martes, diciembre 28, 2010

BOLETÍN LITERARIO BASTA YA DICIEMBRE 2010



Leonid Afremov
Boletín Literario
Basta ya!
Diciembre 2010


Boletín Literario Basta Ya! / nº 112 / Diciembre 2010
Director / Propietario: Eduardo Alberto Planas
Colaboradores Permanentes: Liliana Chavez, Alfredo Lemon, Jorge Luis Carranza, Pablo Carrera, Adriana Pozzo, Mónica Ferrero

Colaboran en este número: Silverio Enrique Escudero, Emanuel Rodríguez, Laura García del Castaño, Leticia Ressia, Cristina Ramb, Yolanda Gozálvez, Nito Biassi, Adriana Olivares, María Teresa Archina, Marta Drooker, Mely Almada, Ethel Aghemo, Sebastián Ianero, Claudia de Lourdes Tejeda, José Luis Planas Osorio, Aldo Novelli, Julio Taborda Vocos
Diseño y Diagramación: Eduardo Alberto Planas.
Dibujos: Leonid Afremov
(www.taringa.net/.../Leonid-Afremov--Pinturas.html / Ariel Ocampo de Arte sobre piedra. Los artículos firmados no reflejan necesariamente la opinión del Basta Ya! Suscripción gratuita. Este Boletín se edita en forma virtual quincenalmente. Registro de Propiedad Intelectual nº 598958. Hecho el depósito que marca la ley 11.723. Se puede reproducir con cita de autor y fuente.
Fotografías de la Web: Créditos a quién corresponda.
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EDITORIAL: De lo virtual a lo real Eduardo A. Planas






El Basta ya! recorrió un camino inverso al común. Como el salmón, nado contra la corriente de lo habitual en literatura. Nacido en el ámbito virtual se ha convertido en soporte papel. De ser un e-book pasa a ser una revista. Eso porque sostenemos el valor del libro. Nos encanta el olor de los ácaros. El contacto con el libro es único. Nos emociona que en algunos de los kioscos de la ciudad el color naranja del Basta ya! haya empezado a asomarse.
En estos tiempos en que se suprimen letras, nosotros amamos la Palabra, narrada, escrita, tatuada. Nuevas palabras para un nuevo tiempo han de ser pronunciadas. Muchas perdieron su valor originario, su tremenda eficacia de afirmar o negar, su energía ritual o su fuerza mágica. No obstante las palabras de vida están aun en nosotros. Por eso hay que crear otras palabras, que digan lo mismo, pero sin lastres de cansancio: inventar otros gestos, que digan lo mismo, pero con fuerza de liturgia.
Pero está el caso de aquellas que vaciadas de contenido, se han recuperado para estas nuevas etapas, aunque resignificadas.
Insistimos en la noción de apertura; frente a la cerrazón metódica, proponemos una máxima porosidad que acata lo excepcional como norma; frente a la exaltación del poeta, presentamos al escritor como transmisor, que articula voluntades ajenas.
Nuestros textos, confluyen en múltiples niveles: por un lado desacralizan la actividad poética en cuanto a la exaltación de la figura del escritor; por otro, a éste se le adjudica el privilegio de la disponibilidad para captar y traducir realidades otras -realidades que a su vez se lanzan al encuentro de lectores cómplices, aquellos que le otorgaran sentido a tal práctica literaria-.
Interrogamos y tenemos simpatía por quienes interrogan, por los que se niegan a acatar que lo representado a flor de piel es la definición íntima de realidades más profundas.
Nos negamos a aceptar lo heredado tal como es.
Nuestra tarea es la de barrenar, destruir superficies y formas tradicionales para alcanzar la meta de la restitución. Cruce de fronteras en el orden estético y eventual abordaje de nuevos territorios. Nos nutre el deseo de reemplazar categorías insatisfactorias por otras que ejercieran un mayor acercamiento entre el hombre y sus semejantes.
El programa cultural Luna de pájaros, Proyecto Big-Bang, arte en expansión, Letras para el café, el periodismo ciudadano, Noche de bandada, son algunos de los proyectos culturales de esta ciudad con quienes hemos compartido ansias. Sobre todo esta última actúa como elemento aglutinante, como un colectivo que transita por la ciudad de la furia, aportando alegría, imaginación y belleza.
Ellos serán también los vehículos por los cuales transitaremos las nuevas sendas.
Termina el año que no alcanzamos a visualizar en toda su magnitud. Un período signado por profundos cambios en el ámbito político y también cultural. Mutación de paradigmas, nuevas tecnologías que implican un desafío para adaptarnos a estos tiempos.
Queda un largo camino para transitar, un proceso de construcción del tejido social y cultural devastado, de recuperación de la memoria, la esperanza, los sueños y utopías.
Un accionar colectivo que haga transformar el yo en un nosotros.
Nuestro objetivo futuro será transitar la senda de lo social, para hacer un aporte genuino a los sectores más necesitados. El anclaje social es necesario. El desafío apunta a recorrer ese nuevo camino. El de permitirnos soñar y hacer soñar a Juanito Laguna que mira el barrilete de la palabra, para que la cultive, la pronuncie, la haga visible y de esa forma pueda no solo narrar la historia, sino construirla.




Como Juan
Jorge Luis Carranza

Apareció la ternura
como una brisa
cuando almorzábamos en silencio.

No sé si entró por la ventana
que da a la galería
o ya estaba de antes
y su presencia se hizo patente
allí en la mesa .

Andaba entre nosotros
como Juan por su casa.

Fue un instante poderoso;
una ráfaga.

Nadie dijo nada.
Después sonó el teléfono
o algo parecido;
los rumores del mundo
volvieron a escucharse.

Y todo siguió como si nada,
igual que antes.




El abrazo
Laura García del Castaño



Tras el suicidio de todas mis memorias,
me quedó este residuo, esta fracción de abrazo,
el resto de certeza que duró una incertidumbre.
Y días que vencieron sus malos plazos,
y plazos que dieron sus noches erróneas
en una pequeña voluntad que no crecía.
Una partitura que escribí a escondidas de la música.
Que hablaba lo que no aprendo.
Por mi culpa, por mi culpa, por mi bella culpa.
Por estas palabras que a punto de herir en tu lengua
flotaban en viejos cadáveres
del lado de sus filos.
No he de volver, no has de volver,
aún así no aprendo.
La verdad es una cifra exacta
colgada en la pared entre grandes marcos
El arma con que me disparo
en los miedos incorrectos.
La verdad no es afirmación. La verdad niega.
Que tú vengas o estés dando una señal
que estas aguas crecen su caudal
o yo me muestre perdida.
La verdad corta por la espalda
Ordenada y quieta
Sabe que mata, que juzga, que elimina.
Son estos malos plazos que apuntalan mis noches erróneas,
que ejecutan la música
en pequeñas partituras que no aprendo.
Y ha sido mi culpa,
que las palabras floten del lado de sus filos,
como viejas promesas
como cadáveres,
que no supieron sus últimos plazos.
No has de volver.
La verdad está colgada en la pared como un pronóstico,
Algo para sentarse a temer.
Algo decorado entre sombras,
que lucen
el arma con que me disparo
en los miedos incorrectos.
Para terminar con la vida
que luego rescato en sueños.
Para adquirir el adiós que me provoco en llantos.
Sólo por buscar, para no perder
los metros que me separen de tu orilla
Y lucir en pie junto a los muelles
Sólo por quedar en tierra
Y darte el abrazo más cercano
a cualquier distancia.








Los cien años de Miguel Hernández
Silverio Enrique Escudero

Esta columna, como nunca antes, quiere celebrar la libertad.



Quiere ser valla frente a los autoritarismos y las dictaduras. Conjugar los mejores verbos para recordar al Poeta de la Libertad. Ese poeta que conocí de la mano de mi abuelo gallego que, en sus silencios llenos de nostalgia por la patria esclavizada, musitaba unas estrofas que aprendí jugando, apretado a sus piernas, mientras era testigo de su emoción, de sus lágrimas y de sus cicatrices.
Con el desandar del tiempo descubrí, emocionado, a quién pertenecían. No pude seguir. Era su misma emoción. La que se sigue repitiendo cada vez que susurro o los recito en silencio: “Para la libertad sangro, lucho y pervivo (…) Para la libertad siento más corazones/ en mi pecho (…) Porque soy como el árbol talado, que retoño y aún tengo la vida.” Miguel Hernández, el más grande de todos, cumplió cien años. Cumplió, decimos bien, porque está vivo. Sigue vivo pese al salvajismo de los esbirros de Franco que laceraron su cuerpo y a la tuberculosis. Por eso celebramos y estamos de fiesta. Tenemos la excusa perfecta. Los republicanos, dispersos por el mundo, tomados de la mano, hemos vuelto a cantar. A gritar que, pese a quien le pese, la República Vive. No pudieron, ni podrán, ahogarla jamás.
Cada vez que alguien llegue a ti, querido Miguel, se habrá ganado una nueva
batalla. No para tu vanagloria. Qué maravilloso es el destino del poeta, de los
verdaderos poetas. Saben del manejo supremo de la palabra, Son “mejoradores” del hombre y de la humanidad. ¿Quién no quisiera poseer ese don para entendernos mejor?
La larga batalla de Teruel, en aquel crudo invierno de 1937-38, fue el comienzo del fin.
El Quinto Regimiento, al que le insuflabas esperanza y valor, terminó destrozado; La Brigada del Campesino, cuando más urgía la batalla, fue expulsada del frente. No es ésta la hora de anotar defecciones o traiciones. Ya nos ocuparemos de Lister y sus obsesiones. Allí derrochaste coraje. Aun herido una y mil veces. Nada te detuvo. Ni siquiera la condena a 30 años que te impusieron. Esa que, poco después de tu muerte, conmutaron, graciosamente, para reducir tu suplicio a veinte años y un día de reclusión mayor. ¡Todo un gesto de bastardía!



