viernes, abril 03, 2015

Boletín Literario Basta ya Marzo - Abril / Mayo 2015 - n°138






No hacen falta alas
para hacer un sueño
basta con las manos
basta con el pecho
basta con las piernas
y con el empeño.


No hacen falta alas
para ser más bellos
basta el buen sentido
del amor inmenso
no hacen falta alas
para alzar el vuelo.

Silvio Rodríguez



Director: Eduardo Alberto Planas - Colaboradores permanentes: Lily Chavez,  Héctor Aldo Valinotti, Alfredo Lemon,  Jorge Luis Carranza, Sergio Pravaz, Jorge Torres Roggero, Leonardo Arce.
Registro Propiedad  Intelectual nº 598958. Hecho el depósito que marca la ley 11.723. Valor del ejemplar: $20
Blog: www.boletinliterariobastaya.blogspot.com. Tel: 0351- 4886974 – 156170141. Esta revista se terminó de imprimir en Grafica 21 – Duarte Quiroz  n° 1702, Córdoba. Fotos: www.google.com.ar
CONTENIDOS

No hacen falta alas - Eduardo Alberto Planas //  Botes – Jorge Luis Carranza  //  Yo fui Sara Singer – Laura García del Castaño // Mandato I y Mandato II – Cristina González // Con esta  voz profana – Isabel Cadogan  //  Paz en la tierra – Marta López Araya // 55 años – Alfredo Lemon // Frida  Khalo. Murió para seguir naciendo – Sergio Pravaz //  El sueño del pibe – Adrián Valán //  La Piecita – Alberto Hernández  //  Fotos – Alfredo Gómez Alonso // Una cordobesa en España: Mónica Rúffolo // Introducción a la Puna – Rodolfo Kusch // Magdalena Castro en el Café Literario mentiras que valen la pena – Griselda Rulfo // DOSSIER: OSVALDO GUEVARA  //  Ida: Un elegante revisionismo histórico –Leonardo Arce //  Birdman: (La inesperada virtud de la ignorancia) – Leonardo Arce  //  Una cosa trae la otra – Lily Chavez // Sobre un soneto de Leopoldo Lugones y su interpretación en la Web – Jorge Torres Roggero //  El pescador huérfano – José Santiago



No hacen falta alas


Fue en el otoño de 2005 que todo comenzó: una  hoja de poesía surgió tras los muros de Tribunales.   

En el inicio: Mariana Montenegro, María Renée Fernández Lawson, Alejandro Orellana, Carolina Riachi y quien escribe. También Adriana Pozzo, Hugo Conterno y Pablo Carrera.
Luego se unieron a este colectivo Alfredo Lemon, Jorge Carranza, Silverio Enrique Escudero, Aldo Valinotti, Jorge Torres Roggero, Sergio Pravaz y Lily Chavez, y todo cambio, iniciando un viaje placentero por el camino de la palabra hasta la actualidad con diez años cumplidos.
 
Durante todo este tiempo, el norte ha sido la difusión de poetas de nuestra ciudad y provincia.
Como mayor satisfacción personal está la de haber aportado un granito de arena en esta tarea de la difusión de la poesía de Córdoba. Todo lo que hacemos en realidad una ofrenda. Eso pretende ser el Basta ya.
El Basta ya  quiere continuar celebrando la Palabra, superar la calidad de  impresión y la tirada.
Hay un intenso quehacer cultural, que no es reflejado por los grandes medios,  el Boletín procurará cubrir ese espacio desde nuestro humilde lugar. Otra propuesta es avanzar en el camino hacia una editorial que pueda abrir nuevos caminos.
Luego de este camino recorrido nos queda agradecer a los suscriptores y lectores destinatarios de todo este esfuerzo y a los artistas plásticos, poetas y escritores, artífices y partes de este proyecto.

Eduardo Alberto Planas





Botes


“Pero, no tiene tapa la memoria…”Emily Dickinson

El bote pasa en silencio.           
Cuando doble el recodo del río
ya no podrá verse.
El tajo que hace en el agua
en unos instantes
desaparecerá para siempre.
El vecino del lado,
entrañable,
se fue del barrio
hace muchos soles.
Nuevos vecinos
que ya se están yendo
refaccionaron la casa que,
ahora, parece otra.
Los que vendrán
nada sabrán
de aquel primer vecino.
Su recuerdo es un fuego
que llevo en mi bote
río adentro
hace muchos soles,
cuidando que no se apague
por nada del mundo.         

Jorge Luis Carranza





Yo fui Sara Singer


Fui el vaso después del sueño terrorífico   
de una niña
Fui el pájaro preso en la iglesia de Lajas una misa de gallo
gato apático de mujer huraña
la habitación 301 del Hotel Young
un pasaje de la biblia anunció mi muerte
Fui el invierno del 72 en Jordania
el café frío en el adiós de una pareja en Hungría
la flor carnívora exhibida en el botánico de Brooklyn
el minuto cuarenta en una obra de
Hanz Zimmer
Yo fui la muerte en un film de Woody Allen
una taza de porcelana
el infierno de mi padre
el torturador de mi madre
y ahora soy el engaño de esta mujer
que escribe
Por eso cada vez que su café se enfría
cada vez que toca la porcelana
o pausa en el minuto cuarenta
una obra de Hans Zimmer
percibe algo parecido al engaño
Ama como un pájaro preso en la iglesia de Lajas
Siente como el infarto de una flor carnívora
Vive como si fuese a despertar
de un sueño de Sara Singer.


Laura García del Castaño
El sueño de Sara Singer,
Llanto de Mudo, 2014





MANDATO I
Letanía de mi madre
-la menstruación
desgracia femenina-
En el primer sangrado
sentí alegría.
¡Soy Mujer!
Las mujeres decentes
no tienen sexo
antes del matrimonio.
Pero esa lava
que ruge dentro de la tierra
sale finalmente
en ríos imparables.
Gozo pleno que olvida
el mandamiento opuesto
a mi fuego.
*
Cristina González (Córdoba, Argentina)
de Los Miserables (Otros), Grupo literario Todos los nombres poesía y narrativa,
Alción Editora, Córdoba, 2013
http://emmagunst.blogspot.com.ar/…/cristina-gonzalez-2-poem…
Fotografía de Smith Eliot


MANDATO II
Letanía de mi abuela
-La gente pobre 
no estudia en la Universidad.
Apuntes ocultos
en una revista de historietas
fue mi estrategia.
Los cabecitas negras
no llegan alto.
Estuve en hotel cinco estrellas
como pez en el agua
con gente de plástico.
Armiño que no se mancha
con el lodo de los ricos.
*
Cristina González (Córdoba, Argentina)
de Los Miserables (Otros), Grupo literario Todos los nombres poesía y narrativa,
Alción Editora, Córdoba, 2013
http://emmagunst.blogspot.com.ar/…/cristina-gonzalez-2-poem…
Fotografía de Smith Eliot




Con esta voz profana, lengua herética
estos circuitos cerebrales indomables,
sostengo poesía entre mis manos
¿Poesía dije?
bellos textos que últimamente
han querido repetirme
como quien recorre un teclado
temblando ante la idea de haber oído
un golpe seco,
una ausencia paralizante de armonía.
Entre estos textos se tañe
la urdimbre de intenciones
que siento reiterarse en tantas voces
se ligan, homologan el fin último de estos poetas
conocidos.
Soy poeta si enseño
si te enseño a vos, tosco profano,
extranjero de la casta.
El poema que no deja una sentencia
no es poema.
Con esta voz de tierra
estos circuitos circulares indomables
voy a proferir poeta
la peor herejía:
dudar.
Las casas se resbalan al borde de las calles.
He roto con violencia los vidrios de los autos asesinos.
Me han llevado a la cárcel.
A mí, que como ustedes,
tenía mi colección de leyes 
para enseñar el camino correcto
para desenmascarar a los hipócritas
con la verdad de escudo.
Yo que también quise mostrar la grasa de la cara ajena (1)
yo, que dije saber de la muerte de dios
pongo mi frente contra el suelo
dejo temblar mis piernas
me tiendo en la mañana bajo el cielo abierto
y nada más  nada más.
Los poetas de esta generación
están bajo su techo, al calor de su cofradía
y releen entre ellos
sus textos valiosos
de sentencias
de indicadores
mientras la duda
en los días de lluvia
mueve las cosas de lugar
y quedamos pasmados
asombrados
perdidos
huérfanos de palabras
y de cualquier verdad.

 (1) alusión de Charly García en el tema "Peperina"

Isabel Cadogan







Paz en la tierra
En cada uno de nosotros
en la mano amiga
que hermana se extiende
en los ojos velados
por las lágrimas
en los pensamientos
ocultos
en la mirada
que trasluce el alma.

Paz que nos ayuda
a superar
lo angosto del camino
la soledad
de la despedida.

Paz que nos deja
la risa de los niños
la suave caricia
de una mano temblorosa
en el gesto generoso

Paz que queda
cuando los ángeles
pasan
prisas, torbellinos
interminables juegos
pisadas descalzas

Marta López Araya





55 años             

Ahora, cuando el paladar todavía goza de las frutas,
en un momento en que las dudas parecen aquietarse,
resulta oportuno intentar un balance.

Pero:
        ¿cómo decir la fugacidad 
         cuando el acontecer sucede siendo?
       
La vida dibuja nuestro rostro
con rastros de memoria en nuestra piel de arena.

Somos un soplo, una sombra en el viento del día.

La máscara dice la verdad
y el espectador miente.

Una prostituta es la madre del hombre
y un mendigo es el dueño del mundo.

Hoy la muchacha danza a orillas del mar
y mañana anciana no podrá sostenerse.

Retorciéndose el pensamiento sufre en secreto.

Las palabras también anochecen
y el olor del olvido se desnuda en el humo.

Dios es un poema que no alcanzo a escribir.

