miércoles, febrero 20, 2008

Boletín Literario nº 80 // Febrero 2008



Escultura expuesta en Nono, Córdoba.
Basta ya!
Año 3 / nº 80 // Córdoba // Febrero 2008


Nono
Eduardo Planas


Nono, pueblo sagrado, pueblo ancestral. Ahora irrumpen las cuatro por cuatro en la monotonía de sus siestas soleadas. Progreso, turismo, ruido, mucho ruido, símbolo de las nuevas épocas.
Se notan cambios. Ya no es el poblado que conocí hace unos años, aquel que produjo en mi vida una especie de agraciada mutación.
En aquella esquina donde se veían / divisaban hermosas montañas que al atardecer enrojecen, hoy – en clara ofensa al deleite de los ojos- una obra faraónica que las oculta. Afloran como hongos los nuevos emprendimientos, sin tener en cuenta el necesario y delicado equilibrio ecológico.
El pueblo no es el mismo, su gente cambia de a poco.
Aún despiertan los trinos de los pájaros y al tiempo los he diferenciado. Además se percibe el calmo movimiento de la cocina del Hostal que imita al de una casa. Una tranquila serenidad invade los cuartos, los espacios. La gente amable, con su característica y hermosa tonada, el pan casero, la mermelada, las infusiones de hierbas medicinales y los postres de la zona.



En la plaza, exposición de esculturas. Una de ellas ilustra la tapa de este Boletín. En el Centro Comunitario todas las noches hay un espectáculo distinto: folklore, música clásica, jazz-fusión, una muestra de la artista plástica Paula Etcheverry, y su propuesta Aislo, que refleja el impacto que le produjo la ciudad, presentaciones de libros, como el del joven Alejandro Arriaga con Infinito, del cual transcribo un poema: Ciudad: Transitando la ciudad musical /que vive en mi falda, / presiento las posibilidades siempre lejanas /de un simple pero llano encuentro con vos, /con vos mismo. //Como un niño que rápido, eleva su torso y fortalece /sus cartílagos, /la ciudad se eleva y violentamente /respira todo mi aire. //Polución de signos /estancan mis sentidos, perpetúan /la inmovilidad ansiosa /de mis anhelos irresueltos. //Entre otras nuevas caras, /la pálida tez de la repetición / me es tristemente suficiente. / Suficiente.


Ubicada detrás del Museo Rocsen está la vivienda de Inés, edificada sobre las rocas de la montaña, allí nos espera con la comida humeante. Su casa se asemeja a la casa de un hobbit, sobre todo cuando las enredaderas invaden las ventanas de los cuartos.
Nono tiene un halo especial que parece atraer a la gente vinculada al arte. Se intercambian libros, revistas y ningún televisor rompe la armonía. De fondo, las hermosas canciones de Ismael Serrano. Por las noches, como no fundirse en esa vía láctea que regala el cielo de Nono.
Llueve y hacía falta. Leo en un libro del escritor Abel Barrionuevo Imposti, enamorado de Villa Las Rosas, un poema dedicado a nuestros ancestros altos y barbados. Me entero que se pueden encontrar conanas, morteros, puntas de flechas en los senderos a orillas de los ríos, en los aleros de las montañas, porque la población de los pueblos originarios era mayor que la actual. Me pregunto ¿donde están?. Los presiento como a la espera. Algunos hablan de esta época como la del retorno. Algo de eso hay.
Nono, dicen algunos, era un lugar sagrado. Yo les creo.

Sumario:
Nono / Eduardo Planas
Sudestada / Jorge Luis Carranza
Anónimo - Colaboración de Marola Farías
Pinceladas y Matices / Liliana Chavez
Si Dios cantara / Crim Báez
Un cuentito con La Nación y el Fiscal Garavano / Roberto Gargarella
Groucho Marx todavía nos hace reir
13* / Alfredo Lemon
Dias de vino y rosas / Pablo Carrera
Los ladridos de Pavlov / Rubén Benítez
Satisfacciones / Bertolt Brecht



Sudestada
Jorge Luis Carranza



Anoche hubo tormenta
y el mar amaneció revuelto.

Todos dormíamos
cuando llegó
un viento muy fuerte y frío.

En la orilla
han quedado pequeñas medusas
y caracoles.

Los lugareños aconsejan
no entrar al mar
por nada del mundo.


