miércoles, enero 06, 2016

BOLETÍN LITERARIO BASTA YA - NOVIEMBRE, DICIEMBRE 2015












Boletín Literario ¡Basta ya!

Director: Eduardo Alberto Planas.  Colaboradores permanentes: Lily Chavez,  Alfredo Lemon,  Jorge Luis Carranza, Sergio Pravaz, Jorge Torres Roggero, Leonardo Arce, Héctor Aldo Valinotti. Corresponsales: Griselda Rulfo (Villa María), Gabriela Bayarri (Villa Dolores). Registro Propiedad  Intelectual Nº 598958. Hecho el depósito que marca la ley 11.723. Valor del ejemplar: $ 30. Foto de Contratapa: “Sonríe la primavera” de Carolina Sorrentino (2015).
 Blog: www.boletinliterariobastaya.blogspot.com. Tel: 0351- 4886974 – 156170141. Esta revista se terminó de imprimir en Grafica 21 – Duarte Quiroz  N° 1702, Córdoba. Tel: 351- 4876498. Otras fotos: www.google.com.ar / www.pinterest.com
CONTENIDOS:
Detrás del vidrio – Jorge Luis Carranza // Poema de María Juana Molina // Arte Poética  - Luis Rogelio Nogueras // A esta altura…-  Mujer en el viento -  Daniel Tomás Quintana // Alfonsina Clariá – Mudanzas // a Laura García del Castaño – Alfredo Lemon // Laura García del Castaño – Los demonios del mar – Las nueve y treinta // Otra Promesa – Marcelo Gioino // La sangre en armas de Osvaldo Guevara // Vigilia – Yolanda Gozálvez // Hoy también comienza otra batalla – Leticia Ressia // La ciudad en la memoria de  sus habitantes: el 14 – Eduardo Alberto Planas // “A las barricadas” - Mónica Ferrero // Julio Cortázar y la fotografía – López Aguilar // Una segunda oportunidad (En chance til): Dura es la realidad; dura es la verdad – Leonardo Arce // Animal – Marta Audano // ¿Quién puede prohibir? – Carolina Sorrentino // Fábulas y engranajes – Sergio Pravaz //  Frida Khalo en Córdoba


DETRÁS DEL VIDRIO



A veces me canso de mi mismo.



El corazón no deja de pensar

rumia, rumia y anda como un reloj suizo.

Siempre

me acuesto para el mismo lado

siempre.



Quisiera ver el mundo 

como se ve un acuario

detrás del vidrio

aunque sea por un instante

una vez cada muerte de obispo.



Un mundo de silencio

y seres que se deslizan.



Pero ya se sabe,

los obispos viven mucho
viven bien

y tienen una salud de hierro.
 
JORGE LUIS CARRANZA




“Nunca supongas que la espuma del alba
                                                          se ha extinguido”                                                              
                                                                    Edgar Bayley          

Has de despedir la noche
cuando el reloj marque las siete
aunque la oscuridad del invierno
la prolongue.
Aunque sólo veas sombras
entre los durazneros
y la luz de la lámpara extienda
sus tentáculos sin hojas.

Para que el alba se encienda
despide ya la noche.


MARÍA JUANA MOLINA



ARTE POÉTICA
Ahora sé
que el poema, antes de ser las líneas trazadas
con prisa,
es la conversación en el café,
la sonrisa azul de Blanca Luz,
la muerte de este hombre,
el apretón de manos o la vida entre dos.
Ahora sé                                
que trazar estas líneas
no es
sino la forma última de hacer la poesía,
el último acto del poema,
la función de trasplantar la vida a la hoja.
La poesía empieza en todas partes
y termina siempre en los papeles.
LUIS ROGELIO NOGUERAS (Cuba)
            


Daniel Tomás Quintana – Ando con ganas de volverme  viento
ESTA ALTURA

A esta altura de la vida / uno tiene el cuero / acribillado de recuerdos, / de voces, de gestos, de señales; / tatuado con palabras / de lumbre y tierra, / de agua y viento / y con una multitud / abigarrada / de silencios estridentes. A esta altura de la vida / uno guarda en sus entrañas, / o en el alma, / una mágica bitácora de besos, / un mapa imprescindible / de abrazos y miradas, / un prolijo inventario / de esperanzas torrenciales, / de utopías derrotadas, / de naufragios y de balsas, / de intemperies y de abrigos, / de muertes y resurrecciones / cotidianas. A esta altura de la vida / uno sigue deshojando / los caminos / y arrastrando sus baúles / colmados de cicatrices oxidadas, / algunos pocos milagros de juguete, / una vieja libreta borroneada / con olvidos imposibles / y memorias obstinadas, / una carta de plenilunios y de eclipses, / un derrotero de esquinas y de calles / jalonados de instantes imborrables. A esta altura de la vida / uno carga en sus espaldas / niños de todas las edades, / una legión de muertos / en acecho, / algunas mujeres sin olvido, / unos ángeles procaces, indecentes, / un par de diablos entrañables / y un poema de amor / interminable. A esta altura de la vida / uno desangra días / y gasta noches / con la piel arada por los años.


Daniel  Tomás Quintana     


MUJER EN EL VIENTO


Viene viniendo el viento / con su polvoriento atavío  / de hojas secas y arena / y su andrajoso birrete / de amarillentos papeles.

Viene viniendo el viento, / viejo centauro del tiempo, / al galope y dando aullidos,  / dibujando remolinos / en las costillas del aire.

Viene viniendo el viento / por el cauce de la calle, / vocea tu nombre y tus señas, / enumera tus cabellos / y los huesos de tu espalda.

Viene viniendo el viento / para enredarse en tus piernas / y sublevar tus pezones, / para desatar torbellinos / en el país de tu vientre.

Viene viniendo el viento…

Daniel Tomás Quintana
                                                                                       
De su libro “Ando con ganas de volverme viento”, El Mensú Ediciones, 2015





Alfonsina Clariá - Mudanzas




La radio del jardinero
me despierta;
alguien trabaja
en el jardín vecino.

Imagino una mano,
el movimiento ondulatorio
rodeando el yuyo,
los dedos que se aferran
y tiran con fuerza.

La pequeña mata
se desprende del mundo;
pienso en el alma,
en el olor a tierra removida.

Abro los ojos;
mi raíz está en el sueño,
todavía.
*


La casa era también
aquel  jardín:
la imponente santa Rita,
los geranios bermejos
y anaranjados,
un jacarandá, las achiras,
la enamorada del muro.

Pude haberme ocupado,
al menos, de los geranios
que son de poco riego,
pero me distraje en el amor,
en los hijos
y en la inútil manía
de abrir surcos y sembrar
la parcela de la página.

No sé en qué estación
se marchitó el vergel,
hasta los geranios
se volvieron marrones.
Rescaté la palabra jardín,
que tanto me gustaba
y me nacieron otros gajos,
otras sombras.
*

La casa entera
en treinta y dos canastos.

Ya no sé qué hay en cada uno.
En cambio, estos objetos
saben quién soy, lo que tengo
y lo que dejé ir.

Contemplo el laberinto
de cosas familiares:
los espejos que cada día
vieron pasar un rostro
que ya no era el mismo,
los libros que cada noche
precedieron al sueño,
los utensilios de cocina
tan poco usados,
la ropa, los muebles,
los juguetes…

Ahora que al fin
terminé de embalar,
pienso que podría dejar todo,

llevarme solamente
esta quietud,

el silencio de las manos
otro orden en los ojos.



ALFONSINA CLARIÁ         





a Laura García del Castaño
                      

Mujer breve casi una niña.
Niña intensa casi inocencia.
Poeta enorme casi tristeza.
Sólo riqueza, todo prodigio.
Palabra enorme casi silencio,
abundante, diferente.

