martes, junio 05, 2007

Boletín Literario nº 69






Hilary Hahn
Boletín Literario
BASTA YA!
AÑO 2 // Nº 69
Lunes, 4 de Junio de 2007

A veces // Jorge Carranza
No es que muera de amor, muero de ti // Jaime Sabines
Hablemos sobre cartas de amor // Liliana Chávez
El poeta del moño rojo // Eduardo Planas
Odisea del cangrejo // Julia Valle
Aglio e olio // Pablo Carrera
Descubriendo el amor // Leandro A. Oxandaburu
La navajita // Mónica Ferrero
Paz // Alfonsina Storni
Todo por un caño // Adriana Pozzo

A veces
Jorge Carranza

abajo del cielo, encima del mundo…”
(Silvio Rodríguez- “Mariposas”)

A veces el corazón
se parte de dolor
y padece el peso de mil exilios.

Pero amanece,
y antes que el sol,
asoman,
tozudos,
los sueños.

Se mueven,
aletean,
respiran,
laten,
y elevan el cuerpo
justo en el mismo instante
en que la aurora acerca los primeros pájaros.



No es que muera de amor, muero de ti
Jaime Sabines

No es que muera de amor, muero de ti
Muero de ti, amor, de amor de ti,
de urgencia mía de mi piel de ti,
de mi alma de ti y de mi boca
y del insoportable que yo soy sin ti.
Muero de ti y de mi, muero de ambos,
de nosotros, de ese,
desgarrado, partido,
me muero, te muero, lo morimos.
Morimos en mi cuarto en que estoy solo,
en mi cama en que faltas,
en la calle donde mi brazo va vacío,
en el cine y los parques, los tranvías,
los lugares donde mi hombro acostumbra tu cabeza
y mi mano tu mano
y todo yo te sé como yo mismo.
Morimos en el sitio que le he prestado al aire
para que estés fuera de mí,
y en el lugar en que el aire se acaba
cuando te echo mi piel encima
y nos conocemos en nosotros, separados del mundo,
dichosa, penetrada, y cierto , interminable.
Morimos, lo sabemos, lo ignoran, nos morimos
entre los dos, ahora, separados,
del uno al otro, diariamente,
cayéndonos en múltiples estatuas,
en gestos que no vemos,
en nuestras manos que nos necesitan.
Nos morimos, amor, muero en tu vientre
que no muerdo ni beso,
en tus muslos dulcísimos y vivos,
en tu carne sin fin, muero de máscaras,
de triángulos obscuros e incesantes.
Muero de mi cuerpo y de tu cuerpo,
de nuestra muerte, amor, muero, morimos.
En el pozo de amor a todas horas,
Inconsolable, a gritos,
dentro de mi, quiero decir, te llamo,
te llaman los que nacen, los que vienen
de atrás, de ti, los que a ti llegan.
Nos morimos, amor, y nada hacemos
sino morirnos más, hora tras hora,
y escribirnos y hablarnos y morirnos.




Este poema de Jaime Sabines pueden disfrutarlo, recitado por una joven española, de exquisita voz, llamada Malevolia acompañado de una suave melodía, en el siguiente sitio:
http://www.youtube.com/watch?v=Fg_zh7luJ-4.
Una belleza. Descubrí a ese poeta gracias a ella y a Misioletras.com, que publicó el video.
También pueden ingresar a su propio sitio: www.mivecinamartier.com

Eduardo Planas

Jaime Sabines
Poeta mexicano nacido en Tuxtla Gutiérrez, Chiapas; el 25 de marzo de 1926. Hijo de un libanés emigrado. Vivió alternativamente ahí y en la ciudad de México. Estudió medicina, pero abandonó estos estudios, posteriormente estudió letras en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), donde se licenció en Lengua y Literatura Española. En su juventud participó en programas de radio. Fue diputado federal por el estado de Chiapas de 1976 a 1979 y diputado en el Congreso de la Unión en 1988 por el Distrito Federal. Fue un poeta calificado como uno de los más importantes del país en el siglo XX. Falleció el 19 de marzo de 1999 en México, Distrito Federal, víctima de un cáncer a la edad de 72 años.
Sus poemas son viajes al fondo oscuro de las emociones, siempre con fuerza y siempre desgarradores. De su interior sacó poemas toscos y abruptos. A veces acertó y a veces no, pero cuando lo logró, sus poemas, hablan del amor o de la muerte del padre, tienen una fuerza y una tenacidad en donde el ritmo del lenguaje y la potencia de las expresiones dejan sin aliento al lector, seguro de haber tocado una verdad. Fue Premio Villaurrutia en 1973 y Premio Nacional de Literatura en 1983.
Sus libros son Horal (1950), La señal (1951), Adán y Eva (1952), Tarumba
(1956), Yuria (1967), Maltiempo (1972), Algo sobre la muerte del Mayor Sabines (1973) y Uno es el hombre (1990). Su obra está recopilada en Nuevo recuento de poemas (1977).


