahora. Como las olas del mar que siempre recomienzan, Hernán Jaeggi boga mar adentro, se mete más en la espesura de la palabra. Puede hacerlo, porque conoce al mar. Conoce la poesía. Sabe que no hay nada que decir, sino que hay que dejar que las cosas se digan en uno, que nazcan, es decir que sean: “Todo lo que quiero decir/ en este momento/ está fuera de mi alcance, como el abismo marino/ cerrado a toda luz”. 
“El mar en el poema” es a mi juicio uno de los mejores libros de poesía que se editó en Córdoba este año. 

Leandro Calle



El Tolito
A Sebastián

Alguna noche de invierno, cuando sopla el viento del sudeste, me parece escucharlo al Tolito. Soplar, soplar, el viento del sudeste, casi nunca. Que en estos lugares donde llueve tan poco, no le hace falta. Falta siempre hace que llueva, pero uno se acostumbró así. Se acostumbró a mascar tierra. Pero cuando sopla el viento del sudeste, que anuncia el agua, parece como si el Tolito volviese. Entonces uno le pone el oído al viento y es como si  escuchara alguna nota de Lingera Soy.[1]¿Se acuerda, esa que cantaba Antonio Tormo? ¿Se acuerda que estuvo prohibido como 30 años?
El Viejo Tormo vino al pueblo en el 74 o el 75. Ya entonces hacía años que del Tolito sólo quedaba el recuerdo de su armónica los días de viento sudeste. Fue eso lo que perduró del hombre para la época en que vino el viejo Tormo y llenó el salón del club. Tuvieron que agregar una carpa al lado del salón para que la gente escuchara. Y la gente se quedó, afuera, aunque era mediados  de mayo y asomara la helada. Cómo cantaba don Antonio. Y casi todo el pueblo fue a verlo. Hasta algún radicheta, de esos que decían que no les  gustaba, fue. Pero para esa época el Tolito era dos o tres notas de Lingera Soy, cuando el viento soplaba del lado de la quinta de Moralejo, que ahí fue donde vivió, mientras hubo rancho.
Moralejo tenía fama de loco. Como la mayoría acá en el pueblo. Que siempre fue bien visto ser un poco loco. Hacer locuras, que nadie entiende. Eso siempre estuvo bien visto. En cualquier otro lado hubieran metido a más de uno en el manicomio, pero acá están todos lejos, los loqueros. Y dicen que la locura se da por el   viento norte de agosto que llena las casas de arena. Por el silbido de ese viento en las chapas de las casas del pueblo. Ese ruido que  parece querer convertirnos a todos en fantasmas.
Cuestión que Moralejo era radicheta, de los de antes. De esos radichetas de Alvear, porque en los tiempos de Alvear, todo el mundo se acuerda que acá, el trigo valía una barbaridad. Uno se podía comprar un campo si pegaba una cosecha de trigo en los tiempos de Alvear. Y de eso, Moralejo no se olvidaba. Pero vea cómo son las cosas, Moralejo fue de los primeros en tener un tractor acá en el pueblo. Creo que fue un Fiat 55, de esos chiquitos. Si anda por los campos, fíjese, que en algún galpón, tirado, debe quedar alguno. Cuestión que Perón entregaba esos tractores con unos créditos rebaratos.[2]  Y el Loco Moralejo, que era loco pero no mascaba vidrio, le vio la pata a la sota. Y hasta se cantó la marcha peronista cuando se lo dieron. Y se llevó el tractorcito. Y aró como cuatrocientas hectáreas tirando un Maracó de cuatro rejas. Cuatrocientas hectáreas de trigo cosechó el Loco Moralejo en el 49, antes de la sequía. A 25 bolsas de promedio, calcule.
Yo ni me acuerdo cuándo  fue que llegó el Tolito, pero debió haber sido por esa época porque el Loco Moralejo ya se había hecho la casa en el pueblo con la plata que sacó de aquella cosecha. Capaz que fue por entonces que llegó el Tolito. Vio cómo es la cosa por acá. Los hombres solos llegan un día en silencio y se aquerencian. Y uno se empieza a dar cuenta que se quedaron porque los ve a la tardecita en el boliche tomando un vino. Callados en la mesa del rincón. Y ya alguno que le empieza a hacer chistes. Y el hombre que toma coraje y otro vino. Y después de alguna sonrisa tímida empieza a meter algún bocado en la conversación. Y si anda con plata paga una vuelta para todos. Y así, entre tardecita y tardecita, en el boliche uno supo del Tolito.
Y pensar que creía recordar el nombre completo del Tolito. Pero me lo olvidé. Como casi todos nos olvidamos de él. Que de no ser por el viento del sudeste ya nos hubiéramos olvidado definitivamente.
Ahora me parece verlo, caminando por el costado de la calle de los eucaliptos, la que viene del sur, del lado del cementerio, bolsa de arpillera en mano. Dos o tres veces por semana entrando al pueblo, de a pie. Llegaba a la despensa de doña Carlina y se llevaba tres litros de vino suelto en uno de esos tarros chicos que usaban los vascos para repartir leche. Dos kilos de harina, un tarro de salsa, unas cebollas. Y un paquete de Caporal con su libro de papel para armar Ombú. Después, arrastrando las alpargatas, entraba a la carnicería y, cuando tenía plata, pedía un pedazo de paleta con hueso. Y sino algún garrón, como para meterle tutano al  puchero. Que a la carnicería no entraba siempre, igual. Y de ahí rumbeaba para el  boliche. Y se sentaba en la mesa del rincón. O afuera, al lado de las cinacinas. Y, cuando no había nadie, se ponía a tocar Lingera Soy. Tenía una armónica bien cuidada, que a uno le llamaba la atención brillando entre los dedos negros y apergaminados del Tolito. Después, como ahora, uno podía escuchar tin tin tin tin, tin tin tin tin tin tin. Y cuando dejaba de tocar por un ratito, los muchachos del boliche que le decían: “Tóquese otra, Herculiano”.  (En el boliche, cuando los paisanos se toman unos vinos, se ponen solemnes y hasta al Tolito lo llamaban por el nombre). Y el Tolito que arrancaba otra vez. Con la misma. Que era la única que parecía recordar. Y a veces cansaba. Por eso, a veces, se iba a tomar su vino solo, más allá de las cinacinas, al medio del patio. Y se quedaba en un banco de madera. Tocando horas enteras. Se veía de lejos a un hombre de bigotes bajo un sombrero, la camisa blanca con costuras viejas, el pañuelo atado al cuello, las bombachas deshilachadas pero remendadas y  las alpargatas. Y la armónica brillando. Del banco de madera, junto a las cinacinas, llegaban las notas de Lingera Soy. “Vio que dice que antes tocaba con Antonio Tormo, el Tolito.  Mire si va a tocar con Tormo”, se burlaban los muchachos en el boliche.
Aquello de El Tolito le quedó del día que le fue a pedir a Moralejo el rancho de la quinta, para vivir. Ya hacía un par de años que andaba por la zona. Había estado de puestero en dos o tres lugares, pero en el pueblo, nunca había tenido casa. Entonces va y le pide el rancho al Loco. Y Moralejo, que era mandado a hacer para poner sobrenombres, le dio el rancho, pero ahí nomás empezó a repartir el cuento: “Vea don Moralejo, le quería pedir el rancho de su quinta. Que me lo alquile un tiempo para vivir. Yo soy hombre tranquilo y le voy a pagar. Si necesita le hago changas, tropas, hachadas. Lo que a usted le parezca. Aparte, yo soy “solito”, contó el Loco Moralejo que le dijo el Tolito, que hasta ahí ni siquiera tenía un nombre para el pueblo. Pero el Loco Moralejo dijo que el hombre no pronunciaba bien la S y que le había dicho: “Toy Tolito”. Y vio cómo es esto. Cuando acá alguien no tiene nombre, sólo le hace falta un cuento para tenerlo. Así que para todos, incluso para los que alguna vez le preguntamos cómo se llamaba, desde ese día, el hombre pasó a tener rancho y nombre. Y todo por obra y gracia del Loco Moralejo. Quién iba a decirlo. El Tolito…
Desde ese tiempo, a la tardecita, siempre que había viento sudeste y el hombre no iba al boliche, se escuchaba de lejos la musiquita de la armónica del Tolito. Hasta que llegó la sequía del 50. Y el viento del sudeste dejó de soplar. Y sólo se acordó de traer aires del norte o del sur, que partían el pueblo en dos. Y los locos andaban más locos que nunca porque fueron dos o  tres años seguidos de viento y de tierra. Y hubo familias enteras que no aguantaron más y se iban a Buenos Aires a ver si conseguían algo como para poder seguir viviendo.
Y entre tanto viento y tierra, llegan las elecciones. Creo que fueron esas en las que Evita iba ser presidenta[3], que después se murió, pobre. Y resulta que entre el viento y la tierra y esa sequía que no se terminaba más, y los días de heladas, y  todas las noticias malas que decía el bolichero venían de la radio, el Loco Moralejo estaba casi intratable. Si por lo menos hubiese cosechado algo de trigo para calmarlo, capaz la historia era distinta. Pero la sequía duró, usted pregunte, hasta después del invierno ese en que murió Evita. Que después, muchos pensamos, era como si el país se estuviera secando con la pobre mujer.
Pero, déjeme que le cuente de Moralejo. Que si algo no quería el Loco era que en el pueblo fueran a ganar los peronistas. Así que, desde unos meses antes, anduvo tractor para allá y para acá. Ayudando en las pintadas y hasta donó una vaquillona para un acto al que vino a hablar uno de esos radicales medio famosos de no me acuerdo que ciudad.
Cuestión que el día de las elecciones estaba toda la peonada encerrada o en el Comité o en la Unidad Básica. Y el Loco Moralejo a las vueltas con el tractor, desde temprano. Y se le va al Tolito al rancho de la quinta, para llevarle la boleta de los radichetas y hacerlo votar. Y el Tolito que, viéndola venir, sale empacado. Y le dice que no. Que él le va a votar a Evita. Y a Perón. Y el Loco Moralejo ni lerdo ni perezoso que le dice que vote a quien quiera, pero que se vaya con él para el pueblo. Medio de mala gana subió el Tolito, dicen. Parado en el enganche del Fiat, iba. Y el cusquito del Tolito siguiendo la humareda del tractor, al trote. Y, cuando lo deja al Tolito con la armónica en la plaza, el Loco Moralejo se vuelve a  la quinta con el Fiat 55 que le había dado Perón y rodea con un cable de acero todo el rancho. Y se lo engancha al Fiat. Pone la segunda en baja, como si fuera a tirar el arado de cuatro rejas. Y pega el tirón. Acelerando a fondo. Y el rancho del Tolito que se viene abajo. Unos días después fui a verlo. Era un montón de adobes y chapas viejas. Y el catre del Tolito asomando en un costado, bajo un tirante.  Pena daba ver todo ese rancho en el suelo y el cusquito echado, como esperando. Nadie se imaginó que al Loco Moralejo le fuera a agarrar semejante viarazo por un voto más o un voto menos.
Igual, no creo que el Tolito haya llegado a votar, porque cuando le avisaron lo que había pasado, no habló más. Se quedó durito. Sentado en la plaza. Le agarró tal tristeza que lo único que hizo por días fue tocar la canción de Tormo junto al mástil. Mil veces la tocó. Y después se sentó en el boliche. Cerca de las cinacinas. Y ahí estuvo. Días sin probar bocado. Solo tomaba un vino de vez en cuando. Y dejaba de tocar para fumarse algún armado negro que los muchachos le invitaban. Y la música se fue alejando. Y ahí en las cinacinas, primero empezaron desaparecer las alpargatas, más tarde el sombrero. La camisa remendada. Y, para la primavera, sólo parecían verse las manos curtidas del Tolito, sosteniendo la armónica. Y tocando esa música, tan llena de tristeza. Otros dicen que Maciel lo llevó preso una noche por no respetar el luto por la Señora. Porque seguía tocando a pesar de que eran las ocho y pico de la noche.
Después del 52 volvió a llover. Y todos parecieron olvidarse del Tolito. Yo me acordé de él esa noche  en que vino el viejo Tormo. Y, cuando lo tuve a tiro, le pregunté si había conocido a Herculiano Tolosa, que así se llamaba el hombre. “Cómo no lo voy a conocer”, me dijo el cantor. “Tocó conmigo hasta el 52, en que murió. Pobre. Lo atropelló un tractor cuando cruzaba la calle  de la plaza al boliche, en Guaymallén, allá en Mendoza”.
Roy Rodríguez