                                          Alfredo Lemon






Laura García del Castaño – Los demonios del mar

los demonios del mar

cada día que asistí
a la defunción de un hombre o de un atleta
cada noche que arrojó
mi vida al fuego o al ensayo
la desilusión que me arrastró en su oleaje
los fuegos que estallaron en China
para ahuyentar a los demonios del mar
tan semejantes a la detonación de una mujer cercana
el picaporte gastado
por un antiguo instinto de huir
el chofer que anunció los cinco minutos finales
Chopin, que me acompañó en cada viaje
las hileras de árboles
que advertí sólo de regreso
las tardes que pasé a los seis años
cuidando esos cachorros
o las horas que paso aquí
centinela de lo perdido
han sido por desandar
por no ser domesticada
delirar un salmo
leer en voz alta algún pronóstico

el mate que mi padre dejó cargado esa mañana
su amigo ferroviario
en el trencito del parque Las Heras
la desolación que pude ver en sus ojos
ha sido desandar
ayudar a no rendirse

subir al podio que no premia
nadar tras los demonios del mar
encandilar a los cachorros de la desolación

los minutos finales
de un viaje y los nocturnos
la hilera de árboles
que advertí sólo de regreso
el tren más inofensivo de una vida
en el verano del 86
el ferroviario que miraba
sin llegar  más lejos
su esperanza huyendo
por esas vías cruciales
el picaporte que alguien gastó
por desandar y no ser domesticado
todo ha sido desandar
y no ser domesticado
asisto a la defunción
de un hombre o de un atleta
ensayo la detonación
de una mujer cercana
predico un nuevo gran pronóstico
hago estallar los fuegos del mar
para ahuyentar a los demonios del amor

Laura García Del Castaño


Los demonios del mar,
Colección La Verdad se Mueve,  Del Dock,
Buenos Aires, 2015



las nueve y treinta

tomo un té
antes de las pastillas de las nueve y treinta
no miro el calendario
ni hago asteriscos sobre las fechas
me baño con el frío alivio de la negación
cierro la puerta para conservar
esa extraña apariencia de olvido
es hoy donde se duerme
hoy el veneno dado al pajarito
la sombra del árbol
ha llegado más puntual
mansa y amigable como la tristeza no habrá
es el cobertizo de una granja
donde se han guardado
herramientas que han fingido su protección
filos sin sospecha y sin nobleza
a la noche una lectura nos aguarda
la silueta de alguien nuevo por memorizar
el efecto de la frialdad
la orfandad de su juicio apresurado
tomo un té
antes de las pastillas de las nueve y treinta
algo químico y vital meterá mi cabeza
en un mecanismo  que  exige
con los modales que fueron de la ambición.
entonces, en los segundos que dura
la procesión del vapor
la tez artificial del durazno
guardo un poco de luz
un gesto generoso,
el bocado de un poema
tu traje de franela azul
temeroso, cavo y entierro para después
como un perro que  solo conoce
las cínicas sobras
de un amo sin nobleza
                                           
Laura García del Castaño








O T R A     P R O M E S A
I
Soy un suspiro           
de la eternidad.
Una ráfaga,
un instante,
apenas el murmullo
de un aliento,
una gota
en los vaivenes
del tiempo
II
Y un día no seré
este cúmulo
de materia y egoísmos,
me despojaré de esta carga
de órganos y ambiciones
para ser nada más que yo
III
Entonces no veré
atardeceres rojos
ni aguas cayendo,
voy a perderme
en los pliegues del espacio,
a escabullirme en los recovecos
de la historia y la memoria...
Seré tan ínfimo:
Una partícula cósmica
rodando en el universo,
un destello de conciencia
habitando la inmensidad,
una mínima incandescencia
buscando otro destino.
IV
Y en alguna sincronía
del infinito y del futuro,
en algún rincón del devenir
volveré a cubrirme de ojos,
de piel y de sentidos...
Comenzará un mágico despertar.
Habrá más luz... y otra promesa
desafiando amaneceres.

MARCELO GIOINO


PRIMER PREMIO VII CERTAMEN NACIONAL DE POESÍA "RAMÓN EMILIO CHARRAS”  -  2015


La sangre en armas – Osvaldo Guevara


Tapa del libro La Sangre en armas de Osvaldo Guevara



La Universidad Nacional de Rio Cuarto ha reeditado el libro “La sangre en armas“ del poeta Osvaldo Guevara  (Unirio, 2015). El libro cuenta con una ilustración de tapa de Sergio Stiffi y un excelente prólogo a cargo de Pablo Dema: ”Osvaldo Guevara o los timbales del sol”.
La primera edición data de 1962 y existió otra en 1998. Pablo Dema señala que: “En las opiniones encontradas de los críticos se expresa la persistencia de un conflicto que es inherente al campo literario: la tensión entre el sostenimiento de las formas heredadas y el impulso rupturista que busca una nueva forma expresiva. Sin duda en Guevara hay un recelo por las posiciones vanguardistas extremas, las cuales corren el riesgo de naufragar en el caos propio que produce el abandono de toda pauta. Guevara se sabe poseedor de una imaginación desbordante y de un vitalismo eufórico, pero en todo momento intenta someter ese magma a una forma arduamente pulida por la razón ( no hay en el cabida para automatismos o azar objetivo, los distintos patrones métricos, los esquemas estróficos y las figuras retóricas. (..) Pero tal como él lo dice y lo señaló también la crítica, la Sangre en armas es un libro “desbocado”, ”desmesurado”; parte de un ímpetu vital desaforado que se plasmo en un despilfarro de figuras retóricas lindante con el barroquismo. Es por eso que en las sucesivas reediciones el autor fue comprimiéndolo, aligerando ciertas partes, eliminando ripios (quita muchas  comas que entorpecían el flujo del ritmo) y eliminando versos, estrofas y hasta un poema completo. En efecto, en la ediciones 1998 Guevara incluyó varias modificaciones con respecto a la edición  1962, y en la presente hay otras perceptibles en distintos niveles, todas orientadas a atemperar esa desmesura original. El mas brusco de los cambios es la eliminación de uno de los sonetos de la primera parte, “Crepitación”; otra modificación no menos importante es la severa reducción de uno de los magníficos poemas de la segunda parte, “Madrigal bárbaro”, que pasa de tener 122 versos a tener solo 72 en la versión actual. Entre los versos quintados este alejandrino:”Y en los troncos retumban los timbales del Sol”. Lo que Guevara deja a un lado por excesivo o deficiente para otros puede ser en sí mismo el corazón de un poema soñado. Y todos lo son en este libro, tanto los sonetos iniciales como los poemas de formas más abiertas y de diversa extensión de la segunda parte. Más allá de esta división, La Sangre en armas expresa el sagrado impulso de la vida “ubérrima”, mediante la descripción de los animales (el gallo, el toro, el buey), la energía del sol y del agua alimentando la tierra abierta, el cuerpo propio y el de la mujer imantados por un deseo atávico. La voz lírica canta aquí en el paroxismo de los sentidos plenos lanzados sobre la fertilidad de lo viviente brotando a borbotones por doquier, ese estado interno se transmuta en poesía mediante un trabajo rítmico notable (la rima, el incansable juego de alteraciones) y las sucesivas imágenes donde la sangre se reitera en un vértigo alucinante. (…) Ritmo e imagen, música y color en el tiempo, variación infinita de formas que se suceden y reiteran siempre idénticas y siempre nuevas como los ciclos de la naturaleza, como los ritmos afectivos del poeta, como el paisaje interior de quien lee. Poesía de la vida, flechando el corazón del poeta, despierta emoción del poeta macerando sus versos, versos vivificando  el corazón del lector a quien se le da a leer lo más propio de sí”.

Vital
     Delirante en la luz bajo la incauta
     reciedumbre solar el mediodía
     relampagueo en rojo mi energía
     sin voz, sin piel, sin órbita, sin pauta.
     
     Solitario y ansioso como un nauta
     crispo mi sangre de alta travesía
     y me la palpo pulpa de sandía
     y me la escucho júbilo de flauta.
     