Parece ser un día
en que precisa estar
con el mismo
y con nadie más.
(Si hasta los botes pescadores
no han salido mar adentro).

Habrá nomás que conformarse
con las ofrendas de sus entrañas
y su dolor
respetando su deseo
de estar solo.



Al lejano le regalo un abrazo

Al próximo una confidencia

A la tierra le regalo un viaje a espaldas de todas las rutas

Al cielo le regalo un viaje a espaldas de todas las palabras


A los que no han conocido el amor

les regalo una manera de convertirse en gigantes

A los que han conocido el amor
ya saben que es la manera de ser infinitamente pequeños



A mis amigos

Les regalo un juguete para que vuelvan a creer en la felicidad



A los que no conozco

les regalo mi felicidad para que hagan con ella un juguete.

-Anónimo-

Colaboración de Marola Farías





Pinceladas…
Liliana Chavez




Se acercaba el año 1300. Paseaba un día Cimabue por las montañas de Mugello, cerca de Florencia, cuando llegó a un hermoso prado donde había varias ovejas pastando. Un poco más allá, un pastor estaba dibujando sobre una piedra con un trozo de carbón. Aunque hecho con un elemento tan rústico, aquel dibujo de una oveja era realmente hermoso. Cuando el pintor le preguntó al joven el nombre, éste dijo llamarse Ambrogio (Ambrosio) y agregó que en su casa le decían Ambrogiotto, y a menudo Giotto, nombre con el que pasó a la historia.
A inicios del Siglo XVI, varios pintores de prestigio como Perusino, Sodoma y Lotto, trataban de decorar al fresco las bóvedas y la paredes de las cámaras vaticanas que constituían las habitaciones del Papa Julio II. Mientras ellos trabajaban con ahínco en la obra ya bastante adelantada, llegó a Roma un joven pintor, invitado personalmente por el Papa, por consejo del gran arquitecto Bramante. En cuanto Julio II vio las primeras pruebas del artista, se entusiasmó de tal forma que inmediatamente dio orden de destruir los frescos hechos y confiar la decoración de las salas al joven Rafael, que pasó a la historia con ese nombre de pila, si bien se le atribuyen los apellidos Sandio y Santi.
Un siglo después, cuando el molinero Harmensz van Ryn se decidió finalmente a prohijar la pasión de su hijo, confiándolo al famoso pintor Jacobo van Swanenburgh, no imaginaba que al joven - quien se levantaba cada día a las seis en punto para limpiar los pinceles, preparar los colores y las telas de su maestro - le bastarían sólo tres años para adquirir con maestría las técnicas del oficio y ser luego reconocido en el mundo como Rémbrandt.



La mayoría de los pintores que lograron trascender, perdurar en el tiempo tuvieron un origen humilde. En eso precisamente pensaba aquella tarde, cuando me detuve en la esquina de Rivera Indarte y Deán Funes de nuestra Córdoba, maravillada con un cuadro, expuesto sobre un caballete junto a otros; pueden verlo en la foto que acompaña la nota: una rústica cocina con enormes cacharros sobre un fuego que destila vivacidad. Parecía de otro época ya lejana, sin embargo Iván Villca de él se trata, me cuenta que así cocinaba su madre hasta no hace mucho tiempo. Esa madre de 80 años que quedó allá en Bolivia y que añora más que a su Patria misma. Él llegó a nuestra ciudad hace poco más de un año. Es autodidacta, pinta desde niño y observé fascinada, con qué solvencia deslizaba los rasgos sobre la tela Era un paisaje de su tierra y no necesitó tener una fotografía delante, todo lo fue copiando de su memoria. Me contó que provenía de una familia de mineros, que tardó años en verse con un hermano que trabajaba en una mina a 200 Kms. de La Paz y que cuando la cerraron, volvió a su casa, sin encontrar, como el resto de la familia, la forma de subsistir. Entonces sus hermanos, que hasta ese momento no pintaban, empezaron a imitarlo. Y ahora, es un poco el oficio de todos. Cuenta que también su hermano Vladimir, estudiante de pedagogía, vive en Córdoba y de cómo la Fundación Pro-Bolivia los ayudó para que pudieran exponer sus trabajos en una sala del Cabildo, hace solo unos meses.
Iván lleva puesta una gorra con visera; no ha sacado la vista de la pintura durante el tiempo que duró nuestra conversación, sólo después, al momento de la despedida me ha mirado a los ojos.