Roy Rodríguez  (Parera, La Pampa, 1971) es comunicador egresado de la UNC, con maestría en Ciencias Sociales Agrarias en curso. Vinculado con el periodismo, estuvo a cargo de la producción de programas como Arriba argentinos, El juego limpio, Desde otro lado, Puntos de vista y Archivo de noticiero. Fue redactor del diario Comercio y Justicia, y ha colaborado con diferentes publicaciones sobre distintas temáticas. Descalzos en la luna (Alción, 2015) fue su primera novela. El presente cuento forma parte del libro “Siete cuentos peronistas” publicado por la misma editorial el presente año.



1
Estábamos abrazados en la cocina                                                                                                                                                                                                                              
me separé un poco
miré lento hasta llegar a tus pies
fue un recorrido atónito
supe cuánto voy a extrañar esto
cuando ya te hayas ido

2
Entraste a la cocina
pregonando la verdura traída de la feria
y sacaste de la bolsa
como lo haría un mago
una papaya del tamaño de un melón
buscaste la mejor fuente
pusiste en la mesa la fruta cortada
hiciste una gran fiesta
con una papaya
solo un mago

3
Hay cosas que de tanto dolerme ya no duelen
hay una que me va a doler como si fuera la primera vez

4
Sin ruido
en absoluto silencio
así
deberían transitarse los finales

5
La risa y la mirada
el abrazo y el juego
la caminata y la deriva
la cocina y la cama
todo reverbera

6
Un modo de hacer el arroz
otro modo de hacer un té
preparar una masa de pan
distintas maneras de hacer ensaladas
parecemos dos amigas en la cocina
solo que me abrazas
y nos tenemos
también
de otra forma

7
hubo solo un milagro
uno solo
no alcanzó para otro

no fue suficiente para
retirarme de mi soledad

Ana Paulinelli


Presentación del libro Casi silencio de Jorge Luis Carranza

Cuando Jorge me propuso hacer esta breve reseña ahora, en este momento, no solo me sentí muy querido, por lo que agradezco públicamente a Jorge esta posibilidad, sino que al mismo tiempo sentí la obligación de hacer una lectura sintética de la obra de Jorge Luis Carranza que, en este último texto Casi Silencio, llega a una síntesis poética del mundo interior del hablante lírico que está siempre en los poemas de esta autoría. Un hablante lírico que se desprende de su cotidiano para expresarnos, casi sin decir, un modo poético de leer la vida y, por qué no, la misma obra que Jorge Luis Carranza nos entrega.
Dejo en claro que esto no es más que una lectura, y que las posibilidades de lectura, como en todo escritor auténtico, son siempre más profundas y no se agotan en una o dos palabras que intentan indagar el mundo vasto e infinito de la poesía de Jorge Carranza.
Me remito en esta breve búsqueda por entender la poesía de JL Carranza, a dos de sus textos que, en lo personal, más me hicieron eco. Estos son: Terrazas, Tai Chi y, por supuesto, Casi Silencio.
Planteo, en primer término, que en su primer libro Terrazas, el hablante lírico se muestra sorprendido con la mirada a la distancia. Realmente hace el trabajo de subir a la terraza, pero esta vez, desde una mirada poética. Ese es tal vez, uno de los saltos en la poesía que nos propone Jorge Luis Carranza: tomar distancia de los hechos y de las cosas, reteniendo en cada poema, un instante. El profesor, poeta y arquitecto de la Escuela de Arquitectura de la Universidad Católica de Valparaíso, Alberto Cruz, sugirió en una cátedra que la belleza es mostrar el todo por la parte. Desde esta afirmación, podemos decir que Terrazas guarda su belleza en esa síntesis del tiempo que hace el hablante lírico, haciendo que todo lo pasado y lo futuro converjan en un espacio y logre de esta manera poner el mundo entre paréntesis.
En Tai-Chi, sin embargo, el hablante lírico tiene el mismo timbre de voz, por lo que nos sugiere que el viaje continúa. Esta vez, ha bajado de la terraza a las profundidades más íntimas del yo pero que realiza el mismo trabajo de síntesis temporal. Tai-Chi nos revela el yo afectivo, sustraído por un momento del mundo real, para dar pie a la búsqueda, me atrevería a decir que, en algunos aspectos, religiosa, de un mundo en el que se habita de manera poética, es decir, con la belleza como eje principal.
Casi Silencio es el encuentro de estas dos realidades. Por un lado, y toda la primera parte del libro, está mostrando un mundo vivido pero desde una distancia que le permite, podríamos decir, continuar con el acto más sublime de mostrar la realidad, y darnos cuenta de que es en ella donde el esqueleto puede bailar tranquilo. Pero por otra parte, nos muestra la intimidad profunda de quien ha encontrado en la poesía una manera de sentir cada movimiento de ese baile.
En la poesía y filosofía china hay un texto que es sin duda uno de los monumentos más importantes de la actividad intelectual y espiritual que se ha encontrado hasta nuestros tiempos, y es el Tao Te Khing, de Lao Tse. Una de las lecturas propuestas por Saturnino Torra (teosófico), da a conocer que el Tao es el uno o el padre, el estadio mayor de la espiritualidad, lo que permite que el mundo exista. El Te es el estadio intermedio entre la realidad cotidiana y el Tao, es la parte angélica, es el hijo que después de hablar con el padre nos muestra ese estadio superior, es el otro que escucha y, con el surgimiento de la palabra poética, logra el diálogo, es decir la dualidad, la compañía, lo plural. A través de ese diálogo honesto, el hombre común y corriente puede acceder al paraíso que Ezra Puond reconocía en el cantar del viento. El King, por su parte, es la manifestación en la vida cotidiana, a través de un espíritu santo, de la trascendencia que libera del pasado y del futuro, para convertirse en el presente del hablante lírico y, también, de nosotros los lectores.
En la estructura del libro Casi silencio se logran vislumbrar estos tres estadios, donde incluso Jorge Luis Carranza nos separa en tres capítulos, llamados Mundo, Poesía y Alma, la tríada que ha marcado la vida espiritual, poética y mundana del sujeto desde que el ser humano existe o, para algunos, desde que mordió el fruto prohibido del lenguaje, con toda su soledad escondida.
El texto parte con una pregunta: ¿cómo mirar el mundo así como es / y decirlo sin que se note?”. El hablante lírico inicia su Casi silencio con una pregunta, un ruido que se ha generado en su vida, y que lo ha obligado a volver a las palabras y romper con su inquietud la inmensidad profunda del silencio. Hay un intento (ciertamente imposible) de salirse del mundo y de verlo desde una terraza esta vez más lejana, para verlo con la claridad de unos ojos ya no temporales, añorando el silencio absoluto que un corazón inquieto ha perturbad con ese dolor que viene a veces, a veces siempre.
En la segunda parte del texto, el hablante lírico es llevado por la corriente del mundo hacia su intimidad, pero esta vez, con mayor exacerbación que en Tai-Chi, con la noción del movimiento en esa quietud, que será inverosímil hasta que el corazón paciente deje de latir.
Como ejemplo, leo el texto de Jorge Carranza que da inicio al capítulo Poesía, que es una especie de Arte Poética que nos regala el autor:
Cuestión de gusto
Prefiero, no sé por qué,
que la escritura sea breve y leve,

¡Hay tanto que ver,
oír y sentir!
Que se parezca a la casa
que dibujábamos en la infancia
con su chimenea,
su sol detrás,
su árbol al costado,
y el camino en forma de ese,
que baja hasta el final de la hoja.

En este texto, el autor nos lleva hacia un camino que va desde las palabras más instruidas que busca la poesía, hasta la palabra inocente de quien construye un su realidad a partir de imágenes quietas que condensen un estado de satisfacción total, un recuerdo compartido, un dibujo cuyo camino sale de la hoja y nos invita a dejar el frío de la realidad para cobijarnos en la calidez de la casa en la ficción inventada. Sin embargo, y creo no equivocarme al decir esto, la complejidad del texto está en que parece muy simple entrar, tan simple que modifica la realidad concreta de quienes al leer a Jorge, nos valemos de sus letras para confiar en que la verdadera ficción es esta, y la verdadera realidad su poesía, y logramos tocar la puerta de esta casa, y el mismo Jorge, ya no el hablante lírico, nos deja entrar.
Como esto que hago ahora es solo una lectura, me permito imaginar que en esa casa dibujada se está siempre en verano. Su chimenea está, pero es solo para asegurarnos que el frío no es terrible. Lo quiero imaginar así, porque en el primer poema de la tercera parte, que también inicia con una pregunta (como si la raíz de toda búsqueda del alma fuera una duda inefable), el hablante lírico se dirige hacia el verano, como un ave migratoria que busca en la profundidad atemporal y sin espacio, su verdadero hábitat.
¿Cuál es, pues, ese estadio?
La totalidad. La síntesis, porque Jorge es el poeta de la síntesis. Ese estadio está dicho en Casi Silencio que, como el último texto del libro nos recuerda, la verdadera casa, esa casa de papel y la casa concreta, solo puede existir en un alma que, de tanto andar por el mundo, ha logrado edificarla a través de la poesía.
Gustavo Parada Aguirre




Megafón. Dientes rotos, dura cáscara y jugos difíciles. Las dos batallas de Marechal

