viernes, octubre 29, 2010

DOSSIER DE EUGENIA CABRAL


La Voz Herrumbrosa

SOBRE LA TIERRA DEL PATIO,
mañanas como países condensados en racimos:
pequeñas naciones verdes y floridas,
minúsculas pampas de tréboles
y –en la habitación trasera-
el jardín zoológico de mis gatos,
jilgueros nerviosos y perros adoptivos.
Todo el mundo de la infancia converge
hasta que la sed nos doblega la espalda
y el sueño (boxeador experto) nos cubre la boca
con una toalla deshilachada,
que apaga un tanto la sed de estar solos.



TANTAS VECES HAS CREÍDO
que no volverías a ver la luz del día,
que no remontarías la punta de tu dedo
fuera del borde de la ventana
y, ahora, como si nadie te mirase,
encuentras –demorados en el patio-
la brevedad de la tarde, el cansancio
y la huella de salitre que ha calado las paredes.
Sin embargo, no es coherente,
¡si estás muy lejos del mar,
de los salitrales, de toda salina!
¿De qué manera el salobral
podría carcomer los revoques de tu casa,
las punteras de tus zapatos?

Mas, aunque dudes, ahí estás,
comprobando la improbable huella,
el salivazo despiadado
de una sal que no escogiste.

Eugenia Cabral

Con estos poemas Eugenia Cabral ganó la tercera mención Premio de Poesía "Adolfo Bioy Casares", de la Municipalidad de Las Flores (Provincia de Bs. As.),








L a p e s t e


MUJERES DE ACEITE cabecean bajo el sol y sus gorros parecen las flores de amapola.
Corre por los ministerios una espesa emanación de adormideras.





HUMEDAD, tú traes la epidemia. Subviertes el trabajo de las lenguas, las haces mascar lo indiviso, lo que trepa por escaleras de auxilio.
El aceite de opio inunda las cesuras cerebrales, como a un sótano. Los efectos de su toxina derriten la carrocería, la muñeca de plástico observa que su pelvis aumenta de volumen.




EN LA LENTA TARDE del harem las gacelas africanas van ungiendo a las perras arias de porcelana mientras éstas giran el torso y se ponen a masajear la espalda de codornices orientales.
La orgía es interminable.
Aspersión de zumo opiáceo.
Blanco y rojo de amapolas.




MAMMÓN, DEMONIO DE LAS RIQUEZAS, ha convocado a sus huestes.
Hay un derrame incontenible de flores de adormidera.
Humanidad sin bordes. El láudano infiltra la corteza.

La maldición hace trastabillar a los Centauros.
Mammón recoge el tributo de la peste.





LA CIVILIZACIÓN quiere astillarse y que el aceite de opio unifique las astillas.
Que vengan los bufones a lidiar con los Centauros.
La peste infiltra láudano en la corteza cerebral.
El tiempo recoge sus fracciones como el viajero reúne los bártulos cuando pernocta en hosterías y gasolineras con restaurant.
Acaso sea cierto que el extranjero ignora los hostales en el país de la belleza.



Calzada de tierra


ERAN ALTAS las veredas de los vecinos de enfrente en el barrio de mis abuelos.

Por el medio, la calle de tierra suelta –greda o mallín viejos, con los átomos desagregados- iba de caseríos antiguos a viviendas modernas.
Un tocadiscos norteamericano apedreando rock hacia los caserones.

El ocaso rojo sobre el polvo pardo estimulaba a rebelarse.
Y ya nunca paramos. Hasta la revolución no paramos.





CUANDO LA CALLE quedaba a solas, por las veredas de enfrente parecían deambular unos fantasmas; quizás, los dueños de las tierras donde se edificaron las casas, antes de que las barrancas fueran niveladas por palas mecánicas.
Me sentía confundida al ver espectros.
Regresaba al porche de mis abuelos dudando entre pensarme elegida o maldita, sórdida o sublime, experimentando tempranamente la sensación de irrealidad que muchos años después nos confesaríamos echados en la cama, boca arriba, una siesta subtropical.





ERAN COMO PAREDONES de cuarteles flotando entre lo épico y lo místico aquellas altas veredas, en la manzana de enfrente.
Pobreza criolla sin mixtura, árboles sin poda, plantas en tarros de aceite, puertas sin vidrios y ventanas con mosquitero; frente de ladrillos calzados en barro, umbral de bovedilla apisonada.
El color rosado de la pintura en las paredes exhalaba todavía la densa sangre de toro mezclada con cal, herencia de la dictadura rosista en el siglo XIX.

Eran cinco las casas y todas iguales.




ANTES DE QUE LLOVIERA, cuando el polvo de la calle estaba sereno, los caserones se volvían nítidos y siniestros y cosas más verdaderas y rudas a las de nuestros relatos familiares se presentían ocurrir dentro de sus cuartos.
Cosas inicuas que los niños –tan cercanos al aliento de los padres- escuchan con el corazoncito salvaje (tan cercano a la sangre); luego, en voz alta, los mayores los bendicen, los encomiendan a María y los lavan de pecados que sólo los niños conocen pues saben del disimulo, la ausencia de ley, la saliva en el pezón de la nena, el dedo que penetra y duele, la incomprensible caricia que hizo un adulto y el pudor intolerable ante los pechos maternos.




LO QUE PROHIBÍAN a los niños era la verdad en ellos.
La maldad que suponían en nosotros era el goce verídico en ellos.
Practicaban los abortos, el abuso, la sodomía, el adulterio y nos penalizaban por tocar nuestros genitales.
Pero, en los altos caseríos rosistas, la sangre coagulada era un saldo del goce de las degollinas y violaciones, y era la ley, y era la verdad. Los fantasmas eran víctimas que tampoco habían perdonado, violentos como mazorqueros.

Por eso me mantuve virgen hasta que me acorralaron: porque sabía del valor de mi carne.





LA LLUVIA convertía en realidad las espectrales casas frente a la de mis abuelos.
Cosas de sangre y de religión, de autoridad y de familia se apoderaban sin adornos ni tapujos de las camas, los armarios, las mesas, en la clandestinidad de la lluvia, mientras la doña salía a tapar con lona la jaula del zorzal y echaba una arpillera sobre la puerta de la cocina; después cubría con una colcha el espejo, que podía atraer los rayos.
El varón, la hembra y la muerte eran la ley; el diablo y las ánimas se temían y se les hacían conjuros. Lo demás era raro, fútil y prescindible.





HABÍA QUE CRUZAR la frontera pero nunca lo hicimos.
Mucho se discutió la partida, entre la culpa y la esperanza.
Hasta que un día el cuervo graznó en la ventana.
La amenaza de guerra llegó cuando ya nos habíamos instalado, decididos a quedarnos; tapamos con frazadas las ventanas y nos alumbramos con velas.
La guerra (pero otra) se declaró tres años más tarde, lo malo fue que ya nos habíamos amarrado a la tristeza.
Y no atravesamos la calle, jamás nos atrevimos.


Poemas leídos en oportunidad de la Feria del Libro Córdoba 2010 cuando participó en Mujeres de tinta, junto a las jóvenes escritoras Leticia Ressia, Cristina Ramb y Laura García del Castaño


Boletín Literario Basta ya! / Noviembre 2010
Dossier de Eugenia Cabral

3 comentarios:

Seroma dijo...

Hermosas letras las de Eugenia... mis felicitaciones

Anónimo dijo...

qué honor tener a EUGENIA como colaboradora del BASTA YA.
Es una laburadora incansable de la palabra, una activista literaria, un ser de luz.
BENDICIONES!! Alfredo Lemon

Anónimo dijo...

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