jueves, julio 19, 2007

Boletín Literario Basta ya! // nº 72



Purmamarca // Quebrada de Humahuaca

Boletín Literario
Basta ya!
Año 2 // nº 72
Lunes, 24 de Julio de 2007


Sonidos // Estela Mamaní
Espero curarme de ti // Jaime Sabines
Haikus // Jorge Carranza
El Pequeño JERONIMO // Adriana Pozzo
Aquella Mujer // Liliana Chávez
Amanece // Sebastián Laje
Para vos, Negro // Adriana Pozzo
Desde el noroeste, el mejor rock // Eduardo Planas
Amanece que no es poco // Pablo Carrera



Sonidos

Los sonidos de la naturaleza
Todos
en esta hojita de molle

Por este borde, el viento
en este nervadura, el agua
más allá, un pájaro
debajo, la luna
y en la punta, el sol

los sonidos
de esta hojita
despiertan el alma

Estela Mamaní
De “Voy siendo”


Estela Mamaní, nace en la Quiaca, Jujuy, 1955. Profesora de Letras, poeta. Publicó: Voy siendo, 2002; Marunayra, 2006. En colaboración con otros autores publicó: Jujuy todos estos años de gente, 1994 y Octogenario, las pelotas: Antihomanaje a Andrés Fidalgo, 1999. Esta incluída en la Antología Nueva poesía de Jujuy, 1991.
Letras en Jujuy // Antología Siglo XX, Editorial Ahora o Nunca Jujuy





Espero curarme de tí
Jaime Sabines
Espero curarme de ti en unos días. Debo dejar de fumarte, de beberte, de pensarte. Es posible. Siguiendo las prescripciones de la moral en turno. Me receto tiempo, abstinencia, soledad.
¿Te parece bien que te quiera nada más una semana? No es mucho, ni es poco, es bastante. En una semana se puede reunir todas las palabras de amor que se han pronunciado sobre la tierra y se les puede prender fuego. Te voy a calentar con esa hoguera del amor quemado. Y también el silencio. Porque las mejores palabras del amor están entre dos gentes que no se dicen nada.
Hay que quemar también ese otro lenguaje lateral y subversivo del que ama. (Tú sabes cómo te digo que te quiero cuando digo: «qué calor hace», «dame agua», «¿sabes manejar?», «se hizo de noche»... Entre las gentes, a un lado de tus gentes y las mías, te he dicho «ya es tarde», y tú sabías que decía «te quiero»).
Una semana más para reunir todo el amor del tiempo. Para dártelo. Para que hagas con él lo que quieras: guardarlo, acariciarlo, tirarlo a la basura. No sirve, es cierto. Sólo quiero una semana para entender las cosas. Porque esto es muy parecido a estar saliendo de un manicomio para entrar a un panteón.





Haikus
Jorge Luis Carranza




En esa mesa,
están sin estar allí,
los que se fueron.

La luz de allá,
en medio de un cerro
¿casa o fuego?

Esa señora
barriendo apagaba
una estrella.

El mismo cuerpo.
¿Porqué crece la sombra
tras el mediodía?

Barca sin remos.
Navega mar adentro.
Sin resistencias.

Nacen y mueren,
en el lomo del río,
burbujas de sol.

La luna sola.
Tan solita mi alma.
Tan llena de luz.

Sol de invierno,
dile al viento del sur
que no sople más.

El fiel sendero.
Nunca dejará solo
al descampado.



El Pequeño JERÓNIMO
Adriana Pozzo



Para alegría de los locos bajitos se presentó el primer periódico infantil de la Ciudad de Córdoba, con el nombre de El Pequeño JERÓNIMO a los fines de informar a los niños sobre temas de actualidad e históricos que despierten su interés por la lectura y los movilicen para ser pequeños periodistas.

Se los incentiva con noticias locales como por ejemplo recordar el Cordobazo, hacer un paseo increíble por el Mundo según Mafalda, referenciar la celebración de un nuevo ciclo de los Mapuches, explicar quién fue Belgrano, hacer prevención de Salud, saber porqué se celebra el día del Periodista. Así como abordar temas deportivos, que es un maratón, y pasar revista sobre las películas que se estrenan en las vacaciones de julio en la parte de Arte, Cultura y Espectáculos.