ALFREDO LEMON                                                                             


                             




Frida Kahlo. Murió para seguir naciendo
 Por Sergio Pravaz


 Hay frases para todo en la vida. Las encontramos en el imaginario popular, escapadas de la boca de aquellas personas que admiramos, o bien en las paredes de las calles como elocuentes mensajes del hastío, el amor, la picardía o la pura necesidad. Las hallamos también y sobre todo, en los libros; ellos están repletos, hay multitud de ellas, por eso a la hora de leer hay que hacerlo con un lápiz en la mano para marcar sin miedo, no perderse las que valen y luego regresar por ellas. Pero también las hay en la canción popular y en el cine; esos dos oráculos cargan también con las mejores; seis balas de plata cada uno y suelen ser los más rápidos del oeste a la hora de disparar y hacer centro entre ceja y ceja, que es lo mismo que decir el corazón, el alma o lo que sea; blandito o duro perforan igual.
Hay una cita que siempre me llamó la atención, por la crudeza y la exactitud del espíritu que la produjo y es la siguiente: “Pies para que los quiero si tengo alas para volar”. Conmociona si pensamos cuál puede ser el origen de esa máxima porque finalmente, los aforismos son una síntesis de eso que nos sobrepasa largamente; es allí donde reside su eficacia y la magia que hace que se nos queden pegadas al cuerpo, de por vida, o cuanto menos, una buena parte del tránsito que hacemos.
Frida Kahlo, no hace falta mencionar que es la autora de la frase citada, como de tantas otras anotadas con urgencia en sus inseparables diarios, fue una mujer ideal para el mito: su vestimenta, sus collares y abalorios, su temperamento transgresor, su sufrimiento físico interminable, su singular obra pictórica como perfecta autobiografía, sus exposiciones en Nueva York, Filadelfia, Boston y París, su sexualidad, su nacionalismo, la admiración que le profesaron Pablo Picasso, Wassily Kandinski, André Bretón o Marcel Duchamp, las descomunales peleas y rabietas con su esposo Diego Rivera (más audaces que John y Yoko, por cierto), su última exposición -única individual en su país- en la Galería de Arte Contemporáneo a la que asistió en ambulancia y en la que estuvo departiendo desde una cama de hospital ubicada en el centro de la galería ya que los médicos le habían prohibido que concurriera, o su velorio en el Palacio de Bellas Artes de la ciudad de México, son apenas algunos de los elementos que confluyeron hasta convertirla en lo que es hoy, una referencia ineludible, en la pintora mexicana más famosa del mundo, en un ícono pop, una imagen, una marca, una fuerza de la naturaleza, y en todo lo que uno quiera que ella sea.
Tuvo la desgracia y el coraje de encontrarse cara a cara con su destino en plena calle y aunque la vida le pasó por encima bajo la forma de un camión y un tranvía, no bajó los brazos y se reconstruyó entera tantas veces como debió hacerlo porque su personalidad era como la de Paul Newman en “La leyenda del indomable”, cuando se comió cincuenta huevos duros solo para demostrarles a los muchachos del penal que no lo iban a atropellar así nomás.
Bueno, así era Frida y mucho más porque cuando André Bretón, en su plena gloria y en viaje por México durante el año 1938 alucinó con su pintura y declaró que la misma era surrealista, ella lo paró en seco y le dijo que no, que eso no era así porque ella pintaba su propia realidad.
Otro que se deshizo en elogios fue Picasso, sobre todo por su talento como retratista; en carta a Diego Rivera le expresó: “Ni tu ni yo somos capaces de pintar un rostro como los que pinta Frida”.
Si hubiese nacido en Rawson seguro que le tocaba ser la reina del carnaval y también bailarina de la mejor comparsa del pueblo, además de sus otras actividades, por cierto: militante comunista, pintora genial, mujer alborotadora, visionaria, amante cabal, y brava como el más bravo de los vientos que ha soplado por estas tierras y eso que en nuestra comarca los vientos son más bien indisciplinados y arrebatadores.
Bueno, como la Frida cuando algo se le ponía en la cabeza; por eso la luz le salía como le salía. Ella tuvo la nobleza de ser su propio espejo en cada uno de sus momentos, sobre todo en los feroces, los dolientes, y compartir todo eso a través de su pintura sin par, como un diario íntimo cuyos párrafos y páginas son el resultado de una honestidad sin límites que no pide tregua ni piedad.
No hay más que ver su obra para tener una idea acabada de lo que digo.  
En un cuadro del año 46, un autorretrato más precisamente, hay un cartelito que dice: “Árbol de la esperanza mantente firme”. Y en su diario, anotó lo siguiente luego de participar en una silla de ruedas de una manifestación contra la intervención estadounidense en la Guatemala de 1954: “Espero alegre la salida y espero no volver jamás”.
A los diez días murió a esta vida para seguir naciendo a cada rato, como les suele ocurrir a algunas gentes que vienen por un tiempo para iluminar el barrio y luego hacen como que se van pero en realidad nunca se van y se quedan entre nosotros por todo el tiempo que dura la memoria.


El  Sueño  del  Pibe




El pibe quería ser futbolista, como el noventa y cinco por ciento de los chicos argentinos. Desde muy pequeño corría detrás de la pelota como todo ser humano tras la felicidad.
Su padre, también futbolero y gran observador del juego, le advirtió tempranamente que no tenía condiciones para “llegar a primera”. Pero esto no lo apichonó, demostrando desde ese mismo momento el carácter y la rebeldía que lo acompañarían en toda su vida, y por las suyas, fue a probarse y llegó a jugar en las inferiores del club más grande  de su pueblo; allí comenzó a experimentar las vicisitudes propias de la vida misma: el sacrificio, el compañerismo, la sana y la maldita competencia, las marcas que dejan las frustraciones y lo efímero del éxito.
El destino o la providencia lo insertaron en el mundo del trabajo en el momento justo para enterrar el sueño del futbolista y comenzar a transitar la vida laboral. Los comienzos fueron realmente duros pues debió empezar bien de abajo, desde el llano más absoluto, y con un condimento extra: el medio ambiente de trabajo le fue hostil desde el primer día, un lugar donde las arbitrariedades, la opresión, y las injusticias son moneda corriente.
Su idiosincrasia y su espíritu rebelde chocaban de manera frontal con esta estructura laboral cuasi monárquica y sumamente verticalista, y aún más con las personas, (jefes y profesionales con aires de nobleza), con los que debía interactuar durante toda su jornada.
En aquéllos primeros tiempos muchas veces pensó en renunciar, como lo hicieron muchos compañeros de su camada, pero fue su madre un dique de contención  y apoyo que le permitió seguir, y más tarde tomar la gran decisión: iba a darle pelea al sistema desde adentro. Comenzó a estudiar, a perfeccionarse, y a plantearse metas, siempre a corto o mediano plazo, y a cumplirlas indefectiblemente. Cada objetivo alcanzado era un escalón más para salir del subsuelo laboral en que se encontraba, hasta que finalmente lo logró.
En ese camino que comenzó en soledad fue encontrando compañeros semejantes en espíritu y decididos también a darle pelea al orden laboral establecido. La suma de esas voluntades rebeldes, y posterior organización que lo tuvieron como protagonista, le permitió en algún momento darse el gusto de enfrentar ese poder central encarnado por siete seres superiores, (por autoproclamación), y arrancarles algunas conquistas gremiales impensadas por él años atrás, cuando a su ingreso en ese ambiente tan inhóspito, la única aspiración era cumplir el horario laboral para, una vez cumplido, huir raudamente hacia otro lugar cualquiera donde intentar vivir con plenitud lo que quedaba del día, y olvidarse de esta forma, al menos por un rato, del puto número de legajo que lo identificaba cual escritorio, silla, perchero, computadora o cualquier otro mueble de la oficina.
Dentro de Tribunales hoy lo conocen por su nombre los compañeros, los Jefes, y hasta los siete nobles autoproclamados; ya no es un pibe pero la sigue peleando, y no está solo. Finalmente es parte de un equipo más grande que el club de su pueblo, y juega un campeonato mucho más largo e importante que aquél de fútbol infantil.
Su jornada laboral y sindical es más extensa que antes, pero al fin logró canalizar esa vocación de servicio que lo acompaña desde chico, la de ayudar a la gente, sus compañeros; y ya no siente la necesidad de huir a cualquier lugar, porque se hizo un espacio ahí, en ese mismo ambiente hostil que alguna vez lo atormentó. Un  espacio que defiende todos los días,  agudizando el ingenio para dar una mano al que lo necesita, e “incomodar al poder”  como le gusta decir.
Al llegar a casa su hijo corre detrás de una pelota y seguramente sueña con ser futbolista, como el noventa y cinco por ciento de los chicos argentinos, él lo mira y sonríe, sabe que muy pocos llegan a jugar en primera, pero no se lo dirá. Ya le llegará la hora de las frustraciones y de buscar su equipo para encarar el “campeonato de la vida”, piensa; mientras tanto, abre bien grande los brazos y corre al encuentro del niño que acaba de convertir un golazo en el ángulo de la puerta de la cochera.