     Día de agua frutal, de amor, de toros.
     Su picotazo eléctrico en los poros
     me hace llamas los pies, humo el cabello.
     
     Siento al pájaro en mí volverse hondura
     y que la vida bárbara y oscura
     raspa un cuchillo azul contra mi cuello.

Osvaldo Guevara



VIGILIA


Los jaguares
los jaguares de la noche
acechan mi vigilia
el dominio de los yoes
la desheredada selva donde moran
dioses del sol y de la lluvia:
Los míos
                los tuyos, los nuestros.
Punto de obsidiana perforan la sombra
Y duele
          el acecho y la vigilia

hasta inquietar el perímetro de la luna.
Se despierta el celeste quetzal del infortunio
las sierpes emplumadas, las estelas
los códices secretos
capturando equinoccios en marzo
y en diciembre.
Su fuego abrasa el reposo
y  agita la cabellera de los sueños.
Gime la sangre por Quetzalcóatl
por la aurora perdida donde yacen
los guardianes de la piedra y el silencio.
Por los amaneceres…
                                 aromados copanes
con los siete triángulos de luz
disuelven las sombras y se llevan
los ojos de  obsidiana
las máscaras de jade
y el  aliento felino de los jaguares
que en su huida
van dejando el roce de su ajado pelaje
como una mota de siglos
sobre el insomne párpado.

 YOLANDA GOZÁLVEZ




Hoy también comienza otra batalla

Leticia Ressia
Poeta y Lic. en Letras

Empecé a escribir a principios de los 90. No eran poemas de amor adolescente o la catarsis de una chica incomprendida, sino el encuentro entre la pulsión de la escritura y la ebullición de un contexto histórico en el que Menem hablaba de instalar, en Córdoba, una plataforma espacial que nos remontaría a la estratósfera. Luego comprendí que escribía por necesidad y resistencia, y que el único punto en común entre el discurso político y la poesía era el lenguaje: sólo mediante el lenguaje representamos y construimos una máscara.
Sin embargo, en esa preocupación por el cómo decir, la política olvidó, entre otras cosas, la belleza. Es casi imposible concebir su praxis de manera poética, pero sí podemos pensar a la poesía como su contra discurso. Precisamente, después de los 90 y la crisis del 2001, la producción editorial cordobesa sumó nuevos actores a los ya conocidos. Es imprescindible mencionar a Llantodemudo, La Creciente y Pan Comido, como propulsores de una nueva forma de publicar y hacer poesía; poetas jóvenes, libros de bajo costo, una propuesta estética diferente y en algunos casos, militante. Es decir, precedentes importantes de nuestra poesía actual que es variada, reconocida y con un público lector que crece.
Sin intentar establecer una mirada reduccionista sobre la poesía local, es necesario para cualquier tentativa de análisis sobre la relación entre poesía y política, detenerse, al menos, en ciertos aspectos fundamentales: una poética del disentimiento –entendida como voz testimonial y privilegiada de denuncia contra los valores impuestos por el mercado y el abuso de poder–, el uso particular del lenguaje, políticas de publicación y distribución, la relación con las instituciones, la ocupación de los espacios públicos y el poeta militante. Todos estos factores funcionan en la polis cordobesa y rompen con el prejuicio de poesía pura vs. poesía panfletaria. Incluso los que no hacemos una poesía exclusivamente de denuncia o de la mal llamada poesía social, estamos atravesados por nuestra propia ideología y las políticas de turno. No puedo escribir de manera amable, no hay otro tono desde cual crear que no sea el de la réplica, la ironía y la furia. La poesía no es para mí la forma pasiva de un lenguaje sino la interpelación constante. Vivimos en una de las provincias cuya policía es de las más represivas del país, con un código de faltas abusivo y entre otras cosas, pobre en políticas culturales oficiales.
Contra este deterioro el contra discurso poético se levanta, ocupa espacios públicos, como el Cabildo, para hacer El festival internacional de poesía que cuenta con el trabajo, sostenido e impecable, de Carlos Ferreyra, Gastón Sironi y Alejo Carbonell. Se promueven infinidad de ciclos de lectura tanto en la capital como en el interior, en bares, bibliotecas y librerías convocadas por las editoriales independientes entre las cuales, algunas en permanente diálogo, llegaron a formar hoy el colectivo Frente Mar. Se toma la calle con lecturas y performances poéticas con el grupo Preña Mutosi y la feria de fanzines. Se lee poesía en las escuelas, y también en los ex-centros clandestinos de detención. Habitar el grito se llamó el ciclo de lectura en La Perla organizado por el grupo Pan Comido y distintas organizaciones de derechos humanos, que convocó bajo las palabras de Glauce Baldovín, a ocupar el lugar donde todo lenguaje era arrancado con dolor.
Finalmente, no encuentro un mayor gesto político en nuestra poesía, que la multiplicidad de voces y estéticas que toman la palabra y la multiplican, porque como escribiera Glauce “hoy también comienza otra batalla”.
Leticia Ressia
(Publicado en Revista Deodoro, Gaceta de Crítica y Cultura, N° 57, Septiembre 2015)




La ciudad en la memoria de sus habitantes: el 14


Por Eduardo Alberto Planas
Supe vivir en Camino a Saldán. En "el 14", como se conocía a la actual Villa Rivera Indarte. Las calles eran de tierra, arboladas, con añejos plátanos y acequias. Calles tranquilas, serenas, seguras, teñidas de ocre en el otoño y de violeta en primavera, con un perfume a lavanda silvestre, con árboles de granadas y moras cayendo sobre los cercos de ligustrines.
No tenían nombre. Adoptaban el nombre de quien vivía en la cuadra (de Don Vega, de Don Tapia) o el de los arboles que la dominaban (de Los Plátanos, de Los Álamos, de Las Palmeras) o de algún accidente geográfico:  de los Pozos, del Canal, de la Subida. La Rinconada era  más larga. Se convertía en un caminito que serpenteaba entre un bosquecillo donde un puente precario de madera permitía cruzar una acequia. Las viviendas eran residencias veraniegas de familias tradicionales de Córdoba, solares de una hectárea, construcciones señoriales que luego fueron vendidas a ordenes conventuales y sindicatos.
En el barrio, Don Moyano era el único comerciante dueño de un almacén de ramos generales, donde se podía adquirir todo tipo de alimentos sin industrializar y al peso.
Siempre daba la yapa; un compromiso tácito del almacenero con su clientela. La mayoría de las cuentas eran al fiado, se anotaba en una libreta con un lápiz tinta que tenía una virtud: se le mojaba la mina para que, al escribir, adquiriera un color violeta muy difícil, si no imposible, de borrar.
A veces me alejaba caminando, cruzaba el río Suquía por un puente enorme que existía –y existe todavía-  unían los predios del ex Centro de Almaceneros (actual country) y la Asociación Española en Villa Warcalde. Un puente gigante en medio de la nada.
Luego de cruzar el canal Maestro Norte, ascendía a las lomadas ubicadas frente a Dumesnil. Por las canteras llegaba a la ciudad de La Calera. Una verdadera aventura. Un recorrido como de 10 kilómetros, donde encontrábamos todo tipo de animales: perdices, lagartos, iguanas y una variedad de pájaros increíbles. En aquella época, ya se notaba que la fábrica de cemento Hércules del Grupo Minetti causaba un severo daño al paisaje serrano, sólo que no existía conciencia ecológica y nadie pensaba en exigir estudios que midieran el “impacto ambiental”.
Pero con el tiempo, el daño fue tremendo e irreversible: contaminación del agua y el aire de la zona. Las canteras fueron abandonadas.  Algunas se llenaron de agua, como la denominada Laguna Azul. Por 1950 se filmó en dicha fábrica, y en la zona de Dumesnil y La Calera, la película en blanco y negro “Honrarás a tu Madre”, dirigida por Alberto D’ Alversa y protagonizada por Amalia Sánchez Ariño y Armando Bo, entre otros.
Dumesnil era un centro de envergadura en la producción de cal. El campamento Minetti, lugar de residencia de los trabajadores de la empresa, mayoritariamente extranjeros, contaba con casas individuales para familias y salones-dormitorios para los solteros. Poseían asimismo proveeduría, sala de primeros auxilios, hasta un edificio para la policía. También contaba, para los descendientes de los primeros habitantes de este barrio, con una escuela provincial de nivel primario que lleva el nombre de Juan Minetti. Era, prácticamente, una comuna en sí misma.
Aproximadamente a principios de la década del 60, cuando comenzó la televisión, un vecino adquirió un aparato y cobraba 50 centavos para ver los programas en el salón comedor de su vivienda. En ese entonces había dos canales solamente: el Canal 12 y luego el 10. Años después comenzó el Canal 8. Se transmitía a partir de las 17 hasta la medianoche. Los primeros televisores eran a válvula y había que colocar una antena en el techo de la casa, orientarla de manera que se consiguiera una mejor definición de imagen, sobre todo para el caso de Canal 8.
La función comenzaba con los Tres Chiflados, luego venían casi todas series de vaqueros, después los programas cómicos. Las mujeres llegaban para ver la novela del Teleteatro Ponds. El vecino del que les hablo era muy estricto a la hora de cobrar la entrada “al cine”, así se tratara de niños o adultos. Posteriormente, cada uno fue adquiriendo su propio TV y el negocio del cine se terminó.
Al frente de nuestra casa pasaba el ferrocarril. Los chelqueros eran empleados del ferrocarril que limpiaban los arbustos al lado de las vías y se los llamaba así porque mataban los chelcos, pequeñas lagartijas que anidaban entre los arbustos.
También estaba el hotel Sorrento, actualmente Paseo Rivera que ha conservando la fachada. En ese Hotel se hospedaba el patriciado cordobés, que venía en tren o coche motor y descendía en el apeadero Tristán Narvaja del ramal del Ferrocarril Belgrano, ahora   Tren de las Sierras.
Recorriendo el río Suquía alguien me habló de unos misteriosos túneles en Villa Warcalde y allí me dirigí. Efectivamente, se trataba de túneles existentes en unas barrancas de arcilla (tosca). Había uno que era más largo que los otros e ingresaba munido de linternas y botas de goma, pero no se podía explorar mucho, estaba inundado y corría peligro de desmoronamiento. Se tejían miles de historias en torno a los túneles, se decía que los habían construido los jesuitas para escapar de los malones indígenas. Por otro lado, como Córdoba está lleno de túneles, se decía que comunicaban con Alta Gracia o Jesús María.
Recién el año pasado, me enteré de que dichos túneles habían sido construidos para dar agua a unos molinos existentes en la zona.
Eduardo Alberto Planas