En la Sección Literaria, se transcribe un cuento llamado El vuelo de la abuela del escritor cordobés Fernando López.

La consigna es leo y gozo, es decir leo y viajo incansablemente y viajo también cuando otros me leen. Solo me bastan la voz y los oídos, los ojos y las letras que se me ofrecen sin restricciones en el papel. Esa magia queda para siempre, porque los textos nos producen sentimientos duraderos, ese es uno de los principales objetivos: producir sentimientos. Y como dice Chesterton “si el narrador de cuentos de hadas hubiera querido establecer solo que ciertos seres nacieron más fuertes que otros, no se hubiera puesto a elaborar trucos de herramientas y trajes para vencer al ogro. Sencillamente hubiera dejado vencer al ogro.”

En la Editorial se menciona que esta idea nació en Catamarca hace algunos años y hoy da sus primeros pasos en nuestra ciudad, acercando material de lectura a niños en todas las escuelas municipales. Que el objetivo es poder estimular en los niños el hábito de la lectura y el interés por la realidad en la que viven, aportando al desarrollo de su cultura general y a su recreación formativa.

El Pequeño JERÓNIMO es una publicación mensual, de distribución gratuita, destinado a docentes y alumnos del Segundo ciclo del Nivel Primario de las escuelas municipales. Editado por SienC y la Secretaría de Educación, Cultura y Derechos Humanos de la Municipalidad de Córdoba.
Su Director Periodístico es Nereo Nicolás Magi. El primer número se editó en Junio de 2007.

Este diario con soporte papel marca una impronta en la Ciudad de Córdoba y promueve uno de los derechos del niño que es el de estar informado.
Bienvenidos a este nuevo desafío que es investigar, observar y escribir lo que ocurre en nuestra comunidad.

Los niños bien estimulados, con su imaginación y brotes de retoño pueden hacer volar el aladelta mirando en dos direcciones: el cielo y la tierra.

Fuente: Transcripciones de El Pequeño JERÓNIMO.