Les duele que vos, pequeño criador de cabras, hayas alcanzado la verdadera inmortalidad. La fragua del odio no ha podido quemar tu palabra. Eso los desvela. No podrán hacerlo. Siempre habrá quien, como en oración, se abrace a tu poesía, a tu ilusión libertaria, para renacer en medio de la noche.
Las palabras no alcanzan, no fluyen. Un nudo en la garganta parece impedirlo. La polémica está a la vuelta de la esquina. Es que por ahí andan los aventureros de siempre publicando “nuevas visiones acerca del poeta”. Las tenemos en mano. Están plagadas de inexactitudes y falsedades. Buscan enturbiar tu memoria. Parecen salidas de las usinas de la Falange. Tratan de justificar el ominoso proceso judicial que se urdió en tu contra. Omiten decir que no pudiste defenderte, que tu defensor era tu carcelero.

Persiguiendo un albur nos adentramos en la historia de la Guerra Civil. Emprendíamos la búsqueda de huellas queridas. Despejamos muchas incógnitas. Quedan miles de preguntas sin respuesta. La distancia y la destrucción de los archivos obraron en contra. En medio de los retazos de información y el esfuerzo de algunos corresponsales, se hizo la luz. Los caminos se entrecruzan. Estuvieron juntos en el Quinto; combaten a la par de “El Campesino”.
Hernández está adscripto al Estado Mayor de la brigada.

La suerte de la guerra es por todos conocida. Huir, buscar refugio fue la consigna final. Las embajadas amigas estaban en el horizonte de todos. Nadie sabe a ciencia cierta por qué la Embajada de Chile te cerró las puertas. ¿Santiago, de esa manera, rendía tributo a Franco para que buscara repetir la trágica madrugada granadina del 19 de agosto de 1936?
Se lo condenó por “Adhesión a la Rebelión”. Figura ambigua y pseudojurídica reservada para quienes habían desempeñado funciones de responsabilidad en el Gobierno de la República; o habían estado al frente de “la política municipal, ejercido cargos políticos en el ejército, participado en asesinatos, ejecuciones o malos tratos a personas de derechas, y a quienes habían sido testigos de cargo ante los tribunales populares.”
La sentencia los llenó de gozo. De la orgía de sangre no sólo participan los jerarcas del régimen. La clerecía mandó a que se echaran a vuelo las campanas. En Orihuela, tu natal Orihuela, que hoy celebra alborozada el centenario, sacaron los santos a la calle, en procesión. Es que, apuntó el párroco de la Iglesia de las Santas Justa y Rufina, alababan “a Dios porque al fin el hijo maldito, esa encarnación de Satán, bien preso está.”

Nos, en cambio, celebramos, querido Miguel, tu vida y tu martirologio. Lo hacemos cantando a voz en cuello. No nos hace falta nada más. Derrumbaremos todos los muros. Habrá al fin Justicia. La alborada está cerca. Ocurrirá inexorablemente: “Para la libertad sangro, lucho pervivo./ Para la libertad, mis ojos y mis manos, como una árbol carnal, generoso y cautivo,/ doy a los cirujanos.”







Octubre, otra vez...

Octubre, otra vez,
ese mes de la dicha del
nacimiento del General,
del nacimiento del hecho maldito,
Y ahora, de la muerte de
quién fue un continuador,
un innovador, un transformador
de la realidad,
cuando ya nos habían dicho,
que no se
podía cambiar casi nada,
que todo eran sueños de
jóvenes trasnochados.


Y apareció el rebelde, el transgresor,
uno de esos trasnochados, sobrevivientes
de las tragedias argentinas, y
nos enseño el camino.

Algo, muy importante debe haber
cambiado este flaco que vino del frío, para
cosechar el agradecimiento del pueblo.
El pueblo es así, siempre agradece
a quienes lo favorecen. No olvida jamás.

El hecho maldito de este país conservador,
pacato y chato, es así también. Deja perplejo al más
avezado, sacude las fibras más intimas del ser;
de la alegría pasa al dolor, y del dolor, al compromiso.

Evita, Perón, murieron al servicio del pueblo, de los
desposeídos, los “grasitas”, los mal vestidos, harapados,
mugrientos, los parias de nuestra sociedad, y ellos nunca los
olvidaron. Hoy rinden sus homenajes, hablan, gritan, cantan,
al hombre que supo redimirlos, darles una esperanza, una
luz al final del túnel.

No hay libros que valgan.

El pueblo hablo y dio su veredicto nuevamente...
A viva voz, sin intermediarios, sin representantes o
interpretes. La voz del pueblo suele ser, dicen, la voz de Dios.
José Luis Planas Osorio
Cruz del Eje, 28 de Octubre de 2010








el viento que acaricia el pasto
pesadilla adolescente
a la edad de los sueños.

buscando flores azules en el desierto
como tus ojos
para que sepas de mí
para que me veas
para que me ames
a los diecinueve años.

sueño inesperado
en el tiempo del retorno
me acerco a tu espalda
y te alejas de repente hasta la otra esquina.

“sabés lo que hace falta acá
una mano dura
eso / una mano dura...”

ay! país país que te hicieron!.

ya la tuvimos
te acordás?
30.000 desaparecidos
el terror que persiste
vos que cerraste la ventana para no ver…

“pero si es Marito
lo conocemos desde que nació
porque se lo llevan en plena noche?”
“basta, no te metas
no seas estúpida
en algo andaría”
y vos cerraste la ventana.

ay! país, país que te hicieron!.

corro desnudo por el desierto
llevo una flor azul apretada en la mano
para vos, para ver tus ojos brillar
tus ojos que no son azules.
eran todos subversivos, terroristas eran,
los milicos hicieron lo correcto –
eran pibes y pibas que querían un mundo mejor viejo–
tira bombas eran –
no es cierto, luchabamos por democratizar la universidad
por la libertad de expresión
por el amor libre
por la maravillosa utopía de la igualdad entre los hombres–

ay! país, país que te hicieron!.

y vos que hacías cuando te agarraron? –
repartía volantes en la calle –
y bueno, jodete, a la universidad se va a estudiar -.

ay! país, país que te hicieron!.

necesito el agua de tu boca
una cerveza fría del viejo bar
tengo sed de infinito y hambre de tu cuerpo mujer
no escapes más
mi hembra de líquidos sueños
te voy a correr por todo el planeta
para regalarte la única flor azul
de este paraje desolado.

“las madres de subversivos
son subversivas
hay que matarlas
y matar a sus hijos en sus vientres
antes que nazcan más subversivos”.

ay! país, país que te hicieron!.

y hoy sigo aquí/ solo
de pie en medio del desierto
junto al viento que acaricia el pasto
apretando en la mano
esta flor azul ya marchita.


aldo luis novelli






Una chica de los “90





Estás deprimida, hoy lo supiste. Es que sos una chica de los ’90, cómo no ser entonces, algo alegre y apagada.
Estuviste ahí cuando la música se convirtió poco a poco en una mierda, no viviste la adolescencia feroz de los ’70, no pasaste por Sui Generis y en los ’80 tu hermana iba a los asaltos a bailar otra cosa, tu primo ensayaba los pasos de un negro Michael Jackson y vos tenías cuatro años.

De la democracia te queda la calcomanía de Alfonsín pegada en la puerta de la pieza y el gesto radical que te enseñaron los tíos.

Sos de los ‘90, los empezaste a los 12 años y después te chupó como una máquina, estabas en la efervescencia, ser capitalista estaba bien, Susana regalaba un millón de dólares y mientras ibas al boliche a bailar Ace of base y Machito Ponce, un falso profeta nos decía que un dólar era igual a un peso.

Lo viste a Menem en su Ferrari, con pelo largo, patillas, teñido, victorioso, paseando en avión con su séquito y su peluquero, pero a vos te gustaba la poesía y buscar monedas viejas abajo del agua, te gustaba leer horas largas y bailar Gilda, te gustaba ir en bicicleta al cementerio y escribir en el papel higiénico cuando te despertabas de noche.
Eras rara, eras de los ’90. Pero entonces no lo sabías, mirabas en la tele el jarrón de Coppola y Maradona, mirabas Ritmo de la noche y tu papá te arreglaba la moto para pasear con tus amigas.


Te gustaba la joda y cómo no iba a gustarte si estaba de moda, te ponías el pantalón UFO color “crudo” y una remerita tímida para no llamar la atención.
Pero en silencio, cuando nadie podía verte leías poesía y era como un balazo en los labios, una violenta instancia de aprendizaje en medio de una realidad que estabas por perder, porque sí, estabas en otra década infame y tu padre se quedo sin trabajo cuando Menem dijo que la pista de avión era para llevar aceitunas, y que pronto lanzaríamos una nave que entrara y saliera de la estratosfera para llevar al pueblo argentino a viajes inimaginables.

Aún así tenías fe, decías que te ibas a recibir a los 24 y a los 35 te ibas a vestir como Teté Coustarot, te parecía elegante cuando presentaba los desfiles de Giordano en Punta del Este.
Te imaginabas escribiendo para la revista del domingo que venía con Clarín, no te imaginaste la fama pero tampoco la supervivencia, querías una vida cómoda. No era imposible si te la merecías.

Ahora que ya ves como se va esta década, que viste otro siglo, otro milenio. Ahora que te agarró la crisis de los 30.
Ahora justificas tu vacío mientras escuchas un tema de las Spice Girl’s.






Leticia Ressia



Leticia Ressia ha publicado Día de los Inocentes, Ed. La Fiaca, Agosto 2009.
www.lauchamanca.blogspot.com







Digo, la palabra...
Cristina Ramb
"Los poemas suelen ser papel mojado"
Mario Benedetti







La palabra que se quita la ropa
y muestra sin pudores las heridas
los rastros de las lágrimas
cicatrices del tiempo.
La que no se maquilla para otros
ni adula los oídos como una prostituta
que miente su sonrisa.
La palabra sin piel
que se cae del pecho del poeta
cuando ya se han quebrado sus espejos.
La palabra que calla
para dar lugar al beso
que vendrá a decir con los sentidos.
La palabra disparo
sin un blanco preciso
traspasando los muros
de las censuras previas.
La palabra que vuela
encima de las letras como límites ciertos
que surge del abismo
del instinto, del fuego.
Esa palabra digo
tan pura y tan obscena
que no se escribe nunca con lápiz ni con tinta
la que no se pronuncia
para adornar un verso.
La palabra que amo
se forma con la sangre
de la arteria más honda
descarnada de formas
parida en el silencio
la verdad del sentido
la palabra que amo
la que hace al poema.






wwww.cristinaramb.blogspot.com







Atardecido Junio

a la muerte de Kosteky y Santillán



Las hojas que se caen, las hojas de los álamos
semejan en el suelo
un mar de pergaminos viejos.
El viento que pasara las fue dejando dispersas
y yacen como párpados durmiéndose en la tierra.
-Las ramas, cual agujas
se yerguen, buscando el cielo-
Para qué más sombra de la que ya tuvimos.
Al caerse dos jóvenes
como hojas
como párpados
como dos álamos viejos.
Para qué la sombra
en esta tarde de junio.
Para que la sombra
si duele
y hace frío.
Yolanda Gozálvez




Simplemente desnúdate
Nito Biassi




Simplemente desnúdate,
quiero con mi vista descubrir
las palabras secretas de tu cuerpo.