A LAS BARRICADAS -  Mónica Ferrero




El 8 de octubre  pasado la escritora y poeta Mónica Ferrero presento en la Biblioteca Córdoba de nuestra ciudad, su última novela:”A las barricadas”, editada por Ediciones Nuevos Tiempos.

Se transcribe a continuación palabras de su prólogo: “Por el año 2011, el historiador Norberto Galasso, en la recepción que siguió a la presentación de uno de sus libros, “me mojó la oreja”, cuando al decirle mi marido que yo escribía una novela sobre los anarquistas en el país y en mi Córdoba natal, mirándome desde muy cerca con sus ojos inquisitivos de pajarito, proclamó que entre tantas novelas históricas que se publicaban todos los días, todavía nadie había escrito la de las luchas obreras que precedieron al Peronismo. Enseguida, me preguntó si iba a escribir sobre la toma del Frigorífico Lisandro de la Torre y como yo me quedara callada, escarbando en mi memoria sobre las distintas medidas de fuerza que los gremios anarquistas protagonizaron como repudio a las políticas de Perón, pasó a otro grupo y a otras preocupaciones. Por este cuestionamiento, volví a leer a los grandes de la Izquierda Nacional y sus antecesores: Arturo Jauretche, Scalabrini Ortiz, Jorge Abelardo Ramos – y sus bellísimos recuerdos de su  abuelo, payador anarquista, y su padre, también anarquista-, Spilimbergo, Hernández Arregui, Belloni y muchos que analizaron los movimientos sociales y políticos desde el Centenario al retorno de la vida democrática con el Presidente Alfonsín. Después de todos estos años y de leer la mayoría de las obras de Galasso, me tranquiliza saber que aunque no haya escrito de la toma del Frigorífico – que ya puedo ubicar en la fecha en que se produjo-, sí he tratado de rescatar del silenciamiento acontecimientos y protagonistas de hechos similares de esos tiempos revueltos.

Debo agradecer también al abogado e historiador cordobés Roberto Ferrero - que vuelvo a aclarar no es ni mi padre, ni mi pariente- que además de contestar a mis cuestionamientos en distintas oportunidades, me remitió a sus ensayos y artículos periodísticos: La mala vida en Córdoba, Del Mutualismo al Cordobazo, Sabattini y la decadencia del Yrigoyenismo, Historia crítica del Movimiento Estudiantil, La pampa gringa cordobesa, Deodoro Roca, Trigueros de Godoy y su tiempo, Heterodoxos de Córdoba, entre muchos otros igualmente significativos para conocer de los “disidentes, proscriptos y marginados de la historia oficial” de la provincia y el país.

Por supuesto, mi agradecimiento al maestro Osvaldo Bayer y su abundante y apasionada bibliografía sobre los anarquistas argentinos y a quien sirvió, azarosamente, como un mediador ante él, a Marcelo Valko  con su “Malón de la paz”, y su esfuerzo permanente por hacer visibles a los proscriptos de la historia consagrada.

Un capítulo aparte merecen las autobiografías y biografías de los libertarios, como Diego Abad de Santillán, Juana Rouco Buela, Virginia Bolten, Simón Radowitzky, Rafael Barrett, Carolina Muzzilli- la costurera muerta de tuberculosis a los 27 años que preparó gran parte de la investigación sobre el trabajo femenino e infantil para el Informe sobre el estado de la clase obrera de Bialet Massé-, Martín Castro, Horacio Quiroga, Severino Di Giovanni,  Angel Borda, Jacobo Maguid, José Grunfeld, Anita Piacenza, Luis Danussi y decenas más, particularmente, las mujeres que fueron anarquistas y murieron anarquistas o los que evolucionaron a Radicales rojos, Sindicalistas o Peronistas. Y de la mano de sus arengas, sus  tormentos y sus prisiones, remonté el curso tumultuoso de sus lecturas y sus maestros, no sólo Luisa Michel, Kropotkin, Bakunin, Reclus, Ferrer i Guardia o Herzen, sino también los desconocidos maestros de los talleres, los puertos, las minas y las hojitas clandestinas de La Protesta y La Batalla.

También debo de la carnadura de este libro y de los cuentos y poemas que lo rodearon, la enorme ayuda del periodista y profesor Silverio Escudero y su relato de las batallas de los ácratas en la provincia, semiocultos, aunque enfrentados, bajo los rótulos de Irigoyenista y Socialistas en la  Federación Obrera Provincial para eludir la cruda represión de los gobiernos de todos los signos,  y los entripados de las Sagradas Familias de Córdoba.

Mi agradecimiento a Eduardo Planas  que me llevó a conocer a su gemelo iconoclasta José Luis “Licurgo” Planas, a la Cruz del Eje de los maquinistas y foguistas rojos de la provincia frailuna y conservadora de Córdoba, donde con  Dreifo “Tutti” Alvarez me contaron las campañas del combativo diario “La Idea” y las de Iris Pavón por los “Presos de Bragado”, y pasaron a estas páginas como la pareja que reparte el periódico en el engendro mecánico, mitad Ford T y mitad trencito de manisero.
También, muy especialmente a mi amigo Luis Rosanova, museólogo, anticuario y bibliófilo, que me refirió anécdotas de su abuelo sastre anarquista, de los González Tuñón, de Córdova Iturburu, de inmigrantes y exilados y me consiguió bibliografía y fotos en abundancia de hazañas ácratas por toda la Argentina.