Hablemos sobre cartas de amor
Liliana Chávez

Algunos piensan que las cartas de amor son cursis y pasadas de moda y tal vez así sea. Sólo tal vez. Porque no se trata de simples manifestaciones individuales, sino que, muchas veces, constituyen documentos históricos y literarios que reflejan la época en que fueron escritas. Después de haber seleccionado estas historias pasadas que siguen fascinándonos en la actualidad me pregunto: ¿sabríamos sin ellas como sentía una mujer en la oscura Edad Media cuando la enorme mayoría de las mujeres vivía sumida en la ignorancia?
¿Podríamos imaginarnos a Napoleón, severo y ascético, capaz de mostrarse como apasionado amante? Seguramente no.
Y hay cartas sin un destinatario determinado que involucran el corazón de millones de personas, como la de Neruda con su poema en prosa UN AMOR, que puede considerarse una nostálgica y apasionada carta destinada a La Mujer. Todas, de una u otra forma, tienen un contenido social y psicológico que interesa a todos.

Abelardo y Eloísa, un amor del siglo XI

Abelardo, filósofo y teólogo, enseñaba en Paris. Ella era apenas una adolescente cuando el la descubrió y quedó prendado de su belleza y de su inteligencia. Para poder seducirla, consiguió que el tío de la joven, canónigo de la catedral, lo alojara en la casa donde vivía con su sobrina, huérfana de padres. Vivieron un amor apasionado.
Cuando el canónigo supo que Eloisa estaba embarazada, su indignación no tuvo límites. Abelardo debió llevarla a casa de una hermana suya en Bretaña y luego convencerla de que, para su protección, ingresara a un convento hasta que el bebé naciera. Su amor era tan grande que decidieron contraer matrimonio en secreto.
La tragedia se desencadenó cuando el tío de la joven, sediento de venganza, mandó castrar a Abelardo. Entonces, tanto él como ella ingresaron a distintos monasterios, tomando los hábitos. Nunca pudieron, pese a todo, dejar de escribirse.
En sus cartas, Eloísa expresa toda la fuerza de su amor humano y Abelardo, mutilado, intenta canalizar su amor hacia lo divino. Ella le respondía con frases apasionada como éstas: “He tenido más miedo de encolerizarte a ti que a Dios. Es a ti a quien trato de agradar...no a Él”
Ese amor, físicamente imposible, perduró hasta el fin de sus días, cuando la muerte logró unirlos. Hoy yacen juntos en un cementerio de Paris.

Carta de Eloísa a su amado

Sí, Abelardo, yo invoco tu nombre para soportar estas cadenas, para disminuir su peso y hacerlas tan agradables como desearía que fuesen. Enséñame las máximas del amor divino. Desde que me abandonaste, mi gloria es estar casada con el paraíso. Mi corazón adora ese título y desdeña todos los demás. Dime de qué se nutre el amor divino, cómo funciona, cómo se purifica.
Cuando estábamos lanzados al océano del mundo sólo oíamos tus versos, que publicaban en todos los lugares nuestra alegría y nuestros placeres. Ahora estamos en un estado de gracia. ¿No es justo acaso que tú discurras sobre esa felicidad y al mismo tiempo me enseñes como aumentarla, cómo volverla más elevada?. Ahora que no estamos más en el mundo, muéstrame la misma complacencia que me mostrabas cuando estábamos en él. Sin cambiar el ardor de nuestro afecto cambiemos su objetivo: abandonemos las canciones, cantemos himnos, elevemos nuestros corazones a Dios.
No puedes recusar eso. Dios tiene un derecho distinto en relación al corazón de los grandes hombres, los arrebata y no permite que ellos hablen o respiren, siempre que no sea para Su mayor gloria. Hasta que ese momento de gracia llegue, oh, piensa en mí, no te olvides. Acuérdate de mi amor, de mi fidelidad, de mi constancia; ámame como tu amante, acaríciame como tu hija, tu hermana, tu mujer. Considera que yo todavía te amo y que todavía lucho para evitar el amor. ¡Qué palabra ésta, qué designio éste! Tiemblo de horror, mi corazón se rebela contra lo que digo. Mancharé todo el papel con lágrimas...
Termino esta carta deseándote, si tu puedes desear que así sea ( a mí me gustaría poder), que sea éste un adiós para siempre.

