domingo, abril 10, 2011

En el principio era la cal



Syria Poletti(1)
"En el principio era la cal"


Dumesnil no tenía cementerio. Era un pueblo surgido de la cal como de la nada. Nacido a caballo de unas lomas, como si quisiera, de un momento a otro, sacudirse de encima la capa de cal y emprender viaje.
La dinamita había hendido las entrañas de los cerros formando enormes cavidades y las piedras rodaban envueltas en nubes de polvillo calcáreo. Largas caravanas de camiones fueron abriendo huellas entre las tunas y los espinillos. Y de repente comenzaron a emerger de la cal casitas de piedra y adobe. Los cardos, desplazados por un lado, treparon por otro, enhiestos e impertérritos. Aparecieron las primeras gallinas medio atolondradas. Los chivitos aprendieron a prestarse dócilmente a la nota pictórica. Y los inevitables chiquilines de grandes ojos comenzaron a revolcarse entre las piedras. El pueblo estaba echado.
Don Faustino, el constructor gringo que llevaba la palanca del progreso metida en su fuerte constitución sanguínea, le echó el ojo y construyó las primeras casas. Tras él llegó el almacenero, por supuesto, turco. Luego, unos franceses enriquecidos con las caleras, hicieron construir los primeros chalets con vista al río. Y el pueblo fue surgiendo, como por milagro, en torno de las canteras, al ritmo de las explosiones, disparándole a la cal, dispersándose y apretándose, urgido por un inconsciente afán de semejarse a los otros pueblos.
Así nació la necesidad de juntar hechos para la historia. Una historia intrascendente, claro está, ya que Dumesnil aún no tenía medios para rendir tributo a ningún muerto. Era un pueblo en gestación, con franco impulso de crecer y multiplicarse. Lo patentizaban los chicos que entre las tunas y los pozos de cal ya jugaban al fútbol. Y las muchachas que pasaban en bicicleta, o en motoneta, pedaleando ilusiones de ajuar tras la estela de galanteos.
Las chimeneas de los hornos de cal embellecían el panorama, o lo afeaban, según el gusto de cada consumidor de paisajes. Largas hileras de casas, sinuosas y desparejas, se fueron alineando por los caminos que llevaban a las canteras; serpentearon a orillas del río y se atrevieron en torno de la fresca municipalidad. Luego la cal se encargó de borrar diferencias de formas y colores, envolviéndolo todo con un tenue manto blancuzco.
Don Faustino, después de que construyó la comisaría, la escuela, el club y la confitería, anudó el mundo de la cal con el mundo grande de la provincia mediante una línea de ómnibus. Porque él, después de colocar piedra sobre piedra, y de amasarlas con cal, lo ponía todo en marcha con cadenas de ómnibus: ómnibus viejos, destartalados y repintones que realizaban el milagro de andar como empujados por su fuerza.
El cura de la parroquia de La Calera se empeñó en que la gente de Dumesnil construyera su iglesia. Y la capilla también surgió, en lo alto de la loma, blanca y aérea, con sabor a cal y a plegarias, donde rezar era como ir hacia Dios por un atajo nuevo, fresco de sombras.
Entonces, el pionero que había levantado el pueblo con proyecciones de centro industrial pensó en el cementerio. Y le pareció que ese declive, a mitad del camino a La Calera, un tanto alejado de los hornos, era el lugar más propicio para el reducto final de un pueblo nacido con tan dinámica desenvoltura. Un lugar ideal por lo estratégico, ya que hubiese podido recibir los muertos de los varios centros en formación que pululaban por los alrededores. Y como los deudos no podrían ir a visitar a sus queridos difuntos de a pie, bajo el sol y los nubarrones de cal, cargados de flores y pesadumbres, un servicio de ómnibus sería la solución y el negocio. Y otro signo de progreso.
¿Que el pueblo era reciente? ¡Hombre! La gente estaba tan adherida a esa tierra como las rocas. Los serranos se habían apegado a las canteras duros y empecinados como los cardos. Luego vinieron los camioneros, mecánicos, comerciantes... Y hasta llegaron “enfermos”, esos tuberculosos pobres, obligados a disparar de los pueblos cuya única industria era la de los “delicados”. Además, éstos llegaron a Dumesnil esperanzados y atraídos por la fama de que allí nadie había muerto. Y eso era como un ahuyentar a la mismísima muerte.
El verano echaba sobre Dumesnil pinceladas de modestos turistas. Entonces, en las canchas de tierra se improvisaban bailes y partidos de fútbol. En el bar, con terraza sobre el río, los camioneros, de puro alegres, probaban sus músculos en uno que otro jaleo. Eso, para dar al pueblo un matiz de violencia realista, como en el cine. Y había casorios. Casorios con sus correspondientes nacimientos. Y nacimientos sin los correspondientes casorios. Y accidentes de tránsito. Pero, en cuanto a morir..., nadie.