A la profesora y poeta Lila Perrén de Velasco por compartir generosamente el relato de los libertarios de su pueblo San Cristóbal, en la Provincia de Santa Fe.

A la luchadora Susana Fiorito, que me dio su testimonio de las luchas obreras de Córdoba de los años 60 y 70. Pero, antes que a los deslumbramientos de lecturas y entrevistas, esta novela se debe a mi tío Toribio Ferrero, constructor y pintor leonés venido de pocos años a la Argentina del Centenario, y a sus hijos Juan Carlos y Nelly, que me detallaron desde el dolor y algunas veces, también desde el humor, la narración de sus extremos y exabruptos, de sus “albañiladas” – como podría haber dicho de él, como de Cipriano Mera, el General republicano Miaja – por su concepto del orgullo y del mando. Mi tío, como el Toribio de la ficción, constructor de iglesias y chateaux en Buenos Aires, capaz de hacerlos volar apenas concluidos si los nuevos propietarios no pagaban en tiempo y forma a sus peones; sabio en hambrunas, desocupación, huídas y cárceles del poder; compañero de arte e ideales de Quinquela Martín, Facio Hebequer y los González Tuñón, que se dejó morir en su taller, negándose a comer como última huelga contra el poder de la vida, cuando perdió las esperanzas en la causa libertaria con la llegada de otro General que le arrebató sus banderas históricas.
A estos luchadores más o menos anónimos, más o menos fracasados, mi agradecimiento por haberme permitido participar de sus pequeños, quizás minúsculos empeños para lograr en estos tiempos sórdidos y violentos que algo sutil, justo y digno del ser humano, nuestro único linaje, prevalezca”.




Julio Cortázar y la fotografía por López Aguilar


Partiendo del mítico cuento “Las babas del diablo” –o Blow Up para Antonioni y demás cineros, López Aguilar habla aquí de la afinidad profunda que enlaza al cuento y a la fotografía, dos formas de atrapar al instante y dos modos de aprehender el sentido último de las cosas.
Un escritor argentino que había recibido la nacionalidad francesa de manos del presidente Mitterrand en 1982, pero que también era medio cubano por simpatía, medio nicaragüense por solidaridad, medio mexicano porque así lo quisimos nosotros y, a fin de cuentas, que estaba arraigado en todas partes debido al grácil fulgor de su obra y al cariño que suscitaba su persona, decidió partir por la ruta de una personalísima cosmopista el 13 de febrero de 1984, desde París, en busca de Carol Dunlop, quien lo había precedido en ese mismo camino un año antes. La sorpresa y la consternación fueron generales cuando los periódicos del día de San Valentín publicaron la noticia de que Julio Cortázar había muerto, no obstante que, como lo ha reiterado García Márquez hasta la fatiga, "Julio no ha muerto, ése es un infundio de la prensa".
Sin embargo, había motivos para estar sorprendidos, pues Octavio Paz, nacido el mismo año que Cortázar, no parecía dar muestras de fatiga en los alrededores del ochenta y cuatro: antes bien, le faltaba menos de una década para ganarse el premio Nobel; Borges, quince años más viejo, parecía estar ingresando a la inmortalidad en contra de sus deseos, pues no sólo se encontraba preparando en plena longevidad los prólogos de una colección española que se llamó la "Biblioteca personal de Borges" y los títulos de otra, "La biblioteca de Babel", sino que estaba a punto de concluir el que sería su último poemario, Los conjurados, planeaba casarse con María Kodama e irse a morir a Ginebra.
También hubo motivos para la consternación luctuosa, pues el escritor de perenne apariencia juvenil no sólo se fue tras de Carol y se quedó entre nosotros bajo la forma única de su obra, sino que encabezó la lista de otros escritores entrañables que poblaron el siglo xx y se fueron yendo en el transcurso de la década de los ochenta: Ítalo Calvino, en 1985; Juan Rulfo y Jorge Luis Borges, en 1986; y Marguerite Yourcenar, en 1988. Fue como si se tratara de un viaje organizado entre amigos, pues Cortázar lo era de Calvino, apreciaba la obra de Rulfo, era deudor de la de Borges y tradujo Las memorias de Adriano, de Yourcenar; además, consideraba que Octavio Paz era "la estrella marinera de la poesía latinoamericana". Por si fuera poco, se llegó a comentar, tal vez con la impertinencia de esos vaticinios más bien inútiles que flotan con la pretensión de agudo comentario después de la muerte de alguien, que la Academia Sueca  le pensaba otorgar el premio Nobel en 1984.
A casi dieciocho años de su muerte, la obra y la presencia de Cortázar siguen teniendo el mismo peso –y más– que cuando vivía entre nosotros de manera física. Ahora que sólo se ha quedado por medio de sus libros, el nombre de los lectores que le son asiduos es Legión y su obra parece producir un renovado azoro ante la ligereza de su lenguaje y la eficaz alquimia de los recursos narrativos, además de su peculiar concentración para traducir la complejidad de los estados de ánimo de los personajes o para cristalizar una atmósfera o un conflicto a través de objetos y circunstancias tan cotidianos como borsch, whisky, mate, pulóveres, ciertos conejitos vomitados, cabellos hechos nudo y perdidos en la cañería, la rayuela, etcétera, como ya lo había hecho notar Borges. Éstas y otras cualidades le permitieron renovar la narrativa escrita en español después de los años cincuenta, dotándola de una ligereza que también poseía Cortázar en el más pleno sentido kunderiano, pues el escritor argentino y su obra fueron insoportablemente leves, lo cual parece explicar el fenómeno de que sean los jóvenes los que siempre lo descubran primero, lo difundan apasionadamente y nunca lo vuelvan a dejar. De otro modo, pero un poco como a García Márquez desde Cien años de soledad, a Cortázar le pasó que, no obstante su apariencia intelectual, erudita y culta, sedujo a los sectores juveniles desde un principio, especialmente desde la publicación de Rayuela, a mediados de 1963: baste recordar la influencia estilística y temática que tuvo en la llamada generación "de la onda" en México, desde finales de los sesenta, o aquella barda sesentayochera en la que pudo leerse la siguiente frase: "Cronopio = beatle + che Guevara", donde no son accidentales las sensibilidades apuntaladas alrededor de los cuatro jóvenes compositores de Liverpool que revolucionaron al mundo desde el rock, de los amores mesiánicos que convocaron la vida y la muerte del carismático revolucionario Ernesto Guevara y de esos pequeños seres verdes y húmedos, los cronopios, que después se convirtieron en sinónimo de toda persona querible por buena onda, amable, inteligente, talentosa, creativa, imaginativa, conciliadora, sensible, ingenua, tolerante… La breve fórmula de ese muro unió, en una sola combinación, al (permítaseme el término mercantilista) boom latinoamericano, el rock y la política. Esta manera visual y concentrada de involucrar a Cortázar con una sensibilidad de época, destaca el carácter visible de muchas de sus imágenes literarias, pululantes en todos sus textos; más aún, se relaciona con esa capacidad señalada por Borges para presentar núcleos sustanciales de la realidad mediante trazos cotidianos que los demás no habíamos visto tan recargados de sentido.
Hay un cuento, de entre los que escribió Cortázar, en el que se expresan mejor sus ideas acerca de las artes visuales: "Las babas del diablo", de la colección reunida en Las armas secretas. El texto es ambiguo y extraño y la entrada, que parece titubeante y débil en cuanto a sus asideros narrativos, es en realidad una brillante manera de presentar los problemas que después se apreciarán en la historia, pues teje con habilidad lo que parecen áridas premisas estructurales y teóricas con la estructura profunda y dinámica del cuento. Así, con el pretexto de presentar las dudas y titubeos de Roberto Michel, el personaje narrador, acerca del punto de vista a elegir, del modo narrativo y de la limitación de las palabras cuando se quiere decir algo más inasible, impreciso, misterioso o ambiguo, los lectores van descubriendo que los problemas que enfrenta un escritor para enfocar o desenfocar una narración son (casi) los mismos que los que enfrenta un fotógrafo al capturar al mundo con su cámara.