Napoleón y Josefina – Un amor del Siglo XVIII

Napoleón Bonaparte era sólo un oficial del ejército francés cuando conoció a Josefina, en 1794. Ella, oriunda de la Martinica, era viuda y muy conocida en la sociedad parisiense. Se casaron días antes de que Napoleón iniciara la campaña de Italia. Bonaparte escribió muchas cartas a su mujer, ansiosas, salvajes y apasionadas. Pero ella, raramente respondía. Recién lo amó cuando él fue Emperador... y cuando la repudió para casarse con María Luisa de Austria.

Carta de Napoleón a Josefina, fecha el 29 de diciembre de 1795.

Me desperté todo lleno de ti. Tu imagen y los inmensos placeres de la noche pasada no me dejaron descansar.
Dulce e inigualable Josefina: ¿de qué extraña manera te haces presente en mi corazón? ¿Me tienes rabia? ¿Estás triste?
Mi alma está desgarrada de dolor y mi amor hacia ti me impide el reposo. ¿Cómo podría descansar cuando me entrego a los sentimientos que dominan lo más profundo de mi ser, cuando me entrego a pensar en tus labios y tu corazón? ¡Sí! Una noche me ha enseñado cuán mínimo es tu retrato comparado contigo.
Tres horas después del mediodía estaré junto a ti. Hasta entonces millares de besos, mi dulce amor. Pero no me devuelvas ninguno, porque tus besos encienden fuego en mi sangre


Un amor

Por ti junto a los jardines recién florecidos me
duelen los perfumes de la primavera.
He olvidado tu rostro, no recuerdo tus manos.
¿Cómo besaban tus labios?
Por ti amo las blancas estatuas dormidas en
los parques, las blancas estatuas que no tiene
voz ni mirada.
He olvidado tu voz, tu voz alegre, he olvidado
tus ojos.
Como una flor a su perfume, estoy atado a tu
recuerdo impreciso.
Estoy cerca del dolor como una herida, si me
tocas me dañarás irremediablemente.
Tus caricias me envuelven como las enredaderas
a los muros sombríos.
He olvidado tu amor y sin embargo te adivino
detrás de todas las ventanas.
Por ti me duelen los pesados perfumes del estío;
por ti vuelvo a acechar los signos que precipitan
los deseos, las estrellas en fuga, los objetos
que caen.

Pablo Neruda // De Obras Completas // Tomo III // Editorial Lozada


El poeta del moño rojo
Eduardo Planas

Así rezaba su tarjeta de presentación. Si existió en el foro cordobés un personaje, ese fue Jorge A. Ferro, el poeta del moño rojo. Entrerriano de nacimiento, compartió de estudiante penurias y alegrías con quienes hoy son altos funcionarios del Poder Judicial o prestigiosos abogados de foro local.

Lo recuerdo vestido de riguroso traje blanco, con su infaltable moño rojo y una flor de idéntico color en la solapa. A veces, más discreto, vestía un elegante ambo turquesa. Quiso ser -y lo fue- excéntrico e irreverente, un personaje de aquellos, que rompió con la rutina en los pasillos tribunalicios.

Tanto para magistrados como colegas, Ferro fue un hombre con código, un tipo de los de antes.

Famosas eran sus reuniones, donde participaban artistas de la farándula cordobesa. Los memoriosos recuerdan que consagrados cantantes de tangos y anónimos talentosos, pasaron por el escenario improvisado de su casa o del club privado en donde hacía las veces de anfitrión y showman.

Se podrían dar a conocer miles de anécdotas. Posiblemente las más jugosas estén testimoniadas en los varios libros sobre casos policiales que escribió, todos verídicos donde había intervenido que modelaba a su antojo para hacerlos truculentos y sangrientos, convirtiéndolos en una especie de pulp fiction local.
Se vanagloriaba de haber efectuado el alegato más corto de toda la historia del foro cordobés contando que en una audiencia de debate, luego de la palabra del Fiscal, dijo: “Adhiérome”, sentando con eso un precedente singular; o cuando los hacía en perfectos sonetos.

Dicen que fue el verdadero inventor del juicio abreviado y del breve.
Publicó un aviso clasificado donde ofrecía sus servicios como profesor de sexo y luego editó un libro con el anecdotario que en bandeja le aportaron las pretendidas alumnas.