Adrian Valán


La Piecita









Ayer distraído volví con mis pasos a ese rinconcito del pasado y ahí estaba todavía. Le saqué un par de fotos porque no podía creer que hubiera resistido inalterable el cerco arrollador de los edificios de altura. Como hace exactamente 34 años ahí estaba la humilde piecita de aquel conventillo de Neuquén 176, dándole la espalda al local vacío del mítico "Lomitos 348" que ya mudó a otros sitios más paquetes. Con el perfil exacto de sus viejos ladrillos y su techo de chapa viva, causante del clima de baño turco en el verano y de congelador en el invierno. Ahí está todavía en pleno barrio Alberdi, en el corazón combativo y bien celeste del Clínicas, donde todavía, si se presta un poco de atención, se escuchan repicar los caños de los postes de luz llamando a resistir.
¡Cuántas historias guardan sus paredes y su techo de dos goteras! Se subía y tal vez se sube aun, por una escalera estrecha de hierro pegada al muro del fondo que se continuaba en un pasadizo protegido por una baranda del mismo metal. A mitad de camino estaba la puerta de entrada; mas allá y sobre la izquierda otro espacio que parecía haber sido una cocina, pero que nunca usamos; no obstante era un extra que junto con el sol que nos inundaba, nos daba un estatus superior al resto de los inquilinos que se apiñaban con hijos y abuelos dentro de cuatro umbrosas paredes sin ventanas. Justo debajo de nuestra humilde morada, estaba el baño compartido por los inquilinos de la mitad del fondo del conventillo. Era enorme y oscuro como el resto de los ambientes de la casa. Desmesurado para contener un inodoro, un sencillo lavabo y un viejo y deteriorado calefón a alcohol, que solo dejaba caer cinco o tal vez seis gotas calientes y cada tanto por las rendijas de la nave, algunas de alcohol encendido que chasqueaban cuando pegaban en nuestro cuerpo. Había que ser guapo para bañarse ahí.
Nuestra pieza, tenía dos goteras. Una a los pies de las dos camas de una plaza; allí caían las gotas en los días lluviosos del estío, sonora y monocordemente en un balde de plástico. La otra gotera era de deshielo; de invierno. Cuando salía el sol y derretía la escarcha del techo, se filtraba una remolona gota helada justo en mi oreja izquierda. En las noches de invierno, el frío era más frío en la piecita. La chapa se congelaba e irradiaba su baja temperatura. Entonces encendíamos nuestra vieja estufa Volcán a kerosén; a los pocos minutos ya había calentado el ambiente, pero como la pobre quemaba bastante mal en ese mismo tiempo los efectos de la combustión ya habían dejado ardiendo nuestros ojos. Aguantábamos todo lo que podíamos y la apagábamos; al instante el frío bajaba desde la chapa y nos golpeaba duramente en el cuerpo. Había que frotarse y moverse, hasta que se disipaban los gases y podíamos volver a prender la estufa. Y así sucesivamente se renovaba el bipolar ciclo frío-calor, sin estadios intermedios. Ni que hablar de lo que padecíamos en el verano. Era un verdadero infierno, que hubiera acobardado al propio Dante. La chapa castigada por el sol adquiría elevadas temperaturas y convertía a la piecita en un sauna. Las siestas eran más confortables afuera, al rayo del sol, que bajo la chapa cruel. 
Además de las camas, teníamos un roperito y una mesa de luz. A ese lugar fuimos a vivir con el Pato. Era uno de los pocos lugares limpios y seguros que tenia nuestra organización política en Córdoba. En esa piecita vivimos un año y medio, pero las historias que cobijaron sus paredes fueron tantas que parecieron muchos más. Allí disfruté el tiempo breve del amor en la clandestinidad, compartí el sentido del humor con el Pato, me divertí con sus peleas por la higiene, con el Viejo cuando estuvo "guardado" en el conventillo por unos meses; allí me dieron por muerto y por eso le produje el primer infarto a mi viejo; preparé mi estrategia para salvarme de la colimba – y me salvé -; también fue mi aguantadero mientras vivía provisoriamente en otra pensión armando mi historia personal para poder entrar en Fíat. 
Y fue en ese lugar donde me desperté en la madrugada del 24 de marzo de 1976 con una marcha militar y el comunicado número uno, que daba inicio a la más terrible etapa de los argentinos. Ya con el sol en alto y el conventillo alborotado, salí a la puerta y me topé con el ejército represor allanando barrio Alberdi, casa por casa. Volví sobre mis pasos, armamos con el Pato un paquete con todo lo comprometedor que teníamos en la pieza, lo puse en una bolsa de compras y salí silbando bajito entre la milicada hasta el primer baldío que encontré en la Quinta Santa Ana.
El barrio celeste, celeste, ese día era verde, verde oliva. 

Alberto Hernández

(Este relato forma parte del libro “El viaje y otros relatos setentistas” de Alberto Hernández, Tinta Libre Ediciones, 2014)


Fotos

Por Alfredo Gómez Alonso

Primera foto: padre de familia sonriendo junto a su auto. Al dorso: “El hombre, fundamento de la sociedad”.
Segunda foto: pareja de enamorados de excursión por el campo. En el lado posterior: “El amor es la única esperanza”.
Siguiente: niño de siete años con su perro, tierna la sonrisa, último día de pantalones cortos, el clasicismo del colmillo ausente. Por detrás: “La infancia, eterna promesa”.
Otra foto: abuelos con nietos, apretujados “para salir bien”. Reverso: “Unos llegan, otros se van”.
A continuación: él, con su atuendo militar. Acotación: “Un hombre que defiende su patria es un digno ciudadano”.
Otra foto más: la sirvienta cocinando. Inscripción: “Siempre habrá unos arriba y otros abajo”.
No podía faltar: la niña en su fiesta de quince. En caligrafía rimbombante: “El mundo comienza a descubrirse en la adolescencia”.
Después: toda la familia endomingada, y en letras borrosas: “Hogar, dulce hogar”.
Más grande y apaisada, la siguiente impresión exhibía un sitio agreste con pinos: “Este es nuestro mundo”- decía.
En la instantánea más vieja: ella, internada en el hospital. Apenas si se descubría una fecha, y debajo: “Nuestro vino es amargo, pero es nuestro vino”.
Última foto: la tumba de la abuela. Sentencia: “Todo forma parte del mismo paisaje”.


(Nota del editor: Para la configuración de éste trabajo, el autor ha utilizado materiales de diferentes épocas y regiones que abarcan más de 100 años de experiencia fotográfica, por lo que cualquier semejanza con la realidad es pura coincidencia).
       



Una cordobesa en España: Mónica Rúffolo





Con  motivo de cumplirse veinte años del fallecimiento del escritor uruguayo Juan Carlos Onetti el Centro de Arte Moderno (CAM) de Madrid,  España, organizó distintos eventos en el marco de lo que se denomino Año Onetti. En los mismos tuvo especial participación una actriz y directora de teatro cordobesa: Mónica Rúffolo.


El  martes 15 de julio de 2014 se presentó el libro “Con Onetti, Diálogos con Dolly Onetti”, de Claudio Pérez Míguez y Raúl Manrique Girón, Del Centro Editores. En la foto se puede ver a: Francisco Serrano, ex director de la Fundación Telefónica; Mariángeles Fernández, de la Fundación Germán Sánchez Ruipérez, Dolly Onetti, Mirta y Mónica Rúffolo, actriz y directora de teatro argentina.
También se realizó una entrevista a la esposa del escritor, Dolly Onetti, en Casa de América, con motivo de la exposición "Reencuentro con Juan Carlos Onetti: 20 años después”, en la que se exhibió el mundo íntimo del autor, colección del Museo del Escritor del Centro de Arte Moderno, y que se inauguró el 25 de setiembre de 2014 en Casa de América.




Con la exposición  Reencuentro con Onetti: Veinte años después,  se pretendió recrear el ámbito personal del escritor: se expusieron numerosos objetos, primeras ediciones de sus obras, traducciones, libros dedicados, discos grabados con su voz, así como, manuscritos, correspondencia y otros documentos. Además del mobiliario original de su ya mítica casa de la Avenida de América, todas las piezas pertenecen a la colección del Museo del Escritor. La muestra fue comisariada por Claudio Pérez Míguez y Raúl Manrique Girón.

El miércoles 1 de octubre de 2014, a las 20 h., se realizó  en dicho Centro una lectura dramatizada a cargo de Mónica Rúffolo de la obra Bienvenido Bob de Juan Carlos Onetti: Al respecto dijo la conocida actriz cordobesa: “A título personal quiero decir: desde aquel –2000-2001 hasta hoy 2014– me une al CAM una certeza de vida –secreta pasión– que a la hora de apagar y encender las luces iluminan el hacer artístico que nos vincula.
Poesía, pintura, música, libros, teatro y sueños son compartidos con cada uno de ustedes. Sin este público la creación artística no podría volar.
Otra época, llegan aires nuevos. El hacer escénico toma el camino de la poesía. Interpretar a los grandes poetas de nuestra lengua, trabajar cerca de jóvenes que luchan con el feroz y certero adjetivo. Este es un placer, también, un dolor esperanzador. Gracias y disfruten con Juan Carlos Onetti.”

         
           




                           