Con la aparente digresión del principio, el cuento entra abruptamente en la materia cuentística: en París, un fotógrafo ha tomado y ampliado una placa cuyas connotaciones son malignas: una mujer pretende seducir a un adolescente, no para sí sino para un pederasta. La foto, tomada impertinentemente, salva al muchacho: el instante detenido en la ampliación sólo es el recuerdo de un incidente bien librado de un domingo 7 de noviembre. Sin embargo, la peripecia fantástica ocurre cuando,
un mes después, Michel trabaja en su estudio y se da cuenta de que la ampliación que ha hecho comienza a animarse: unas hojas se mueven, unas nubes… los personajes. Su conclusión es instantánea: la historia va a repetirse y ahora no puede salvar al joven. Sin embargo, irrumpe adentro de su foto y vuelve a salvar al adolescente, pero ahora no puede evitar al hombre de aspecto enharinado: en el final del cuento, Michel queda fijo, bocarriba, como una cámara inmóvil que sólo percibe lo que pasa por su lente inmóvil.
Esta es la esencia de la historia, mutilada como todo resumen en el que se ha perdido la magia del estilo cortazariano, pero permite entender los senderos por los que transita la imaginación del autor, su capacidad para crear imágenes y sentir la cercanía con el mundo fotográfico a través de Michel, el protagonista, cuyas reflexiones acerca del arte de la fotografía son como un comentario transvasado de lo que Cortázar, fotógrafo aficionado, pensaba del asunto. Me parece que son cuatro los momentos en los que se bosqueja una suerte de ars poética de la fotografía. En el primero, Cortázar considera que el arte es un constante combate contra la nada (tal vez, una glosa del silencio) y, por ende, privilegia a la fotografía "estética" sobre la llamada "testimonial", aunque no desdeña que el azar sea un colaborador sorpresivo del artista, a quien considera en un estado de permanente intercambio con las limitaciones que su cámara le impone. Estas limitaciones no son sino la traducción física de lo que todo artista se propone al crear una obra de arte: al elegir un tema, se segmenta al mundo; al hacer un clic, sólo una parte del horizonte quedará registrado en el negativo; al escribir un cuento, se estará seleccionando una parte muy pequeña de la vastedad del universo. En el segundo, se plantea la esencia que comunica el arte de narrar con el de fotografiar: la captura del instante revelador, significativo, a través del cual se pueden reinterpretar el pasado y el futuro de lo que cuento y foto parecen dejar en el aire de una sospecha no resuelta. Los géneros de la brevedad y la fragmentación han sido admirablemente simbolizados por Borges bajo la imagen del aleph, fisura en el tiempo y el espacio que, permitiendo la más amplia contemplación del cosmos, obliga a los lectores a reinterpretar lo que están mirando, pues lo que el aleph deja ver en hondura y amplitud no es más que un fragmento, algo incompleto, desgajado de los continuos tiempo y espacio, que necesita ser recargado de sentido. Bajo las ideas del fragmento y lo breve, está la imagen de la perplejidad, pues el artista que trabaja con la fotografía y el cuento no ofrece soluciones sino que responde a las preguntas de todos con otra pregunta, más depurada y de índole estética: una duda que se responde con una metáfora. En el tercero, Cortázar se refiere a una cualidad intrínseca de la fotografía, que no comparte con el cuento: si una foto captura, mal que bien, aquello que llamamos "realidad" (no importa si se trata de una persona o de un paisaje, de un retrato o de una escena costumbrista, de un objeto o de un sujeto), lo que sigue, conforme avanza el tiempo, es lo que Barthes llamó el sentimiento melancólico de la fotografía: la conciencia de nuestra finitud confrontada con la permanencia de algo que ya no está y, a la vez, la conciencia de nuestra vitalidad frente a la certidumbre de algo que ya no estará nunca más: vida y muerte, presencia y ausencia, pasado y presente, presente y futuro se abrazan en toda fotografía y, de ese abrazo, surge la sorda tensión del tiempo, ese borgeano río en el que nos ahogamos y donde descubrimos, a la vez, que somos el río… En el cuarto, Cortázar propone el fenómeno privilegiado de la coincidencia de las miradas entre lector y artista, fenómeno que parece más "visible" en el ámbito de las artes plásticas. La sincronización de los ojos no sólo hace coincidir el camino que va de la mirada al objeto representado, sino también, de una manera misteriosa, el ahora del espectador con el tiempo y el espacio de un ausente: el fotógrafo.
Con mucho instinto técnico, pues las reflexiones de Michel nunca estorban al desarrollo de la anécdota, Cortázar distribuyó información acerca de algunas relaciones organizadoras y estructurantes entre el cuento y la fotografía, apuntó hacia la construcción de unos breves apuntes del arte fotográfico y, por si fuera poco, creó uno de sus mejores cuentos, lleno de imágenes y secretas alusiones fotográficas que rebasan los postulados del principio "teórico" del texto. No debe pensarse que la relación entre las dos artes ocurre en "Las babas del diablo" sólo por las alusiones directas, sino por cómo la noción fotográfica se incluye en la narración y por cómo los problemas narrativos se extienden a la fotografía. Así, el narrador expone primero una premisa, después de haberse topado con la escena de una mujer treintona y un adolescente; y más adelante la desarrollará para que el lector entienda la diferencia entre impresión y detallismo.
En el casi alucinado mecanismo del final, su eficacia radica en que, para contar los hechos, el narrador pareciera haberse convertido en una cámara, tal vez más de cine que de fotografía: otra vez, pareciera que el ojo del fotógrafo fuera su lente y ésta su voz: el narrador del cuento ve y describe como una cámara, pero es un hombre.
El estado final del narrador hace pensar en una metamorfosis no explicada, ambigua: el fotógrafo (su voz, su mirada, su persona) se convierte en una cámara. En estas fusiones se propone y distingue la armadura específica de fotografía y literatura: narrar con imágenes desde el ojo, para hacerlo voz; mirar con palabras desde el verbo, para hacerlo un ojo: la mirada en la voz. La transformación final de la ampliación en una especie de pantalla con vida cuyos personajes están ahí, en persona, y no sólo como representaciones, me parece una de las perspectivas más luminosas con que se haya apreciado a la fotografía desde la literatura: la obra fotográfica no es un presente congelado, como podría parecerlo, sino un instante dinamizado hacia el pasado y el futuro que exige ser completado por la mirada inteligente del espectador, de manera que sin la colaboración sensible de la lectura, fotos y cuentos sólo son astillas sin sentido.
Los muchos deslumbramientos que provoca este cuento le valió la dudosa gloria de ser llevado al cine por Antonioni con el título (y las modificaciones anecdóticas del caso) de Blow up, película que en los sesenta fue muy controvertida pero que, a todas luces, es muy inferior al texto que le dio origen: ni apunta a una reflexión de lo que es la fotografía, como en "Las babas del
diablo" (claro que tampoco tenía por qué hacerlo, pero la película convierte en un mediano thriller realista el temblor fantástico de la narración), ni es tan interesante, concentrada y exacta. Para regresar a las citas de Kundera, vale decir que el cuento de Cortázar es brillante por todo lo que tiene de airoso y ligero, mientras que la película de Antonioni es pesada por todo lo que tiene de solemne, deliberada y satisfecha.
Parece natural que esa inmediatez, equivalente a una cristalización y a una vocación para lograr que se mire el mundo desde los ojos de las letras, tuviera que derivar en una relación más directa con el mundo de las artes plásticas, en todas sus variantes: fotografía, cine, espectáculo teatral, danza, pintura, gráfica y escultura. Cortázar siguió tres grandes caminos por los cuales incluyó a las artes de la imagen en su obra: el primero, que fue el más importante y usual, el de la incorporación de fenómenos plásticos en textos narrativos, como los ya comentados; el segundo fue el del comentario surgido de la emoción después de apreciar un espectáculo dancístico, una obra pictórica o escultórica, o las notas y ficciones escritas alrededor de la obra de amigos suyos, textos que se encuentran reunidos en Territorios; y, el tercero, el de la colaboración con pintores y fotógrafos para crear libros–objeto o testimoniales, como La vuelta al día en ochenta mundos y Último round (en colaboración con el pintor uruguayo Julio Silva), Fantomas vs. los vampiros multinacionales (pastiche en el que Cortázar mezcló las imágenes de un número de la historieta mexicana de Fantomas –en la que él aparecía, como personaje– con una narración propia), Alto el Perú (en colaboración con la fotógrafa Manja Offerhaus), Los autonautas de la cosmopista (en colaboración con Carol Dunlop, escritora y fotógrafa profesional) o Prosa del observatorio (un largo texto que gira alrededor de fotografías tomadas por el mismo Cortázar en la India, en la época en que conoció a Octavio Paz, durante los años sesenta).
Julio Cortázar, creador de numerosas imágenes con su prosa llena de tersura, viajó al país de las imágenes para transfigurar los dos caminos: narrar con los ojos y ver con las palabras, dos de los muchos objetivos que siempre persiguió con la certeza de sus libros. Después de su vida, que alumbró para nuestro bien un largo tramo del siglo xx, y después de su obra, que sobresalta al corazón más insensible, sólo queda resignarnos ante el hecho de que el mayor de los cronopios ya no publicará otra vez un nuevo libro, aunque quién sabe, es posible que Gabo tenga razón y Cortázar nos dé la sorpresa este mes, este fin de año: a lo mejor, vuelve para publicar Rayuela. 