Nunca se lo supo involucrado en nada raro, ni sospechado en alguna corruptela, que aunque muchos nieguen, las hubo..
Sucumbió -eso sí- a todas las tentaciones o placeres mundanos: mujeres, alcohol, faso, la timba, etc. Pero con igual ímpetu amaba su tierra natal, la pesca, el derecho, los amigos, y a su madre, por encima de todo.
No importa el tiempo, se lo extraña. Tribunales ha cambiado, todos tratan de amoldarse a estos ¿mejores? nuevos tiempos, mientras los más nostalgiosos, entre los que me incluyo, seguiremos riendo de las ocurrencias de aquel personaje que, al menos, desacartonaba con su humor.
Quizá, sin darse cuenta, Ferro trataba de mostrarnos el otro lado del espejo y enseñarnos que la verdadera vida está en otra parte.


Odisea del cangrejo
Julia Valle

Una mujer desaparece en las inmediaciones de San Tito. El juez Alejandro Barón Roca tenía una cita con ella, sin embargo no investiga su desaparición. Para él y los personajes que lo rodean, ´´la trampa´´ es la más sabrosa de las sales de la vida. Militante de izquierda en los años 70, frecuentador de prostíbulos, cazador de carpinchos y gran pescador, yace inmovilizado en la sala de terapia intensiva. No sabe cómo llegó hasta allí, aunque da por sentado que lo balearon por la espalda.
La memoria del protagonista deambula entre problemas familiares, grandes borracheras, excesos gastronómicos y sexuales y su responsabilidad profesional y paterna.
Con el trasfondo descarnado del mundo judicial, Odisea del cangrejo, primera finalista del Premio Planeta 2004, es una historia policial dura y atrapante, cuya magistral tensión narrativa mantiene en vilo al lector hasta la última página
”, reza la solapa de este apasionante libro.
Fernando López utiliza un lenguaje realista y duro, insoslayable porque es el de uso común, y si bien a algunos ciertos términos le pueden parecer procaces, estimo que no es así.
Desde mi humilde punto de vista, algunos momentos que por su carácter de “íntimos” uno quisiera que sigan siéndolo. ¿Pacatería? ¿Moralista? ¡Nó!, simplemente sutil, porque morbosidad es escarbar sobre cosas u hechos que se dan por entendido y que abunda por estos tiempos de tanta mediocridad realmente enfermiza. Aquí lo que hay es un lenguaje directo, común, el que habla la gente, aunque sí –pienso un poco “machista”. Es un excelente policial novelado, que mantiene expectante al lector esperando el desenlace.

Fernando López, nació en San Francisco (Córdoba), en 1948. Es abogado, magistrado judicial retirado. Ha publicado El mejor enemigo (novela), tres ediciones, 1984, 1986 y 1998, Premio Latinoamericano de Narrativa Colima, México 1984); Arde aún sobre los años ( novela tres ediciones, 1985, 1986, Alemania, 1989, con el título de Die Jahre Brennen Noch, nominada por Raymond Leslie Williams como uno de los “Libros del Año”, en la actualización de la Enciclopedia Británica Inc.,Premio Casa de las Américas, Cuba 1985, reeditada este año 200,donde trata la temática de Malvinas), El ganso parlante (cuentos, 1987), La noche de Santa Ana ( cuentos, 1992); Duende al alba (cuentos, 1995), El enigma del ángel ( novela, 1998), y La sombra del agua ( novela, 2004). La Odisea del cangrejo es su último libro, Ed.Planeta, 2005.


Aglio e olio
Pablo Carrera

Alguna vez un matutino provincial mando reseña sobre un local explorado por el que suscribe, esta vez me tocó a mí seguir los pasos del degustador de dicho diario. Y así fue que partí el viernes a la noche a Tomasino, Cucina Italiana, sito en la esquina de calle Brasil con Av. Vélez Sarsfield (ahí sobre el límite de Nva. Cba).

El local es, al ojo, un espanto. Ultra chiquito el espacio, con más mesas que las que las dimensiones toleran. Encima se debe lidiar con el set veraniego: sombrillas, mesas y sillas plegables, todo para la vereda, que se amontona donde quepa entre las paredes y los codos de los comensales. Televisor en una esquina cuya programación salta del Animal Planet hasta que cae en lo morbo, a algún canal que repite los partidos de la Copa Europea. Barra con millones de cosas encima (desde marmitas para fondues que supongo aplicaran para bagna cauda, hasta máquina de café).