Por Jorge Torres Roggero

1. Lastimarse la mano
Iniciamos estas reflexiones con una primera sospecha: bajo su aspecto de chatarra, el hombre Robot, una de las prosopopeyas recurrentes en la obra de Leopoldo Marechal, esconde cierto “lustre de metales alquímicos”. Tal conjetura, nos inclina a considerar dos modos de conocer imprescindibles para acceder a un “pensar total”:el símbolo y la alegoría. En los textos que vamos repasar, ambos se entrecruzan y dialogan.
Según G. Durand[1], la alegoría funciona como una traducción concreta de una idea difícil de captar o de expresar en forma simple. Por ejemplo, cuando representamos a la justicia como una persona que castiga o absuelve, estamos configurando una alegoría. Si esa persona está rodeada por ciertos objetos o usa de ellos (espada, tablas de la ley), compone un emblema. Por último, si se recurre a una narración como ejemplo de un hecho justo, real o alegórico, se trataría de un apólogo. Los signos alegóricos, postula, remiten a una realidad significada difícil de presentar.
Ahora bien, si el significado es imposible de representar, entramos de lleno en la imaginación simbólica. El signo, en tal caso, no sólo denota un significado, sino que, a la vez, se orienta a un sentido. No se trata de una abstracción o noción generalizante, diferente de sí misma, sino de la idea misma hecha sensible, encadenada, fuera de un programa conceptual: “El símbolo, como la alegoría, conduce lo sensible de lo representado a lo significado, pero, además, por la naturaleza misma del significado inaccesible, es epifanía, es decir, aparición de lo inefable por el significado y en él”.[2]
El dominio predilecto del simbolismo es, entonces, lo no-sensible bajo sus más variadas formas: inconsciente, metafísica, surreal, sobrenatural. Cosas ausentes, imperceptibles. Lo epifánico prefigura la   emergencia de un sentido latente, instruye sobre la aparición de algo misterioso  o por lo menos, extraño. Tales, en resumen, algunas conclusiones de G. Durand.
En Leopoldo Marechal, si bien aparecen alegorías, recurso retórico peticionado por la didáctica en su carácter de metalenguaje básico dirigido sobre todo a la fijación de la figura del seudogogo o propalador de la palabra falsa, todas las imágenes se resuelven mediante lo que él denomina “energía viviente del símbolo”.
Destacar su importancia, nos arroja sin más a un sistema de configuraciones que funciona como un laberinto.[3]
Imaginemos, por ejemplo, un   conjunto de alegorías, que leído como una totalidad genérica (novela, poema, cuento), concluye por fraguar un símbolo como forma operativa de intelección y representación de lo decible pero no dicho.
En consecuencia, rastrear símbolos en la obra de Leopoldo Marechal puede constituirse en un viaje infinito. Interminables itinerarios entrelazan una red numerosa y dialogante: la doble batalla, la teatralidad, Gog y Magog, la Cuesta del Agua, la alquimia, la cruz, la vestimenta, el viaje, la guerra, el laberinto y tantas otras que podrían agregarse a esta nómina inconclusa. A veces parte de una alegoría como figura inicial. Por ejemplo, el banquete es una elección muy racional y cargada de lastre filosófico, pero constituye el umbral para una entrada a diversas vías de aproximación simbólica (bíblica, alquímica, mítica). Baste memorar estos dos caminos iniciales de la figura inmemorial del convivio y su primera bifurcación: por un lado, es deipmon (comida), alimento del cuerpo; y, por otro, potos, (conversación), presencia del espíritu. ¿Qué mensaje estaba depositando Marechal en el humus fértil del corazón del pueblo cuando hablaba de dos batallas? ¿Qué tienen que ver la batalla terrestre y la batalla celeste con el destino individual y social del sujeto histórico concreto? ¿Qué pito toca el argentino de carne y hueso?
 La obra de Leopoldo Marechal es tan amplia que resulta, sin duda, difícil tratar de definir cuál es el mensaje que nos deja en relación a la patria y su historia, al mundo y su futuro en el milenio. Citaría, para comenzar, una estrofa suya que nos habla acerca de lo que le secreteó el surubí al camalote: “No me dejo llevar por la inercia del agua/ y remonto el furor de la corriente/ para encontrar la infancia de mi río”. El que retrocede avanza y el que avanza retrocede. Quizás en este camino del surubí esté diseñado el camino que Marechal nos trazaba para una posible lectura de sus obras y también para rastrear el sentido que daba a la literatura. Pensemos en el surubí: un pez que navega contra la corriente en busca de la infancia del río, es decir, de un centro primordial, de una fuente de agua viva, de un lugar de alegría: la palabra primera.
Por eso, lo que me interesa destacar ahora es su abordaje del sentido profundo (pienso en Bajtín) y su tratamiento del símbolo. No el símbolo literario, sino el símbolo como una energía viviente, como soporte para el salto metafísico. Marechal lo repite constantemente: consideraba al símbolo en el sentido epifánico del Evangelio. Repetía con frecuencia la frase de la escritura que dice: “La letra mata y el espíritu vivifica”.
Seguía, en consecuencia, una tradición que arranca en lo más profundo de la cultura occidental y, en esa búsqueda, estaba pronunciando a sabiendas una epifanía sobre el destino de América. En sentido guenoniano, rastreaba el lado interno del Verbo, sede de la universalización de nuestras esencias. Denunciaba todo lo que había de profanatorio “en la utilización meramente literal de los mitos y de las literaturas tradicionales”. Cuando eso se da, la consecuencia es terrible: la letra matando al espíritu es un suicidio riguroso. Y las modas que se reducen a una mera literalidad carecen, para Marechal, de todo futuro posible.
Desde su perspectiva, la literatura tiene un valor terapéutico. Por eso hablaba de “la energía viviente de los símbolos”. Se trata de un “arte de vivir” no apto para pseudogogos, es decir, para los profesionales de la letra muerta. Los pseudogogos son aquellos que enseñan desde la letra muerta, los prisioneros de cierta literalidad mutilante que conlleva el degüello de la alegría y la belleza.
Toda la obra de Marechal exige una lectura en clave simbólica: simbolismo del viaje en Adán Buenosayres; simbolismo escatológico de un final de finales en El Banquete de Severo Arcángelo que es el libro que, a lo mejor, hoy tenemos que leer para desentrañar el misterio del milenio; pero, además, ese Megafón que, escrito en horas cruciales de la patria, despliega el simbolismo de la guerra.
Cualesquiera sean sus símbolos (el viaje, la guerra o el tiempo final) la obra de Marechal se refiere siempre a aconteceres del hombre, de la cultura y del cosmos. Es muy importante tener en cuenta esto para entender qué es lo que dice cuando habla de patria celeste o de patria terrestre, de lo contingente y de lo absoluto. Es necesario distinguir entre una historia que podríamos llamar profana, o sea, lo que para Marechal es el aspecto inferior del mero acontecer, y la historia sagrada. El simbolismo es, entonces, la vía de conocimiento que Marechal elige en una edad sombría en que predomina el racionalismo reductivista. En ese sentido, es interesante el uso del simbolismo solar y el simbolismo lunar. El sol, símbolo del corazón, del intelecto amoroso; y la luna, con su luz prestada, símbolo de la razón refleja. “Reflexionar”, “especular”, son palabras que se pueden relacionar con reflejo y con espejo, con la luz lunar, luz penumbrosa de la edad sombría.
Marechal, hablando del descenso y ascenso del alma por la belleza, postula que la razón busca poseer una esencia viva, pero sólo logra un concepto helado; la razón dice, opera como el espejo que sólo toma y devuelve una imagen del objeto enfrentado con él y no el objeto mismo que sólo puede ser aprehendido por el intelecto amoroso.
Es apasionante, también, la aplicación a nuestra realidad nacional de los grandes simbolismos tradicionales. A través de esos símbolos universales, que están en todas las culturas, logra una síntesis, une las mitades dispersas: la de la pertenencia a una tierra, a un destino peculiar, individual, singular, y la de la participación en una humanidad y un cosmos. Por eso es bueno recordar el simbolismo que despliega en Megafón: el de la figura inmemorial de la víbora, en que la verdad más alegre, la verdad del pueblo, refulge victoriosa. Como la víbora, el pueblo rompe siempre la peladura de los viejos figurones, y deja ver, en el momento exacto, su piel brillante, su verdad incontrastable.
Por último, respecto al tema de los simbolismos, quizás es bueno acordarse de un fragmento de Marechal referido al extraordinario poder del lenguaje simbólico. Nos habla de que cómo los símbolos que parecen muertos, alguna vez resucitan; de cómo, este camino de la búsqueda y construcción de la patria terrestre de acuerdo al plano eterno de la patria celeste, es un camino que implica toda nuestra vida y que la lectura de los símbolos es una lectura que supone un compromiso.
Quizás lo más hermoso que se haya escrito sobre los símbolos, sobre su valor y sobre su energía, sea este conjuro de El Banquete de Severo Arcángelo[4]: “Hay símbolos que ríen y símbolos que lloran, hay símbolos que muerden como perros furiosos y símbolos que se abren como frutas y

destilan leche y miel; hay símbolos que aguardan como bombas de tiempo junto a las que pasa uno sin desconfiar y que revientan de súbito pero a su hora exacta; hay  símbolos que se nos ofrecen como trampolines flexibles para el salto del alma voladora y símbolos que nos atraen con cebo de trampa y que se cierran de pronto si uno los toca y mutilan entonces o encarcelan, y hay símbolos que nos rechazan con su barrera de espinas y que nos rinden al fin su higo maduro, si uno se resuelve a lastimarse la mano”.