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Un poco más allá, sobre calle Deán Funes, haciendo uso del espacio circular de uno de los canteros peatonales está Andrés Sanchez, ex empleado de Renault. Es caricaturista y trabaja en acuarela; en sus obras predomina el paisaje urbano. Hace esto desde el 95 y se entusiasma cuando cuenta que hay un proyecto para hacer de ésa, la calle de los pintores. Dice que los comerciantes del sector están de acuerdo siempre y cuando se haga organizadamente y se les provea de lo necesario. Cursó dibujo en el Figueroa Alcorta y me muestra una serie de caricaturas muy bien logradas. Una foto basta para que en dos horas tenga listo el trabajo. Está orgulloso de haber ilustrado para SADE (Sociedad Argentina de Escritores –Filial Córdoba) el ejemplar de Córdoba Viva y agrega, que se puede encontrar el libro en cualquier librería.
Hay más pintores, pero quedaran para mejor ocasión. Me despido del simpático Andrés y parto, mirando hacia la bella Iglesia Santo Domingo. Detrás de su cúpula, Dios contribuye al paisaje, dando al cielo las últimas pinceladas ocres de la tarde que decae.


Matices
Serie Personajes
Por Liliana Chavez



El hombre –extasiado-, observa desde la ventana el curso somnoliento del Riachuelo. Llama la atención su figura, su porte, sus manos de dedos largos y delgados. Le cuesta despegar la mirada del paisaje. Lleva años esperando el milagro.
Juan de Dios Filiberto se le acerca; le apoya la mano en el hombro. Conoce el porqué de esa tristeza permanente en los ojos de su amigo. Desde niño, sueña con esa mujer sin rostro. La imagina llamándolo desde la dársena, con el brazo en alto, agitando un pañuelo blanco cortado en diagonal y el corriendo hacia ella, portando la otra mitad, la que lo acompaña desde siempre, desde que en una canasta, fue depositado en la rueda del Torno en la Casa Cuña de calle Expósitos 1466, la noche del 20 de marzo de mil ochocientos noventa y uno. Bautizado con el nombre de Benito Martín, tenía apenas veinte días de vida.
Sin embargo, él siempre estuvo convencido del amor de su madre. Eran épocas de frustración, crisis y desempleo; mil setenta y seis niños fueron abandonados ese año.
Juan de Dios lo aleja del ventanal y frente a las telas, lo incita a seguir pintando. Es la única forma de lograr que su amigo sonría, como si la ríspida grandeza de esos barcos mecidos por el agua taciturna, le devolvieran la serenidad. Y las anécdotas entre ellos se suceden, son muchos los momentos compartidos. Solían salir a cantar serenatas a sus enamoradas y se perdían por las calles haciendo travesuras. Uno de los dos era siempre responsable de las gallinas que desaparecían de los gallineros.
A Benito Quinquela se le amontonan los recuerdos. Se ve trepar los barcos, un muchacho ágil, capaz por cincuenta centavos o un peso, bajar sin quejarse, veinte o treinta bolsas repletas de carbón. Y si podía, lo repartía a domicilio en la calle de las prostitutas; de allí nunca se salía sin una buena propina. Guardaba con recelo aquellas monedas que le permitían pagar las clases de dibujo que por las noches, le daba el maestro Lazzari.
Manuel Chinchela, su padre adoptivo, no podía darle lujos. Pero sí amor y un apellido que con el tiempo se convirtió en Quinquela, como lo pronunciaban la mayoría de los genoveses.
Juan interrumpe sus pensamientos. Quiere que escuche unos versos que acaba de terminar. A la primera estrofa, Benito lo mira de reojo y lo indaga, pero…¿no son acaso los mismos de ayer? y en el Barrio de La Boca, el aire se vuelve una sola carcajada.

Para el recuadro: Con la venta de sus cuadros Benito Quinquela Martín compró una casa para sus padres y la carbonería donde trabajó de niño. Luego adquirió los mejores terrenos donde mandó construir una escuela para 1000 niños, un lactario donde las amas de leche dieran alimento a niños abandonados o pobres; una escuela de artes gráficas y un Instituto Odontológico Modelo. También un Jardín de Infantes.