Introducción a la Puna

Es evidente que el altiplano representa para nuestra mentalidad porteña algo totalmente opuesto. Por eso, los que se identifican con la actividad inteligente y emprendedora de nuestra gran urbe, lo pueden ver como un infierno situado a la espalda del país, como los Balcanes, según dijo alguien con algún desprecio, como algo que está al margen de nuestra vida, donde un viaje es una indiscutible pérdida de tiempo. Y esto es natural. El altiplano es un exabrupto geográfico y nosotros, aquí en Buenos Aires, fuimos educados para un mundo sin exabruptos, un mundo plácido con todas las cosas materiales y espirituales a mano
De ahí que un viaje al altiplano sea entonces un viaje ritual, y emprenderlo con simpatía ya implica algo así como una expiación  o  iniciación al caos. Así lo presentimos al cruzar las Salinas Grandes al norte de Córdoba; lo advertimos en los pueblos muertos que encontramos a la vera del camino hasta la Quebrada de Humahuaca, y finalmente se nos hace carne cuando llegamos a los 3.900 metros de altura; ahí   nos penetra la puna, sentimos nauseas, dolores de cabeza y estamos incómodos. Abrimos la ventanilla y un aire helado nos corta la cara en pleno enero y contemplamos  atónitos el jadeo y el chisporroteo de la locomotora como si se abriera paso en medio de la piedra para alcanzar el altiplano.
Ahí ya estamos en el borde de nuestro reino inteligente. Cesa entonces nuestra actitud ciudadana, que arremete contra el mundo y el mundo comienza a arremeter contra nosotros. Los episodios se convierten en símbolos y comenzamos a vivir otra vida.
Y nos asombramos de sobrevivir en medio de tanta piedra y de ver como sobreviven los  otros, los coyas, con su pequeño sembrado, su minúsculo y mezquino  trueque, sin queja alguna, en medio del silencio contagioso de la piedra.
Es que hay viajes que son la vida misma. La vida se siente cuando se la enfrenta con el absurdo, cuando se pone el pie en la huella del diablo. Sólo entonces se la palpa. Y el viaje, un auténtico viaje, consiste en ir al absurdo ubicado en algún lugar de la tierra, lejos de la cómoda y plácida ciudad natal, junto al diablo.
Porque el diablo está en los precipicios escalofriantes, en el miedo ante la enfermedad circunstancial, en la tormenta, en la lluvia o en el granizo despiadados, o en la súbita detención del tren por algún derrumbe de la montaña. Ahí reencontramos los grandes temas que hemos olvidado en la gran ciudad: la vida, junto a la muerte, el bien junto al mal, Dios y el diablo.
Ya lo decían los antiguos quichuas, quienes veían las cosas como desde el fondo de la historia. Pensaban ellos que el sentido del mundo se repartía entre lo masculino y lo femenino, el cari y el huarmi, de la misma manera como los chinos distinguen  entre el yin y el yang. Ahí nos sentimos distendidos entre los opuestos, sobreviviendo miedosos y tímidos, pero  reflexionando sobre la vida transcurrida en la buena ciudad, su falta de heroísmo y esa valentía tan ambigua de nuestra inteligencia, que nos  ayuda en la ciudad, pero que se vuelve estéril en la puna.
Y es que en el altiplano volvemos a la pobreza, o mejor, perdemos esa sensación de fácil riqueza que nos brinda la ciudad. Bibliotecas, inteligencia, espiritualidad, instituciones, créditos de nada valen. Ahí volvemos a cero, y dentro de él asoma nuestra pura vida.
Y ahí comprendemos  que vivir no consiste sólo en tener cosas, sino en este paso irremediable de lo blanco hacia lo negro, de preferir en pleno día a la noche, de estar alegre y pasar a estar triste, de ser culto y  viajar a la barbarie, de ser bárbaro y viajar hacia la cultura, de ser bueno y querer ser malo y de la maldad pasar a la bondad. Vivir en suma es poner el pie en la huella del diablo.
Cuando el viejo Miseria, en aquella magnífica leyenda bonaerense, encierra al diablo en la tabaquera, recibe la airada protesta de los médicos, los abogados y los gobernadores. ¿Era que éstos vivían del diablo? Probablemente no. Mejor sería pensar que sin diablo perdían el heroísmo y el sentido de sus vidas. Porque es hermoso curar enfermos, resolver pleitos o gobernar países. Si no fuera así no tendría sentido vivir. La vida es un péndulo que va de un lado a otro y nosotros en el medio, siempre tensos, sin encontrar otro sentido fuera de ese vaivén. Hasta nos sometemos voluntariamente al diablo. ¿Acaso no fuimos nosotros mismos quienes sacamos el pasaje para viajar al altiplano? Vida es detenerse en una colina y ya mirar la próxima, para saltar a ella, sin ver los riesgos que corremos. Vivimos dentro de un orden impuesto y miramos con el rabillo del ojo al caos que se asoma más allá. ¿Para qué? Para sentir cómo nuestra vida vence al caos. No hacerlo así es estar muerto. El barrendero ve la calle sucia y procede a imponer el orden limpiándola. Los  bohemios se ven fascinados por el caos que se les asoma a cada instante en la esquina   de su casa. El ama de casa corre los muebles cada tanto, para cubrir el caos que se le asoma en los rincones. Son formas menores, aunque profundas de poner el pie en la huella del diablo.
Y no se trata sólo del diablo, sino de repetir en cierta manera la gesta divina.  Dios creó el mundo para verse a sí mismo, y nosotros hacemos otro tanto. En el fondo de la realidad, ya sea la calle limpiada por el  barrendero, ya sea  en los muebles del ama de casa, ya sea en los exabruptos del bohemio, y aún en el país ordenado por un gobernante, en todo esto está uno mismo, están el ama, el bohemio, el barrendero, el gobernante, pero convertidos en muebles, en calle, en episodios o en la nación. Lo mismo ocurre con el altiplano. Aunque que vayamos a miles de kilómetros de distancia siempre viajamos adentro de nosotros mismos. E ir al altiplano  ya es la culminación, porque significa viajar hacia lo más profundo de sí mismo, hacia ese margen de prehistoria que todos padecemos, por más blancos e inmigrantes que seamos.
Rodolfo Kusch


Rodolfo Kusch




Nació en Buenos Aires el 25 de junio 1922 y falleció en la misma ciudad el 30 de septiembre de 1979. De padres alemanes radicados en Argentina. Profesor de Filosofía por la Universidad de Buenos Aires en 1948. Ejerció una actividad técnica en la dirección de psicología educacional y orientación profesional del Ministerio de Educación de la Provincia de Buenos Aires en el ámbito de la sociología, la psicología y una amplia actividad docente en la enseñanza secundaria y sobre todo superior en universidades argentinas y bolivianas. 
 Realizó viajes de investigación y trabajos de campo en la zona del noroeste argentino y del altiplano boliviano; organizó simposios, seminarios y jornadas académicas sobre la temática americana ; participó entre otros eventos como miembro titular del XXXVII y XXXIX Congresos Internacionales de Americanistas, del II Congreso Nacional de Filosofía en Alta Gracia, Córdoba en 1971 y de las Semanas Académicas en torno al pensamiento latinoamericano organizadas por la Universidad del Salvador, área San Miguel, 1970-1973; fue miembro de la Comisión Directiva de la Sociedad Argentina de Escritores 1971-1973; integró el equipo argentino dirigido por J. C. Scannone sobre “Investigación filosófica de la sabiduría del pueblo argentino como lugar hermenéutico para una teoría de filosofía de la religión acerca de la relación entre religión y lenguaje” 1977-79. 
Fue sobre todo autor de numerosas obras filosóficas y literarias, en las que transmitió lo que su gran sensibilidad poética y pensante le permitió captar de propio y valioso en América. Su obra ha sido reunida en 4 tomos de Obras completas, Editorial Fundación Ross, Rosario, 1998-2003, quedando aún algunos inéditos, sobre todo anotaciones y materiales de trabajos de campo:
Tomo I: Datos bio-bibliográficos, Presentaciones; La seducción de la barbarie; Indios, porteños y dioses; De la mala vida porteña; Charlas para vivir en América. Tomo II: América profunda; El pensamiento indígena y popular en América; Una lógica de la negación para comprender a América: La negación en el pensamiento popular.  Tomo III: Geocultura del hombre americano; Esbozo de una antropología filosófica americana; Ensayos. Tomo IV: Lo americano y lo argentino desde el ángulo simbólico-filosófico Pozo de América; América parda; Bolivia; SADE; Teatro; Anotaciones para una estética de lo americano; Homenaje a R. Kusch de la Cámara de Diputados de la Nación.
Falleció en Buenos Aires el 30 de septiembre de 1979. Sus restos descansan  desde el 22 de agosto de 1988, en el cementerio de Maimará, donde se erigió una apacheta.




Magdalena Castro en el café literario Mentiras que valen la pena (Villa María)
Por Griselda Rulfo (Corresponsal)




Las largas galerías del ex Colegio Nacional 296 de Villa María (hoy Nicolás Avellaneda) guardan los pasos y las risas de Magdalena maestra. Allí nos encontramos.
Una gran lectora. De charla fácil y amena. La vida nos desencontró y reunió más de una vez.
Coincidimos en talleres literarios. Ella leía sus poemas absolutamente líricos y – para mí - de otra época y se aguantaba mi apreciación de “poesía maricona”.
Cuando después de mucho tiempo coincidimos en el taller de poesía de Susana Zazzetti asistí a su maravillosa transformación como poeta. Parecía increíble pensar que era la misma escritora de antaño.
Nació y vive en Villa María. En 1997 obtuvo el primer premio en concurso de poesía organizado por la Biblioteca Popular Florentino Ameghino y la Dirección de Cultura y Educación.
En 2002 recibió un reconocimiento de mérito por el Conservatorio Literario de Rosario y la primera mención otorgada por FM Radio “Q” Unquillo, entre otras menciones.
Ha colaborado en la revista del Taller Literario del PEUAM (Universidad Nacional de Villa María).
Sus poemarios son “Después de mí” (2007). “Es todo lo que ofrezco” (El Mensú, 2011).
Participó en las antologías “Homenaje a Oliverio Girondo” (2003) y “Territorio Sur” (2005), ambas por la editorial De Los Cuatro Vientos.

 “MIGAJAS”
            En el mes de marzo - cuando reinicie sus actividades el Café literario Mentiras que valen la Pena – Magdalena Castro presentará su libro MIGAJAS.


10
Duro el pasado.
Días enemigos
sin aliento para la espera.
Sus manos con bastón blanco
cansadas de reproches,
los ojos apagados de censura,
las palabras enfermas
de soledad.
Como árbol que se deshoja
buscaron sus pensamientos
el olvido.
Con una sonrisa que vacilaba
entre el llanto y la fortaleza,
murmuraba:
“he aprendido poco, he aprendido poco.”

34

Éramos jinetes
recuperando caminos
bajo un manto claro.
Amarrados a las crines
dominábamos el mundo
confesándonos
mágicas palabras.
Ahora
el ayer no existe.
Lágrimas resbalan
escondidas
en mi silencio sin cielo.

20

Esta tristeza
corre por la sangre
y sin control
se arrastra
orillando grietas.
Aullido de lobo
que desgarra.
27

Sendero.
Remanso de ecos
trae la lluvia.
Duerme el plumón
donde se asoman las retamas.
Palomas en el espejo
donde miro
y encuentro el crepúsculo.