2. El toro por las guampas
Resucitar símbolos mediante una poética, puede configurarse como una tarea revolucionaria. Megafón[5], la gran voz militante, organiza operativos incruentos para desnudar la traición de la oligarquía. Ayer, como hoy, su supervivencia depende de que el imperialismo la sostenga de las agallas. En su “horizonte mental” no cabe una noción de Patria, tampoco la rapsodia de sus destinos posibles.
Lo que pasa es que un horizonte es un círculo cerrado, y la Patria es “un animal viviente” que se desenrosca en expansión y en exaltación: “Usted habló recién de un pueblo “sumergido”, y yo diría que la verdad es más alegre. Cierto es que la vieja peladura lo ciñe y ahoga exteriormente; pero la Víbora ya construyó debajo su otra piel. De modo tal que ahora, mientras los figurones externos consuman la muerte de una dignidad y la putrefacción de un estilo, la piel externa de la Víbora quiere salir a la superficie y mostrar al sol sus escamas brillantes. “- Y quién es la Víbora?” – inquirí en mi falso desconsuelo. “- La Patria” – dijo Megafón”.
En un país en que el coraje militar, después de haber sido ejercitado contra el propio pueblo, se ha reducido “a una mera costumbre administrativa”, deja de ser “una fuerza o esfuerzo del corazón”. Ya “no hay soldados”, apenas si tenemos “fuerzas armadas”.
El pueblo, entretanto, sumido en los trabajos y los días del país real, se entrega a sus propias virtualidades y construye para sí mismo, en cierta “viviente anarquía”, abierto a todos los posibles, la gran aventura de la revolución: “Una revolución no vale tanto por su doctrina, cuanto por las aberturas que ofrece a lo posible”. Cuando el enemigo de la Patria parece haber privatizado hasta el idioma, bien de todos, el pueblo raspa en el fondo de la olla tiznada de sus jornadas de hambre total, “la vieja sustancia del héroe”: “recoge todas las botellas tiradas al mar”.
El pueblo es una gran memoria y la memoria siempre está en movimiento. Con su movilidad, derrota al espacio y al tiempo. Como la golondrina tiene dos primaveras. Por eso, si un régimen de “anarquía ordenada gobierna misteriosamente un país real, sus habitantes deben vivir en estado de asamblea, día y noche, sin dejarse agarrar por los fantasmas de turno; y cualquier happening es una útil asamblea de ciudadanos”.
Pero todo combatiente del alba del Gran Día sabe que, en la víspera de la gran batalla, se produce el vacío. Como profiere Megafón: “lo malo es que soy un hombre de anteayer y un hombre de pasado mañana”. Sabe que está “entre dos noches: la de atrás con un sol muerto y la del frente con un sol que no asoma todavía”. Sabe que, en toda lucha, aflora el problema entre sus vanguardias y sus retaguardias. Sabe que, como le reveló un brujo de Atamisqui, “la última vanguardia es útil cuando se relaciona con la primera vanguardia”.
Y la primera vanguardia, la primordial, es la fuente del sentido, la que hace que valga la pena vivir y morir en la guerrilla sin término por rescatar a la Patria de los que la ultrajan y malvenden. En la “batalla celeste” está el germen de todas las victorias del pueblo que es el guardián del secreto de los símbolos que ocultan su destino. Megafón, “con los dientes rotos de morder simbolismos” de “dura la cáscara y jugo difícil”, piensa que ha llegado la hora de desatar los furores que relampaguean en los adentros del pueblo: “¡Quiero agarrar el toro por las guampas!”
En el centro del tenebroso lupanar del Tigre donde el héroe va en busca de Lucía Febrero, se respira el aliento de la Bestia: “un neuma sin neuma sopla donde quiere Tifonéades el griego, un palurdo que se agita en la más triste literalidad. ¡hermanos, el simbolismo es para quienes usan algo más que los ojos faciales y un tercero en el culo visto quevédicamente!”
Mediante el humor, Marechal construye un pasaje que transita desde la profanación de los símbolos a su gozosa epifanía. Porque Lucía Febrero, la novia olvidada, no es una bestia cornuda, es la fuente de las energías vivientes del pueblo: “toda ella es un canto a la libertad, y una risa de libertad y una danza caliente de la libertad, como si la integrara una bandada inmensa de palomas en vuelo”.
Megafón, preso, torturado, desaparecido, descuartizado, “ha triunfado, recibe de la novia primero la “mirada”, en seguida el “saludo” y finalmente “la voz”. Eso es lo mismo que recobrar la “teoría”, la “salud” o alegría de pueblo, y la “palabra”.
Hebe, la Gran Madre, acaba de convocar, con la lucidez, el ejemplo y la voz cantante, a combatir con alegría y con una presencia constante que rebalse en calles y plazas. Según Marechal, las vicisitudes exteriores de las dos batallas guardan, por lo menos, cierta contradicción militante. Su fondo secreto es asediado por dos organismos iniciáticos: uno, está consagrado a estudiar las distintas aristas de la doctrina megafoniana; otro, más dado a la acción que a la meditación, trabajaría en una praxis “capaz de hacer polvo” el esquema gris “de Buenos Aires y el país entero”.
El mensaje del Megafón marechaliano nos convoca, por un lado, a vivir día y noche en estado de asamblea; por el otro, a la invencible esperanza: “Sea como fuere, todo aquí está en movimiento y como en agitaciones de parto. ¡Entonces, dignos compatriotas, recomencemos otra vez!”

Jorge Torres Roggero


[1] Durand, Gilbert, 1971, La imaginación simbólica, Buenos Aires, Amorrortu
[2] Durand, Gilbert, cit.: 14.
[3] Marechal, tras el rechazo de lo externo y literal, se lanza al rescate del “valor originario de la palabra”: “todos los gestos han perdido su energía ritual y su fuerza mágica”. (Marechal, Leopoldo, 1965, El Banquete de Severo Arcángelo, Bs. As., Sudamericana, 149 y ss., 258 y ss.
[4] Marechal, Leopoldo, 1965, El banquete de Severo Arcángelo, Buenos Aires, Editorial Sudamericana
[5] Marechal, Leopoldo, 1970, Megafón, o la guerra, Buenos Aires, Editorial Sudamericana. Las citas son tomadas de esta edición.





Mano a mano con Elena Poniatowski
En el marco de su gira por México, a donde fue invitado a presentar “El Tumbador de Árboles”, su último libro, el poeta y periodista Sergio Pravaz entrevistó durante dos horas a una de las máximas referentes de las letras de Latinoamérica, en su casa del Distrito Federal.
Por Sergio Pravaz

Desciende del último rey que tuvo Polonia en el siglo XVIII. En México le dicen la princesa roja por su gran compromiso social y su activismo en defensa de los derechos humanos. Es periodista y escritora. Nació en París y a los 10 años se radicó con su familia en México. Su obra ha sido traducida a más de una decena de idiomas y reconocida con múltiples distinciones. Cuando ganó el Premio Cervantes lo fue a recibir con un vestido de Tehuana, los que usan las mujeres de la etnia Zapoteca. Fue nombrada Doctor Honoris Causa por ocho universidades. Es una maestra en el arte del tejido de diversas voces que desde lo coloquial y una pluma extraordinaria cruza sin dudar literatura y periodismo para transmitir un mural de voces, silencios y emociones de los últimos cincuenta años de la historia de su país. “La noche de Tlatelolco”, “Leonora”, “Hasta no verte Jesús mío” y “Querido Diego, te abraza Quiela” son algunos de sus libros. En su casa de la ciudad de México Poniatowska dialogó en exclusiva con diario Jornada y dijo lo siguiente:

-¿Qué significa para usted, aún hoy, caminar las calles de México, más allá de que ha sido su rutina durante tantos años como cronista?

- Bueno, yo he caminado muchísimo por las calles porque me inicié en el periodismo en 1953 y recuerdo que en esos años andaba a pie y andaba en autobús por toda la ciudad; hice miles de entrevistas. Ese fue uno de mis grandes aprendizajes. Desgraciadamente los últimos años han sido de marchas, de protestas, a partir casi, casi desde 1968 en que con el presidente Gustavo Díaz Ordaz el país se ha ido para abajo.

-Hábleme de su libro “La noche de Tlatelolco.

- El 2 de octubre de 1968, después de un movimiento estudiantil, que correspondió a los movimientos estudiantiles que hubo en el mundo entero, el único país en el que hubo una masacre fue México. Fue muy traumático; y como yo había tenido alguna relación con las madres, familiares y también con los estudiantes, pues hice un gran mosaico de voces que contaban esa tragedia. Al principio se habló que iban a requisar en las librerías la edición de ese libro, que no podía circular, esto fue en el año 71. A don Tomás Espresate, el editor, que había estado en la Guerra Civil Española, le dijeron que le iban a volar la editorial porque sabían que él estaba por editarlo y lo consideraban un libro antigubernamental. Fue muy valiente don Tomás porque protegió el libro; las fotos me las pasaron a escondidas los periódicos, y me decían: “no vayas a decir que te las dimos, no vayas a decir que tienes eso, guárdalas, escóndelas”. De todos modos se publicaron fotos terribles. Pero ya en el 59 hice un libro sobre la huelga ferrocarrilera, los trabajadores con sus mujeres lograron paralizar todo el país; las mujeres con sus largas enaguas, las tehuanas, se tiraban en los rieles para que el maquinista no pudiera arrancar su locomotora, así que plásticamente era un movimiento también muy bonito; además que la locomotora en México es la gran heroína de la revolución mexicana.

-Cuando usted comenzó en el periodismo y en la literatura, ¿cuáles fueron sus lecturas y sus influencias?

-Mi idioma materno es el francés porque vine a México a los diez años; soy hija de padre francés de origen polaco y de madre mexicana, cuya madre había nacido en Francia y su abuela había nacido en Francia, entonces tenían muchísimos años viniendo a México de vacaciones, aunque su apellido era Amor, ese es su apellido materno...

- ¡Como la poeta Pita Amor!

- Claro, sí. Pita Amor era mi tía, una tía que no me quería, quería a mis hijos pero a mí no me quería, porque cuando a ella le preguntaban por mí, le hablaban de mí, eso no le gustaba. Ella me decía (Elena hace una voz exclamativa, sobreactuada al decir lo que sigue): “No te compares a tu tía, que es la dueña de la tinta americana”. Ella era bastante actriz (risas).

- ¿Y cuáles eran sus lecturas preferidas, en esa época iniciática?

- Yo leía en francés de modo que mis lecturas eran las que se leían por aquellos tiempos, los clásicos, Dostoievsky, Tolstoi, pero en francés y luego los leí en español. Cuando comencé a escribir en castellano yo ponía acentos como con un salero, así, tas (hace el sonido) donde cayera pero ponía acentos, en todas las palabras ponía acento. Luego, ya me inicié a escribir en español, me enseñé más o menos a escribir en español y ya me hice periodista, entonces ya leía…

- … el periodismo debe haber sido una práctica muy buena para usted…

- El periodismo te obliga porque allí pierdes todas tus pretensiones de inspiración, o de que te visite el ángel y te vaya a ofrecer una obra maestra. Tienes que entregar y está el jefe de redacción diciéndote, ya entrega, y tú eres la última, y entonces ya empecé a leer a Rulfo, a Octavio Paz, a Carlos Fuentes, a todos los de esa época, a todos mis amigos, también a Rosario Castellanos, a Sor Juana Inés de la Cruz. Leí todo lo que se necesita, bueno, todo lo que tiene que ver con México.

- ¿Cuáles son hoy los elementos formativos que usted reconoce que le ha dado el periodismo? 

- Bueno, al periodismo yo le debo todo. Estudié inglés en un convento de monjas en Estados Unidos, permanecí allí tres años, hasta los 18 años, parte de mi formación está allí, pero sin dudas yo le debo todo al periodismo. He conocido gente que de otro modo no hubiese sido posible, he conocido mi país, he aprendido la lengua castellana.

- ¿Qué piensa de esa vana y vieja discusión que hubo en una época, sobre todo en el ámbito de la academia, que negaban la práctica del periodismo para todos aquellos que quisieran dedicarse a la literatura?

- Bueno, ya lo dijo hace muchísimos años Chateaubriand: “… el arte quiere manos blancas”, que tienes que estar muy descansado, que tienes que estar solamente dedicado a eso, pero en América Latina es muy difícil. Hay que pensar que García Márquez fue periodista muchísimo antes de escribir “Cien años de soledad”; yo creo que le debe mucho al periodismo, incluso retomó e incluyó mucho de su periodismo en su literatura, por ejemplo cuando escribió “Crónica de una muerte anunciada”. Él siempre reivindicó el periodismo, además, en un país donde hay tan pocos lectores, Alfonso Reyes vendía mil ejemplares, o donde Borges quería ir a dar las gracias a cada uno de los que habían comprado su libro, bueno, el periódico se supone que da la posibilidad a mucha gente de leer pagando un precio muy accesible…

- Es muy formativo…

- Claro, eso es muy formativo, y además, Carlos Fuentes por ejemplo escribía editoriales, muchos escritores ejercieron el periodismo, Vargas Llosa, creo que Julio Cortázar también, bueno, él me contaba que ser maestro en una universidad norteamericana le permitía vivir bien durante dos años en cualquier otro lado, porque el pago por sus cursos era lo
suficientemente bueno para permitirle, luego, dedicarse a lo que él quería, o sea escribir.