Si Dios cantara
Crim Báez



Tomando como base que a la gran parte de los músicos brasileiros los caracteriza la humildad es que a ello me remito, para dar un formato común a este diminuto artículo. Pero atendiendo a los pedidos de mis jóvenes amigos, es que paso a dar una "geral" en esto, de hablar de sus discos.

Quiero expresamente dejar asentado que prácticamente todo, pero todos los discos de Milton son imprescindibles.
Y hablar de este deseo de "imprescindible" como hecho, es porque no hay un disco que pueda pasar por alto.

Todos, los que amamos la MPB, y conocemos en parte, sabemos que no hay ni habrá como los años ´70 y ´80.
Buena cosecha, como uno de los mejores vinos se dieron por aquellos años.

La discografía de Milton Nascimento tiende a ir en aumento. Sus anexados trabajos con otros músicos como los artistas del jazz (moderno o jazz-rock) suma puntos a la hora de tratar de entender porque Milton es un artista universal.

Tocó con medio mundo. Algo que varios músicos brasileiros tienen por buena costumbre. Sentarse a sumar.
Milton tuvo participaciones en sus discos de excelencia. Presencias firmes en cada disco.

A su vez participó en varios trabajos de artistas del jazz, jazz-rock, folklore y pop.
Desde Wayne Shorter a Charlie Russ Band. Pasamos a Ron Carter, llegamos con Jaco Pastorius.
Los argentinos Fito Páez, León Gieco y Mercedes Sosa. Sarah Vaugahn. Manhattan Transfer.
¡Milton! Milton!

Y me quedo corta, porque lo que interesa, es ver estas carátulas e ir en busca de ellas.

Decía Elis Regina, que fue quién lanzó a Milton defendiendo aquella "Cançao da sal": "Si Dios cantara, tendría la voz de Milton Nascimento".

Oleo: Crim Báez

Video YouTube Milton Nascimento
Para Lennon y Mcartney






Un cuentito con La Nación y el fiscal Garavano

El constitucionalista Roberto Gargarella -profesor universitario en Buenos Aires, Nueva York, Barcelona y Oslo- escribió en su blog un cuento lleno de ironía para rebatir al Fiscal General porteño, Germán Garavano, quien anunció su intención de restringir el derecho a la protesta y sancionar a quienes organicen cortes de calle para reclamar sus derechos. Gargarella, abogado y sociólogo que ha estudiado en Buenos Aires, Oxford y Chicago, sostiene que el derecho a la protesta merece una “ultra protección” porque
es el que garantiza el resto de los derechos. A continuación, se reproduce el cuento que el académico le dedicó al diario La Nación y al fiscal Garavano.

Según nos informa La Nación de hoy, "La reciente sentencia que envió a una decena de sindicalistas de la construcción a pintar escuelas por haber hecho piquetes simultáneos y sorpresivos en calles porteñas es sólo el principio de una nueva política de la justicia de la ciudad: el fiscal general porteño Germán Garavano reveló que pondrá en práctica una nueva estrategia para castigar los cortes de calles. Consistirá no sólo en identificar y sancionar a los piqueteros, sino en castigar a los líderes de las organizaciones gremiales o sociales que realicen estas manifestaciones fuera de la ley."

En su "análisis" de la noticia, Norberto García Rozada -de la redacción de La Nación-considera que la iniciativa constituye "un aporte apreciable para mejorar la convivencia social" -tal es el título de su nota.

De este modo, el comentarista se hace eco de las alegres declaraciones del fiscal Garavano, quien por su parte sostuvo: "Queremos preservar la convivencia haciendo responsables a los que tienen dentro de las organizaciones el poder para alterar ese equilibrio."

¿Así que éste es el modo de preservar la convivencia social? ¿O sea que la prioridad frente al conflicto social es que los más perjudicados no nos molesten?

Pienso en esta historia:

Una mujer que grita cada noche, cuando llega el marido embriagado y comienza a golpearla. Cansados de tanto escándalo, los vecinos juntan firmas y escriben una carta a La Nación. Al tiempo, se apersonan frente a la casa conflictiva un cronista de La Nación, Macri, sus laderos Burzaco y Rodríguez Larreta (acompañados de personal adjunto, de planta), en delegación
encabezada legalmente por el fiscal Garavano. Todos ellos en representación de los vecinos afectados por los gritos.