La música de fondo. Mucho Ray Connif y un repertorio de temas italianos (clásicos y modernos) bajados del emule o del ares por un entendedor, con versiones insólitas como para despistar, porque a las voces no las reconoces fácilmente (vamos desde el Grande, grande, grande al Torna a Sorrento, pasando por Ciao bambino y Come prima).

El dueño es italiano, y está en peores condiciones de adaptación que Anamá Ferreyra: directamente no habla castellano. Llamé para reservar y se ve que me entendía, porque yo le hablaba en la lengua de Cervantes y el me contestaba en la del Dante. Pero algo se cruzó entre las culturas, porque me tomó mal nota del horario de la reserva y cuando llegué hacía una hora que había caducado. Arreglado ese asunto, pasemos a la mesa. Los manteles claman a grito pelado una visita al Laverap. No parece que los cambien cuando se va un comensal y se sienta otro. Servilletas: de papel.

El servicio se monta cuando llega la comida. Hasta ese momento, solamente gozas de los vasos y la bebida (escueta carta de líquidos elementos). La moza, más voluntad que arte. No sabe qué es la salsa vóngole, a pesar de que figura en el menú. Hablando del ídem, tengo que decir que es demasiado ambicioso: el ochenta por ciento de las cosas que figuran, no las tienen o tenés que encargarlas con tiempo (cuando llamás, tenés que inspirarte en lo que vas a comer para que esté listo a tu arribo). Así, fideos rellenos, sorrentinos, ravioles, noquis y tallarines, cohabitan con lomos, supremas, milanesas y pizzas. El viernes cuando fui, no tenían ni supremas, ni pizzas (se les había acabado la muzza, ¿pueden cree? Es como ir a Bonafide y ¡que no tengan chocolate!!) ni pastas rellenas. Únicamente podías comer ravioles. Nada del otro mundo. La salsa, no es de las mejores que probé. De hecho, recomiendo llevar escafandra: los ravioles se sumergen en tanto líquido que llena el plato.

Si estaban ricas las tapas de entrada: en pan de pizza, cortado en tiras, unos mejillones con un poco de oliva y perejil.

Como la cosa es probar pizzas, no quería quedarme en la anécdota (y ya el Pelado me viene aguantando hace dos semanas con la promesa de reseña), así que volví el sábado a la noche. Insistente el vago. Con más acompañantes, con reserva y adelanto de lo que queríamos comer, llegamos. Las condiciones arriba reseñadas, se repiten en la ocasión. Así que se ve que así es la cosa.

Debo decir que las pizzas son exquisitas. Muy, pero muy ricas. Masa crocante por abajo, mas ligera por arriba. Me hizo acordar a la tortilla al rescoldo (¿la tienen?). Probamos varias: una con berenjenas y huevo, otra de cebolla (la clásica Fugazza), una que trae un combo de varias, que se llama 4 estaciones. Todas muy ricas. Lo único: todas llevan TONELADAS de ajo. No sé, atento a la poca experiencia con el local, si se puede omitir el ídem. Supongo que sí, rogándole al tano (que cuando nos fuimos vimos que estaba sólo en la cocina) que se contenga. Y ahí uno podría apreciar un poco más los sabores de cada variedad. De hecho, tuvimos que pedir unos granos de café para masticar así sacábamos un poco el hedor a ajos de nuestras bocas.
Postres: comunes y corrientes. Me causó simpatía ver que se ofrecen bananas con dulce de leche. Mi hermana fue la única que comió algo: un flancito que, según ella, no tenía nada de memorable.

Los precios son tranquilos. Está la opción que recomiendo, siempre y cuando vayan a por las pizzas, de pedir las de cuatro porciones, así se puede navegar por más variedades. Las gaseosas vienen individuales y familiares. El pan es exquisito: obviamente, es de pizza, con romero, traen la panera junto con una botella de aceite de oliva para remojar. Un placer. Como dije antes, vi que el cocinero, el tano que atiende el phono, supongo, el dueño del nombre del local, está sólo en la cocina (se puede apreciar sobre calle Brasil la ventana de la misma). Ello redunda en la demora de los platos en salir y en la negativa a preparar nada muy elaborado salvo reserva previa (cosa que se debería advertir en la misma carta, para no ilusionarse al cuete uno).

O sea: si se banca ser mal atendido, estar apretado, con una música que hace abnegar de su nacionalidad al mismísimo Pavarotti y el ajo, la alternativa de pizzas de Tomasino es de las más ponderables del área urbana. Prueben y me cuentan.