- El cruce de ambas disciplinas es maravilloso, sí. Usted cree en el trabajo o en la inspiración, o como dicen los italianos, si me llega que me encuentre trabajando…

- Yo no tengo mucho que decir al respecto porque yo ejerzo un oficio, como lo haría un carpintero, como lo haría Martina que me hace la comida, es un oficio, como cualquier otro. Yo así lo vivo, es un oficio que para mí ha sido un privilegio ejercerlo porque me ha permitido conocer mi país, conocer muchísima gente, a la que jamás me hubiera podido acercar si no es a través del periodismo. Si yo decía le quiero hacer una entrevista a Alfonso Reyes, podía ir a verlo con ese pretexto.

- De los libros que usted ha escrito, sea ficción, testimonio, crónicas, reportajes, ¿por cuál guarda un afecto especial?

- Por el que estoy escribiendo ahora, porque si no, no lo haría; necesito creer en lo que hago en este momento para seguir adelante. Pero yo no puedo decir, porque ni siquiera, a veces, me acuerdo, porque hay algunos libros míos que ni siquiera los tengo en mi cabeza. Le puedo decir que hay uno que no me gusta nada, se llama “Domingo 7” que es a los candidatos a la presidencia de la república, ese me chocó porque, pues, fue un encargo que recibí y me acuerdo que mis niños estaban chiquitos y me entró una ola de autocompasión bárbara por tener que ir a hacer ese trabajo, ay porqué tengo esa mala suerte, pero claro, yo me la busqué porque podría haber dicho que no…

- Claro…

- Pero tengo otro problema gravísimo y es que nunca se decir que no.

- En esta etapa de su vida en que le llueven los reconocimientos, ¿esa circunstancia la aleja de la práctica activa de la escritura, al tener que asumir nuevos compromisos?

- Bueno, lo que sucede en América Latina, y en México, es que la realidad es tan fuerte y tan problemática que te jala fuera de tu casa, entonces, pues el mayor compromiso finalmente es con lo que sucede en tu país. Es muy difícil aislarse, cerrar la puerta y decir, bueno, yo no tengo nada que ver. Lo puedes hacer supongo en Nueva York, o en países altamente desarrollados, donde escoges tus temas, y si tú quieres escribir sobre tu tía Cuquita que se quedó soltera y que le gustaba coleccionar cucharitas o timbres postales, lo puedes hacer, pero no lo puedes hacer en un país… bueno, es difícil para mí hacerlo en un país de América Latina porque aquí hay tal cantidad de requerimientos y de gente que viene a decirte, que si participas, que si vas, que si asistes, y ahora más, en este país de México, en esta ciudad, por ejemplo, hay tantos crímenes, tantas manifestaciones, te dicen que en la esquina le dieron un balazo a no sé quién, que a seis cuadras mataron a otra persona, entonces, cómo es posible que tu escribas sobre lo que quizás normalmente escribirías en un país sin tantas calamidades, como en el nuestro.

- ¿Cuáles son sus proyectos de trabajo y cuáles son sus sueños?

- Bueno, mis sueños son no morirme tan pronto, bueno, ahora tengo un marcapasos, estoy mala del corazón, tengo 84 años y me gustaría llegar, por lo menos a los 90, como llegó mi madre, bueno, pero ella no tuvo marcapasos (risas). Ahorita estoy trabajando sobre mi familia paterna. Cuando yo dejé Paris, a los 10 años, mi padre, Juan Poniatowski, se quedó, él fue soldado combatiente durante la Segunda Guerra Mundial. Mi hermana y yo no lo vinos durante seis años. Luego descubrí a través de los libros que Estanislao Poniatowski fue el último rey de Polonia, después de él ya no volvió a haber reyes en ese país. Incluso hubo una partición, se quedaron con Polonia, Rusia, Austria y Prusia, de modo que desapareció durante cien años del mapa del mundo, y de eso se lo responsabilizó a Poniatowski. De él, lo que me gustó es que se enamoró de Catalina La Grande, de Rusia, que fue quien lo ayudo a llegar al trono. Él fue su amante, está en las cartas que yo tengo, ahí le dice, “no me hagas rey porque yo quiero estar en tu lecho, quiero estar contigo”, se lo pidió en varias cartas, “prefiero mil veces estar contigo” le decía, pero ella ya había escogido a otro, porque Catalina tuvo muchos amantes. Él era como un poeta, sensible, inteligente, educado y jamás se hubiera prestado a ir a asesinar a alguien, como ella le propuso, para sacarse de encima a su marido. A mí me cae muy bien porque tenía muchas depresiones...

- Era muy humano para ese ámbito en el que le tocó moverse...

- Sí, sí, me cae muy bien. Nosotros descendemos de Estanislao, que fue el hijo de su hermano Casimiro, y de allí viene eso del título de príncipes para mi familia. Pero cuando lees la realidad de esa época, de Rusia y de Polonia, te quedas muy sorprendido porque de veras vivían muy mal, estaban muy atrasados. Pero fue Catalina la que tuvo la voluntad de insertarlos en la historia europea, por eso se hizo amiga de Voltaire, de Rousseau, de Diderot, de D’Alembert, bueno, todos los grandes pensadores de la ilustración. Quienes, creo, vivieron a sus costillas, claro.

- Cuénteme la anécdota del legado que el ganador del Premio Cervantes deja para el futuro...

- Sí, dejé la pulsera de combatiente de mi padre que decía su nombre, por si te encontraban tirado en el campo de batalla; bueno, eso siempre me conmovió, de modo que fue uno de los legados que dejé, junto a la cuchara de madera con la que él comió cuando estuvo en la cárcel; fue luego de atravesar los Pirineos para llegar a España y alcanzar a De Gaulle en África. Una vez detenido, no quiso gritar viva Franco y gritó viva salaud, que en francés es un insulto, aquí podría ser, cabrón o bastardo.

- ¿Qué es la imaginación para usted, en este mundo en el que pareciera que tiene poco espacio?

- Pues yo creo que en México lo que más hay es imaginación. Yo no siento que mi país sea realista, para nada, no lo siento así; te pueden contar la historia más truculenta de la tierra y hacértela creer.

- La cultura y el arte de México son testigos de esto que usted dice...

- Sí, y el pasado prehispánico también, o un grabador como José Guadalupe Posadas, o pintores como José Clemente Orozco, Diego Rivera o David Alfaro Siqueiros,

-… o el rey poeta Nezahualcóyotl…

- … claro, Nezahualcóyotl y su poesía. Sí, aquí en México lo que reina es la imaginación.

Sergio Pravaz





Una cantante cubana en Córdoba



Liuba María Hevia nacida en La Habana, Cuba estuvo en nuestra Ciudad presentando su disco Puertas en el  CPC de Arguello, junto al local Dúo Cadencia. Compositora y cantante por excelencia, es una de las más altas representantes de la cultura cubana contemporánea.
Forma parte del Movimiento de la Nueva Trova desde el año 1982, junto a figuras legendarias como Silvio Rodríguez y Pablo Milanés, con quienes ha compartido trabajos discográficos.
Al igual que Polito Ibáñez, Gema y Pavel, Raúl Torres, el dúo Cachivache y el trío En serie, entre otros, Liuba ganó popularidad en la Cuba de los años 90. Ella es parte de un suceso de búsqueda y esplendor de la trova cubana.  Su primer disco, “Coloreando la esperanza”, muestra una mirada contemporánea a la música campesina desde su inevitable condición de trovadora.
Sus canciones se caracterizan por un alto nivel poético y belleza; variedad melódica, rítmica y temática. En sus composiciones afloran géneros cubanos que conforman su mundo sonoro, entre ellos la canción libre, la guajira, el son, la habanera y el danzón.
La presencia dentro de su grupo acompañante –fundado por ella en 1990 – de cuerdas clásicas como el chelo y el violín; del tres y el laúd, instrumentos asociados a la música popular y al folclore campesino; de las percusiones y las guitarras en sus formas y sonidos más variados, unidos al inconfundible color de su voz, brindan de conjunto un toque muy personal a su trabajo.
Los conciertos que ofrece son espectáculos de exquisita factura, en los cuales desborda su gran poder de comunicación con el espectador. En ellos nos acerca también a diversos géneros musicales, con sus versiones de la trova tradicional cubana, de tangos, milongas, ballenatos… así como a manifestaciones artísticas relevantes del teatro, la danza contemporánea y las artes plásticas.
Tanto en sus multipremiados videos clips y animados, como en los diseños de sus trabajos discográficos, se divisa un resultado acorde con su singular personalidad artística. Sin pactar con “la moda”, ella logra un terminado contemporáneo y novedoso en cada propuesta.
Hasta la fecha Liuba cuenta con más de una docena de discos. Resulta admirable su inquietante necesidad de búsqueda; ese saber asumir siempre algo nuevo y original sin dejar de ser ella misma en cada entrega.
Numerosos premios y reconocimientos le han sido otorgados por diversas instituciones. Con sólo 31 años de edad recibió la Distinción por la Cultura Nacional, máximo galardón otorgado a los artistas que  brindan aportes significativos a la cultura cubana.
De igual forma la UNICEF la nombró en 2012 Embajadora de Buena Voluntad, en atención a la sostenida y cuidadosa labor que, como parte de su vocación por el trabajo social, realiza para los niños, no sólo en grandes teatros, sino también en barrios y hospitales del país, donde, además de sus propias obras, Liuba interpreta temas de la tempranamente desaparecida poetisa y trovadora Ada Elba Pérez (Santi Spiritus, (20 de septiembre de 1961 – La Habana, 14 de julio de 1992), las de Teresita Fernández, “la juglar de Cuba” (Santa Clara, 20 de diciembre de1930); y los clásicos infantiles de Hispanoamérica.
Ha llevado su música a Suiza, Francia, Etiopía, España, Angola, Argentina, México, Perú, Venezuela, Chile, Colombia, Nicaragua, Bolivia, Canadá  y República Dominicana, entre otros países.