Tocan el timbre en la casa del marido golpeador y la mujer gritona. El fiscal labra un acta, y le indica a la mujer los horarios en que no puede gritar. "Los vecinos quieren dormir" -le dice, con gesto suave. "No queremos que moleste más a sus vecinos" afirma, sonriente pero firme.

Rodríguez Larreta, que es moderno, pide la incorporación de cristales aislantes en el dormitorio, que es el lugar de donde provienen los gritos (sin que nadie lo vea, les pasa un presupuesto).

"Que no nos despierte más con sus gritos!" -gritan los vecinos. "Ya estamos cansados" -brama algún otro, mientras aplaude al fiscal. “¡Bruja!" -se le escapa a Burzaco.

"¿Pero cómo, y el marido golpeador?" -pregunta una mujer (seguramente feminista) que pasaba por allí.

Mientras, la mujer golpeada grita (es que se trata de una mujer que no para de gritar): "Por favor, no me abandonen detrás de los vidrios aislantes" (Alguien le tapa la boca, parece que es el abogado de Di Zeo pero no logro identificarlo. Tal vez sea el propio Di Zeo. O tal vez el propio Garavano, con guantes que reparten en el FORES para las llamadas "operaciones especiales").

"Auxilmmm, me golpmmmm" -vuelve a protestar ella, tratando de zafar, infructuosamente, de quien la amordaza.

Y Macri: "Eh, otra vez con las ideologías" -se queja. "¡Ya lo decía Ayn Rand!" - agrega, mientras mueve la cabeza a uno y otro lado, como no entendiendo.

Y la troupe que lo rodea: "Eso, eso, ¡basta de ideologías!"

"¡Zurda!" -se le escapa a Burzaco.

El periodista de La Nación vuelve a la redacción, y escribe su nota, a la que titula: "Otro aporte apreciable para la convivencia social."

Scioli y el progresismo de la Provincia que lo acompaña toman cuidadosa nota de los avatares que sacuden a la ciudad. Al gobernador sólo le preocupa una cosa: la posibilidad de que la mujer que grita(ba), que trabaja en Provincia, pida ser atendida en un hospital de su jurisdicción. "Ahora que se la arreglen ellos" -piensa (o más bien exclama, sin pensarlo demasiado).
Publicado en lavaca.org


Groucho Marx todavía nos hace reir




“Groucho: ¿Le gustaría ver su nombre en un letrero luminoso?
Carmen Miranda: ¿Por qué? ¿Es usted electricista?
Groucho: No, pero tengo buenas conexiones”
Copacabana, 1947

“Perdonen que no me levante”. Esta frase se atribuye a Groucho Marx, nada menos que para su epitafio. Dicha disculpa encajaría perfectamente con el humor corrosivo del actor estadounidense. No obstante se trata de una leyenda urbana que genera debate entre sus seguidores.
El año pasado se cumplieron 30 años de su desaparición física, sus precisas ironías, las de un hombre que llevaba pintado un bigote grotesco y que no se despegaba de su habano, dan que hablar. Nació como Julios Henry Marx en Nueva York un 2 de Octubre de 1895, en el seno de una familia judía. Su madre era hija de cómicos ambulantes. Ella era de origen alemán, su padre francés. “Ninguno de los dos entendía una palabra de lo que decía el otro, así que en 1884 se casaron”.
“Inteligencia militar” es una contradicción en términos. “Nunca olvido una cara. Pero en su caso estaré complacido de hacer una excepción”. Falleció el 19 de agosto de 1977 en Los Angeles. Su legado pervive. Una encuesta en el año 2005 de la BBC lo premió como uno de los mejores cómicos de todos los tiempos. Groucho desde las viejas películas, desde sus libros y sus humores, todavía nos hace reir.



13*
Alfredo Lemon

*a José Vicente Muscará

Este es el número de la suerte incierta.

Por qué no pensar una cifra que simbolice
la vida cotidiana que apenas somos
y aquella parte que no alcanzó ?

Este es el número de la suerte incierta.

La paloma entró en la casa
y lo juzgamos como un buen augurio.
Vimos al murciélago cruzar la noche
y nos creímos condenados al insomnio.

Percibimos el mundo por el ojo de una cerradura.

La superstición nos hace débiles
y sólo la renuncia nos vuelve omnipotentes.

Este es el número de la suerte incierta.

Siempre es tarde para hacer un balance
y demasiado pronto para inventariar.

El juego del destino es pulcro y necesario.
Vivir es apostar por un deseo pertinaz.