Magdalena Castro

En el prólogo dice Susana Zazzetti: “(…) Es evidente, al leerla, que Magdalena Castro habita un mundo real donde escribir poesía se le hace imprescindible, necesario (decía Borges) como el agua y el aire. Mundo en el que la poeta se sostiene sobre la palabra como el pan sobre la harina (…)
Migajas es pan y más que pan, es lo que va más allá de su significación, de su desnudo horizonte. Es la vida misma”


                




DOSSIER: OSVALDO GUEVARA

FABIANA ROJO

Cuando Fabiana  Rojo canta
se afina el aire para el vuelo.
Hay algo azul en su garganta
como nostálgico de cielo.

Quieren bañarse en sus canciones
los pajaritos melodiosos.
El río, siervo de sus sones,
le arroja ramos luminosos.

Velamen leve, es siempre el centro
del mar de luz del escenario.
Hurga su canto muy adentro
el pecho oscuro o solitario.

Oyéndola, sombras y arroyos
huelen a sol de Traslasierra.
Con su jardín de cantos criollos
ella se adueña de la tierra.

Cuando Fabiana Rojo canta
con voz dorada y penumbrosa
la vida entera se levanta
y hasta la pena es armoniosa.


 (Fabiana Rojo es cantora villadolorense. Su repertorio incluya la zamba “Anoush” de cuya música es autor José Luis Serrano - Doña Jovita – y la letra pertenece a Osvaldo Guevara. Fabiana es intérprete destacada del cancionero folklórico)


LA NAYADE  


    

De piedra en piedra el sol
busca tu sombra fina.

También mis ojos, con el río adentro,
siguen tu piel esquiva.

Es una tarde de alargados sauces
y ocultas peperinas.

Mi perro oscuro como yo te intuye
sumergiendo en el agua la sonrisa.

De la montaña brota un humo verde.
Es la arena en mi mano una mejilla,

una paloma tibia entre mis pies,
por mis cabellos un dulzor de sílabas.

Presiento el río tiernamente ondeándote.
Tiro una rama que aletea y brilla;

con la fuerza del músculo impotente
tiro una rama al agua bailarina.

pero el perro habitual no me la trae.
Burlón, piadoso, incrédulo me mira…






PISADAS
                                                                      
Camina
despacio
cerca de mis heridas
amor.

Aunque te deslices con blandura
tus pisadas me aturden.

Siempre suenan
como si comenzaras
a  alejarte.




ESPINAS

Tu angustia
pájaro enredado
entre espinas.

Cuando intento salvarte
me hiero
te lastimo.







CÁNTICO

Traslasierra, tu cántaro de frescura serena
el corazón goteando claridades levanta.
Guarecida en los brazos de tu montaña amena
la sangre en vacaciones desnudamente canta.

Bajo tus verdes no hay sombra para la pena.
tu azul es como un vino que alumbra la garganta.
Tu aire deja en la piel una  euforia morena
y el pecho junto al cielo de tu agua se abrillanta.

Paisaje que ahondándose gana emoción de altura;
comarca en que la luz como panal murmura;
valle en que se apaciguan la sed y la ansiedad.

Traslasierra, tu tiempo fluye con otro horario.
Cuando alza el vuelo el bronce de un templo solitario
sobreviene un silencio que suena a eternidad.








CASA AL SOL

Desde la primera vez que la vi me impresiona la casa blanca y pulcra. Más impresión, es ya fascinación. No obstante su pequeñez y su falta de sombra vegetal, me resulta ilimitada e íntimamente penumbrosa. Su porche se aguza en un techo a dos aguas, al igual que el resto, lo que le confiere una aspiración ascensional de templo gótico.
Las tres ventanas a la calle periférica que la aísla tienen invariablemente recogidas sus persianas. Los vidrios oscuros vedan el interior, al menos desde el auto que maneja mi esposa, complaciente  con mi pedido de pasar por allí a partir de mi descubrimiento de la casa.
La ciudad ha crecido y no faltan hallazgos en nuestros recorridos ociosos de paseantes. Pero este chalé es para mí inusitado, pese a su arquitectura convencional. Podrían albergarse en él gnomos, duendes, penates, susurrantes y sibilinos.
*
Cada nueva ocasión de verla profundiza mi complacencia inexplicable por todo lo que le concierne.  La flanquean baldíos selváticos de yuyales y se diría librada a sí misma como un diminuto barco al garete. Me afianzo en el convencimiento de que nadie la ocupa aunque mi esposa me advierte que el porche luce siempre impecablemente barrido y que las macetas que lo adornan se encienden en verdores y colores renovados.
*
Conjeturo que una de las ventanas laterales  corresponde a un dormitorio y llego a extasiarme imaginando que duermen en él una noche de lluvia incesante al son del agua rondando sobre el techo y las paredes, levantando un eco pulverulento de los charcos que estrían la calle guadalosa, ajena al riego municipal.
*
Mi esposa calla cuando le comunico mis deslumbramientos. Si bien conocedora de mi propensión al desvarío, tal vez sospecha que en este caso  hay algo más que una obsesión literaria. Mi nieta, que suele acompañarnos, ha empezado a llevarse un dedo giratorio a la sien, tras apartar de la oreja derecha sus rizos caracoleantes.
¿Proyecto sobre el ensimismado chalé una imagen de esas que ilustran los cuentos que, sobreactuando, leo a mi nieta? ¿Mi existencia domesticada necesita inventar espacios no bostezados por la rutina?¿La depredación planetaria que amenaza destruir y destruirnos me impele a soñar refugios intocados?¿Pretendo, sin saberlo, un lugar no mancillado por la condición humana, progresivamente en retroceso hacia la barbarie cavernícola? ¿Mi incredulidad herética me mueve a forjar con desesperación un templo salvífico no contaminado por la piedad fraudulenta y la burocracia celestial?
*
No recuerdo haber sido nunca tan imaginativo. Viendo ingresar, cierta tarde, por el portón enrejado que prolonga el frente, un par de hombres armados de herramientas –ignoro cuales- me alarmé barruntando que venían a demolerla. Me aclaró mi esposa que le parecían encargados de cavar la tierra del patio para trazar una huerta o algo así.
Rodea la casa, por los costados y el fondo, una cerca de alambre. Digo que es de púas, semejante al  de los campos de concentración. Me precisa mi esposa, casi sin sonreír, que es un alambre común, complementado en parte por una tela verde-propia de las carpas- y prolijamente rectangular.
No insisto. Pero los supuestos pinchos me duelen en la piel, como si crepitaran bajo el sol, cegados y coléricos.
*
Detrás de la ventana del medio, que se abre al porche, he creído sorprender una silueta grácil, que ondula y se esquiva en tanto mis ojos van siguiéndola desde mi mirador rodante. Mi esposa suena tajante: No hay tal silueta.
Aventuro la idea de una audacia lúdica: tocar el  timbre – si lo tiene- de la casa abstracta y volver al auto detenido a cierta distancia, para espiar desde allí. Más tajante aún , ella me disuade: No estoy para pasar un papelón ¿Te has vuelto loco?
*
Anoche, sin delatarme, llamé por teléfono a un escritor porteño, Tomás Barna, que ha regresado a Buenos Aires, luego de 25 años en París, aún más onírico de lo que se fue. Lo nocturnal y lo fantasmagórico, que traslada a su literatura, son su  hábitat. Sintonizó  glotonamente mi plan clandestino y me instó a ejecutarlo sin dilaciones. Si él estuviera aquí, me aseguró frenético, iría conmigo a llamar  a esa puerta “metafísica”.
*
Entre las acepciones de “casa” el diccionario incluye “casa celeste”: En astrología, cada una de las doce partes en que se considera dividido el cielo por círculos de longitud”. Me satisface. Pero más que con el cielo, yo asocio la palabra casa con el agua, pensando en el deleite que me provoca la lluvia que mulle las paredes interiores como un tapizado de pétalos de adormidera y que imprime a las de afuera un temblor de embarcación varada.
En mi adolescencia me atraía la posibilidad de una casa en medio del agua, como los palafitos, esas viviendas primitivas plantadas en un río o lago, sobrevolándolos, encima de estacas que me recordaban las patas hieráticas de las aves zancudas
Pero esa agua tan próxima –razoné después- trasudaría a través del piso y las paredes.
Para mi sensibilidad, casa, agua y lluvia son sinónimos. La lluvia, viajera insomne, pudiera convencer a la casa de abandonar  su presencia a la tierra, fiel al secreto destino de embarcación que le atribuyo.
*
Furtivo, buscaré, en un taxi, la casa irreal, cuando mi familia no lo advierta. Mis nudillos palpitantes no vacilarán frente a la puerta, también blanca y pulcra.
Mis nudillos, si. El timbre, si lo hay, sonaría llamativo como el grito de un pájaro en la sombra. Lo que suceda no lo contaré a nadie.
*

Días después, soñé que mi casa céntrica  se incendiaba. Corrí y no había fuego. Alguien me informó: La que se incendia es la otra casa, más suya que la propia. Pero no corra más. Tiene un letrero que dice  SE VENDE.
Desperté y llovía. Tardé en salir de mi letargo. El caer del agua me causa un sueño mullido y cadencioso como debiera ser el de la muerte.
Osvaldo Guevara
Estos Poemas  y el presente  relato fueron especialmente enviados por Osvaldo Guevara para el ¡Basta ya!










Ida: Un elegante revisionismo histórico.