Aquella mujer
Liliana Chavez
Mi padre no era para nada un hombre previsor. Allí estábamos, los dos, a la salida de aquel paraje, sentados desde hacía horas sobre una piedra, cubiertos de polvo, con una valija y dos atados de ropa, esperando una jardinera que, según él, pasaba cada jueves hacia Santa Rosa en busca de verduras. Quiso la fortuna que un vehículo que transportaba mercaderías se detuviera al vernos. Era el Ford de los Almacenes Gómez cuyo conductor conocíamos porque siempre andaba entregando pedidos. Subí tan pronto como se ofreció a llevarnos, sin darle a mi padre tiempo a responder. Apretujada en medio de los dos hombres, apenas si pude levantar la mano para saludar a los ocupantes del Chevrolet de don Diviú que viajaban con destino a Córdoba. Papá, siempre parco, me sorprendió con su conversación animada; parecía haber encontrado con quien desahogarse. Contó sobre la enfermedad y muerte de mamá, la falta de trabajo, cómo había tenido que conformarse con lo que se diera, que cuidó animales en La Cruz, preparó arneses en San Agustín y vendió pan en Potrero de Garay. Hasta tuvo que dejarme con tía Isabel en su casa de Los Reartes para trabajar en la construcción del camino Córdoba-Río Cuarto y su hermana, con toda la buena voluntad, le había ofrecido hacerse cargo de mi educación. Pero -dijo mirándome- fue tal el berrinche de la señorita que aquí estamos, sin trabajo y sin otro plan que pasar unos días en casa de un amigo mientras busco algo. Lo que mi padre desconocía era que el chofer, con fama de buena gente, no se quedaría de brazos cruzados. A la semana le consiguió trabajo como jardinero en el Yporá, un hotel de categoría inaugurado dos años atrás, a inicios del cuarenta. El jornal incluía comida y una habitación amplia en la parte trasera de la edificación.
Las cosas se fueron acomodando. La villa me encantaba y llegué a conocerla como a la palma de mi mano. Disponía de tiempo para hacer lo que más me gustaba: caminar bajo la arboleda y escuchar en silencio el trino de los pájaros. Había aprendido a identificarlos y memorizar sus nombres. Siempre andaba metida en lugares desolados o buscando atajos. Papá se disgustaba y para evitarlo, intentaba asustarme con la historia de un aguará que, en la zona, mataba los caballos empezando por sus orejas. Eso es más allá, en las quebradas de la sierra, respondía sin estar segura pensando que era invento de los lugareños.
Un día la señorita Merlino, mi maestra de grado en la Mariano Moreno, me encomendó retirar unos libros de lectura donados a la escuela. Me olvidé de ellos cuando, en cercanías del hotel, un bullicio infrecuente llamó mi atención. No conocía a ninguna de las personas que estaban allí. Supuse que por fin, don Diego Garzón, con su tenacidad, había logrado atraer turistas a su Villa Santa Rosa. Quedé maravillada observando el despliegue de cajones con equipos y aparatos desconocidos para mí. Me senté sobre una piedra que hacía las veces de asiento, entre cajas de sombreros, baúles con prendas de vestir y algunas pelucas preparadas en empaques transparentes de Casa Blanchard. Un poco más allá, una mujer joven, elegante y algo pálida, leía mientras tomaba una taza de té. Al advertir mi presencia sonrió, estiró la mano y me entregó unas revistas. Tal vez te gusten, dijo, son ejemplares viejos pero entretienen en horas de aburrimiento, que por cierto son muchas en estas jornadas. Me quedé con las Caras y Caretas y le prometí una Radiolandia que había conservado de entre las cosas de mi madre. Alguien la llamó y me animó a seguirla, pero un hombre impidió con su brazo que avanzara y debí escabullirme como pude para verla de cerca. Quien antes la había maquillado, ahora le recogía el pelo, colocándole un sombrero pequeño, de tela a cuadros, con detalles en terciopelo. Para mi felicidad, la compañía se hospedaba en el hotel y yo aprovechaba cualquier momento libre para correr hasta su habitación, buscarla y llevarla de la mano a conocer mi lugar secreto, lleno de árboles con boyeritos y tijeretas. Supo por mí que el caburé era el rey de los pajaritos y aprendió como atrapar un escurridizo cuis. Mientras yo lo sostenía ella le daba uvas del campo de su mano. Terminábamos riendo abrazadas.

Durante el mes que el grupo de cine filmó “La Pródiga” falté casi diez días a la escuela sin que mi padre lo supiera. Se puso furioso cuando la señorita Carmen se lo dijo, pero su enojo no me hizo desistir de mis propósitos, más cuando sabía que aquel día, sería el último de filmación. Traté de cumplir con mis obligaciones: hice los deberes y ayudé en el hotel todo lo que pude. Para mi decepción, cuando por la tarde regresé de la escuela, las tomas finales ya se habían realizado. Al día siguiente partían los actores. No sentía tristeza igual desde la muerte de mi madre. Corté clavelines y azahares para despedir a mi amiga. Se alojaba en la pieza 10 y cuando entré acomodaba sus maletas. Lucía un trajecito gris entallado y un casquete con tul que levantó con delicadeza para mostrarme unas fotografías. Estas, dijo, fueron tomadas para una revista y aquí estoy con el hombre del que me enamoré. Es en el Luna Park, durante el festival por las víctimas del terremoto de San Juan. Con su mano acarició el rostro de la foto y, a cambio de mis flores, para que no la olvidara, me regaló una postal de las tiendas Harrod’s que aún conservo intacta.

Se vivían en el país aires de democracia. Alfonsín levantaba sus manos en los afiches que habían sobrevivido a la euforia de las elecciones. Las radios de Buenos Aires hablaban del argentino César Milstein, desconocido para muchos que, en otro patria, ganaba el Premio Nobel de Medicina. Yo acompañaba a mi esposo en viaje de negocios, lejos por primera vez de Calamuchita. Acababa de cumplir cincuenta y dos años.
El cine de la capital me resultaba dantesco para tan pocos espectadores. Ni siquiera la prensa parecía interesada en el estreno. En política, algunas cicatrices no cierran. Debí ser la única en el recinto a quien la ansiedad le agitaba el corazón. Lloré emocionada viendo aquella película filmada treinta y nueve años atrás y recordando a una Eva Duarte, que al salir del Yporá, llevaba entre sus manos el ramo de flores que le regalé.