Simplemente desnúdate,
que en mis dedos tengo los códigos
para de descifrar los enigmas de tu piel.

Simplemente desnúdate,
como quieras, rápido o lento,
no me interesa, simplemente desnúdate.

Simplemente quieta quédate,
no te muevas, yo no me muevo,
no hables, yo me callo.

Simplemente quieta quédate,
tengo hambre de tus senos,
tengo sed del cáliz bajo tu vientre.

Simplemente quieta quédate,
mi cuerpo está dentro del tuyo,
abrígame, que para siempre te abrigaré.
Simplemente desnúdate,
simplemente quieta quédate,
y seamos un cuerpo de dos.

Nito BiassiPoemas para Marcela
Ed. Luzbelito





Isis, Osiris, Clítoris / Marta Drooker



Teníamos la edad justa en que el clítoris era más un dios egipcio que cualquier otra parte del cuerpo. No habíamos aún unido el nombre con la función. Prácticamente, todos los días nos encontrábamos con “el sin nombre” y nos mirábamos, preocupadas, por el inicio de una doble vida.
“¿Qué te pasa que no querés jugar al elástico?”
“N..n... nnnada, María.....por?”
“Tenés caras… no las caras de siempre… no tenés tus caras.”
Mis caras post sesión clítoris perturbaron a mi amiga María.
“Yo a veces también tengo caras… esas… como las tuyas, Marti…por qué”.
Qué querés que te diga. Si ni sé cómo se llama ni por qué sale de pronto el mío, ¿cómo podría entender lo que hace el tuyo?
Mientras los varones se mostraban absolutamente todo bajo el sol, nosotras requeríamos de una tarea solitaria y a oscuras para que se asomara, por un breve instante, al mundo exterior. Lo de ellos, era el menú del día. Lo nuestro, había que prepararlo.
Nunca nos importó su tamaño sino que saliera. Tampoco su apariencia. Lo queríamos igual. Como fuera. Pero afuera.
Aquellas primeras y azarosas descargas eléctricas fueron un golpe a nuestra vida personal, la que cambió para siempre.
“Chiquitas... qué andas cuchicheando! No escucharon el timbreee! Abran!!!!! ...por cómo grita, es la negra Gorrochategui! Yo estoy haciendo crucigramas en el bañooooo!!!”
Mamá era especialista en romper climax de todo tipo.

Si la negra no hubiese esa tarde conseguido el libro en la casa de su tía, yo hubiera pasado años de mi vida productiva pensando que era la única en la tierra con semejante secreto. Pero, gracias a la negra, esa tarde nos enteramos de que cada una tenía el suyo.
“Mirá ese dibujo, negrita, yo vi uno igual!”
“En serio? Yo también! A veeer.... referencia número cuatro... referencia número cuatro.... tres... cuatro... Acá está…! Clítoris! Se llama clítoris!”
“Clítoris? Ah....!...cómo la diosa!”
“No, María, esa es Osiris.”
“No, negra, Osiris es hombre… será Isis…”
“Ay, tenés razón, la esposa… esa que sale en la foto parada atrás”
“Sí, como si hubiera llegado tarde.”
“No. En el antiguo Egipto los únicos que se sentaban eran los hombres.”
“Y cómo sabés tanto, Marti?”
“Porque tengo todos los tomos del LO SE TODO.”

“Bueno, clítoris debe haber nacido en el mismo lugar.”
“Entonces viene de Egipto.”
De cómo vinieron de Egipto directamente a implantarse en cada una de nosotras era un enigma mayor que el de las pirámides.
Era evidente, por nuestra “caras”, que las tres ya habíamos tenido encontronazos con nuestro dios egipcio. Y aunque ya le sabíamos el nombre, faltaba aún darle un destino. El tiempo se encargó de que se lo dejáramos de señalar con el dedo.
A partir de ese esclarecedor día, mi clítoris personal no me dejó casi nunca sola y la vez en que no lo encontré (o no lo encontraron) hice crucigramas con mi mano derecha. Sí. Como mamá.








Across the universe
Pablo Carrera



Con esto de internet, llegan a uno a veces pelis que esquivan los cines locales y sólo podemos encontrar en un videoclub o en algún ciclo de cineclub. ¿O si pasan por el cine pero uno ni se entera, no?
Me pasó con "A través del universo". O "Across the universe", como dice la cajita. De la genial Julie Taymor, la tienen? si, la misma que hizo "Frida" y "Titus" (que peliculones!!!!!!!!!)
Esta vez la chica nos regaló una más que colorida propuesta en la que mechó magistralmente canciones de Los Beatles para ir llevando el hilo conductor de la historia. Cada tema es un videoclip genialmente resuelto, mágico, como salido de la paleta de un pintor. Los actores no son muy conocidos en su mayoría, pero entre el montón aparecen también genialmente, Bono, Salma Hayek y Joe Cocker. Cuando la vi, me gustó. Quizás la historia no es muy guau, pero todo el entorno atrae y hace que remonte magistralmente.
Cuando pensaba qué peli aplicaba para el lugar elegido, me vino a la cabeza ésta. Será porque es una de mis mimadas.
Vamos al lugar. Mágico, pleno de color, genialmente concebido. Y con algo de misterio porqué no.
Hace un tiempo atrás me había llegado el rumor de su existencia. Clandestina por cierto. Era en una casa. Por Alta Córdoba primero. No, ¡por General Paz! No, no, Alto Alberdi. Y fueron unos amigos míos, mientras yo estaba de viaje, que lo encontraron. Se llama "La Pasión".
Es la casa de Euge y Juli, dos seres queribles que un día decidieron que el garaje no era más para el auto y lo pintaron de rojo furioso, le armaron una chimenea y lo estiraron hasta el fondo, llenándolo de mesas, sillas, sillones y banquetas, una barra y algo de arte.
Al llegar, uno toca el timbre. Adentro, una lámpara se ilumina avisando que llegó alguien.
Sale Juli, la Euge o alguno de los tantos parroquianos que ya se hicieron de la casa a abrir. Entras y te encontrás con este espacio íntimo y generoso, que en los días de buen clima se abre al patio con césped prolijo donde también se amontonaron mesas y banquetas.
Es seguro que Pancha te ladre un rato, pero después se acostumbra.
¿Carta? no, no hay. Hay noches temáticas. La propuesta la hace alguien y así surgieron noches peruanas de ceviche (¡que me la perdí!), noches orientales con woks, noches de paella (porfa, que se repita). Con los fríos vienen el guiso de lentejas o el pastel de papa (ese con puré arriba y abajo relleno de empanada. Algo exquisito!!!!!). Y no pueden faltar la gran picada de la casa, donde nada de palitos, maní y papa frita. No. Un escabeche casero, algunas verduras rebozadas, patitas de pollo, albóndigas, aceitunas, queso, salame y la salsa oriental de la Juli (imperdible).
En la barra algunos vinos, tragos, gaseosas o cerveza. Tampoco pretender una cava. ¡Es una casa de familia che!
Adolece de postres. Pero la buena voluntad de las dueñas hizo aparecer una noche un plato con dulce de leche y nueces del nogal del patio. Eso se llama calidad en la atención.
Como notarán, hoy me salí un poco de los lugares acostumbrados. Pero quería hacerlo en esta ocasión especial que es el número de fin de año.
Eso sí, le pedí permiso a Euge para reseñarlas, con la única condición de no aportar la dire de una. Y si, esto no es para todos.
Así que al que le pinte incursionar, buscando por facebook o por el blog la data del lugar (los que me tienen agregados, pueden buscarla entre mis contactos), abriendo la cabeza y a disponerse a pasar un estupendo momento en este mágico lugar...







El derecho a la verdad: fundamento constitucional y aspectos procesales
Alfredo Lemon*



“Toda verdad que se calla se vuelve venenosa”. Friedrich Nietzsche

Ontológicamente, la verdad es la conformidad de las cosas con la noción que de ellas forma la mente, con lo que sucede o sucedió, la calidad de veraz, juicio o proposición que no se puede negar con la razón; la existencia real de un suceso y la adecuación o no de los hechos tal como históricamente ocurrieron.
Desde estas premisas y a partir de una lectura necesariamente armónica de la Constitución Nacional, puede vislumbrarse que se trata de un derecho humano, natural, convertido en positivo de manera implícita, de acuerdo a lo dispuesto en el artículo 33, en concordancia con los artículos 1, 14, 16, 19, 20, 22, 31, 36, 43 y 75, inciso 22.
Así, una interpretación actualizada del mencionado artículo 33, obliga a desempolvar arcaicos dogmas para dar elástica cabida a las exigencias del entorno témporo-espacial que nos rodea. Y es aquí, donde estimo, los operadores jurídicos -abogados y jueces- cobran un protagonismo relevante en la hora actual del país.
En efecto, el derecho a la verdad, tácitamente incluido en varias disposiciones del ordenamiento jurídico, nació en el siglo pasado como emergente y con el transcurso del tiempo, se fue consolidando en la doctrina y en la jurisprudencia a partir de la necesidad, principalmente, de conocer el destino de las personas desaparecidas durante la última dictadura militar.
Fundamentos
Como es sabido, hay derechos individuales (o colectivos) que existen sin necesidad de un reconocimiento expreso porque son derechos cuyo espectro no es rígido ni limitado sino que se encuentran en continuo margen de apertura, porque surgen de la citada cláusula abierta, porque son derechos de conocimiento progresivo... sólo que hace falta primordialmente, que el decir judicial los declare vivos en su expectativa y potencia, en los casos concretos sometidos a decisión. Ello guarda relación, con las garantías previstas en el artículo 43, en las que entre otras, se encuentra la posibilidad de conocer los datos que de toda persona (viva o fallecida) figuren en cualquier registro o bancos informáticos, públicos o privados.
Cuenta también el derecho a la dignidad, ya que es el fundamento de todo derecho humano, magnificencia espiritual, condición tan importante como el nombre, el honor, la propia imagen o la identidad característica psicosomática que permiten individualizar a cada ser (único e irrepetible) dentro de la sociedad.
No puede soslayarse tampoco, el enunciado del artículo 75 inciso 22, que incorpora a la fuerza normativa de la Constitución Nacional, tratados y declaraciones internacionales de igual jerarquía.