Hubiérase dicho que en el pueblo flotaba un acuerdo, tácito y colectivo, de aguantar en todo lo posible, de superar la fatalidad. Una apuesta contra la muerte. Por eso los de Dumesnil no querían un cementerio. Estaban orgullosos de no necesitarlo. Era como un reto, o un seguro contra lo ineludible. El primero en morirse —pensaban— se las arreglaría, como se las habían arreglado ellos. Inventaría algo. Sería un pionero. Y cuando los turistas se enteraban de que Dumesnil, a pesar de sus veinte años extrayendo cal, no contaba con ningún muerto, deducían: “Es porque no tienen cementerio”.
El rechoncho de don Faustino no pensaba lo mismo. Él decía: “Un pueblo progresista debe tener un cementerio propio. Es una cuestión de solidaridad, de civilización. En cualquier momento, un accidente en la ruta, una explosión y ...¡blum!... ¿Y después?”
Y pensaba con simpatía en don Pascual, viejo y paralítico, el padre del quintero. En doña Clorinda, abuela de todo el mundo. Ellos eran candidatos seguros para el estreno del cementerio. Y se preocupaba por los enfermos pobres, los que deambulaban su tos por entre los recovecos de las canteras. Con toda seguridad, ellos no podrían costearse el lujo de volver muertos a sus pueblos. Ahí estaba por ejemplo el riojano, con un solo pulmón macilento y fantasmal, dando vueltas por las calles resecas de cal, como si estuviera reclamando un cementerio humilde, decoroso. Esa gente imponía la construcción de un lugar de descanso. El cementerio era un deber social.
Don Faustino, que era presidente del club deportivo y aspiraba a ser intendente del pueblo, se dijo: "Para la primavera tendremos el cementerio". Y, como consecuencia lógica, se prometió: "Para el verano inauguraré la nueva línea de ómnibus".
Y una mañana de sol, el gringo, campera de cuero y nariz pomposa, subió en la chata, cruzó la loma, y fue a trazar los límites del recinto rodeándolo con un alambrado. Luego hizo levantar alrededor un blanco tapialito. Entonces pudo declarar: “Éste es el cementerio”.
La gente tomó el hecho a broma. Y mientras tanto, caballos y burros entraban a pastar en el recinto como Pancho por su casa. Y las gallinas a escarbar, no se sabe qué. Las protestas de don Faustino constituían el regocijo del pueblo. Los de Dumesnil no podían acostumbrarse a la idea de que ese lugar hospedaría a los muertos. Entonces el constructor advirtió que era necesario consagrar el terreno oficialmente. Y no se dio descanso hasta que la comuna prometió que en primavera el cementerio sería inaugurado. En primavera... Buena época, pensó don Faustino. Invitarían a autoridades y curas de Córdoba; al mismo gobernador o sus representantes. Y los periodistas y los fotógrafos... Le hubiese gustado contratar también una banda, pero se hacía cargo de que, a pesar suyo, eso no cuadraba con el significado de la ceremonia. En realidad, el problema principal era contar con un muerto. Por lo menos... ¡uno! ¡Y de Dumesnil!
El invierno fue crudo. Uno salía a la calle y oía toser a todo el mundo. Era cuestión de esperar. Y don Faustino era hombre de constancia. Sabía aguantar con tal de salir con la suya. Alguien debía morir.
Pasó el invierno, y ahí estaban, tozudos e invictos, don Pascual, doña Clorinda y el riojano. Y los chicos jugando otra vez entre los pozos de cal, descalzos, negros y revoltosos como avispas brasileñas, sin que las explosiones de dinamita alterasen para nada su integridad física.
Se acercó la fecha fijada para la inauguración del cementerio. Ningún muerto. Pero el constructor no era hombre de dejarse abrumar por las circunstancias. Había que contar con un muerto y basta.
Una mañana temprano don Faustino viajó a La Calera. Fue a hablar con el socio de una de sus tantas empresas de ómnibus. Y entre los dos, positivos y progresistas, lo concertaron todo. Para el día de la inauguración oficial, Dumesnil contaría con un muerto. Un muerto reciente y auténtico. Una red de amigos, todos colectiveros, se encargaría de controlar los enfermos pobres de las zonas próximas. Al primero que muriese y cuya familia no estuviese en condiciones de pagar un entierro decente, lo llevarían a Dumesnil con todos los honores del caso. Ya le encontrarían motivos para dedicarle un discurso. A cualquier deudo le hubiese gustado ver a su muerto honrado con una inauguración oficial. Una página memorable para el historial de cualquier familia. Como un reconocimiento póstumo, justiciero, inesperado.