 MUY BUENA


   Relatos Salvajes no pudo levantar la estatuilla dorada a la Mejor Película de Habla No Inglesa. El galardón fue para la cinta “Ida”  de la República de Polonia. Pero más allá de ese enfrentamiento que tiene  tintes anecdóticos (hasta cierto punto), es una fortuna que los cines de nuestro país la hayan proyectado, a modo de diversificar nuestras pantallas con exponentes que están fuera del circuito hollywoodense con las claras intenciones de ampliar un poco el abanico de ofertas.
    Esta película aborda una época de transición para la historia contemporánea de Polonia (1960), tocando una de las páginas más negras de la historia de Europa y de la humanidad. Creo que la cinta es, para los habitantes de aquel país, una experiencia que los ha movilizado de una manera más sensible que al resto de los espectadores. No es fácil desentrañar muerte y dolor, más aún cuando los efectos que lo originaron se mantienen y se mantendrán en el tiempo. En medio de este marco, el guión encuentra la vía idónea para poner sobre la mesa una perturbadora búsqueda de la identidad, la memoria y la justicia.
    La Polonia de la posguerra se encuentra atravesada por la dominación soviética que suplantó el régimen nazi y por las consecuencias del antisemitismo. Anna es una novicia que, antes de tomar sus votos, se ve obligada a visitar a su único familiar vivo: su tía. Tras ese encuentro, sabrá que su verdadero nombre es Ida, la hija de un matrimonio judío víctima de la persecución nazi. Ambas decidirán ir en búsqueda del pasado para que una de ellas descubra sus raíces y su historia y para que la otra alcance la justicia y su paz interior.
    Desde el punto de vista estético, no hay nada que reprochar. Cuenta con un trabajo fotográfico en blanco y negro envidiable que me hizo recordar mucho a película alemana “La Cinta Blanca” (2009). Su trabajo de fotografía también se encuentra nominado al Oscar, del mismo modo que sucedió con la cinta de Haneke a la que hice referencia. La excelente dirección utiliza magistralmente planos cortos e intimistas que regala escenas de gran belleza. En definitiva, cada elemento está colocado cuidadosamente para retratar el comunismo imperante, la sencillez y la devastación de la posguerra, alcanzando una apuesta visual íntima y asfixiante en donde los personajes se encuentran en espacios limitados. En este punto me detendré porque hay algo que no me permite conectar completamente con la historia. Si bien el guion está muy bien concebido ya que la tragedia vivida por el pueblo polaco se vislumbra en cada cuadro del montaje de la película, creo que le faltó un poco de emotividad, de “sangre” en las interpretaciones y de proyección hacia el corazón del espectador. Los personajes van y vienen, sin expresividad en sus rostros que se acentúa ya que son poco comunicativos y sin una música que pretenda disparar sus estados emocionales.
    Muchas veces el cine europeo oriental es caracterizado como frío y carente sensibilidad y esta propuesta parece caer dentro de ese denominador común. Puedo aceptar que la ausencia de emociones o de explicitación de los sentimientos de los personajes sea una elección artística del director, pero particularmente prefiero una cinta que genere algo en el espectador: que lo motive, que lo exaspere o que lo entristezca (sin caer en el golpe bajo), pero que no lo mantenga indiferente. Esa frialdad se hace muy evidente en su final, un tanto abrupto e inesperado que produce un gusto amargo.
    He aquí la película que le arrebato el Oscar a “Relatos Salvajes” (2014). Aunque Damián Szifrón puede quedarse tranquilo porque su cinta tiene ese torbellino de emociones de la que la polaca carece casi por completo (sí; en este párrafo está hablando exclusivamente mi corazón cinéfilo de corte local).
    Más allá de todo eso, es innegable esta cinta de perfectos apartados técnicos y artísticos desnudan las heridas de la posguerra que tanta tela siguen produciendo para cortar en términos cinematográficos (aunque en los últimos tiempos mediantes películas de dudosa eficacia). “Ida” es un claro ejemplo de cómo poner de manifiesto un momento histórico con cierta incomodidad y de plasmar una búsqueda de identidad, memoria y justicia de manera tal que no reconozca las barreras del tiempo y el espacio. Válida ayer, hoy y mañana, y en cualquier lugar del mundo.
Leonardo Arce




Birdman (La inesperada virtud de la ignorancia): El cambio para Hollywood.
* * * * MUY BUENA


 Alejandro González Iñárritu es un cineasta mexicano muy respetado por la industria hollywoodense. Con propuestas transgresoras, intensas y fuera de los patrones americanos, ofrece un cine alternativo que ha jugado a la seducción con los premios Oscar a través de casi toda su filmografía. “Amores Perros” (2000) permitió que la Academia de Hollywood lo conociera, “21 Gramos” (2003) implicó su regreso, con “Babel” (2006) las miradas se centraron el él, “Biutiful” (2010) hizo que lo recordaran y con “Birdman” (2014) definitivamente llegó su momento de consagración, tanto como director, productor y guionista. El año pasado fue el momento de su amigo y compatriota Alfonso Cuarón con “Gravedad” (2013); este año le ha tocado a él.
    Su trabajo detrás de cámara se ha caracterizado por una compleja labor con sus actores, tarea del director que fácilmente los ha colocado como material nominable por la Academia en categorías interpretativas. Naomi Watts, Adriana Barraza, Rinko Kikuchi, Javier Bardem, Michael Keaton, Edward Norton y Emma Stone deben sus nominaciones al Oscar a Iñárritu.
    El arte que realiza junto a los actores se potencia en “Birdman”. Ya resulta bastante meritorio resucitar de los muertos de la industria a un Michael Keaton que llevaba años alejado de la pantalla grande. Y no tan solo que lo resucita, sino que lo eleva permitiéndole brillar en lo que es la mejor interpretación de su carrera. Edward Norton, Emma Stone y Naomi Watts (entre otros), completan un elenco que resalta en su labor colectiva. Más allá de los trabajos individuales que merecen ser destacados, hay magia en las interacciones personales, en el planteo de los conflictos y en los egos desarrollados. Todo es llevado al límite y eso se evidencia durante la cinta. Indudablemente, la clave radica en un elenco que pone en su hombro la responsabilidad de darle vida a un guión mordaz, transgresor e incómodo.

    Con nueve nominaciones a los premios Oscar, habiendo materializado cuatro de ellas (Mejor Película, Mejor Director, Mejor Guión Original y Mejor Fotografía), Birdman es una comedia negra que dispara sin sutileza alguna a la industria del cine norteamericano, al egocentrismo de los actores y a las nociones de “éxito, prestigio y fracaso”. Michael Keaton se pone en la piel de Riggan Thompson, un actor famoso por haber interpretado en el pasado a un reconocido superhéroe conocido como Birdman. Ese papel le otorgó una fama sin precedente tras protagonizar una saga de tres films. Sus años dorados pasaron y ahora Riggan intenta despegarse (sin éxito alguno) de su personaje, preparando una adaptación para Broadway de la obra “De que hablamos cuando hablamos de amor”. Quiere acreditar sus amplias facetas actorales y su versatilidad como director; aspira a un regreso triunfal desterrando a Birdman de su carrera. Pero sus sueños chocan con la realidad: su mediocridad como actor, productor y director se ensamblan con un indiscutido fracaso como padre y esposo. Y en medio de ello, sobrevuela Birdman, como una voz interior que le susurra a Riggan lo que es y debe ser, pregonando el regreso del superhéroe como modo de salvación y reivindicación frente a la reticencia de nuestro protagonista.
    El director escribe este guión junto a Alexander Dinelaris y los argentinos Armando Bó y Nicolás Giacobone, quienes se encargan de imprimirle cierta adrenalina, inteligencia y originalidad a cada escena. La elección de Keaton como protagonista no parece ser una decisión librada al azar. Porque lo que Birdman es para Riggan, Batman lo fue para Michael (ha protagonizado las dos primeras cintas del hombre murciélago dirigidas a comienzos de los ´90 por el joven artista Tim Burton). Desnuda esa necesidad del actor de la industria del reconocimiento, de la fama, del éxito, del talento, en medio de una realidad cuyo ritmo lo determina la industria. Y aquel actor que no esté dispuesto a aclimatarse a esa biósfera comercial, terminará como Riggan: confinado en el olvido y con deseos de un retorno por el que deberá poner en juego casi hasta su vida.
    Iñárritu filma su cinta en un gran plano secuencia (que no ha sido completamente real); es decir, que la cámara sigue a los personajes por los laberínticos camarines, pasillos y escenarios de un teatro, casi sin ningún trabajo de edición. Como si la película completa fuese una sola escena. Esta técnica le ha valido un amplio reconocimiento y configura su marca característica que, junto al prolijo y llamativo trabajo de fotografía a cargo del mexicano Emanuel Lubezki (premiado con el Oscar este año por esta película y el año pasado por “Gravedad”), hacen de Birdman una película de excelente dotes técnicas.
           Que Hollywood haya posado su mirada en “Birdman” es algo que merece nuestra atención. ¿Será que la industria busca reconocer cintas “políticamente incorrectas”? ¿Será que el trabajo de latinoamericanos está orientando el rumbo de los modos de hacer cine? ¿Será que las películas conservadoras y encartonadas han dejado de llamar la atención? ¿Hollywood ha perdido el miedo de mirarse a sí mismo con los ojos de la sinceridad? Muchas de las competidoras al Oscar de este año muestran una apertura en la mente de la Academia (“Boyhood” (2014) de Richard Linklater es un claro ejemplo). Sólo espero que no haya sido un fenómeno aislado, sino que haya implicado una tendencia que, en próximas entregas, termine de definirse.
Leonardo Arce



UNA COSA TRAE LA OTRA 
   
  
                               Por Lily Chavez
La realidad es un revoltijo, no alcanzamos a medirla o descifrarla, porque todo ocurre al mismo tiempo.
Isabel Allende (en Eva Luna)