                                                                                                                                                                                                                                          
LOPEZ AGUILAR






UNA SEGUNDA OPORTUNIDAD (EN CHANCE TIL): DURA ES LA REALIDAD; DURA ES LA VERDAD.
* * * * MUY BUENA   

¿Qué somos capaces de realizar para salvaguardar la integridad psico-física de nuestros seres queridos? ¿Cuáles son los costos morales de las decisiones que asumimos? ¿Qué criterios adoptan los individuos a la hora de evaluar si un estilo de vida debe imponerse sobre otro? Estos interrogantes se plantean y se desmenuzan en esta cinta danesa/sueca de 2014, protagonizada por Nikolaj Coster-Waldau (conocido por su interpretación de Jaime Lannister en la aclamada serie de HBO “Game of Thrones”). “Una segunda oportunidad” pretende subrayar diferencias, intenta ponerlas de manifiesto y configuran la plataforma ideal para reflexionar. Pero tal ejercicio reflexivo choca con el impacto que la trama produce: es fuerte y conmueve de tal manera que nadie puede mantenerse indiferente ni quedar exento de toda afectación.
      Esta historia juega, como ya lo puse de manifiesto, con la diferenciación de dos cosmovisiones de vida diametralmente opuestas, puestas en el eje de nuestro protagonista (Coster-Waldau): por un lado, él y su compañero de trabajo; y por el otro, él y la familia en la que interfiere. El personaje principal es Andreas, un policía que acaba de ser padre de un hermoso bebé y tiene una familia bien constituida. Simón, su compañero, se acaba de divorciar de su esposa y se refugia en el alcohol y en la noche. Ambos tuvieron que intervenir en un conflicto doméstico: una pareja de consumidores de estupefacientes que hacen de la violencia diaria su forma de vivir y criar a un pequeño y descuidado bebé. Ciertos sucesos inesperados harán que Andreas deba asumir decisiones drásticas.
      La trama deja muy en claro desde su inicio lo que “es” y lo que “debe ser”. Una vida plena VS una vida menos plena; una familia feliz VS una familia violenta. Es en la magnitud de tragedia que vive nuestro protagonista (sin ánimos de ingresar de lleno en detalles, es necesario aclarar que se relaciona con los bebés de las familias) hace que tales contraposiciones vayan desequilibrándose para inclinarse hacia lo que Andreas quiere, piensa y asume que es lo mejor para “neutralizar los efectos de tal tragedia”. Es un punto de inflexión en la película que permite pensar en los roles parentales y el lugar en que éstos son asumidos por personas distintas, con conflictos internos y formas de vivir diferentes: la mirada de ese rol signado por el amor y por la irresponsabilidad más inquietante. Tal contraposición es abismal.

      Esa relación entre el bien y el mal y la noción de justicia del protagonista tienen sus consecuencias y sólo un estilo de vida las debe padecer. ¿Cómo podemos rechazar la idea, muy remota en algunas ocasiones, de que todo padre o madre conserva un mínimo de instinto de protección hacia sus niños? La cinta va avanzando y la realidad se manifiesta de forma destructiva para Andreas, desmoronando todo aquello que pretendió defender con sus decisiones más extremas. Y la culpa lo invade. A veces todos asumimos la responsabilidad de decidir lo “mejor para todos”, aún corriendo el riesgo de que no lo sea y los efectos colaterales causen más daños de los que se pretendía evitar.
      La película invita a poner sobre la mesa esta reflexión genuina y directa sobre una trama que impacta por el nivel de conflictividad que plantea. En algunas ocasiones, no dará respiro. Pero dejando de lado esta faceta y metiéndonos en los aspectos cinematográficos, es loable el trabajo de Nikolaj Coster-Waldau, el gran artífice de esta cinta. Una interpretación desgarradora que va metiendo a su personaje en esta complejidad en la que se encuentra inmerso. Su actuación se apoya sobre un elenco secundario que brilla.
      Una película que formó parte de la selección oficial del último Festival de San Sebastián y que puede resultar interesante aunque no menos impactante. ¿La recomiendo? Creo que la respuesta se desprende de esta reseña. Para el que busque la ocasión propicia para pensar y repensar un poco, y para el que busque sólo un encuentro con el buen cine.

Leonardo Arce




ANIMAL


¿Porqué entender la soledad que me habita?
                                                                                                                                                                      Jorge Quarin

Este viaje
que te lleva
alado,  de seda y cera.

Hacia algún otro lugar,   partes desamparada.
Sin sostenes,    des-sostienes.
Vas hacia donde el alma     se seca.
Todas tus almas.
Aún,  las no tuyas.

Y las alas, des-construirán en el aire  el viaje,
                                          del que no podrás volver,   Icaresca
cuando  sedosas y desprevenidas
                                          cercanas  al que crees  sol
se disuelvan.

*

No otro lugar.
Ningún otro lugar,  sostiene.

*

Mamá
¿Era necesario esculpir el alma, tallarla hasta doler, doblarla,
así   y  allí,
toda rota
pobre, tan empobrecida ahora
rendida
y sin misericordias,  a sus propios pies?

No se irá mamá,
este tiempo deslucido,
Animal,
si lo tallamos.

*  
¿Le temes a todo esto?

Y me apoyó sobre el pecho
una monotonía tibia,
mano que cayó sobre el hombro acostumbrada
en estado de perfecta desolación.

Y no supe el sentido de su estrago,
pues le temo a todo esto
tan estúpidamente
       Animal.

¿Qué más decirte?

Sólo
que llegarán los nombres buenos,
nuevos
y presiento,   ahora
que en ese otro  tiempo   
    nos salvarán.                                     Marta Audano 






¿Quién puede prohibir?
¿Quién puede prohibir
la risa
anudar las lágrimas
cortar el sabor
agridulce    
de la vida
y la muerte?

¿Quién puede prohibir
pisar las hojas de otoño,
jugar
con las huellas silenciosas
del caminante?

¿Quién puede prohibir
el insomnio
cuando ruge
la celda inquieta?