Para ello, nada más fácil. Todos sabían que don Mariotti había amasado su fortuna llevando a los muertos en automóvil desde las sierras hasta los pueblos, en los que sus familiares les daban sepultura. Todos sabían que, para eludir impuestos, Mariotti colocaba el muerto a su lado, bien sentadito, con un cigarro en la boca, y así pasaba de largo, saludando cordialmente a las autoridades camineras. En cambio, los socios de don Faustino harían las cosas bien, sin trampas: traerían a Dumesnil un muerto recogido en cualquiera de los pueblos vecinos, y lo harían con el consentimiento familiar y con los papeles en orden. Y el entierro de honor correría a expensas de la comuna.
El día fijado para la inauguración apremiaba. Y Dumesnil, fiel a su tradición de pueblo como de paso, no permitió que nadie se muriese. Y en los pueblos vecinos, por puro espíritu de imitación, tampoco murió nadie.
Ante las circunstancias adversas, don Faustino echó mano a un recurso. Fue a La Calera, hizo desenterrar a un linyera muerto un mes antes, le compró un buen ataúd y lo hizo llevar a Dumesnil. Y con los papeles en orden.
Todo el mundo acudió a la inauguración como a una cita de honor o a una feria. ¡Por fin! Dumesnil inauguraba su cementerio, pero con un muerto prestado, ajeno. Un muerto artificial, digamos. El pueblo no desmentía su fama de hospitalario e inmortal. Pero eso era un mal principio para la futura línea de ómnibus.
La ceremonia logró desarrollarse en forma correcta, pese al buen humor que todos ocultaban bajo el convencionalismo. Claro que la inauguración hubiese sido más... histórica si el muerto hubiese sido de allí. Pero...
De repente, el clima casi solemne fue quebrado por la irrupción de una hilera de patos. Don Faustino se amoscó y gesticuló indignado. En cambio, todos los labios se apretaron para dominar la sonrisa. Porque si no hubiese sido por consideración a viejas tradiciones, todo el pueblo habría celebrado jubilosamente su buena suerte: la de inaugurar el cementerio propio con un muerto ajeno.
Al atardecer, don Faustino se marchó con su chata a La Calera. Debía ultimar las formalidades contraidas con la Municipalidad y la comisaría de La Calera, las que le habían cedido al protagonista de la jornada. Los amigos del constructor se reunieron en el “bar americano” para festejar el acontecimiento, tan insólito como auspicioso. En ese lugar, por fin, el gringo podía dar rienda suelta a su optimismo. Y empinar un poco el codo. Para el verano funcionaría una nueva línea de ómnibus.
Pasada la medianoche, don Faustino emprendió el viaje de regreso a Dumesnil. Saludó a los amigos y partió alegre, eufórico.
Aspiró con fruición el aire de esa noche de triunfo y, loma arriba, loma abajo, comenzó a silbar una vieja “canzonetta”. Hermoso país; sierras y ríos; país de progreso.
Al acercarse a Dumesnil, tomó el camino que orilla el cementerio. Sobre el telón de fondo de las sierras vio dibujarse el perfil de la Cruz, iluminando por la luna. Ese signo aéreo, que se destacaba en el silencio nocturno, daba al recinto un clima casi místico. Lo inundó una ola de emoción y de orgullo. Era un cementerio auténticamente hermoso: progresaría. Él había salido con la suya.
El pionero de Dumesnil se sintió satisfecho. Hasta le pareció oír el estrépito de las bocinas de los ómnibus de la nueva línea. Ese sonido marcaría un ritmo más vivaz, más dinámico, en la ruta de la cal.
De repente, junto al tapial del cementerio, donde el camino se empina hacia una curva cerrada, vio a un caballo que intentaba penetrar en el recinto. Sintió una irritación violenta y aceleró la marcha para espantar al animal. En esa fracción de instante, lo fulminó la aparición de un camión cargado de cal. Echó una maldición al caballo. Los faros lo encandilaron. Frenó en seco, estrepitosamente: el choque fue explosivo. La chata de don Faustino dio unas volteretas y fue a incrustarse contra las rocas, frente al portal del cementerio. El cuerpo del gringo fue arrojado hacia adentro.
Pocos minutos después, el caballo se acercó al hombre: lo husmeó. Luego, con pausada gravedad, se alejó del sagrado recinto.
El pueblo ya tenía historia.





(l)
Syria Poletti nació en Piave di Cadore (Italia) el 10 de febrero de 1919. Se radica desde muy joven en la Argentina, siendo traductora y profesora en distintas universidades e institutos del país. Ha producido una importante obra en la literatura infantil y obtenido diversos premios por su labor literaria. Como novelista y cuentista ha escrito: Gente conmigo (1961); Línea de fuego (1964); Extraño oficio (1971) e Historias en rojo (1969 y 1973)
Sus primeros relatos aparecieron en La Nación en 1953; un año después publicó Veinte poemas infantiles y desde 1955 escribió cuentos policiales en la desaparecida revista Vea y lea.

1 comentario:

Anónimo dijo...

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