Procedimientos

Todas las previsiones de los distintos códigos procesales vigentes resultan aptos para canalizar cualquier planteo que se suscite, reclamando, en los ámbitos judiciales, el derecho a la verdad. Bajo los principios del debido proceso, toda vía resulta idónea para exigirlo. Ya sea un amparo, un hábeas corpus, un hábeas data, una acción meramente declarativa, un proceso ordinario civil, una querella, y desde luego, todo litigio penal, dado que el mismo siempre se encarrila impostergablemente a encontrar la verdad de cómo sucedieron los acontecimientos investigados.
La Corte Suprema de Justicia de la Nación ha mencionado el derecho a la verdad en por lo menos tres oportunidades. En el leading case “Urteaga” (1998) y más recientemente, en las causas “Hagelin” (2003) y “Simón” (2005) donde se lo aludió como un derecho de toda la comunidad y como paso previo a la reconstrucción moral del tejido social y de los mecanismos institucionales del Estado. Además se lo utilizó como argumento de peso para declarar la nulidad de las leyes de obediencia debida y punto final en el Congreso; para sostener la constitucionalidad de esta declaración y para limitar las atribuciones del Presidente respecto al indulto cuando se trata de violaciones graves a los resguardos de la Convención Americana de derechos humanos (in re: “Mazzeo”, 2007).

Conclusiones

El derecho a la verdad integra el bloque de constitucionalidad federal, que desde la cúspide jurídica, infiltra al derecho infraconstitucional.
Observado desde el punto de vista del derecho internacional, el derecho a la verdad se presenta (entre otras) en situaciones de violaciones de otros derechos como el de la vida, la libertad, la integridad física o moral de las personas, la libre creencia o culto, decente sepultura, decoroso descanso final.
Ante toda lesión a este derecho constitucional a la verdad personal e individual (que puede extenderse también a sus familiares o a otros terceros con legítimo interés); un Estado democrático, una república, están obligados a efectivizar y resguardar, ya investigando, ya procesando o castigando a quienes resulten responsables de tales violaciones, delitos. Y a revelar a las víctimas y a la sociedad en su conjunto, todo lo que pueda establecerse sobre los hechos y circunstancias de tales perjuicios, de tales heridas.




Una canción de Radiohead
Emanuel Rodríguez




Tomamos posesión de lo que nos hace felices. Es como un instinto o una tradición, un error que se repite y se transmite. Tomamos posesión porque querernos aferrarnos o porque queremos que dure, queremos cuidar esa sensación y que no se vaya, que no le pase nada. Pero esa posesión es un problema. Sabes, cuando llegué al recital de Radiohead sentí que 30 mil personas me estaban robando la felicidad. Que ya no era sólo mía, y por lo tanto estaba fuera de mi cuidado y protección.
No fue una buena sensación: cuando me empezó a gustar Radiohead no encontraba a nadie, o en todo caso encontré a muy poca gente, con quien compartir ese gusto. En poco más de diez años hice de ese entusiasmo un sentimiento de identidad, algo demasiado propio e inexplicable, acaso sólo compartido con la mujer que más que quiso y con mi mejor amigo, que también eran, porque esa es la forma un tanto enferma que había aprendido del amor, posesiones mías. Gente que me pertenecía y que estaba bajo mi cuidado, gente que se quedaría conmigo.
Sabes, no fue una buena sensación porque no me gustó comprobar que ese entusiasmo era común. No me gusta la gente común, ni nada que sea común, aunque sé que esa manera de querer es tan común como una medialuna o una noche llena de clichés. Lo cierto es que mi amor por Radiohead se veía expuesto a una comunidad. El sentimiento de comunidad está sobrevaluado. ¿Cómo podían, también ellos, amar a Radiohead?
¿Habían escuchado infinitamente desolados el relato de un apocalipsis afectivo y se habían encontrado, todos ellos, con una clave o una señal para levantar la voz o lanzar un alarido de felicidad? ¿Habían sabido ellos también que el mundo es tristeza y que toda política tiene como fin último la aniquilación de los hombres, pero que aun así somos mundo y somos política, y somos también capaces de emitir un alarido de felicidad?
¿Todos ellos? Transpirados y en éxtasis. En espera de un estrépito y un arco iris.
El arco iris está menospreciado. Parece un lugar común, y probablemente lo sea. Es el resultado de la luz y la tormenta: allí estábamos, en arco iris. Todos nosotros.
No es sencillo admitir la comunidad. Lo que nos hace comunes. Mi primera sensación fue negativa: fui educado para sentirme especial, insoportablemente especial. So fuckin special. Creo que la primera vez que escuché a Radiohead, Radiohead no existía o sólo era por entonces el relato disidente que se esconde en las sombras de la educación familiar, la voz de un primo loco o un vecino alegre que se encierra a cortarse las venas con un espejo hecho pedazos.


En 1998 OK Computer tuvo para mí la potencia de un deja vu. Mi papá me decía –ignoro de dónde habrá robado la idea, si es que la robó- que cuando uno estudia algo que le gusta, en realidad le pone nombre a las cosas que ya sabe. Es una idea romántica e idealista, platónica por cierto, y creo que nunca antes había pensado tanto en esa frase como cuando escuché Ok Computer. Los discos anteriores no me interesan. Me gustan, claro, de la misma manera que cuando me enamoro quiero ver las fotos de infancia de la mujer en cuestión. Pero no me interesan más allá del documento.
Lo que digo es que Ok Computer no me cambió la vida: me la contó. No me la explicó: sabes, hay cosas que no se pueden explicar y por eso existe el arte. El arte que me interesa es el que indaga en lo inexplicable, el que busca un lenguaje para lo que no puede decirse, no por una prohibición, sino por una insuficiencia.
¿A todos ellos les había pasado lo mismo?



La mujer que más me quiso fue con su nuevo novio. Es posible que en algunos momentos del recital mi sensación de levísima angustia estuviera emparentada con la imposibilidad de mirarla a los ojos y decirle que todo lo que estaba
ocurriendo tenía la consistencia de los sueños, el aura increíble de los deseos que se cumplen. Pero decir que la mujer que más me quiso fue la protagonista de la noche sería una mentira, un gesto romántico en las más pobres acepciones del término. Una vez asumida la comunidad, una vez soportado el peso de lo que nos vuelve comunes, me dediqué a salirme de mi cuerpo.
No exagero. Tengo la sensación de que transpiré toda, toda mi ansiedad.
Escribo durante el mediodía, doce horas después del final del recital: estoy muscularmente agotado y emocionalmente atravesado por un rayo intraducible, multicolor, luminoso y tormentoso.
No me importaron las otras bandas. No tengo nada en contra de La Portuaria ni de Kraftwerk, pero no me importaban. No estaban en el lugar adecuado. Probablemente hubiera bailado un poco más si los alemanes tocaban Bela Lugosi is dead, pero no la tocaron. No me importaban. Habíamos llegado, con mi mejor amigo, temprano y con la decisión de estar cerca. Es una decisión común, lo sé.
Con el Emilio nos hicimos amigos en un hipermercado. Ambos trabábamos para empresas rivales, en la góndola de las galletitas. En los hipermercados se trabaja duro antes de las nueve de la mañana, antes de que abran las puertas al público. Desde las 6 hasta las 8 y media, los otros empleados del hipermercado eligen la música que escuchan mientras trabajan. Y siempre eligen cuarteto.
Me cansa el cuarteto. Puedo respetarlo, puedo imitar las poses divertidas de lo que lo bailan, y puedo soportarlo por unos 30 minutos sin que me ponga nervioso e impaciente. Pero me aburre, me cansa. Todas las canciones que hablan de desengaños amorosos me cansan. Me dan ganas de gritarles a sus autores ¿qué esperaban, por dios, qué demonios esperaban?
Mi primera madrugada en el Hiper de General Paz fue musicalizada por Cachumba. Entiendo que las tres de la mañana en un casamiento esa música se convierta en una necesidad, pero a las siete, con la angustia de entregar cuerpo y espíritu al éxito de una marca de galletitas, no. Le pregunté al Emilio si era siempre así, me dijo lo que yo ya temía, y empezamos a hablar de la música que sí nos gustaba. Ambos mencionamos a Radiohead en el primer lugar de nuestras elecciones. Fue como en esas películas horribles en las que alguien se enamora por un gesto mínimo e insignificante.
Así que ayer fui con el Emilio. Y nos fuimos bien adelante, como si tuviéramos 18 años y mucha más masa muscular de la que tenemos.
Allí adelante la experiencia es recargada. La mecánica del empujón parece ser la traducción física de un entusiasmo, y todo se mueve constante y violentamente. A mí se me empañaban los lentes, pero no era el único: otro gesto de comunidad, en el público
había casi una mayoría de cuatro ojos. Por momentos parecía una especie de contraseña, varios pares de lentes buscando en las alturas una brisa que los desempañe.
Todo es cuerpo, y por lo tanto el cuerpo es nada: la idea de comunidad se transpira, se convierte en un sudor que puede tener la poesía de los actos colectivos pero que no deja de tener tampoco el impacto antihigiénico de una barrera que se rompe. La piel es una barricada que se cae: estás mojado y pegado a seis o siete desconocidos y mojados que se mueven con vos y saltan y gritan y te apoyan los codos en reclamo de una distancia imposible. Yo quería salirme de mi cuerpo y lo estábamos logrando. Pero no era el lugar común de la unidad: yo no me sentía uno con el cabezón
de adelante que me tapaba la visión. Más bien dejaba de sentirme yo. No me convertía en nosotros, pero tampoco era yo. No era la tormenta de mi individualidad, pero tampoco era la luz de la comunidad: atravesado por un rayo deforme y despojado de piel y ropa, convertido en un espectro de mis deseos o en un fantasma hecho de 10 años de espera.