Del Libro “Historias y Leyendas de Calamuchita” Vol. II

Ediciones del Boulevard






Amanece
Sebastián Laje



Esa mañana, nuevamente asomó el sol. Otra vez, como todos los días surgió el sol. Como cada una de todas las mañanas.
Las gotas del fresco rocío que pendían de las ramas, al ser iluminadas, cambiaban como por encanto en fantásticas perlas traslúcidas de pequeño corazón dorado. El monte se veía así cual infinita constelación compuesta puramente de diminutos soles. La atmósfera era tibia y por ella transitaban, vagamente, miles de plumerillos blancos que con rumbo desconocido, flotaban más livianas que el aire venciendo la gravedad.
Si el aroma de las flores y los frutos silvestres pudieran verse, se contemplaría una divina aureola boreal que multicolor, se deslizaba por doquier, inundándolo todo de esencias sin privar al más humilde rincón de su exquisita presencia.
Pero todo se presentaba igual. Siempre así. Nada nuevo para él.
Sacudió vigorosamente las plumas a fin de quitar el agua y las abrió, preparándolas para un nuevo vuelo. Había pasado la noche en las ramas del Viejo Espinillo. También había dormido allí un Mirlo, que de pecho erguido y garganta llena saludaba la vida con frenesí.
–Ese canto aturde, se dijo; y dirigió a su vecino una mirada despectiva. -No comprendo a quién le canta.
Estiró un ala displicente y no quiso mirar hacia abajo, por donde pasa el arroyo, pues nada nuevo vería. Allí, el jugo de las montañas cristalino y vivaz, saciaba generosamente la sed de todo ser, y nunca jamás se había ofendido por la falta de permiso. A sus orillas todo era más verde y fecundo, y eso era para el arroyo verdadera gratitud.
Sin pensarlo, instintivamente estaba volando. Eso sí le gustaba. Poder convertir la brisa en viento era divertido o por lo menos no lo aburría. Su plumaje se ajustaba en la velocidad, y cernido al cuerpo, mostraba su verdadero y fino relieve. Sonrió al darse cuenta que no necesitaba pensar para volar. No debía reflexionar en la posición que tenían que adoptar las plumas cuando quería bajar o subir. Bastaba con desearlo para que todo se hiciera automáticamente. Se trataba de un cálculo repentino; de memoria muscular. Ni siquiera aletear le ocupaba la atención, de modo que podría haber observado todo el valle desde lo alto, mil veces con profundo gozo, pero eso le parecía ya demasiado rutinario.
Recordó mientras volaba que podría ir a la granja, la que estaba cerca del estanque, pues había escuchado que gente nueva con muchos niños allí vivían. Hacia ese lugar se dirigió.
Varios metros antes de llegar, se detuvo por cautela en la arboleda del camino y desde allí trató de curiosear. La casa era de techo rojo y paredes blancas. Varios fardos de alfa seca se amontonaban en la puerta del galpón. Se veían solamente las piernas de una abuela, que a no ser porque se movían, juraría que el horno de barro la estaba devorando. Pero no había niños o, al menos, no se escuchaban.
Qué hacer ahora, pensó hastiado, sin darse cuenta que el cielo se entregaba para él más azul que nunca.
Repentinamente, un pequeño ruido detrás suyo le llamó la atención; giró rápidamente la cabeza y vió con sorpresa tres niños, dos de los cuales vestían coloridas remeras rayadas, y el restante, a torso desnudo. Todos tenían sólo un ojo abierto. ¿Se trataría de eso? ¿Se trataría de la inconfundible señal de peligro de la que tanto había escuchado hablar a los demás pájaros? ¡Sí, era eso! ¡Estaban apuntando!.
Los latidos de su corazón se aceleraron alocadamente. Mirando más aún, como si asomara su cabeza por un hueco, se percató que se trataban de honderas, y que miraban un solo objetivo. ¡Era él!. ¿Podría ser cierto?. ¿No estaría aún en el viejo Espinillo?. No, todo estaba en verdad ocurriendo y él era el centro de la increíble escena. No pudo moverse; aquel vuelo que realizaba por instinto esta vez falló. Sus músculos no respondían aunque él lo hubiese querido; sus alas estaban tiesas de estupor. Tres piedras se impulsaron elásticamente y se dirigieron cual meteoritos, mortales y pesados hacia él, rompiendo el aire con aterrador silbido. Sólo una golpeó, secamente, en pleno pecho, pero bastó para despojarlo de la rama sobre la cual hacía unos instantes gozaba de vida... ¿La vida?. ¡Cierto, gozaba la vida!.
Sobre el polvoriento camino cayó. Sus plumas, humilladas, dejaban correr un hilo escarlata, mientras su pico intentaba cerrar la irreparable herida. Escuchando bestiales risas burlonas, el amanecer recordó... aquel sol, que todas y cada una de las mañanas nuevamente salía. ¡Y quizá para él!. Y el arroyo, que con su murmullo insaciable de vida todo lo daba y nada a cambio pedía. Y el cielo azul. Y el monte. Y las perlas de soles diminutos de las cuales jamás bebió. Y se lamentó. Y lloró, quizá por vez primera.
¡Mirlo, que de pecho erguido y garganta llena cantas a la vida!