¿Quién puede silenciar
el pensamiento
cuando a gritos
se flagela? 

¿Quién puede prohibir
que se abra la puerta maciza

quitar el cerrojo,
la cadena
el candado?

y liberar,
el sabor,
el pensamiento
la risa,
las pisadas
los gritos
las lágrimas.


Carolina A. Sorrentino









FABULAS Y ENGRANAJES               
Por Sergio Pravaz


NACIMIENTOS I
(Los elementos)
Cuando el hombre no conocía el lenguaje, éste ya existía, sólo que aún no había sido convocado.
Al principio fueron los elementos quienes se hicieron cargo de la tarea de abonar el terreno para que el precario ser que devendría en amo de todo lo conocido pudiese avanzar a hurtadillas por el laberinto de su propia oscuridad. El viento se manifestó, la lluvia hizo lo suyo, el trueno lo propio al igual que el mar y los ríos; el fuego y la tierra también dejaron su impronta. El hombre no podía vérselas con su futuro sin descifrar los códigos y las imágenes que se le sugerían y que estallaban en el omoplato de su propio desconocimiento; no estaba preparado para el lenguaje y éste no iba a prestar su consentimiento a un novel trashumante de escasas posibilidades. Aún así, mordiendo los costados del símbolo, desgarrando de terror su pequeña humanidad ante la ausencia de respuestas, alcanzó en la puerta de salida de su primer túnel parte de la llave que lo llevaría a destrabar su lengua, a destrabar su mente acercando algo de magia a su soledad, la que de esa manera comenzaba su lento viaje hacia la extinción.

NACIMIENTOS II
(La magia en las palabras)

Cuando Dios tuvo la peregrina idea de crear el mundo a fin de mitigar su soledad, pensó que sólo la poesía tendría entidad suficiente para que el hombre pueda nombrar lo hecho, y a la vez, se deslumbre con el hechizo que producen las palabras. De esa manera, el creador se aseguraba dos instancias decisivas: que el nuevo ser pudiese desarrollar un lenguaje y a la vez, aprendiera a amar aquello que se representaba por medio del símbolo, y que aún pertenecía al imperio de lo innominado.
Cuando los astros se encuentran dispuestos, la revelación emerge, se hace presente y el hombre se encuentra cara a cara con el hechizo, en el borde exacto de un abismo y con la conciencia que le asoma tímida desde algún lugar de su estómago. Razón de más para pensar que Dios estuvo inspirado, y como en todo gran poema, su creación del mundo responde al hecho que se sintió físicamente tocado por la magia de la palabra.

NACIMIENTOS III
(Un puñado de sabiduría)

Cuando bajamos de los árboles y le robamos la caverna al tigre hallamos la posibilidad de resolver algunas cuestiones que echaron luz sobre la noche de nuestra mente y de nuestro corazón. Descubrimos el fuego y resolvimos tres problemas: a) acabamos con la oscuridad y el frío; b) cocinamos al tigre que ya habíamos matado; c) comenzamos a soñar tranquilos y nos acercamos al arte.
Ahora bien, si nos detenemos a pensar que la poesía es como un compañero que nos acompaña desde que logramos erguirnos sobre nuestras dos piernas en el mundo, y que a partir de su cercanía nos ha permitido entrever (sólo a veces, por cierto) los pliegues ocultos del miedo y la soledad, los misterios del amor y del dolor, y todas las preguntas que nos azotan, podríamos suponer que un manojo de ellas (de las buenas, de las mejores) sería algo así como un puñado de sabiduría que sólo nuestra inconmovible ignorancia se niega a reconocer. Tal vez seamos incapaces para asumir la revelación de algún estado de cosas cuando ésta se encuentra frente a nuestra nariz; tal vez, la magia nos anule alguna que otra facultad antes de asombrarnos; tal vez, simplemente debamos seguir caminando en nuestra búsqueda hasta hallar la posibilidad de recuperar nuestro asombro frente a la lluvia, o el viento, y de esa manera, no argumentar tanto para encontrar la pieza que nos justifique.
NACIMIENTOS IV
(Libertad a la palabra)
Cuando tomemos la decisión de asumir plenamente el derecho que disponemos para ejercer la libertad total de nuestra palabra, es probable que ese sea el momento de pensar como seguir en la ruta una vez que hayamos terminado de barrer del piso la abrumadora cantidad de prejuicios, mitos, costumbres, preconceptos, creencias, valores arbitrarios y normas absurdas.
Cuando todo ese sostén artificial que sujeta a la sociedad se vea transformado, no ya desde una visión abstracta, límbica o fronteriza, sino concreta a partir de una estética cuyo concepto esencial sea la libertad, seremos capaces de reparar y modificar las grietas amohosadas de un edificio que ya no presta ninguna utilidad.
No es descabellado pensar que si asumimos el arte como una manifestación vital del hombre, elemental, profunda y solidaria, la poesía alcance fuerzas para expandir su energía como un medio de liberar nuestro espíritu. No en vano, como género sigue estando al margen de todas las disposiciones establecidas en el sistema de reparto de beneficios que se otorgan al arte en general. Ella es una hija marginada del arte y como excluida de la tribu, sigue tronando su voz y lo seguirá haciendo con aquéllos que desarrollen la idea de explorar todas las posibilidades del lenguaje. Y con los que no, también.
NACIMIENTOS V
(Ruindades y grandezas)
Cuando se nos da por hacer la guerra, participar en revoluciones, cuando el dolor de la bomba, el hedor de la trinchera, la cruz que bendice el odio, la tortura como método, la mentira como ideario en la asonada castrense, cuando las guerrillas urbanas o rurales, el foquismo, la seguridad nacional como doctrina, las balas perdidas que matan sin preguntar, los grandes escritorios con sus asesores, o cuando la simple voluntad de creer y actuar más allá de los riesgos, la poesía siempre está allí para reflejar nuestro estado de ánimo; el del individuo en su contexto y el de su sociedad. No en vano, es el primer género literario que tuvimos a mano desde que nos echamos a rodar por el mundo mucho antes que se nos ocurriera el genial invento del sedentarismo; desde nuestro más antiguo ser nómade nos acompaña, nos abriga, nos abraza, nos contiene; desde el primer canto tribal que fuimos capaces de darnos ella se encuentra junto a nosotros. Esa es una razón vigorosa que nos permite observar ruindades y grandezas en toda la extensión de nuestra agujereada alma colectiva, a modo de un espejo fatal que nos involucra y nos impide distraer nuestra atención sobre las conductas que somos capaces de asumir, y por sobre todo, de las acciones que somos capaces de llevar a cabo.






FUERZAS OPUESTAS
Aún con este clima duro hay amantes por todas partes                             
abrazándose uno al otro, las manos en los bolsillos del otro 
buscando calor, la sensación de soy tuyo, el tierno reclamo 
que eso sigue haciendo — una pareja se detiene en el frío 
para quedarse ahí, las caras pegadas, los cuerpos abrazados, 
enfundados en camperas, y entonces puedo ver manos desnudas 
hurgando dentro, ver el rubor de los dedos fríos 
al desviarse un poco, tratando de registrar pliegue 
por pliegue, Lo que sientes es mi carne sintiéndote. 

Debe haber algún instinto contrario en la sangre 
que se rebela contra el clima como éste, que produce 
amantes como brotes tempranos, igual que los amentos 
gris plata que vi esta mañana, pulidos por el hielo 
durante la noche. Los gansos también: más y más parejas 
yendo hacia el norte, grandes bandadas llenas de vida 
inhalando el aire helado y exhalándolo como canto, 
como si esa gélida empresa fuera todo alegría, nada a que temer.

Eamon Grennan

Poeta irlandés. Nacido en Dublín en 1941. Estudio en University  College de Dublín y en la Universidad de Harvard. Vive en  Estados Unidos, donde enseño literatura en el Vassar College de Nueva York hasta su retiro en el año 2004.







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