¿Se puede esperar por una banda? ¿Se puede hablar con seriedad de esa espera? ¿No es una espera prevista por el mercado? Probablemente lo sea, seguramente lo es. Pero no me importaba. Yo no era yo, porque era más bien mi historia la que estaba bailando, mis fantasmas del pasado, mi década junto a la mujer que más me quiso, mi amistad con el Emilio, mis viajes en auto escuchando que sólo porque lo sienta, no significa que esté ahí. No significa que esté ahí.
Lo sentía, y podía expresarlo con palabras insuficientes, podía decirle al Emilio qué felicidad, hermano, qué felicidad. Pero yo no estaba ahí: estar ahí era imposible. Estar en el sentido de ser reconocido como uno, como lo que uno es o dice ser. Estar, en el sentido de poder afirmar que el mundo es y que uno es en el mundo. No. Eso era imposible. O, mejor dicho, era limitado. Pero no había piel y no había límite: había una oportunidad de salirme de mi cuerpo. Yo me salí, no estuve ahí. Y eso no era felicidad.
Era algo sin nombre, algo que podré recordar pero no representar, algo que podré evocar de manera insuficiente por el resto de mis días conscientes, pero algo irrepetible.
Me cansa la gente que no entiende esto: Radiohead no es una banda de música.
Mi amiga Juliana disfruta de hacerme saber que no le gusta Radiohead. O que no le parece la gran cosa. Cuando nos miramos más de dos segundos me estremezco de amor, pero cuando hablamos de Radiohead me dan ganas de que ese amor desaparezca. Así de irracional es mi relación Radiohead, y no quiero que cambie. Mucho menos después de una noche como la de anoche.
Sabes, Radiohead no es una banda de música. Eso sería tan común.
Leí algunos titulares antes, y no pienso leer nada después: los periodistas estamos obligados a ligar las cosas con alguna realidad comprensible, y muchas veces eso deviene en un empobrecimiento de las cosas. Cuando me doy cuenta, odio mi trabajo: mi misión es vulgarizar el evento y transformarlo en lectura fácil. A veces pienso que los escritores a los que entrevisto deberían odiarme por eso. Ellos escriben durante años un libro que no es un libro, que no es un objeto común, y que yo vengo y defino como libro. Y lo ubico en una tradición, como si un acto como la escritura, que para ellos es sagrado como un rezo o como un orgasmo, pudiera ser un

acto de repetición. Un mero acto de repetición, ubicable en una serie de eventos ordinarios. Todos los titulares que leí relacionaban a Radiohead con una banda irlandesa, y hablaban de que Radiohead no había llegado a ser como esa banda irlandesa, como si el destino de las personas y de las bandas pudiera definirse por su semejanza con lo que ya conocemos. Yo llegué al recital con una sensación sobre el ejercicio periodístico muy parecida a la que tenía antes de comenzar a trabajar como periodista: en sus versiones más cómodas y urgentes, el periodismo es un esfuerzo por explicar la realidad empobreciéndola, reduciendo cualquier objeto desconocido a lo que más de le parezca en el mundo de lo que conocemos. Antes de ir, había planeado llevar conmigo mi credencial de prensa: nunca se sabe, era probable que gracias a ella pudiera ganar algún acceso al VIP, o algún trato preferencial en caso de tumulto o confusión. El periodismo es un ejercicio miserable que trafica prerrogativas, y yo he aprendido con tristeza esa lección, y la he incorporado a mis prácticas mezquinas. Pero olvidé la credencial. O una parte de mí quiso ser sincera conmigo y con mis sensaciones: por una vez, después de 5 años, una parte de mí me pedía que sea periodista, que no reduzca el acontecimiento Radiohead a una cobertura o a una crónica. A una lista de temas y frases de Thom, o a una sucesión de reacciones del público. No llevé la credencial, y al principio me lamenté, pero después entendí que era mejor así, que yo no podía seguir siendo ese yo empobrecido al que me reduce el rol, el trabajo que ocupa más de la mitad de mis días.
Además, no quisiera tener de ahora en adelante nada que ver con el gremio de los que asocian a Radiohead con U2, porque estoy convencido de que no entienden nada, nada. Pero estoy muy convencido, como si adscribiera irracional y apasionadamente a un partido político. No me preocuparía en hacer público ese desagrado, más allá, sabes, de este borrador en el que quiero ponerle nombre a la noche, ponerle nombre a lo que quiero entender y proyectar. No me preocuparía más allá de este leve disgusto que al mismo tiempo alimenta mi sensación de individualidad: no soy como ellos. Soy como los que me apretaban y saltaban conmigo anoche, y esperaban la explosión de Paranoid Android para salirse de sí mismos.



Pienso que cuando vinieron los Rolling Stones a la Argentina comenzó en nuestro país una moda que empobreció al rock y lo llevó a la parodia involuntaria de todos los clichés de esa banda. No va a suceder lo mismo con Radiohead porque Radiohead no tiene esa masividad ni esa aceptación, pero sería grandioso que el mundo se pareciera un poco más a Radiohead y menos a The Rolling Stones. Yo no quiero tener hijos porque no quiero que crezcan escuchando a Los Piojos.
¿Podrían crecer escuchando a Radiohead? No lo sé, no importa, mucho de lo que digo es un golpe de efecto insuficiente.
Hacía diez años que quería ver a Johnny Greenwood arrodillado frente a lo que sea que toque cuando distorsiona los efectos de Everything in its right place. Yo tenía ganas de llorar, pero llorar hubiera sido una pérdida de tiempo y una vuelta al cuerpo, antes de tiempo, mucho antes de tomar el 15 hasta el hostel, por ejemplo. Así que no lloré, ni hice nada de lo que había previsto hacer, porque una vez que me salí de mi cuerpo nada podía ser previsible. Nunca me había pasado. Nunca soporté tanto calor y tanto sudor ajeno, ni tantos empujones. Nunca había dado el primero de los aplausos, por ejemplo. Es una sensación increíble, porque no hay cuerpo ni hay manos, pero el aplauso sale. O el baile.
Nunca bailo, no me sale bien, tengo un cuerpo entorpecido por la desidia física, la escritura frente a la PC y la lectura en la cama. No tengo un cuerpo armónico, ni mucho menos. No me muevo de acuerdo a un ritmo, no puedo hacerlo. Cuando bailo en una

fiesta imito movimientos de los chicos que me gustan y trato de morderme el labio inferior lo menos posible, y me acerco mucho a las chicas para que no midan el desacierto de mis movimientos. Anoche era diferente. Sería tonto hacer una lista de temas, porque tocaron todo lo que yo quería escuchar, pero recuerdo que en Idioteque me desencontré. Sabes, es una de mis canciones preferidas. Puedo escucharla y cantarla sin cansarme una y mil, diez mil veces. La tengo en todas las computadoras en las que trabajo, porque siempre me devuelve a cierto estado de elevación espiritual y alienación afectiva que me resulta nutritivo. Bueno, cuando comenzó a sonar pensé que podría sentir la emoción de un sueño cumplido o algo así, pero no. Era puro éxtasis, estruendo. Como si pudiera elevarme y verme bailar, o como si cuerpo no me perteneciera más, o como si el cuerpo ya no importase o fuese el resultado poco importante de la luz y la tormenta.
Canté, creo, porque ahora estoy afónico y mi voz no tiene volumen ni tono. Pero no me propuse cantar, no fue una decisión. Las canciones que me habían hecho crecer estaban sonando y yo ya no sabía si entraban a mi cuerpo salían de él, porque tenía también la sensación de que mi cuerpo era el de 10 mil personas transpiradas y felices, boquiabiertas.
En ese punto la sensación de comunidad se transformó en algo positivo, en un sentimiento más próximo a la alegría. Ser común, ser un grupo, ser un montón de gente. Es improbable que cambiemos el mundo, es improbable que logremos que el mundo deje de ser tristeza y desolación, pero ahí estábamos, refugiados en la utopía del éxtasis. Todo se cae a pedazos, pero al menos existe Radiohead. ¿Lucidez? No lo sé, no creo en la lucidez colectiva, o estoy desencantado de esa idea. Ya no tengo la edad de la militancia. Tengo certezas que me desilusionan. Pero allí estábamos, sin cuerpos, en la utopía de un éxtasis.
¿Por qué cuento esto, o por qué expongo estas sensaciones más íntimas que acertadas? No es sólo que quiera entenderlo, también quiero compartirlo. Estuve ahí y por eso mismo no estuve ahí, y en ese no estar, tuve la sensación de que hay momentos en los que la comunidad no es una basura. Igual no cambia nada: si la noche se hubiera extendido nos hubiéramos cansado de ser comunes y nos hubiéramos puesto a ver qué le falta a Radiohead para ser U2 o los Rolling Stones. Pero hay momentos, y anoche alimenté mi fe en esos momentos. Sin cuerpo, sin posesión, con el peso de una remera absolutamente mojada en sudores comunes. La felicidad tiene formas extrañas, inesperadas. Como bailar sin que te importe nada más, pero nada nada, porque no hay nada más que esa música y algo que no se entiende o no se explica, o ya no importa entender. Está todo bien, está todo mal, está todo bien.
Quiero contártelo porque fue una experiencia de la amistad. Cada vez creo más en esas cosas, sabes. En la amistad, como sea. Aprendo de mis amigos, y ya casi no me importa ninguna otra clase de persona: si no podés ser mi amigo no quiero perder el tiempo, no quiero porque la vida es corta y triste, y la amistad es todo lo contrario.
Incluso esa amistad espontánea, de dos o tres segundos, que surge en el estrépito de una canción. Estamos todos cantando lo mismo y creemos que esa canción es ahora mismo lo que más importa, lo único que existe o lo que nos une.
Lo que nos une. Ser común, ser una comunidad. Creo que quiero contar lo de anoche porque es mi manera de compartirlo e intentar que se proyecte o que se extienda, que no se quede ahí. Es improbable que no se quede ahí (y ese ahí no es sólo
un lugar o un tiempo). Pero el mundo se viene abajo desde siempre y al menos está Radiohead, al menos intentamos y éste es un intento de dar un alarido de felicidad –aunque no sea felicidad eso de lo quiero hablar, porque eso de lo que quiero hablar no tiene nombre.
Porque no es felicidad. No es felicidad lo que buscamos. Y no fue felicidad lo que encontramos los que estuvimos y no estuvimos ahí. O no fue sólo eso. La felicidad está sobrevaluada: hay más cosas, hay más cosas en el cielo y en la tierra que las que podemos esperar, buscar y explicar.
Estoy en el living de un hostel habitado por extranjeros. Es raro, porque parece una proyección de esa sensación de anoche de que no hablábamos una lengua conocida. ¿Demasiado entusiasmo? Es probable que sí. Es un entusiasmo brutal. Escribo esto para que dure un poco más.
Entre la luz y la tormenta, un rayo de todos los colores me atraviesa y me llena de algo que va más allá de la felicidad. Puede parecer mucho. Pero eso es lo que hay, lo que se tiene, lo que tengo ahora, y lo que quiero compartir.
Tomo posesión de lo que me hace feliz, es un error, y quiero enmendarlo o traducirlo en algo común. Siempre quise escribir una canción de Radiohead. Este es mi intento desmesurado. No me salió, claro. Pero qué lindo hubiera sido que me salga.