Días de vino y rosas
Pablo Carrera



Blake Edwards pasó a la historia por comedias soberbias como la saga de La pantera Rosa, Victor Victoria o la inolvidable Desayuno en Tiffanys. Quizás los memoriosos recuerden Días de vino y rosas, y los no tanto, el tema musical soberbio que le dejara a Henry Mancini su segundo Oscar por la canción apelada de la misma manera que la peli. Geniales Jack Lemmon y Lee Remick (que linda mujer) en los papeles de esos dos alcohólicos perdidos que solamente pueden arrastrarse hacia las profundidades de un vaso, sin poder salvarse a pesar de querer hacerlo.
La nostalgia de ver nuevamente la película me vino cuando entre a Malula el sábado pasado a la noche.
El local queda en Heriberto Martínez y Recta Martinolli, justo frente a la rotonda, en un complejo comercial. Imposible no verlo por su arquitectura de avanzada, lleno de paredes que se cortan en paréntesis y olas (pobre el durlero que tuvo que cortar esas láminas).
La decoración es modernosa, da gusto, la barra esta muy bien puesta y sobre ella se ve trabajar a las sushi womans con prolijidad. Quizás sea un poco frío, pero compensa con la calidez de la atención.
Las mesas y la escalera que llevan a los baños están sembradas de pétalos de rosas.
La carta es escueta, pero generosa en propuestas: desde tablas autóctonas hasta marítimas, pasando por brochettes de langostinos, rabas, alguna que otra carne y ave.
La noche vino de sushi, así que eso recomendaré. El combinado de 40 piezas (aproxi $ 50) viene en dos tandas, se nota lo artesanal de la preparación (no es sushi club, pero se defiende bien). Tienen también, para los ovolactovegetarianos, sushi vegetariano y un chop suey tentador.
De bebidas viene tupido el asunto, pero sanos que éramos los comensales, le entramos a los jugos. Nos quedamos con ganas de jugo de mandarina, que estaba en la carta pero no en el stock de la casa.
Los postres geniales. Yo me dediqué a un budincito de naranja que nadaba (medio como mucho) en un almíbar de ídem, acompañado de helado de crema, licor de la cítrica en cuestión y flores de chocolate. También se testeó otro llamado Triffle o algo así, que traía merengue, crocante, frutos rojos y creo que chocolate.
El cafecito del final (ya había largado la lluvia torrencial y adentro el split congelaba un poco) estuvo bien elegido. El aroma viene desde lejos anunciando las tazas.
Los precios, aproxi $ 50 per capita, sin alcoholes (recordar que el sushi no es econo)
Así, una propuesta interesante para la zona Norte de la docta.
Y de paso, un amable recuerdo para la peli. Si no la vieron, también la recomiendo.
Ah! antes de irnos, nos dieron panfletos anunciando que la semana del 12 al 17 había promo cena de enamorados a $ 50 per capita, con platos y tragos afrodisíacos en la propuesta.

Malula Restaurant
Heriberto Martínez 6151 esq. Recta Martinolli
Reservas 03543471101 - 156625376