Cántame de nuevo... y se durmió.

Para vos, Negro
Adriana Irene Pozzo




Dice la noticia formal que hoy murió Roberto Fontanarrosa, el humorista y escritor. Sin embargo el Renegau se ha retobado y sostiene que ha sido declarado Patrimonio de la Humanidad, motivo por el cual los secuaces de la globalización no le pueden tocar ni un rasgo puesto por su creador, pués seguirá con el impulso vital, urdiendo historias con Eulogia y Mendieta.
Si nos adherimos a la idea que tienen los pueblos originarios de América Latina del tiempo, los ancestros están presentes y los cuatro espacios del cosmos se sintetizan en uno, el presente.
Entonces digo que no hay lugar para el llanto, sino para festejar su pasión y su obra llena de historias y cuentos que están incorporadas al imaginario popular. Nuestra actitud hacia el Negro es un homenaje permanente a la vida.
Y su lugar tendrá el colorido de los cementerios del noroeste argentino, lo imagino con su impronta, y los personajes tejiendo historias nuevas a su alrededor llenos de la vida que los ha moldeado.



Desde el noroeste, el mejor rock
Eduardo Alberto Planas





En la madrugada del jueves, el local Captain Blue se llenó del mejor rock cordobés. Luego de los grupos soportes Coda y Los Rebentados de nuestra ciudad, tocó la banda Estación 69 de la ciudad de Cruz del Eje.
Al vertiginoso ritmo de covers de temas de Divididos, La Renga o Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota, los integrantes de esta muy buena banda cruzdelejeña, hicieron varios temas propios, lo que eran esperados con ansias por sus seguidores: los 69.
Lo destacable de la noche fue la nutrida concurrencia de fans de este grupo que colmaron el local, bailando y disfrutando cada tema de sus conjunto preferido. Parece que tienen incondicionales seguidores los muchachos, que ya sea en colectivo o a dedo viajaron e hicieron todo lo posible para decir presente junto a su banda.
Estación 69 con distinta integración, ya tiene un CD grabado hace unos años, con temas propios que hacen referencia a su vida y problemas como jóvenes del interior de la provincia. Esta era la segunda vez que tocaban en Córdoba.
En el último Festival Nacional del Olivo realizado en la ciudad del noroeste cordobés en febrero, tocaron y a pesar del mal tiempo sus fans no dejaban de pedirles temas, hasta las 6 de la mañana.
Aquí lamentablemente por disposiciones locales debieron terminar con su show a las 3, en tanto que la gente pedía más, siempre más. Un conjunto cordobés que hace rock y blues del mejor en Cruz del Eje, es realmente halagueño para todos. Una joven y prometedora banda de nuestra provincia.

En la foto: Alejandro Planas, guitarrista de la banda.