Revelación



El horizonte

nunca ha sido una línea

una bisagra,

la estría donde caen los paisajes

si la vertical geometría de los árboles

lo acusa de abandonar

su apariencia plana.


Yo lo mido

en la expansión de sus pájaros

y me asombro

de sus desplazamientos,

de su alterna ingravidez,

de su rebeldía de ser

un límite inconcluso

que crece hacia arriba.



Claudia de Lourdes Tejeda






La risa
María Teresa Archina





Una mujer disimula tristezascon sonrisas
en la escena.
Viaja por las imágenes,
ecos del pasado,
evocación de emociones,
la risa -actriz sustancial de la creación-.
El personaje desciende de la escena,
su mirada trasluce la melancolía.







Cine / The kids are all right / Adriana Pozzo




Esta película trata sobre los nuevos paradigmas en los vínculos familiares, en este caso, un tema candente: el matrimonio igualitario.

La cinta ha tenido una magnífica acogida en los Festivales de Sundance y Berlín. Su directora es Lisa Cholodenko, y su título original es The Kids Are All Right, cambiándosele aquí – no sabemos el motivo- por: Mi familia.

The Kids Are All Right, es, básicamente, la historia de lo que sucede cuando en el seno de una familia de madres lesbianas con dos hijos, un chico y una chica, aparece por sorpresa el hombre que donó el esperma para ambos. A partir de entonces un drama con aspecto de comedia, fluye con la armonía pasmosa de un guión escrito por alguien que domina el terreno y un reparto perfecto en una película sumamente elogiada por la crítica. La película transcurre en Los Ángeles, California. Es una lección mayúscula para aquellos fundamentalistas que se han lanzado a querer destruirla sin miramientos, por el mensaje diáfano que el filme expone.
El cómo, el porqué, y de qué modo se enredan y desenlazan en una madeja perfecta que hace que esta película sea divertida, generosas, entrañable y sexy.
En esta familia, podrán haber dos madres y una fuerte crisis, una estabilidad como en cualquier otra, jamás del todo estable, pero lo cierto es que al final, lo que cuenta o lo que en este caso bien nos cuentan es que con todo ello, a los enemigos de los matrimonios gays con hijos, hay que decirles que “The kids are all right”, los chicos están sin dudas en muy buenas manos.







Extasiados





Adriana Olivares

Tu mirada y mí mirada
silenciosas vagan
en la penumbra del alma.

Luego…
Todo estalla

-Reprimido deseo
de explorar nuestras fronteras.
-Tus manos buscando
mi calor y contenido.
-Locuras consumidas sin medidas
sediento de nosotros mismos.
-Buscándonos rincones
de pieles enrojecidas.
-Por fin hemos chocado
mutilando nuestras ganas.
-Mis ojos exaltados
sentían tus palabras.
-Tu boca y la mía
Alientos compartidos.
-Fundidos en gemidos
aletargados quedamos.
-El temblor apasionado
ha vencido nuestras ganas.
-Perdidos entre sabanas.
extasiados levitamos






APOYADA
Mónica Ferrero


Apoyada
en su mesa
mezquina
de asilada,
los ojos
fuminosos
de Justina
otra vez van,
de la cuchara
calando
brutalmente
las encías,
a las manos
junto a las suyas
vecinas,
ardidas
de cales
y de hambrunas
y huelgas
a sable
reprimidas,
tanteando
en hiladas de temblores
eucarísticas
tajadas
de amnistía.
Van a las palmas
proscriptas de letrinas,
de fregados
de toga y alba
en lavandina,
sopando mendrugos
innombrables
en caldos de recato
y disciplina.
Van a las yemas
ayer firmes en la estiba,
abiertas a cintazos
en sórdidas fajinas,
bajo el mentón
rendido
en la estampida,
hoy chapaleando
en barrancos
de papilla.
Van a los dedos
confesos a picana,
de uñas negras
a beso de colilla,
llevando a la boca
redimida
algún chirle
yerbeado de sevicias,
mientras por los parlantes
del asilo
cantan himnos
de alabanza
legiones
de tenientes
y novicias.






Donde duerme un secreto transparente

(Una aproximación a la poética de Alejandro Nicotra)
por ALFREDO LEMON



“Estas son mis noticias de agosto/ fragmentarias: /las de quien sobre el fuego y las noches ve una flor y, /simplemente, /la nombra”

Poeta esencial, Alejandro Nicotra es sin duda una de las voces más precisas de la literatura de Córdoba y el país. Despojado de toda grandilocuencia, pareciera que el poema es, para este autor, un diáfano diamante que es necesario pulir con el oficio de artesano, de un orfebre. Así como Baruj Spinoza labraba con aplicada devoción los cristales de sus lentes, este escritor de aguda pluma, tensa cada palabra, cada estrofa de su obra, hasta lograr la más pura eficacia: “¿Eres, /cuerpo de ópalo, el espíritu /del sol que ha caído en la piedra ?/ ¿El rayo de una rosa en el leño ?./ Norte o sur, no hay distancia, si te busca la muerte.”

Como bien se ha señalado, se trata una poesía extremada, un impulso ascendente como si el mundo percibido por los sentidos y captado con vigilante conciencia fuera llevado a un borde, fuera puesto ante lo último: “A orillas del silencio y las palabras, /entre los gritos altos de la ciudad, /mi vida se confirma y se deshace /en un cuerpo de humo.”
Versos que son paisajes de una sobriedad superlativa, sitios propicios para que las palabras conjuren la perfecta dicción de una estética concentrada en sí misma que puja por justificarse. Lugares, escenarios naturales arrebatados por una fuerza sensitiva de quien es capaz de expresar, transparentándola, su vida interior, turgente de ritmos anímicos. “Fruto del hielo, estas distancias./ ¿Nadie lo prueba ?. /Pero yo muerdo en su carne sin nombre / perdiéndome -y hallándote, /disueltos en el solo sabor.”
Hay zonas de nadie para rimar el pulso de los días; hay silencios desnudos para los vértigos exactos de las horas. Despertares, mañanas, montes, arboledas, patios, galerías. Si bien cada secuencia nace de una determinada situación histórica individual, supera su intimidad abriéndose al todo, dejando su huella inmediata: “Astros, corona santa/ hecha toda de dispersión enorme-/ pues huir y otro huir se equilibran, /sobre tu cabeza resplandece intacta /al fondo de la noche”.

La exploración del lenguaje hacia variadas direcciones despliega un abanico de motivos abiertos a las revelaciones, un juego de claroscuros observado el ojo sabio, ya sea en la inapelable afirmación como en la duda. O en la convicción de que el presente movedizo, irrepetible, puede volver, transfigurado, en una escala circular: “Cuando cae la escarcha de los techos, /ella vuelve, fuego rosa, a sus árboles; /y grita un primer pájaro... /¿Invierno o primavera ? / Hora fénix, que la muerte resigna /aún a su amante, el fiel del alba”.



El plenilunio del verbo


Tonos de sed y cansancio, ansia y desamparo, tiniebla y hechizo. La página es el lugar de una fiesta donde el oficiante agita las voces de la vida y de la muerte, del cielo y su tormenta: “¿Ya son los árboles invernales ?./ La pregunta regresa, /con más razón ahora. /Como de otros labios, /la escucha el hombre;/ sin sonido, parecida a algún pájaro/ lejos, sobre las cumbres./ Son invernales./ Los árboles en el alba, /tras el reflejo de una oblicua luna/ que aún se despide...”.
Si hay una hermenéutica que, como refiere Susan Sontag, necesita una erótica del arte, la entrega de Nicotra la pone en evidencia. El lector llega a aprehender el texto hasta gozarlo, tomar las palabras como frutas frescas agradables al paladar, sentir la ebullición de la garganta al pronunciarlas como un magma verbal, los labios presintiendo la inminencia del sonido y las pupilas que las leen -diría Roland Barthes- con el “plaisir du texte”.

“En la ávida noche de las ciudades /acechamos a la hembra de mirada feroz: /la que vaga entre las ruinas de un tiempo/ que ella y nosotros compartimos /como un sueño o una creencia errónea. /Ahora con odio y con amor nos buscamos, /ella y nosotros, /más allá de la nostalgia y el deseo, /urgidos por un ansia, /última, /de selvas o cenizas”.
La luna y la mujer, los párpados de piedra y el susurro de la nieve sobre las altas montañas, la mutación y el devenir de los diferentes ciclos, son alegorías recurrentes. Incluso ciertos discursos nos elevan a la cima del alma, a donde el hombre asciende no sin “temor y temblor”; porque si toda ausencia es angustia, ciertas presencias de tan transparentes, duelen. “Sube desde el ubicuo centro /que en las plantas se nombra como raíz u hoja y como cerebro o corazón en el hombre. /Sube a estallar en la flor, en el abrazo, en la palabra: /su intensidad es su sentido”.
El amanecer y el ocaso, el fulgor y la duermevela también se repiten. Aparecen entonces, presencias intangibles, entresoñadas, espectros que esbozan su perfil desde el papel y exigen ser idioma, expresión candente. “Sobre el alcohol y los poemas no escritos /-dices- cayó uno y los otros caerán también, si no han caído aún /con los ojos quemados por la soledad, /todos seremos destruidos /y no sé si algún verso/ valdrá, como pensábamos, estas muertes”.