Madonna se cae en el Brit Award 2015 por un problema con su capa. Daniel Osvaldo debuta en Boca contra Montevideo Wanderers por la Libertadores con escándalo previo.  Las clases y el precio de los útiles, los personajes que estarán en Bailando por un sueño y lo que sucederá en Las mil y una noches son los temas de pantalla. La pregunta sobre si el vestido es azul y negro o blanco y dorado se viriliza en las redes sociales. Todo superficial  ante lo duro panorama que le toca vivir a Córdoba con  las inundaciones o  a la provincia de Chubut con los incendios.  Agua y fuego ante los ojos y el derrumbe de los bellos paisajes que conocemos. El desgarro por pérdidas de vida, de flora, fauna y material.  Pero, ya se sabe, así como la historia de lo que ocurre en el mundo tiene su biografía, también la tienen los seres humanos: sucesos positivos y acontecimientos negativos, esperanzas cumplidas y expectativas frustradas. Y no queda otra  que adaptarse, salir  a flote, intentar que aflore el espíritu de superación. Un hecho negativo intenso que surge de forma brusca, inesperada e incontrolable es un suceso traumático que evidentemente pone en peligro la integridad física y psicológica de una persona. Cada uno tendrá su modo de hacer el duelo, de reaccionar ante un sentimiento de desolación transitorio. Dicen que quienes sufren catástrofes o son víctimas de daños personales intencionales tienden a revivir los hechos con mucha frecuencia: pesadillas, recuerdos agobiantes, sentimientos perturbadores que se activan ante cualquier estímulo (una simple conversación, un ruido, una imagen súbita). Hay con respecto a esto un libro muy interesante que puede ayudar: “La resistencia humana ante los traumas y el duelo” de los Drs. Enrique Echeburúa, Paz De Corral y Pedro Amor.
Estoy escribiendo mientras transcurre la última semana de febrero;  a cuatro meses de la explosión de químicos en Barrio Alta Córdoba y quienes fueron perjudicados todavía están en veremos; con el paso de los días,  las promesas y compromisos se fueron quebrando en el aire, el tiempo fue pasando  sin llevarse las imágenes dolorosas, las rajaduras, los vidrios rotos, los techos vencidos.  Las noticias se acallan unas a otras y nosotros – espectadores- olvidamos rápido. Hasta la palabra espectadores hace ruido: asistimos, oímos y miramos con atención pero no todos somos capaces de salirnos de la condición pasiva, de pensar que la solidaridad no es algo sólo para los primeros días.  ¿Cuánto llevará ver a  Unquillo, Mendiolaza, Rio Ceballos, Ascochinga, Villa Allende, Agua de Oro, Cerro Azul  y demás  localidades de las Sierras Chicas recuperadas, o a Balnearia, La Tordilla, el Paraje Pedro Vivas, Monte Cristo o Santiago Temple con la alegría y la tranquilidad de su gente, con sus paisajes vestidos de verde? ¿Cuánto tardarán en volver a sus lugares los habitantes  de Idiazábal, cuya población tuvo que ser evacuada casi en su totalidad a General Ordoñez, un pueblo vecino?  Me doy cuenta que al escribir estoy hablando conmigo misma, admirada por las muchas expresiones solidarias pero también sintiendo que de acá un mes – seremos los frágiles de memoria-  y ya no sabremos qué fue de don Horacio a quien se le inundó el campo, qué de los padres de Mariana Di Marco o  de las familias  de las otras siete víctimas, cuál ha sido el final de cada historia.
El tiempo lo dirá, ese tiempo que seguramente tendrá un esqueleto endeble para quienes necesiten cubrir con urgencia sus necesidades.
Pero el tiempo, como  movimiento continuo de las cosas, es propenso también a otra reflexión. Aristóteles decía que en su opinión, el tiempo no es posible sin acontecimientos, sin seres en movimiento, y esto me lleva a pensar en las veces que decimos: ¿ya? ¡Qué rápido pasa el tiempo!, generalmente cuando recordamos algo bueno.
Y es lo que digo ahora, cuando una cosa trae otra y pienso en los inicios del Basta ya!, este boletín que se inició como una hoja de poesía y hoy, nos permite a muchos, tener un lugar donde expresarnos, donde contar, donde reclamar, donde comentar. El próximo 5 de abril este boletín estará cumpliendo diez años y el reconocimiento se lo lleva Eduardo Planas por su perseverancia, por su visión del mundo, por no aflojar, por su tarea de ablandar el ladrillo.
Y la veleta seguirá girando. Anunciará los vientos que deba.
Y tal vez cuando nos reencontremos, Una cosa trae la otra reciba como una amapola, la brisa más fresca de la tarde.


Lily Chavez


Sobre un soneto de Leopoldo Lugones y su interpretación en la web


1.- Modas y modos

Una de las modas más recientes para graduarse de crítico agudo, consiste en denostar a Leopoldo Lugones. Generalmente disecan fragmentos mutilados de su vasta y heterogénea obra. Desde el campo nacional, ya fue vindicado por J.J. Hernández Arregui, J.A.Ramos, A. Jauretche, entre otros, que, por supuesto, no dejaron de señalar sus dificultades a la hora de valorar el papel de las masas populares irigoyenistas. Pero mi propósito es otro. Trataré de liberar a uno de sus sonetos más conocidos de una lamentable interpretación muy difundida en la web.
Llevado por la curiosidad, anduve gugleando para verificar el grado de difusión de ciertos poemas que pueblan, desde antiguo, las antologías de nuestra literatura. Uno de ellos es “Delectación morosa” de Leopoldo Lugones. Dos cosas me llamaron la atención: la profusión de entradas y la dificultad de comprensión que padecen sus lectores. Se nota un general pedido de auxilio (supongo que de estudiantes o profesores noveles) para “analizar” el poema. Una de las respuestas más frecuentes se limita a verificar cómo se cumplen las reglas de composición de un soneto y a clasificar los recursos retóricos. Pero lo más llamativo, es la repetición asidua de esta descabellada “interpretación”: “El poema narra los últimos momentos en la vida de un anciano, que espera la llegada de su muerte mirando el paisaje por su ventana”.

2.- Contextualicemos

Propongo esta breve introducción. “Delectación morosa” es parte del poemario Crepúsculos del Jardín publicado en 1905. En dicho libro, hay poemas sueltos y conjuntos de poemas. El poema que nos ocupa es el octavo de una serie de sonetos titulada: “Los doce gozos”.
Dejando de lado los mensajes esotéricos que entrecruzan la lírica lugoniana, digamos, que tal como el título del libro lo predica, predominan en los textos los rayos moribundos del sol y la presencia misteriosa de los “númenes lunares” con una fuerte carga erótica y cierta capacidad de desordenar los sentidos frente a la presencia siempre latente de “el soplo cabalístico de un nocturno elohim”. Quien esto escribe ya intentó incursionar por los simbolismos esotéricos de esta obra en un libro titulado La cara oculta de Lugones que, al fin, sólo resultó un ejercicio de principiante, un aterido tropezón en el umbral.
Veamos, más bien, la relación de Lugones con la conciencia y con la estética de comienzos del pasado siglo. Pero, antes, volvamos a nuestro soneto. Dijimos que es el octavo de los doce gozos. ¿Y qué son los doce gozos? Son una serie de instantáneas del juego amoroso de dos amantes, ella primeriza, en una gradación ascendente cuyo climax, el éxtasis, que se prolonga en un sopor deleitoso, es la “delectación morosa”. Recordemos que a partir del impresionismo y del auge de la fotografía se había puesto moda la instantánea, el intento de captar una escena fugaz y descubrir que el instante es eterno. Los modernistas, y Lugones más que nadie, van a descubrir, a la par de los físicos, los milagros de la descomposición de la luz.

3.- El camino de toda carne

Iniciemos el itinerario de los doce gozos. El primer soneto se titula “Tentación”. Era la tarde, cerca del crepúsculo. En ese instante,  “la tarde quieta” se extenuaba en un largo “suspiro violeta”. Toda la naturaleza participaba del acoso de la tentación: el campo contemplaba “con éxtasis impuro tu media negra”.
En el segundo instante, “Paradisíaca”: “tu boca con la mía / se unieron en la tarde luminosa”. En el tercero, “El astro propicio”, “al rendirse tu intacta adolescencia / emergió, con ingenuo desaliño / tu delicado cuello, del corpiño”. La alusión astrológica intensifica el momento: “la misma /  estrella se miraba en nuestros ojos”. En “Conjunción”, cuarto soneto, “abrióse con erótica eficacia / tu enagua de surá”.
Como vemos, cada soneto es un climax, pero, a la vez, un pasaje en un camino que lleva a una consumación cuyo carácter luego develaremos. El título del quinto soneto predice su contenido: “Venus victa”. En su frenesí, la Venus vencida entra en cierto estado de delirio: “pidiéndome la muerte, tus collares / desprendiste con trágica alegría”. El crepúsculo se difumina como un vago jardín. Y cuando por el seno se abrió paso un inquieto “estoque”: “Brotó un clavel bajo su fina punta / en tu negro jubón de terciopelo”.
El sexto soneto, “En color exótico”, la hora, el tiempo, siempre presentes, ilustran la fugacidad del paisaje y de las acciones humanas: “tal como una bandera derrotada / se ajó la tarde hundiéndose en la nada / a la sombra del tálamo enemigo”. Aparece así el lecho, la derrota del día y “sobre el broche de tu liga crema / crucifiqué mi corazón mendigo”. Vencida Venus, rendido el corazón, disfrutemos la séptima instantánea. Por cierto, el título anticipa el contenido: “Éxtasis”. Como sucede con frecuencia en Lugones, el culmen de una experiencia individual es intensificado de tal modo que se convierte en fuerza de la naturaleza. Por eso, en “Éxtasis”, tras describir espacios en que la luz vibra con multiplicidad de tonalidades, brilla en lo alto “la estrella que conoce / desde el cielo  sus lágrimas hermanas”. Lugones manifiesta el éxtasis del encuentro amoroso mediante una alusión en que el bucólico paisaje consuena con el deshojamiento del primer acceso carnal. Lugones universaliza mediante cierta armonía cósmica el instinto desatado: “Mientras en las espumas del torrente / deshojaba tu amor sus primaveras/ de muselina, relevó el ambiente / la armoniosa amplitud de tus caderas, / y una vaca mugió sonoramente / allá por las sonámbulas praderas”.