Amanece, que no es poco
Pablo Carrera




Es el título de una magnifica película española.
Y viene a cuento porque tampoco es poco el hecho de ir a comer a El gallego, como para quedarnos por las mismas latitudes. El viaje es hasta Río Ceballos (hagamos una y una, la vez pasada les dedique un local de Bº General Paz. Déjenme salirme del ejido un poco che). En la
avenida principal, en una esquina, se lo ve, bien señalizado, con un cartelón inmenso donde destacan los colores de la madre patria.
No se esperen San Honorato. Lejos de eso, es una cantina de las clásicas: paredes peinadas, columnas de piedra bola pintadas al aceite, lámparas de hierro forjado con mucho rulo, botellas en el mostrador (y algunas vestidas con fracs. Si, un espanto). Las gráficas parece que hace mucho que están, reseñan vistas de España. Y hay unos cuadros bastante feítos que contrastan con el almanaque de Cadena 3 que venía en La Voz del Interior (ese en el que
los locutores se colocaron de forma tal que armaban un arbolito de Navidad).
Pasada la primera impresión, nos sentamos, servilletas de papel (mmmm), dos personas atendiendo el salón (medio cortos de servicio, pero como es medio familiar la cosa, parece que está sujeta a los horarios de los parientes).
Y te lleva el mismo Gallego dueño la carta, en donde hay entradas, platos y postres nada pretenciosos, pero sublimes.
De entrada recomiendo las empanadas (fritas pero sin abusar), la lengua a la vinagreta (para nada ácida, un placer), la mayonesa de atún y el matambre.
Hay más, pero me gustaron mucho esas.
Platos principales. A ver, como empiezo. Imposible! ¡El estofado de conejo, la paella, el guiso de mondongo! El arroz con pollo, y, sobre todo, las pastas, todo imperdible. Las pastas son hechas ahí mismo (cuando vas al baño, hacia un costado se ve un pasillo donde está la sobadora enharinada).
¡Esos ravioles! hay un antes y un después! La salsa es justa, apropiada,
sin estridencias. Casera en una palabra. El guiso de mondongo es de los contundentes: chorizo colorado, garbanzos, patita, y unos condimentos que te hacen subir los colores.
Las porciones de todo, como buena cantina, son bastante generosas.
Me quedaron pendientes el razo (el Gallego me explicó que es una costeleta
de cerdo dorada en oliva, con cebolla, ajo, azafrán, pimentón y vino blanco)
y el cochinillo.
Los postres nada del otro mundo, pero ricos. Flan, tarantella, tiramisu, queso y dulce, helados, ensalada de fruta...
Carta de vinos escueta pero con algunas marcas confiables y aconsejables, como Norton o Trapiche.
Valores: acá la sorpresa. Lo mas caro de la carta es la paella para dos que
sale $ 43. Y el cochinillo $ 20. De ahí, todo de 15 para abajo. Y los postres, cifras de un sólo dígito.
O sea, para ir con la familia a pleno, que salen cebados y no se gastó mucho.
Recomendado para volver a salir en grupo y hacerse el héroe y decir "mozo pago yo", para comer sano y rememorar sabores antiguos (los ravioles, el guiso de arroz con pollo y el de mondongo son los que hacían las abuelas!), para dar una vuelta por Río Ceballos de paso y si quedan vivos y con ganas, rematar en la Vienesa que está a sólo una cuadra...
Lo mejor: los sabores bien caseros. Lo peor: en el baño seguimos con la toalla de tela que sacamos del placard de casa. Después de varios comensales, mmmmm

Restaurante El Gallego
Av. San Martín 5162
Río Ceballos // Córdoba


(No hay teléfono para reservar, recomiendo ir temprano porque se llena. Está abierto casi todos los días, mediodía y noche. La verdad, se me pasó preguntar que día está cerrado.)