Los ladridos de Pavlov
Ruben Benítez

Hay un extraño en el patio de mi casa. Camina de un lado hacia otro con una pala en la mano. Al principio solamente merodeaba las paredes con su herramienta al hombro, mientras nos observaba. Estudiaba nuestra conducta, nuestros pequeños gestos cotidianos, como buscando en ellos un asomo de culpabilidad. Algo, no sabemos qué, disparó irreversiblemente su tarea. Los primeros días cavaba de noche, cuando nadie lo veía, recorriendo exactamente el contorno de nuestra casa. Solía despertarme entonces el quejido de la hoja de acero chocando contra los cimientos. Pero de a poco el extraño ganó confianza y ahora lo vemos cavar sin ningún reparo. Papá se hace el distraído y no quiere saber qué pasa. Nadie habla en casa de este tema. Solamente Pavlov, con sus ladridos, denuncia la situación como anómala.
La tierra extraída en las excavaciones forma un cordón que vuela con el viento ensuciando de polvillo los muebles que constantemente repasa mamá. Días atrás estuvo lloviendo y papá resbaló en la zanja que el hombre cavó al frente de casa, pude verlo desde la ventana de mi dormitorio. Las mangas de su camisa quedaron totalmente embarradas y la tela de su pantalón se abrió a la altura del muslo derecho. Cuando mamá le preguntó qué le había pasado, papá respondió que se había tropezado en el cordón de la vereda y caído sobre uno de los canteros que dan a la calle. Mamá se asomó por la puerta de ingreso y encontró las huellas del tropiezo exactamente frente al porche de nuestra casa. Miró con indignación al hombre que incansablemente cavaba bajo la lluvia y en un gesto de impotencia cerró de un golpe la puerta.
Hace unas semanas vinieron los abuelos a almorzar, los papás de mamá. En un gesto de ingeniosa improvisación papá extrajo la puerta de mi dormitorio para utilizarla como puente, así los abuelos pudieron ingresar a través de la zanja. Desde entonces mi dormitorio ha perdido privacidad. Ahora Pavlov puede entrar cuantas veces quiera y echarse al lado de mi cama. Desde allí amenaza ladridos con las orejas levantadas, entre ronroneos de bronca, frente al constante e invisible chillido de la pala. Pero lo terrible no es ese sonido nocturno y extraño en el patio, ni tampoco son los agudos ladridos de Pavlov. Lo verdaderamente terrible son las esquivas miradas con que mamá y papá responden sin responder ante mis estériles y desoladas miradas interrogativas. Algunas veces ya no veo al hombre de la pala y pienso que ha desistido de su empresa. Entonces mi ánimo se enciende radiante como un fósforo en medio de la noche, pero como tal se apaga cuando por fin veo asomar la pala desde dentro de la zanja escupiendo una bocanada de tierra negra. No sólo me acongoja ahora su continuidad, sino la irremediable profundidad que este señor ha conseguido en su ininterrumpida tarea.
Pavlov atraviesa ahora una evidente crisis. Podemos verlo, incansable, caminar de un lado hacia otro de la casa. Ladra desde la ventana de mi dormitorio hacia el exterior, corre a través del living hasta la puerta que comunica la cocina con el patio, repite el ladrido y otra vez vuelve a mi dormitorio. Hace más de una semana que Pavlov no sale, parece decidido a quedarse adentro y aunque es difícil conocer sus motivos papá arriesga que algo lo asusta. No dejo de preguntarme si realmente será cobardía lo que contiene a Pavlov.
Producto de las excavaciones incesantes en la pared del dormitorio de papá y mamá se marcó una grieta que la recorre, oblicua, desde el techo hasta aproximadamente un metro antes del piso. Para disimularla papá mandó revestir la pared con un papel que, según él adujo, combinaba con las cortinas. Cada vez que Pavlov apoya sus patas delanteras para extender su mirada desde la ventana y lanzar ladridos hacia el patio, mancha con tierra suelta el flamante decorado.
El señor de la pala, seguramente en un descuido, rompió un caño del agua. Papá tuvo que cerrar la llave de paso principal para que dejara de perder el caño roto. Para entonces la humedad ya había subido por la pared del comedor levantando toda la pintura y ostentando una enorme mancha amarilla que oportunamente se mandó a cubrir con madera de machimbre. Desde ese día compramos agua mineral para beber.
El problema es el aseo, no podemos bañarnos desde que papá cerró la llave de paso y el olor que tenemos ha comenzado a molestarnos mutuamente después de la segunda semana. Al principio nadie hablaba del tema, pero ahora ya es imposible evadirnos. La camisa de papá emana un olor rancio que se suspende en el aire una interminable porción de tiempo cada vez que nos pasa por al lado. Su pantalón poco a poco ha ido tomando una tonalidad verdosa que, no obstante, no se ve del todo mal. Los cabellos de mamá son un problema, hace unos días la vi desenredárselos con dos agujas de coser y escupirse la mano para terminar de peinar unos pelos que parecían indomables. A mí me pica mucho el cuerpo, aunque debo admitir que los primeros días fueron los peores. Mi propio olor se me volvía insoportable, especialmente cuando corría jugando a la pelota y transpiraba. Hoy no puedo decir que la situación haya mejorado, pero de a poco fui adaptándome y ya no me siento tan molesto. Aproveché este escenario para desarrollar en sorprendente medida la capacidad de distinguir las diferentes partes del cuerpo por su olor. De la misma manera en que un astrónomo intensifica sus observaciones cuando los astros se posicionan favorablemente, así he vivido yo estos últimos días: en pleno proceso de recolección de datos de una situación personal excepcionalmente enriquecedora. En nada se parecen el olor de las axilas al de los pies y estos al del sexo. Para ser más minucioso aún, puedo decir que en una misma porción del cuerpo cada centímetro tiene su propio olor: es claramente discernible el olor del centro al del contorno de las axilas o el de los testículos al de sus alrededores. Un olor más suave y particular, aunque no menos notable, han tomado mis cabellos. Mis manos, convertidas en instrumentos para rascarme con sus largas uñas mugrientas, son el unum perfecto donde conviven en estado puro, todas mezcladas y simultáneamente, las esencias que exhalan mis más recónditos rincones musculares.
Mientras tanto el señor de la pala ha profundizado su zanja en la zona del patio y la montaña de tierra extraída creció hasta bloquear la puerta trasera. La pared de la cocina cedió unos centímetros y desde el techo cayó una enorme masa de revoque sobre la mesada. Pavlov se encuentra en su peor momento. Ayer, inexplicablemente, intentó morder a papá. Nos muestra, ahora, sus colmillos amenazantes y ladra a todos por igual. Sus ladridos son el acto de desahogo que nace de una bronca contenida. Ya no ladra hacia el exterior sino hacia el centro mismo de la casa. Nos ladra de frente, nos gruñe, nos interpela.
Papá perdió el trabajo por falta de aseo. Cuando le comunicaron el despido no supo emitir una sola palabra. Al llegar a casa pudimos oír que murmuraba mecánicamente -¿Qué quieren que haga?, si no tenemos agua no nos podemos bañar, ¿Qué quieren que haga?- Fue la primera vez que noté su desconcierto, no entendiendo qué había sucedido, no sospechando siquiera que algo había estado sucediendo, no pudiéndose explicar por qué la casa se caía a pedazos ni por qué nosotros estábamos tan sucios. Nos quedamos en el living repitiendo en silencio, cada uno para sí mismo, -¿Qué quieren que haga?- No pudimos mirarnos a la cara. Había algo en esa pregunta que no queríamos preguntarnos. Buscábamos por respuesta una oración cuyo punto final fuese un signo interrogativo. Una respuesta que ante su propia perplejidad nos devolviese el asomo de dignidad que no aceptábamos haber perdido. -¿Qué quieren que haga?- cada uno para sí mismo y en silencio. Pavlov también parece haber adherido al espontáneo pacto de silencio, o tal vez se haya marchado.