ALIBE EUGENIA EN CAFÉ DEL ALBA


El pasado 8 de septiembre de 2016, la cantante Alibe Eugenia se presentó en el Café del Alba de nuestra Ciudad. Un  desafío para Alibé, que siendo una artista proveniente del canto lirico, pudo demostrar su versatilidad e interpretar con excelencia estándard de jazz y músicas de películas. El espectáculo  fue dinámico, dividido en tres partes y explicando el origen de las mismas. Comenzó diciendo que "My Funny Valentine" (en español Mi Gracioso Valentín), era una canción del musical Babes In Arms de 1937.
“Blue Skies”  era una popular canción que Irving Berlin compuso en 1926 para el musical de Richard Rodgers y Lorenz Hart Betsy, estrenado ese mismo año.
 "Time after time" un jazz standard, cuya primera grabación fue hecha en 1946 por Sarah Vaughan; "Moon River" fue expresamente escrita para Audrey Hepburn, y la película "Desayuno con diamantes".
"Over the Rainbow”, escrita para la película de “El Mago de Oz”, y especialmente para Judy Garland. Fue calificada por el Instituto de Cine Americano como la mejor canción de la cinematografía americana de todos los tiempos.
"Smile” es una canción basada en un tema instrumental de la película titulada “Tiempos modernos”: largometraje de 1936 escrito, actuado y dirigido, por Charles Chaplin, quien también compuso la música. En 1954 junto John Turner y Geoffrey Parsons agregaron la letra.
"Smoke Gets in Your Eyes" fue escrita para el musical “Roberta” en el año 1933. Esta canción apareció en diversos films, el primero "Roberta" de 1935 (adaptación del musical) interpretado por Irene Dunne y también se incluyó en su remake de 1954 interpretado por Kathryn  Grayson's. Posiblemente la versión más conocida de "Smoke Gets in Your Eyes", fue grabado en 1958 por The Platters."
“Sous le ciel de Paris”. Una de las canciones más hermosas dedicadas a París en toda la historia de la música, no sólo porque su fondo musical recuerda sonidos propios de las tradiciones parisinas, con el acordeón típicamente presente en la chanson francesa sino porque su letra exalta con propiedad el espíritu y los espacios de la París más tradicional. Esta canción tuvo a dos grandes intérpretes, quienes le dieron la fama que tuvo en Francia y Europa: Edith Piaf y al cantante francés de origen italiano Yves Montand.
“La vie en rose”. Edith Piaf popularizó la canción en 1946.  La letra fue escrita por Piaf y la melodía por Louiguy (Louis Gugliemi). Inicialmente, los compañeros de Piaf y su equipo de compositores no creyeron que la canción fuese a ser un éxito, pero se convirtió en una de las favoritas del público. La letra habla de un hombre del que está enamorada y de las sensaciones que le produce cuando abraza a su amor, o cuando le susurra «palabras de amor»
"Non, je ne regretterien". A través de la canción, la cantante hace un repaso de su vida pasada, el bien y el mal que ha padecido, las tristezas sufridas y los placeres disfrutados. No se arrepiente de nada, todo ha sido olvidado, pagado, barrido por el tiempo, ella pone un punto y aparte en su existencia, vuelve el contador a cero , dispuesta a iniciar una nueva vida a partir de estar juntos.
Los dos jóvenes compositores: Dumont y Vaucaire la contactan para que grabe una canción que según ellos, estaba hecha para ella.
Al principio la cantante se negó a volver a hacerlo, ya que  quería abandonar el circuito artístico. Pero al ver la insistencia de los dos compositores, decidió escuchar la canción. En el año 2007, en una entrevista para Daily Express, Dumont comentó sobre ese momento: "Cuando empecé a tocar el piano, la actitud de Piaf cambió de inmediato. Me hizo tocar una y otra vez, tal vez unas 5 o 6 veces”. Ella dijo que la canción era magnífica, maravillosa, que efectivamente fue hecha para ella.
En 1961, estrenó la canción en vivo en el Olympia de París, interpretando magistralmente Non, je ne regretterien y llenó cada noche el teatro, obteniendo una recaudación más que suficiente para paliar los problemas financieros de ese mítico escenario.





NO ME ARREPIENTO DE ESTE AMOR

No es una clásica biografía al estilo hollywoodense. La película  es un homenaje realizado con sumo respeto a un mito de nuestra cultura popular. La directora Lorena Muñoz ha querido  trascender esa imagen de Gilda  sacralizada, para comprender su dimensión humana. El plano da inicio a la película resulta revelador: desde el interior del coche fúnebre que lleva los restos de Gilda, se puede ver los rostros de sus fans al despedirla, el llanto desconsolado, como se abalanzan sobre las ventanas empañadas por la lluvia. Ese pueblo sufriente, que aparece en una visión borrosa, es lo primero,  que la directora, Lorena Muñoz, nos muestra como una forma de sentar posición, de comprometerse con un retrato justo, ajustado a la realidad. Luego sigue la narración y se ve a Miriam Alejandra Bianchi (nombre original de Gilda) - interpretada por Natalia Oreiro-, una maestra jardinera de clase media desilusionada de una vida dominada por la rutina, con nostalgia  de un pasado donde existía su vocación musical, por influencia de su padre.
Ese desencanto, expuesto sin tintes melodramáticos, la lleva a la  famosa audición donde  Miriam comenzaría a convertirse en Gilda. Esto será narrado sin golpes bajos, deteniéndose en las dificultades que tuvo que superar, desde la incomprensión familiar primero, empezando por un esposo, el rechazo que encontrará en el mismo ambiente de la cumbia, un mundo totalmente  distinto  donde los estereotipos de mujer eran muy diferentes –algo que queda sintetizado, en ese primer casting, donde las aspirantes a cantantes se parecen a  Gladys “la bomba” Tucumana–, y donde –además- chocará con las mafias que dominan los circuitos de los bailes, imprescindibles para ascender. Gilda “es muy flaquita”, “no es del palo”, dicen algunos empresarios musicales.
La performance notable de Natalia Oreiro resulta central. Se apropia de Gilda pero su actuación  trasciende  la imitación para intentar una recreación en sus propios términos. Por eso lo mejor de la película se encuentra en sus shows sobre el escenario –en donde la actriz canta con su propia voz. La escena del recital en la cárcel es paradigmática en ese sentido.  El final –altamente logrado- es casi místico- exponiendo la plena comunión existente entre el artista y su público, algo que para muchos es inexplicable y que para otros se debe al carisma, al amor por un artista. Y no hay que arrepentirse de ese amor.


REGRESO A CASA (COMING HOME): RECUERDOS QUE SE BORRAN.
*  *  *  * MUY BUENA
Por Leonardo Arce

Zhang Yimou es un director chino que conocemos gracias a dos películas épicas: “La casa de las dagas voladoras” (2004) y “La maldición de la flor dorada” (2006). En “Regreso a casa”, película estrenada en el 2014, deja de lado las artes marciales y toda esa estética exquisita y altamente atractiva desde lo visual para recuperar otros conceptos. El director se permite tomar distancia de las grandes producciones de corte histórico y se centra una cinta más profunda, con énfasis en las actuaciones y en los fuertes climas dramáticos. Quizás el mayor mérito de esta propuesta radica en una trama familiar descarnada que se enmarca en el fenómeno socio-político más trascendental en la historia contemporánea de China: la revolución cultural.
La historia transcurre en la década de 1970. Lu Yanshi (Chen Daoming) y Feng Wanyu (Gong Li) son una pareja. Lu es un crítico exacerbado al nuevo régimen impuesto por la revolución cultural china y eso traerá consecuencias a todo su entorno. Obligado a separarse de su familia, es arrestado y enviado a un campo de trabajo como preso político. Liberado cuando termina la revolución, regresa a su casa pero no todo será como antes. Su esposa padece de amnesia y no logra reconocerlo. Mientras intenta recomponer su relación con su hija, Lu debe convivir con esa esposa que aún espera el regreso de su marido, sin saber que lo tiene al lado.
Es interesante ver cómo los hechos sociales y culturales pueden determinar la vida de las personas. Esto  se ve en la cinta: mientras la revolución cultural se va desarrollando, la vida de los personajes la acompañan y es moldeada por ella, con todo lo que implica. La trama no se pierde en ese contexto general sino que sólo lo toma de referencia. En ningún momento se pierde de vista que es una historia de reencuentros, de amor, de pertenencia y de reconocimientos de una familia que padece los avatares de la historia y que debe convivir con las heridas que ésta ha dejado.
El espectador no puede mantenerse neutral: la carga emotiva del filme lo logra cautivar y movilizar pero sin inclinarse a los extremos. Es drama en la justa medida y en la medida de lo necesario para lo que se pretende contar. Y esto es mérito exclusivo del director que supo captar esta esencia y respetarla. Esos climas son propiciados gracias a un diseño de producción sencillo pero muy bien realizado que sirve de marco, en el que es válido destacar el trabajo impecable de fotografía que realza cada cuadro. El buen uso que se le da a lo musical, es algo que también debe ser  destacado: no sólo que acompaña cada escena; en muchas ocasiones oficia de vehículo para más emociones.
Gong Li, actriz china que supimos ver también en la recodada cinta de Robb Marshall, “Memorias de una Geisha” (2005), sostiene una interpretación excepcional. A mí me ha cautivado: desde las profundas miradas hasta los gestos y expresiones faciales, que crean momentos verdaderamente únicos.
En definitiva, “Regreso a casa” es de esas películas que llegaron a las salas de nuestro país casi de casualidad pero que se haya exhibido es un detalle no menor. Cuando un drama penetra en lo más profundo de los sentimientos de un espectador es algo que se agradece. En medio de tantas propuestas que apelan al “gatillo fácil emotivo”, la emoción genuina es memorable.
Leonardo  Arce


DOSSIER: La encantadora aristócrata que se pasó a su clase por la raja

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La escritora Teresa Wilms Montt (1893-1921) rompió todos los moldes de su época y por eso la alta sociedad chilena de entonces la rechazó, la castigó y la abandonó. Mucho más allá de la caricatura de “mujer rebelde”, Teresa fue capaz de cargar con todo el peso que ejercer su libertad le implicó. Se casó sin el consentimiento de sus padres, engañó a su esposo con su primo, le quitaron a sus hijas, fue encerrada en un convento, escapó con Vicente Huidobro, viajó, vivió en Buenos Aires, Madrid y París, participó de la vida bohemia, enamoró a muchos hombres, escribió y fue celebrada, consumió drogas y se mató. Hoy, una película y la reedición de su biografía la reviven.

POR CATALINA MAY

En una lujosa casa de calle República, en Santiago, están reunidos los hombres de la familia Balmaceda Valdés. Los convoca una especie de “tribunal familiar”, destinado a juzgar a la esposa de Gustavo Balmaceda, Teresa Wilms Montt, acusada de adulterio. Nadie asume su defensa mientras ella, encerrada en una pieza y custodiada por su suegra Sara Valdés, que la aborrece, no tiene derecho a descargos. La familia de Teresa, aunque ausente, está informada de la situación y avala al clan acusador.
Hace algunos días, Gustavo volvió desde Belén, el pueblo en el que vivía hacía meses, destinado como empleado del Servicio de Impuestos Internos. En la casa de su padre, José Ramón Balmaceda, encontró a su esposa encerrada, tal como él lo había ordenado por sospechar que ella le era infiel. Teresa se había pasado esos meses tocando el piano y recibiendo las visitas de Vicente Balmaceda, Vicho, un primo muy cercano y querido de su marido.
Al llegar, Gustavo encontró unas cartas de amor dirigidas a su esposa que le confirmaron la infidelidad que sospechaba. La sorpresa vino cuando vio que estaban firmadas por su primo Vicho. El escándalo familiar fue gigantesco. El primo desapareció y a nadie le importó, igual como a nadie le importaban las conocidas infidelidades de Gustavo. Pero no podía quedar impune que Teresa le hubiera puesto los cuernos con su primo.
El “tribunal familiar” rápidamente decide una sanción dura y, a la vez, silenciosa, que permitirá reparar el herido honor de Gustavo: Teresa Wilms Montt, de 22 años, será encerrada en el Convento de la Preciosa Sangre. Sus dos hijas, Elisa (5) y Sylvia (3,) se irán a vivir a Limache con los Balmaceda. Es octubre de 1915 y Teresa nada puede hacer contra las machistas normas sociales que definen su destino. De ahora en adelante, su vida estará marcada por el abandono, la soledad y el destierro. Y también por la escritura, la bohemia, el amor y la muerte.