En el corazón del Kollasuyu
Eduardo Planas




Fuimos al corazón del Kollasuyu. Recorriendo la inmensidad de sus valles, quebradas, conociendo la historia y su gente nos embargan sentimientos contradictorios. Por un lado, la magnificencia del paisaje, el permanente y límpido cielo azul, la imponencia y la variedad de sus cerros de colores y por el otro lado, la impotencia de ver como se destruyeron los pueblos originarios. Cuando el guía del Pucará de Tilcara hablaba lo hacía en presente. Descubrimos pues, que para ellos, sus ancestros, los antiguos siguen estando porque en su cosmovisión coexisten el pasado, el presente y el futuro; así como tampoco se rigen por el calendario gregoriano, sino el lunar, y por el ciclo de las estaciones; para ellos todo es cíclico. Tanto es así que luego de 500 años hablan que ahora se ha iniciado el del Retorno.
La Quebrada de Huamahuaca, declarada patrimonio de la Humanidad, ¿significa que evitará la voraz explotación minera contaminante que aparece como un peligro en todo el Noroeste de nuestro país? Por su parte los pueblos originarios la reivindican como su lugar aunque ellos tienen una visión distinta de la occidental respecto de la tierra, así como de la naturaleza y los animales. El hombre es un pedazo de tierra caminando, dicen. La tierra, la Pachamama es la que la brinda sus frutos, le permite sus cultivos, y tienen una relación de pertenencia con la misma, y no de posesión. Son hermanos de la naturaleza y los animales. Estas y muchas cosas más nos explicaron, como sus cuatro mundos, el significado de su bandera, la whipala, que tiene los colores del arco iris, pero esta dividida en 49 cuadraditos porque estos eran los pueblos que conformaban el Tahuantinsuyu, sus ritos y costumbres que hasta hace pocos años debían celebrarlos en forma oculta, clandestina, y recién ahora les han sido reconocidos en forma oficial por el gobierno argentino.



El Imperio Inca fue el estado prehispánico de mayor extensión en América, centrado en el actual Perú. Surgió a fines del siglo XII y en el momento de su mayor extensión, llegó a abarcar territorios desde el sur de Colombia, el Ecuador, pasando por los Andes y el altiplano de Perú y Bolivia, hasta Chile y el noroeste de la Argentina. Dichos territorios fueron cuna de diversas culturas preincaicas que fueron conquistadas y anexadas al territorio imperial.
Para una mejor organización política el Imperio Inca también llamado Tahuantinsuyo (que proviene de la frase quechua Tawantin Suyu (las cuatro regiones del Sol), estuvo conformado por cuatro suyus: Chinchaysuyo (Chinchay Suyu), ubicado al norte; Collasuyo (Qulla Suyu), ubicado al sur; Antisuyo (Anti Suyu), ubicado al este; y Contisuyo (Kunti Suyu), ubicado al oeste.
La capital del imperio era la ciudad del Cuzco, el ombligo del mundo.
Tras una época de expansión y gran apogeo, culminó con su desaparición gradual producto de la conquista española a principios del siglo XVI. El territorio imperial fue anexado a lo que sería el virreinato del Perú, inicialmente de mayor dimensión a la del imperio.


Collasuyo (quechua: Qulla Suyu, país colla ) o Kollasuyu, como a veces se escribe, fue el suyu más austral del Imperio Inca, el mayor de sus territorios.
Se extendía al sur del Cuzco, Perú, hasta las riberas del río Maule, al sur de la actual Santiago de Chile, y desde las costas del Pacífico hasta los llanos de Santiago del Estero, en la actual Argentina.
Llegada la invasión conquistadora española, los pueblos de la Quebrada de Huamahuaca, los maimará, los omaguacas, los tilcaras, y muchos más cuyos nombres dieron lugar a los pueblitos que actualmente se encuentran en la misma, habitantes del Kollasuyu, fueron sometidos a las instituciones de las mitas, encomiendas y yanaconazgos, que en definitiva significó que fueron esclavizados y los hombres trasladados para trabajar en las minas de Potosí, actual Bolivia, donde murieron. Pero en realidad siguen estando…





Boletín Literario Basta Ya! // nº 72 // Julio 2007 // Córdoba //
Equipo de trabajo
Director: Eduardo Planas
Consejo de Redacción: Adriana Pozzo, Mariana Montenegro, Pascual Rousse,
Jorge Luis Carranza, Hugo Conterno, Pablo Carrera, Caro Riachi
Colaboradores Permanentes: Raquel Martínez, José Luis Planas Osorio, Guillermo González
Colaboran en este número: Liliana Chávez
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