Tercera Mención Premio Estímulo Jóvenes Creadores de Córdoba / 2007


Boletín Literario Basta Ya! // nº 80 // Febrero de 2008 // Córdoba
Revista Cultural
Equipo de trabajo
Director / Propietario: Eduardo Alberto Planas
Consejo de Redacción: Adriana Pozzo, Liliana Chávez,
Jorge Luis Carranza, Hugo Conterno, Pablo Carrera, Caro Riachi
Colaboradores Permanentes: Mónica Ferrero, Alfredo Lemon, José Luis Planas Osorio, Guillermo González, Raquel Martínez, Mariana Montenegro (corresponsal en Mendoza)
Colaboran en este número: Marola Farías, Crim Baez, Ruben Benítez.
Los artículos firmados no reflejan necesariamente la opinión del Basta Ya!
Este Boletín se edita Quincenalmente
Registro de Propiedad Intelectual Nº 598958
Hecho el depósito que marca la ley 11.723
Prohibida la reproducción total y/o parcial por cualquier medio, sin cita de autor y fuente
Web-blog: www.boletinliterariobastaya.blogspot.com
Suscripciones: email: eduardoplanas2001@hotmail.com

“La tarea de ablandar el ladrillo…” Julio Cortázar


Satisfacciones



La primera mirada por la
ventana al despertarse.
El viejo libro vuelto a
encontrar.
Rostros entusiasmados.
Nieve, el cambio de las
estaciones.
El periódico.
El perro.
La dialéctica.
Ducharse, nadar.
Música antigua.
Zapatos cómodos.
Comprender.
Música nueva.
Escribir, plantar.
Viajar.
Cantar.

Bertolt Brecht

1 comentario:

Sergio dijo...

"Los ladridos de Pavlov" me parece joya. Lo asemejo a un "DiBenedetto". Saludos.
http://www.lacoctelera.com/sergio_e_malfe