“TODOS LOS SENOS DE MUJERES HERMOSAS”

Teresa Wilms Montt entró al Convento de la Preciosa Sangre, en el barrio Brasil, el 18 de octubre de 1915. No era la única mujer que cumplía ahí una condena social decidida por hombres. Compartía su enclaustramiento con embarazadas y locas que avergonzaban a las más elegantes familias chilenas de principios del siglo XX. El encierro de Teresa duraría seis meses y por momentos le haría pensar que de verdad estaba loca. Pero no la haría arrepentirse ni menos avergonzarse de sus acciones. “Su delito fue transgredir los cánones morales y sociales de la conservadora sociedad de su época y de su clase burguesa. Su pecado, buscar espacios para la libertad de amar, conocer, liberalizar lo sexual, viajar, consumir drogas, escribir y morir”, explica Ruth González-Vergara, autora de la biografía “Teresa Wilms Montt, un canto de libertad”.
Su vida en el convento transcurría lenta. Rezaba, trabajaba en el jardín, cocía, leía y, sobre todo, escribía un diario que muestra cuán enamorada estaba de Vicente Balmaceda, Vicho, un hombre encantador y sociable pero bebedor y que, finalmente, murió de sífilis. En su diario, Teresa lo llamaba Jean, nombre derivado de una fiesta de San Juan en la que coquetearon por primera vez. Él tenía prohibido el ingreso al convento, pero se paseaba por la afueras y Teresa lo miraba por la ventana.
“Sufro, palomo mío, cuando miro las estrellas. Quisiera hacerte de ellas una corona luminosa, con rayos de luna y piruetas de sol. Por lecho quisiera darte todos los senos de mujeres hermosas que hay sobre la tierra… ¡Ay, hermoso doncel, qué triste está tu doncella! Se muere sin tus caricias de azúcar, más ricas que panal de abejas, más suaves que una mano con jabón, más ardientes que carbón en la parrilla”, escribía en su diario, incluido en sus “Obras completas”, que publicó Grijalbo en 1994.
Otra de sus preocupaciones en el convento eran sus hijas. Recibió algunas visitas de las niñas en un primer momento, pero después no supo más de ellas y lo único que tenía para recordarlas era una fotografía: “El retrato de mis hijas me produce una sensación indescriptible, me imagino que es lo único que me queda de ellas”, anotó. A medida que pasaban los meses de encierro, Teresa se convenció de la necesidad de separarse de su esposo: “Me repugna y me humilla estar todavía ligada a un indigno cobarde, que no ha sabido ser marido ni hombre decente”.
Durante ese tiempo, como ella misma lo admite en su diario, Teresa se obsesionó pensando en Vicente: “No me da vergüenza decírtelo: verdaderamente te deseo; jamás se me ha olvidado el saber de tus caricias y el encanto que ellas me producían. Cuando me encuentro como ahora en la cama, tengo que dominarme para que con la evocación de las escenas pasadas no me venga un vértigo de fiebres y me enloquezca de imposibles”. Pero después reflexionaba: “Realmente me estoy abandonando demasiado al sufrimiento de amor. Ya es vicio… ¡Cuántas noches no he despertado sobresaltada por el remordimiento de no haber dedicado en el día un solo pensamiento a mis criaturas adoradas! Todo me lo absorbe Vicente”.

FUGA CON EL OTRO VICENTE

El encierro, sumado al desprecio de sus padres (que jamás fueron a visitarla al convento), a la separación de sus hijas y de Vicho y a la negativa de parte de su esposo respecto al divorcio, fueron quitándole a “la monja fuerte” –como la llamaban en el convento– las fuerzas y las ganas. Su diario está atravesado por la idea de la muerte: “Desgarrador es estar sola. La idea del suicidio se enseñorea en mi cerebro”; “Cuántas veces pienso con verdadera sensualidad en morir”. La salud de Teresa también se fue resintiendo. Sufría fuertes jaquecas. Para eso, desde muy joven, tomaba analgésicos derivados del opio. Además, para dormir, dependía de un barbitúrico llamado Veronal. También tenía siempre a mano morfina. Y fue precisamente ese medicamento el que utilizó cuando, el 29 de marzo de 1916, Teresa intentó suicidarse por primera vez. Esto colmó la paciencia de las monjas.
Por otra parte, la familia Wilms Montt encontraba en Teresa una dificultad para concretar los matrimonios de sus otras hijas, y el marido, Gustavo Balmaceda, estaba cansado de ser el cornudo de la historia. De alguna forma, todos querían desligarse de ella. Teresa, por su parte, ya estaba convencida de que sería imposible salir del convento para vivir feliz junto a su amado Jean, que a esas alturas ya la había dejado bastante sola, y a sus hijas. Así que con algunos amigos que la visitaban comenzó a planear la huida, que, eso sí, sería apoyada económicamente por los Wilms Montt. El destino, Buenos Aires.
“Estoy resuelta a ganarme la vida como mujer, sin mancharme, y a conquistar un nombre, ya que dejaré el mío. Será horroroso partir, dejando a mis hijas, pero… yo no soy digna de ellas y no podría tenerlas a mi lado jamás”, escribió.
El elegido para ayudarla a concretar sus planes fue un amigo de la infancia: Vicente Huidobro. “Huidobro es un buen amigo de clase y clan. Son dos burguesitos que se ayudan y solidarizan; son guapos, ilustrados, pertenecen a la plutocracia, y la clase manda”, explica Ruth González-Vergara. El poeta tenía que viajar a Argentina para dictar una conferencia en el Ateneo. Para lograr la fuga, Teresa se vistió de negro y, usando el velo que entonces era obligatorio para las mujeres en la iglesia, se mezcló entre los asistentes a misa y pudo salir.
Teresa y Huidobro llegaron a Buenos Aires a fines de junio de 1916. Hoy no está del todo claro qué tipo de relación mantenían. En el diario de encierro de Teresa no hay mención alguna a Huidobro, que estaba casado y volvió tiempo después a Santiago, solo. Pero él sí le dedicó a Teresa un sugerente texto: “Teresa Wilms es la mujer más grande que ha producido la América. Perfecta de cara, perfecta de cuerpo, perfecta de elegancia, perfecta de educación, perfecta de inteligencia, perfecta de fuerza espiritual, perfecta de gracia”.

INFANCIA Y ADOLESCENCIA

Veintidós años antes, el 8 de septiembre de 1893, en Viña del Mar, nacía la segunda hija del matrimonio entre Federico Wilms y Luz Victoria Montt. La llamaron Teresa y todos se asombraban por sus enormes ojos azules. A medida que fue creciendo en el palacete estilo inglés de la familia en Viña del Mar, en la exclusiva calle Traslaviña, Teresa se fue ganando el cariño de su padre, vinculado al mundo de las finanzas, y fue perdiendo el de su madre, que sólo tenía ojos para su hija mayor. Teresa creció solitaria entre siete hermanas, educada por institutrices que la hacían escribir una y otra vez el verbo “obedecer”. En un diario de vida que redactó en francés siendo aún niña, se puede leer: “Es tan absurdo exigir que obedezca; porque soy como el mar, el viento, el sol”.
Su madre, cuando la encontraba con un libro en las manos, se lo quitaba y lo rompía. “¿Qué daño hago leyendo cuando me procura tanto placer? ¡Quiero, debo leer! Lo necesito”, aseguraba Teresa en su diario. Y lo lograba robando libros de la gran biblioteca familiar, entre ellos algunos de Baudelaire y Verlaine.
Cuando Teresa tenía 16 años, en una de las tantas cenas de gala que los Wilms Montt ofrecían, apareció un joven de 24 años: era Gustavo Balmaceda Valdés. Estaba entrando cuando escuchó una voz femenina que cantaba. Era Teresa, que apareció en la sala saludando y encantando a los invitados. Balmaceda quedó loco. Al día siguiente, Teresa hizo algo muy inusual para una mujer en aquellos años: le regaló a Gustavo una flor y así le declaró su amor. Los nuevos enamorados compartían el gusto por la ópera, el teatro y la literatura. Pero ambas familias se oponían a un posible matrimonio. A los Balmaceda les parecía que una niña Wilms no daba el ancho y a los Wilms Montt no les gustaba este burócrata que, a pesar de su buen apellido, ganaba poco. Pero a los jóvenes enamorados no les importaba esto y al cabo de unos meses de separación impuesta, Teresa Wilms, de 17 años, y Gustavo Balmaceda lograron casarse. Los padres de Teresa no asistieron al matrimonio y la abandonaron para siempre.

MATRIMONIO A LAS PAILAS

La felicidad de los recién casados, duró muy poco. Teresa y Gustavo se instalaron en un Santiago de efervescente vida cultural, que celebraba el Centenario. Ella asistía a tertulias, al teatro, a conciertos en el Municipal y al recién inaugurado Museo de Bellas Artes. En la fiesta de año nuevo de 1910, semanas después del matrimonio, recitó y cantó acompañada del piano. Fue el centro de atención y se llevó todos los aplausos y miradas. Gustavo se moría de celos y en el regreso a la casa la retó a gritos. Lo que antes le gustaba de Teresa había empezado a molestarle.
Pronto Balmaceda comenzó a llegar borracho de madrugada: le gritaba a Teresa, la amenazaba y hasta le pegaba. Incluso –cuenta Ruth González-Vergara– la apostaba en los partidos de naipes que jugaba con sus amigotes, entre ellos su primo y confidente Vicente Balmaceda. Ella, aunque de carácter fuerte, se mantenía silenciosa, pues no atinaba a enfrentar los hechos y no tenía a quién pedir ayuda. Dedicaba su tiempo a la lectura, hábito que, como antes a su madre, empezó a molestar a su esposo: “Tornaba a devorarse sin selección alguna cuanto volumen pillaba a mano. Pero no se contentaba con leer, sino que escribía…”, anotó irónico Balmaceda en su novela “Desde lo alto”, publicada en 1917. Pronto, Teresa tuvo a su primera hija y para calmar los nervios que le provocaba la maternidad, más los problemas matrimoniales, utilizaba láudano y éter.
Gustavo Balmaceda, lleno de celos y dudas, se llevó a Teresa a vivir unos meses a Valdivia y luego a Iquique, donde ella comenzó a escribir en la prensa bajo el seudónimo de Tebal y se integró a la vida bohemia, siendo la única mujer y ganándose todas las atenciones. En esas veladas, como ella misma escribe, abusaba del cigarrillo, del alcohol y del éter. “La noche era para charlar, el día para dormir, la tarde para escribir… Todo el mundo me quería, un disparate mío era más celebrado que la frase más ingeniosa de Scarron”, escribió en su diario. La vida conyugal, en tanto, se iba yendo las pailas.