Coherente consigo mismo y con una labor que no ha variado en su temática fundamental, los objetos cotidianos resurgen en el lenguaje que el poeta celebra desde el íntimo ámbito de su biblioteca en su casa de Villa Dolores o desde cualquier bar frente a una plaza, cuando deja divagar su yo delante de una taza de café alrededor de la cual gira el eje del mundo: “Cae una cortina o un párpado, /y la vidriera, con su trozo de plaza /-niños, verdor, metales-, /es de súbito, noche. (Hay /por un instante, un resplandor /final, violáceo: el del jacarandá.). /Afuera, la mañana. Los otros.”

Son ecos de un reflejo lumínico, composiciones de rotundo esplendor. Entre la insoportable fugacidad del ser y el arraigado deseo del escriba por nombrar el instante para siempre, sucede la inspiración. Resulta evidente, sin embargo, el debido proceso de depuración que en el hacer sobreviene. Utilizando metáforas delicadamente equilibradas, tanto la emoción como el intelecto alumbran los crepúsculos, los cuerpos de la vigilia. Cada línea resulta un sortilegio, una totalidad, un cosmos encendido para la boca que desea decir el nombre certero de las cosas, el sentir del misterio: “Tensa la noche su arco, norte a sur, /apuntando el alba. /(El alba, / ¿quién me grita en su carne /el llamado mordiente del cielo?). /Pon mis dedos en tu cuerda de sombra; /mi mano, noche, ávida de luz”.

Musa y amante


Llega un punto en que las revelaciones son obsesiones, aventuras y riesgos del sentimiento, heridas, sal en los labios obstinados en cantar, cicatriz en la llaga existencial. Intuyo que es ahí donde la presencia de la mujer (qué mejor manera de imaginar la poesía) armoniza el universo circundante y con su puñal y su furia es capaz de redimir al hombre de su historia triste. “Mujer, seno de marzo: /con el grito de un pájaro se abisma el tiempo; /y no el agua, /mi muerte es quien sonríe /en la hierba, a tu pie”.

Un timbre de contenido erotismo hace vibrar las cuerdas del cantante en relámpagos intensos, breves certezas hurtadas a la luz. En otros versos antológicos, desde el más nítido horizonte del amor, murmura: “Apenas unas dunas /que sobrevuela un pájaro /y un caballo contempla desde su blando límite. /Alrededor, el cielo. Las distancias. /Un sol sin sol, un viento oculto,/ mueven su cálida respiración, apenas. /Uno sueña las fuentes./ Despertarlas con crines y con furias. /Cavar con cascos hasta el grito./ Sólo es posible enredarse las alas en espinas /y morir”.

Como en una oscilación que se debate entre la espera y su martirio o entre el génesis y el apocalipsis del momento, los destellos surcan la penumbra del penitente y sólo el presagio de la luna en un cielo de nostalgia puede aplacar tanta angustia, tanta desazón por dejar de permanecer. “Ya un parpadeo de brasa que muere, /es el palpitar de la noche./ Y lo que fue aparición /-espectro o veste de una luna- /no más que huída, pie de escarcha./ Otro será el azoro que prepara esta hora.. /Ahí, cuando en las cimas quiera saltar, sobre el valle de invierno, /tu luz montés: ojos y garra”.

Todo se renueva y el conocimiento de las cosas próximas (las montañas, los leños del hogar, la nieve -precisamente lo más frío y más blanco-, el transcurrir del presente y las distancias, la cena sola, las grietas y los círculos...) conforman motivos de búsquedas de exploración metafísica, y los fantasmas y los súcubos danzan su lógica de enigmas hasta desvanecerse en espejismos: “Al pie de la antena de hierro /que escucha sin tregua a la ciudad,/ habla, muere en un cuarto blanco /y negro./ Alguien: /mi espectro./ Destino mío sin cumplir, /él lo padece ahí, /ahora. /Muere sobre los poemas no escritos. /Torpe la lengua entre los dientes de piedra, /lo que ya nunca habré de oír, /eso dice.”

La percepción del profeta cifra la fragilidad que conformamos; es entonces cuando atisbamos con William Shakespeare, que somos apenas un soplo en el viento del tiempo, cenizas del olvido. Es cuando nuestro autor sensibiliza la razón y escribe: “El sur /abre en el alba su cumbre traslúcida; /y todo en torno, es hoja /a la deriva...”. Y también cuando alude: “Como un sabor, la incierta cualidad de la luz:/ su dejo a una promesa y un desierto sin tregua, /sobre la huella blanca /que ha tendido la noche...”.

Alguna vez el poeta reconoció que escribe “en trance” intentando convocar (o acaso ahuyentar) las visiones que le acechan. Emergen ahora, después de un arduo peregrinar por los senderos del espíritu, escenas como las que siguen, apenas pinceladas sugestivas al tipo de un dibujo oriental: “ ¡Vértigo de rota luz!. /Un pájaro grita /en la grieta el adiós: /como si el cielo fuera a huir.../Y sola, cada nube se cierra /sobre sí misma”.

Como ha intentado sugerir este muestreo, Alejandro Nicotra renueva en cada lectura, la lucidez poética del sabio, capaz de conjugar la equilibrada sinfonía del cosmos con el latido más íntimo de un corazón iluminado; el cuño personal de un estilo que perdurará siempre y que se torna ineludible.






Suturas de luz
Mely Almada




La sed del crepúsculo
vacía la humedad
arropada.
Y quiere ser llovizna tenue
la nostalgia en el recuerdo
Y el aire atornilla
los murmullos
Y los relámpagos
enrostran suturas de luz
sobre la piel.
Un trueno escalofría.
Un rayo quiebra el único árbol
resguardo de trinos opacos.
El temblor desmelena la lluvia.
Se encharca la melancolía
en el borde de una canaleta.
Rebanadas de tristeza
navegan en el agua turbia
y las briznas del temor
se fugan por la mojadura
de los pies.
Es la tregua de la memoria
protegida por el impermeable gris.
El olvido se tiñe de arco iris.
Alianza de colores
con la vida.
Ya no llueve adentro del bolsillo.
En el papel amarillento y húmedo
alguien escribe su primer poema.






Olvido / Partida / Alturas
Ethel Aghemo



De tanto estar callada
el silencio se adueñó de
mi garganta.

De tanto estar callada
se me ha olvidado
cómo decir te quiero



Partida


Retiré mi mente.
Quedó mi corazón


Alturas

En esta inmensidad
donde toco el rayo con sólo
estirar los brazos,
El estallido del gris gigante,
amenazador,
empuja las nubes…

Relámpago y trueno.
Oscuridad
destruída
por segundos


Grito. Grito
Y el silencio rompe
mi grito
y rasga mi carne.





Novela de viaje

Sebastián Ianiero

El andinista (*)




“En alguna coordenada imprecisa de la Cordillera de los Andes, se baten a duelo incansablemente dos deidades tan sublimes como poderosas. Estos titanes ostentan el imperio de cifrar el destino de la humanidad una y mil veces.
Uno representa la voluntad incansable del hombre por superarse a sí mismo, atravesando los obstáculos más colosales. El otro, su antítesis universal y eterna: la muerte.
Algunas pasajeras victorias de la voluntad me empujan hacia la cima de aquella cumbre, sin embargo las feroces embestidas de su antagonista me obligan a retroceder hacia las simas.
Mis extensas jornadas se inscriben en el derrotero de estas querellas celestiales. Mas mi alicaída entidad corporal se encuentra extenuada y comienzo a tener desvanecimientos esporádicos, cuya frecuencia se acorta con el transcurrir del tiempo.
A cada metro que gano en la escarpada me sobreviene un inevitable desmayo, y así uno tras otro. Hasta que, por fin, comienzo a despedazar con mi pico unas frágiles rocas y revelo, sin quererlo, un túnel formado por piedras planas con forma rectangular.
Lo atravieso mientras medito con cierta nostalgia, recordando viejos amores perdidos pero no olvidados.
Mi jadeo se hace más pesado, el aire se enrarece… comienzo a toser.
Una vez fuera del túnel, avizoro que se posan en mí millares de ojos que inspeccionan cada uno de mis movimientos. Estoy detenido en medio de lo que mi experiencia me indica: es una Estación de Trenes. Y no se trata de la Estación de Trenes de Madrid, precisamente.
Sobre el andén, me encuentro detenido con mirada perdida como autómata esperando una señal. Mi ánimo es comparable al de un estudiante novicio, un trabajador en un nuevo empleo o un profesor en su primer día de clases.
De improviso se acerca hasta mí un hombre que viste una camisa blanca, estilo Mao, unos pantalones amplios del mismo color, sus pies están descalzos y su piel, tostada por el sol; carga consigo una enorme sonrisa y sus cabellos son tan blancos como sus ropajes.
-¡Qué suerte ha tenido! ¡Usted ha sido escogido para realizar un viaje, todo pago, por el sur del continente americano! Tome asiento que en unos momentos va a llegar el tren, me asegura el emblanquecido individuo.
-Este debe ser mi día de suerte; por fin conoceré el sur del continente, yo, que debo ser el hombre con más mala suerte del planeta -pensaba en voz alta.
Repentinamente, percibo un sonido insufrible que va avanzando hasta que repiquetea un silbato y cientos de personas que antes se eternizaban en recíproco reposo sobre unos endurecidos bancos, ahora se agrupan integrando filas una al lado de la otra, y yo me decido a sumarme en una de ellas. La escasez de aprovisionamiento de equipaje, por parte de los viajeros que aguardamos, encolumnados, me provoca cierta incertidumbre. Entonces me percato de aquella titánica y excelsa presencia: un ingenio de vapor capaz de arrastrar decenas de vagones y deslizarse día y noche sobre kilómetros de rieles de acero, forjados sacrificadamente para el progreso de la modernidad”.