4.- Delectación morosa

Llega así el octavo soneto, “Delectación morosa”. La tarde sigue avanzando. Da sus últimas pinceladas. El instante es luz, color, penumbra. Es admirable la captación de la luz y el modo de aprisionar el tiempo, el “ya”. Nos sumimos en un mundo de matices y opacidades en movimiento: “apuntó en su matiz crisoberilo / una sutil decoración morada”. De golpe, emerge la fuerza lunar: “surgió enorme la luna en la enramada”. Todo es sigilo, “y una araña en la punta de su hilo / tejía sobre el astro hipnotizada”. Llevaría mucho tiempo entredijeres en ciertos simbolismos ocultos. Baste recordar la vasta carga de contextos lejanos de la araña. Diosa entre los griegos, se relaciona con la música y la armonía. Pero también es una tejedora, y el tejido se relaciona con el destino: hilos, nudos, misterios. Contentémonos con nuestro soneto. Ahora el  cielo se pobló de murciélagos “como un chinesco biombo”; ahora, “tus rodillas exangües sobre el plinto / manifestaban la delicia inerte”. Veamos: “rodillas exangües”, “delicia inerte”, o sea, “delectación morosa”, singular captación del instante de abandono, de estar fuera del mundo, que sucede al éxtasis, al deslumbramiento del misterio carnal de la Venus Terrestre.
¿Cómo trabaja Lugones? Como los impresionistas: con todos los sentidos alertas para eternizar el dinamismo del instante por la belleza. Los doce gozos son una gradación marcada en el paisaje  por los juegos de luz (descomposición del espectro solar mediante figuras retóricas discontinuadas del uso clásico). En esa luz difusa, atravesada de “fuerzas extrañas”, los cuerpos se encuentran, los sentidos se despiertan y se entremezclan en un amasijo gozoso. Pero Lugones, cuyo color simbólico es el violeta, relaciona siempre la culminación del amor con la muerte: eros/tánatos. Incluso sostenía que la muerte es la perfección del amor. Por algo el soneto concluye con los amantes suspendidos en un instante de goce eterno, pero acosados inexorablemente por la muerte: “a nuestros pies un río de Jacinto / corría sin rumor hacia la muerte.”

5.- Hacia el holocausto

Los tres sonetos siguientes, “Oceánida”, “Alcoba solitaria” y “Las manos entregadas” aceleran la gradación descendente. Es un estado de dispersión. Muestran a la mujer, con sus “vértigos felinos”, como Venus emergiendo del mar, exaltando su cuerpo entre las olas: “palpitando los ritmos de tu seno / hinchóse en una ola el mar sereno”. Por otro lado, la alcoba ya vacía muestra la ausencia de los cuerpos. Por eso, el espejo “estaba ciego”. La hora ha avanzado. Las horas “agonizan en las pestañas de la  amada que surge vestida de “gasa bruna” y  de “encajes negros”. Las ramas, “ebrias de luna”, lamen sus brazos desnudos.  “La noche se mezcló con tus cabellos” y “todos los aromas / de mi jardín sintetizó en tus manos”.
Entonces, la culpa invade el texto. En realidad, el extravío amoroso es un holocausto. Recurre, por lo tanto, al simbolismo de dos animales sacrificiales: el cordero y la paloma.
Vale la pena repasar esta ofrenda final, esta combustión de los amantes en un fuego purificador en medio de la noche: “La sombra pecadora a cuyo intenso / influjo, arde tu amor como el incienso / en apacible combustión de aromas, / miró desde los sauces lastimeros, /  en mi alma un extravío de corderos / y en tu seno un degüello de palomas”.
Como siempre, reflexionar sobre mensajes ocultos nos hundiría en regiones inhóspitas. Lugones, junto a su amigo Rubén Darío, frecuentó en París al Dr. Encause, el célebre Papus, explorador de las “fuerzas extrañas”. Ahora, con fruición, entreguémonos a gozar de “Delectación morosa”. En silencio o en voz alta, que las palabras se corporicen en el aliento.  Respetemos el ritmo, los acentos, el valor de los silencios (coma, punto y coma, punto) y, a lo mejor, como la araña lugoniana, quedamos hechizados por una música sorda y nueva.

Jorge Torres Roggero


Delectación morosa
La tarde, con ligera pincelada
que iluminó la paz de nuestro asilo,
apuntó en su matiz crisoberilo
una sutil decoración morada.
Surgió enorme la luna en la enramada;
las hojas agravaban su sigilo,
y una araña, en la punta de su hilo,
tejía sobre el astro, hipnotizada.
Poblóse de murciélagos el combo
cielo, a manera de chinesco biombo;
tus rodillas exangües sobre el plinto
manifestaban la delicia inerte,
y a nuestros pies un río de Jacinto
corría sin rumor hacia la muerte.

Leopoldo Lugones






El pescador huérfano
Por José Santiago


-Uno se quedó huérfano- dice Abraham Huamanhumo Nisana con la voz partida como de varios hachazos y  se queda callado. Quisiera que el mar le devuelva a sus padres pero ellos no vendrán. A sus 76 años, este pescador lanza su caña desde la costa. Y espera, paciente, el tirón repentino, la pulseada silenciosa, esa lucha con el pez que le recuerda que está vivo.
Lo escucho en Huanchaco, a 13 kilómetros de Trujillo, al norte de Perú. Abraham, hombre de metro sesenta,  maniobra anzuelos, carnadas y redes para recoger alimentos que el mar le alcanza generoso. "Yo vengo y lo pesco para comerlo recién sacado del agua. Nada de hielo y esas inyecciones y cosas artificiales. Lo hago para mi familia ", cuenta mostrando un bagre resignado en su mano.
El sol arrecia sobre la playa. Desde allí recuerda el camino andado. "El mar me enseñó la pesca, a buscar algo de la vida para mis hijos. Pero a veces es triste estar doce horas mar adentro. ¿Si se te interrumpe el motor, quién te saca de ahí?".
Hay en él una agilidad medida. Calculada. Debió ser un aprendiz precoz por la técnica perfecta que posee en el ahorro de los movimientos del cuerpo.
-Se lo ve un hombre activo, ¿cómo hay que hacer para llegar así?
-Comiendo pescado, bebiendo poca chicha y no viciarse con las mujeres. Porque uno se malogra y pierdes energías.
-¿Cómo es eso de las mujeres?
-Tú te vas una semana y regresas y ahí tienes cariños y abrazos. Pero sólo una vez y nuevamente te vas...
-¿Sólo una vez por semana?
-Sí, nada más.
Después de la respuesta le nace una risa breve. Ahí nomás gira de frente al sol y tira una red contra el Pacífico. Hay algo en su mirada, una tristeza asomándose apenas.  Entonces a su rostro vuelven los vientos bravos. “Hemos perdido familia. Perdí  padre y madre. Uno se quedó huérfano. A los 5 años se me fue mi madre, y mi padre cuando cumplí los 25”.
-¿Y cómo hizo para seguir adelante?
-Tenía que seguir. Como me dijo el doctor: 'Tienes que llorar para desahogar'. Así uno desborda el sentimiento que le hace mal al corazón. Son cosas que le pasan a cualquiera y uno de vez en cuando se acuerda. Pero mejor llorar que no hacerlo; porque eso es malo y después viene la paralización del corazón.
Huanchaco es el balneario más visitado por lugareños y turistas de la ciudad de Trujillo. Allí los mochicas dieron origen al ceviche, plato de la gastronomía con reconocimiento internacional. Desde ahí habla este pescador, alejado del sector más poblado donde hay restaurantes y hostels para viajeros. Detrás de sus palabras, sobreviven las culturas Moche y Chimú que hicieron de este sitio uno de los puertos más importantes de la región.
Creer en Dios. La religión aparece como un signo distintivo a lo largo de Latinoamérica. La influencia de Dios tiene su espacio y Huamanhumo no es la excepción. Como el hombre capaz de cicatrizar sus heridas con la sal del mar, deja atrás la pena y cuenta: “Los domingos a las 7, a las 10 y a las 18 toco las campanas en la iglesia Virgen del Perpetuo Reposo. Yo voy y me siento en paz porque estoy sirviendo a Dios”.
Con una de sus manos ásperas manipula copusa, la mejor carnada según su experiencia. La pesca ha dado frutos y los suyos tendrán para comer al mediodía. La conversación avanza sola y en el vivir de Abraham confirmo su fortaleza y sabiduría. “La fuerza sale del mismo cuidado de uno que sabe estimarse” define, hondo pero sencillo a la vez.
-Siempre que viajo pregunto qué es el amor. ¿Usted puede definirlo?
-El alimento. La ensalada, el pescado fresco y un par de chichas (bebida típica de América).
El señor de las redes y las campanas contempla el atardecer. Pudo morir si un barco no esquivaba a tiempo su lancha en Altamar. La parca, esa sombra rondando siempre, agazapada, dispuesta a todo.
Él no le teme al último naufragio.
-La muerte sorprende. Dios nos botó al mundo y acá nos tiene hasta que él quiere.
Abraham recogerá pescados hasta que un día las olas lo lleven adonde están sus padres. Ya no será un pescador huérfano ni yo el mismo viajero.
En Huanchaco, al norte de Perú, hay una playa a la que irán sus hijos, seguramente, a buscar el alimento. Y conversarán bajito con su padre cuando el sol se desplome sobre la línea infinita.


Exposición fotográfica


El fotógrafo  Federico del Prado expuso  el año pasado en Córdoba su muestra fotográfica “El deseo urgente de América Latina”. Para ello retrató a cientos de personas en todo el continente. Cabe destacar que el artista es oriundo de la capital santacruceña, pero hace años reside en la ciudad de Córdoba.  El artista ha dicho: “es una obra que empecé cuando vivía en México. Básicamente es un relevamiento fotográfico que va desde Tijuana hasta la Patagonia a través de retratos de gente que yo les pido que me escriban en un papel su deseo más urgente. Lo que pasa con esto es que une  toda Latinoamérica. Está inspirada en el diario de Eduardo Galeano Las venas abiertas de América Latina”
Señaló que desde un principio  “las fotografías no se venden y deben exponerse en lugares públicos. Lo único que yo hago es difundirla, nada más”. 

Federico del Prado
El deseo urgente de América Latina


















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