En Iquique también conoció la pobreza y las diferencias sociales. Visitó escuelas y hospitales y supo del horror de la matanza de Santa María de Iquique, ocurrida cuando su tío abuelo, Pedro Montt, era Presidente. Así se fue acercando a las ideas de emancipación femenina, al anarquismo y a la masonería, además de volverse cada vez más anticlerical. “Conocí lo que para las mujeres de mi clase es un misterio, la verdadera miseria material y moral… Mi alma salió pura de la prueba, pero asqueada y con un fondo de amargura eterna”, escribió.
En febrero de 1915, cuando el matrimonio llevaba 4 años, llegó a Iquique, invitado por Gustavo, su primo Vicente. Y en el norte se concretó el romance prohibido. Gustavo Balmaceda, después de tres años en Iquique, mandó a Teresa, que ya había tenido a su segunda hija, de vuelta a Santiago. Él volvió poco después y descubrió las cartas que revelaban el romance de su primo y su mujer. Entonces a Teresa le hicieron el “tribunal familiar” y la mandaron al convento.

“EN CONTORSIONES DE POSEIDA”

En Buenos Aires, después de escapar del convento, Teresa fue todo lo libre que quiso y salió de la esfera de la vida privada propia de las mujeres de esos años para participar activamente en la vida pública bonaerense: visitaba galerías de arte, librerías, cafés y teatros, y escribía. Enloqueció a varios argentinos con su belleza. Pero llevaba dentro la pena de haber dejado a sus hijas y a su amado Jean.
 “Teresita fue popular en Buenos Aires: todos querían conocer a esa joven fría como los arcángeles y los nihilistas, hermosa y fuerte, con ojos maravillosos pero un poco indiferentes al amor, con algo de masculino en toda su personalidad”, escribió Joaquín Edwards Bello, otro amigo suyo de infancia.
Uno de los más interesados en conocerla fue un joven de 20 años, poeta e hijo de una aristocrática familia bonaerense, llamado Horacio Ramos Mejías, que se enamoró perdidamente de Teresa. Pero ella no estaba entonces para amores y mantuvo con Horacio una relación que a él no le bastaba. “Teresa se cuidó mucho de volver a enamorarse. Su relación con los hombres sería meramente sexual”, explica Ruth González-Vergara.
Reacia al amor, en Buenos Aires Teresa editó dos libros: “Inquietudes sentimentales” y “Los tres cantos”, muy bien recibidos por la crítica. Feliz en Argentina, guardaba un mal recuerdo de Chile. “Desde la sociedad en que me crié, no conservo nada más que ingratos recuerdos. Aquello es añejo, rancio, retrógrado… la iglesia domina aún, la separación entre la sociedad es profunda; al pobre ‘roto’ se le desprecia; entre la aristocracia, corroída como todas, y el pueblo existe un abismo insondable”, aseguró en una entrevista.
Un día de agosto de 1917, Horacio Ramos Mejías, abatido porque la chilena no lo amaba, se cortó las venas. Teresa se encerró tres días y luego guardó un riguroso luto. Horacio se convertiría en Anuarí en sus libros, donde ella lo recordaría como el ser amado que en la realidad no fue: “Te amo Anuarí… Mi boca está sedienta de lujuria. En contorsiones de poseída, escápanse de mí los aullidos desgarradores de mi carne y mi corazón heridos”.
Después de un año y medio en Bs. As., Teresa decidió seguir viaje: “Sin filosofía y sin ilusiones me embarco mañana, huyendo de una pena negra y tan negra, como que emana de una fosa recién abierta en cuyo fondo he desgarrado mi corazón”. En diciembre de 1917, sola, enrumbó a Nueva York. Durante el viaje, cuenta en su diario, un pasajero impidió que ella saltara al mar. Fue su segundo intento de suicidio.

MADRID Y EL LEÓN SIN GARRAS

En EEUU no le permitieron la entrada, quedó retenida en el barco y finalmente, a principios de 1918, llegó a Madrid. Sola y sin dinero, Teresa se instaló en la Europa de post guerra. “Dentro de la cama en esta fea pieza de hotel, me entrego por entera a mis oraciones de recuerdo”, escribió. Pronto comenzó a visitar los cafés, donde se desarrollaba la vida cultural madrileña. “En España tuve un tiempo pobre, pero fui feliz. Había amigos, buenos camaradas, amor, sinceras simpatías”, dijo en una entrevista.
En un café llamado el Pombo, Teresa conoció a quién sería su amigo y protector, el escritor Ramón del Valle Inclán. ¿Qué tenían en común? “Eran prácticamente autodidactas, lectores empedernidos, amaban el saber, la belleza. Un inconformismo latente, que en Teresa se parecía mucho al hastío, también los hermanaba. Eran individualistas, bohemios y anti burgueses”, sostiene Ruth González-Vergara. Edwards Bello fue testigo de esa amistad. Un día se reunió con ambos y luego escribió: “Era una embajadora por su charme especial, su belleza y cultura. Pero se notaba en ella un afán indómito de terminar; sus genialidades tenían la marca de ingénita desesperación… Todo en ella hablaba de la muerte; su vida es como una lucha constante por sacar el espíritu de la prisión carnal”.
En Madrid, los hombres también se enamoraban de Teresa. “¿Quién no ha estado enamorado de ella?”, se preguntaba el escritor Enrique Gómez Carrillo. A esas alturas, en Chile Teresa se había convertido en una leyenda. Huidobro ya lo decía: “Fue grande en el amor, como en el dolor…Ella sabía erguirse y proclamar con la cabeza en alto como bandera de triunfo su amor y su ideal”.
Teresa tuvo en Madrid un romance con un chileno de veinte años y buen apellido: Arturo Cousiño. “Hay algo que en el amor me agrada y es iniciar espiritualmente en la vida a los hombres jóvenes que se me acercan. Me siento maternal”, explicó en una entrevista. Pero ya estaba desilusionada del amor: “Tengo 25 años de mi vida tormentosa, que me envejece moral y físicamente. No hay entusiasmo en mi corazón, el pobre sólo sabe querer con fierezas de león sin garras… Tengo miedo, lo quiero a mi chiquillo fresco… ya me parece que lo pierdo y mis brazos caídos no podrán retenerlo en su libertad”. Dicho y hecho, Cousiño prefirió cumplir con un matrimonio impuesto por su familia.
Por ese tiempo Teresa publicó dos libros más: “En la quietud del mármol” y “Anuarí”, prologado por Valle Inclán. Firmaba entonces como Teresa de la Cruz. En 1918 volvió a Buenos Aires. “Viajar, he aquí el sueño de tantos burgueses panzudos. No saben que para estarse treinta días en el mar, hay que tener en el sangre infinito y ellos sólo tienen glóbulos rojos”. Allí publicó un libro de llamativo título: “Cuentos para los hombres que son todavía niños”. Luego viajó a Londres, Madrid, Sevilla, Córdova y Granada. Y en 1920 se enteró de que su suegro, José Ramón Balmaceda, se instalaría en París junto a sus dos nietas, es decir, con sus dos hijas.

FRÁGIL DE TANTO MARTILLEO

Después de cinco años sin ver a sus hijas, Teresa partió a París y lo primero que hizo fue mandarles regalos al Hotel Majestic. Pero todos le eran devueltos. Sara Valdés, la suegra que la despreciaba, no permitió que viera a Elisa (9) y Sylvia (6). Pero los empleados de la familia Balmaceda posibilitaron el encuentro. En los jardines del Trocadero, cerca de la Torre Eiffel, se reencontraron por primera vez madre e hijas.
“Nosotras éramos dos niñitas que no sabíamos que teníamos una madre… Estábamos sentadas entre las flores cuando apareció, con una capa y un sombrerito con un alfiler. La vi muy hermosa. Ella estaba muy nerviosa y se reía mostrando una dentadura perfecta… Nos abrazaba y besaba una y otra vez”, contaría décadas después su hija Elisa en la biografía “Un canto de libertad”.
Siempre a escondidas, Teresa mantuvo contacto con las niñas un par de veces a la semana durante alrededor de un año. Después, los Balmaceda decidieron volver a Chile y Teresa, nuevamente, se quedó sola. A esas alturas estaba ya muy cansada, aunque tenía solo 28 años. Había teñido su pelo de negro, engordado, fumaba mucho y consumía opio. Tras la partida de sus hijas, se recluyó en la pieza en que vivía, sola. A fines de 1921 ya casi no salía a la calle.
“Me siento mal físicamente… Vida, fuiste regia, en el ruido hueco de tu seno me abrigaste como el mar y, como a él, tempestades me diste y belleza. Nada tengo, nada dejo, nada pido… Sufrí y es el único bagaje que admite la barca que lleva al olvido”, escribió al final de su diario. Días antes de la navidad de ese mismo año, Teresa tomó una fuerte dosis de Veronal, el barbitúrico que usaba para dormir. Horas después le encontró agonizando su amiga Marguerite, que la llevó al hospital, pero en vano: el tercer intento de suicidio había sido efectivo. “Se fue, se fue la amiga de palabra suave y miradas de perdón. Estaba frágil de tanto martilleo y se fue”, escribió Vicente Huidobro. Sus restos fueron enterrados en París.

En mi alma hay dos cunas vacías, dos cunas heladas que no pueden entibiarse ni al  calor de mis besos, ni al desesperado desconsuelo de mi llanto.
Dos cunas graves como féretros, como cavidades de mármol blanco.
En mi alma hay dos puertas cerradas como dos montañas de roca, las cuales no pueden abrir mis manos, aunque se quiebren los huesos y se desgarre la piel. Son dos puertas lacradas por la voluntad del Destino.
En mi hay una mística tristeza que ahonda hasta el infinito, como puñal de terciopelo, que asesinara todas mis quimeras.
Hay en mi alma un pozo muerto, donde no se refleja el sol, y del que huyen los pájaros con terrores de virgen ante un misterio de cadáveres.
Mi alma es un palacio de piedra, donde habitan los ausentes, trayéndome la sombra de sus cuerpos para alivio y compañía de mi vida. Mi alma es un campo devastado donde el rayo quemó hasta las raíces, y donde no puede florecer ni el cardo.
Mi alma es una huérfana loca, que anda de tumba en tumba buscando el amor de los muertos.
Mi alma es una flecha de oro perdida en un charco de fango.
Mi alma, mi pobre alma, es una ciega que marcha a tientas sin apoyo y sin guía
Mi alma es una muerta errante; es el fantasma de la pena.

Teresa Wilms Montt   

Light Painting - Eduardo Planas - Parque Sarmiento, Córdoba, 2016






[1] El Tío le llama Lingera Soy a La canción del Linyera, que es un foxtrot con letra de Ivo Pelay, un tipo que escribió canciones para Gardel y también obras de teatro.
[2] Le pido perdón, pero acá hay otra equivocación del Tío. Los Fiat 55 vinieron años después. Me parece que el tractor que le dieron a Moralejo era un Pampa, el  tractor peronista, que le decían.
[3] Se equivoca, el Tío. Eva Duarte nunca fue candidata a presidente. Creo que iba a ser vicepresidenta, pero no la dejaron.

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