(*) SEBASTIÁN IANIERO








El andinista


En la primavera de 2005, Juan Argentina, un sagaz y culto periodista, viaja a la Cordillera de los Andes con el objetivo de emprender el difícil ascenso y hacer cumbre.
Pero cuando golpea unas frágiles rocas descubre un túnel que lo conduce a una Estación de Trenes.
Allí decidirá embarcarse en un asombroso viaje por el sur argentino y conocerá a innumerables personajes quienes le transmitirán sus filosofías de vida.
Con su primera incursión en la narrativa, el Comunicador Social, docente y ensayista argentino Sebastián Ianiero, concibió una novela amena, repleta de guiños y evocaciones ocurrentes.








Una cosa trae la otra por Lily Chavez

Con el recuerdo también se sonríe




Vengo de una familia paterna, donde la risa era una especie de juego que se hacía a escondidas. Pero no fue así por parte de mi madre, hasta hoy ella y sus hermanas tienen un humor característico, en ocasiones inocente, en ocasiones pícaro. El humor, ese genio, esa disposición de ánimo no es fácil de practicar, más, cuando no se lleva en uno, por razones que fuesen. Y debemos la “humorada” como género al poeta Ramón de Campoamor, que encaraba un pensamiento filosófico en la forma cómico-sentimental propia del humorismo.
A medida que pasa el tiempo, a la mayoría de nosotros (con raras excepciones) nos pasa que, por diversas razones, vamos perdiendo ese mágico instrumento de la vida que es el humor y la risa. Al menos, en lo personal, siento que les estoy debiendo a los lectores del Basta ya! una cuota de recuerdo, de nostalgia, de algo que despierte aquella época en que todo nos hacía reir. Tengo en claro algo, la sonrisa rejuvenece cualquier rostro y el humor es el mejor impregnante, un alargador de vida.
Mi padre hablaba siempre de Los cinco grandes del buen humor, el primer grupo cómico argentino surgido en la década del 40 en la radio bajo el nombre de “La Cruzada del Buen humor”, creado por Tito Martínez del Box y que tenía notables cómicos que imitaban a las grandes figuras del momento como Luis Sandrini, Tita Merello, Alberto Castillo o Niní Marshall. Ellos eran: Zelmar Gueñol, Juan Carlos Cambón, Guillermo Rico, Rafael Pato Carret y Jorge Luz. Y pese a que no eran de mi época, los recuerdo perfectamente a todos, excepto a Juan Carlos Cambón. Qué raro – decía mi padre – Cambón tenía una imagen melancólica poco olvidable: una figura flaca y de aspecto desnutrida.
Pero si hay alguien que quedó muy adentro mío ese fue Pepe Biondi, con una historia tan dura de niño humilde que lo tengo en mis escritos de la serie Personajes. Cómo se puede olvidar sus duplas con Bernardo Zalman Ver Dvorkin , “Dick” para hacerla más fácil ( JA JA, ¿tendría que haber empezado por ahí no?) . El ruso fue durante 23 años su pareja artística. El dúo adaptaba el humor para entretener a un público más noctámbulo y picaresco. Pasaría mucho agua bajo el puente hasta que Goar Mestre, flamante dueño de Canal 13 en la reciente TV argentina, le diera un nuevo espaldarazo en horario central, con cómicos memorables como Carlitos Scazziotta, una Luisina Brando adolescente, Pepe Diaz Lastra y Carmen Morales hasta finalmente debutar en directo con “Viendo a Biondi”. Diez años estuvo en el aire con gran éxito y hoy, cuando pasan algún capítulo en Volver, la sonrisa traspasa los límites de mi cara.


Estaba viendo días pasados un homenaje a Juan Carlos Mesa, y el recuerdo de ese increíble autor ítalo-argentino que fue Gianni Lunadei, su personaje inolvidable en Mesa de Noticias, programa que combinaba el ingenio de los autores con el ingenio del televidente. También nuestra imaginación jugaba con los gestos de los comediantes, con las frases inconclusas y con las que siempre quedarán en toda una generación. Ese obsecuente “Le pertenezco señor Director”, que aún hoy, estoy segura se sigue usando en pasillos de la administración pública y en cuanto ente gubernamental existe. Y voy sembrando sonrisas mientras escribo para poder ir y venir por el sendero del tiempo. Entonces me viene a la memoria Nini Marshall, llamada La chaplin con faldas. la Dama del Humor y realmente no era para menos: Catita, la gallega Cándida, doña Pola, la anciana judía, la provinciana Belarmina Cueio, Gladis Minerva Pedantoni, la traga , un personaje extraordinario. Doña Jovita y su loro Romeo, tomado de unas tías solteronas, hay que rescatar que no solo hacía sus monólogos sino que se animó a personajes masculinos como Mingo, el travieso hermano de Catita, o don Cosme, el italiano de voz ronca que su fonoaudiólogo le prohibió seguir haciendo.



Qué diría Nini de vernos sentados frente a la pantalla, mirando el programa de Tinelli, que diría de aquella acusación que se le hizo de “deformar el idioma”. Hizo cincuenta películas, no sé cuantas habré visto pero sí recuerdo, que quedaba tildada frente a esa verborragia que me conquistaba. Como la de Tato Bores, el señor de los teléfonos. Por entonces, no entendía todo lo que decía, lo recuperé más tarde cuando la vida fue tomando forma.
Y la memoria está inquieta y me acerca nombres, me recuerda a Jorge Guinzburg, Aquel que inició la carrera de Derecho y luego de filosofía y abandonó las dos “como corresponde”- habría dicho. Inteligencia, intuición, humor, todo eso lo hizo GRANDE al petiso. Y como hay tanto para decir de él, mejor contarle que era hombre de palabra. En una de las últimas emisiones de Mañanas Informales, debió afeitarse el bigote en cámara, después de 40 años llevándolo consigo. Gastón Recondo, columnista deportivo del programa ( 96,8 Kgs.) decidió ponerse a dieta un 23 de marzo y dijo que el día de su cumpleaños, 4 de mayo, iba a pesar 83 kilos o menos. “Si vos pesás 83 kilos o menos, yo me saco el bigote “- dijo Guinzburg. Y perdió aquella apuesta. Memoria empecinada la mía, me trae a José Carlos Marrone, el famoso Pepitito Marrone, aquel del inolvidable CHE-E-E-E-! o ¡ Mamita Querida! (cuando se asustaba) o aquel “Me saco el saco y me pongo el pongo
que a veces lo largo en alguna conversación, aunque algunos se quede pensando que “me chifla el moño”.

Y don Alberto Olmedo? Qué decir, si acaban de sacar su colección de su producción con Chiquito Reyes, El dictador de Costa Pobre, El Pitufo, el psicoanalista , El Manosanta, Rogelio Roldán, Jefe de cadetes etc. Etc. Etc. Ese grande tan conectado con otros importantes cómicos como Jorge Porcel o Javier Portales. Pero a mí me gustaba mucho Fidel Pintos, sus “sanatas” que según los diccionarios de lunfardo, es esa forma confusa, incomprensible, en la que se expone un argumento sin sentido ni ideas claras. Wuau….esto parece Siglo XX Cambalache, nada ha cambiado, también tenemos en estos tiempos sanateros al por mayor.
Y entre estos personajes para todos los gustos, estaban los que no necesitaban de malas palabras, de gestos obscenos, de dobles sentidos. Hay un actor que me transmitía muchísima ternura, Juan Carlos Altavista que empezó trabajando con Julia Sandoval y Beba Bidart y que aprendió al lado de Narciso Ibanez Menta, Francisco Petrone y Luis Sandrini nada menos. Su Minguito Tinguitella, fue una idea de Juan Carlos Chiappe. Esa especie de ciruja o cartonero que vestía boina y alpargatas. Cuando Minguito se suma a Polémica en el bar, cambió su vestimenta, intentando hacerle un homenaje a su padre. En un reportaje diría: Me puse ropas de él. Su sombrero, el saco, la camisa, el echarpe, un cinto grueso de cuero, le agregué zapatillas de paño y palillo en la boca” Y antes que una cosa traiga más de otra cosa…JA! .mejor cierro con esas frases de Minguito que él decía con su voz tan particular. Que hacé tri tri!!! (¿Cómo estás?) / Hay que levantarle un manolito…. (por monolito) / Cé gual!! (que significaba es igual, lo mismo)
¿Y El Preso, personaje de Vicente La Russa? ¿Alguien sabía que también era cantante lírico…?
Sí, sí, ya sé, mejor me voy, tengo que cocinar y después veo un rato los episodios de “Casados con hijos”, adaptación local de Married with Children. Sí, a los Argento, una nueva generación ríe con ellos, con esa imagen de familia atípica y disfuncional que nos guste o no forma parte de la sociedad actual. Y al menos yo, disfruto de los gestos de Florencia Peña y Guillermo Francella, uno de los pocos cómicos hoy por hoy y rescato a María Elena, esa vecina histérica que me descubrir a la excelente actriz que hay en Erica Rivas. Sí, sí, no empujen, ya me voy, hasta la próxima cuando Una cosa traiga la otra.





Esencia - 1 - [y Precedencia]
Convivir entre libres
es un cántico de gloria!


En razón de humanidad
(aún cuando el sentimiento es propicio):
-la libertad es un ejercicio-

Su condición es de raíz individual
más, su praxis subyace en convivencias.
Es la propia esencia dual,
que verifican sus consecuencias.

-“El derecho a mi libertad”-
reconoce en el respeto,
que la libertad del otro
es nuestro reto!

El altruismo como objetivo importa
pues promueve la solidaridad.
Frente a la opresión ajena
mi libertad
no es plena, ni reconforta






Ignorante comodidad.
Seguridad contratada.
-“…y no me importa nada!”-
Estupidez conveniente,
para obviar el compromiso
del dolor de mucha gente.

Un aporte diario y consciente,
que desde nuestro ejercicio inteligente,
promueva la paz con real vigencia;
es presupuesto necesario y anterior,
mediante el cual en plenitud tenga presencia
la libertad, como baluarte del amor.


Julio Taborda Vocos
Donde Beben Los Cóndores
Editado en
Murcia, España en 2006

Julio Taborda Vocos
Donde Beben Los









The Beatles / Submarino amarillo
Arte sobre piedra / Casa Tomada / Córdoba
Boletín Literario
Basta ya!
Diciembre 201

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