Tomasino - Cucina italiana
Brasil 196/200 (esq. Vélez Sársfield), Bº Nueva Córdoba
Reservas: 4604681 (con traductor incorporado para evitar malentendidos)


Boletín Literario Basta Ya! // nº 69 // Córdoba // Junio de 2007
Staff:
Director: Eduardo Planas
Consejo de Redacción: Adriana Pozzo, Mariana Montenegro, Pascual Rousse,
Jorge Luis Carranza, Hugo Conterno, Pablo Carrera. Caro Riachi (corresponsal en Oñati)
Colaboradores Permanentes: Raquel Martínez, José Luis Planas Osorio, Guillermo González
Colaboran en este número: Liliana Chávez, Leandro A. Oxandaburu, Mónica Ferrero, Erica Coronel
Los artículos firmados no reflejan necesariamente la opinión del Basta Ya!
Este boletín se edita Quincenalmente y circula bajo Licencia Copyleft. Puede difundirse siempre que se mencione el autor y la fuente.
Web-blog: boletínliterariobastaya.blogspot.com
Suscripciones: email: eduardoplanas2001@hotmail.com

“La tarea de ablandar el ladrillo…”
Julio Cortázar


Descubriendo el amor
Leandro A. Oxandaburu

Así como el sol entra en el día
así, simplemente, entraste a mi vida,
junto a la duda, el amor y la alegría
sin darme cuenta me envolvían.


No quise admitirlo, lo reconozco
te pido perdón arrepentido
perdón, porque dudé de tu cariño
perdón, por mis temores y mis locuras.

Comprende que tu pena fue mi pena
al verte sufrir fue mi agonía,
¿acaso al irte de mi lado, acongojada,
a mí corazón llorar, no presentías?

Más fue necesario ese pasado doloroso
para que la fuerza del amor se demostrara;
yo intentaré que mis besos borren
toda huella que el dolor provocara.

Poema de Leandro A.Oxandaburu publicado en el libro Volviendo sobre mis pasos, Ed. Gráficas La Solapa.
Como dice Lucila Vitale, Presidente de Asociación Cultural La Solapa, en la contratapa: “Caminar sobre sus pasos a todo escritor le cuesta llanto, por lo general, más en el caso de Leandro nos trae alegría. ¿Por qué? Porque su mundo es como la caja de Pandora que suelta al viento todos los dolores y deja dentro de ella lo más hermoso que el alma humana tiene: la esperanza”. Es un placer caminar por el subsuelo del Palacio de Justicia y encontrar en la sonrisa de Leandro la esperanza de un ser enamorado de la vida, de la justicia, de la igualdad y porque no decirlo, de la alegría futbolera de la Veinticinco.
Obras publicadas: Sentimientos, Navegante de sueños, Simplemente Poesía. El alba en la noche.

Adriana Pozzo



La navajita
Mónica Ferrero

Antes de probar el jayuyo que aromaba la cocina sobre el mantel de cuadritos verdes y blancos, con su escarcha de azúcar que se disolvía en la lengua como, bajo el sol, los cristalitos que colgaban de los pinos, las mujeres mandaban saludar al abuelo que reposaba en la cama los privilegios de una jubilación demasiado temprana y un carácter de mil diablos, entre la pila de libros comprados por kilo y la radio en que tenores de bigote engomado paladeaban melodramones insoportables. Pero no se podía atravesar el pasillo, en que la pintura detonante - calipso, azul francia, verde carioca- dejaba lamparones derrotados en las paredes y montoncitos de polvo colorinche contra los zócalos, sin primero refregarse los dientes con Colgate hasta quitarse hasta el último rastro de caramelo, porque la ética-odontológica del abuelo prohibía terminantemente las lamidas, masticaciones o degluciones de golosina alguna que hiciera la vida más dulce. En la travesía por el desierto, Dios sólo permitía el maná de la galleta marinera con una untada rasa de miel. Después, había que sentarse muy derecho en el borde de la silla y acertar el título de la ópera y el nombre de los intérpretes de la última audición por Radio Nacional, antes de que empezara a los gritos a achacar responsabilidades a la abuela.
Pero estaba también la navajita: cimitarra diminuta con incrustaciones de nácar, en que la pérdida de la planchita del medio y la mutilación del tornillito dorado que la había sostenido, me la hacía todavía más valiosa, por indigente, por lacerada. Desde las épocas del lejano Politécnico en Torino en que los cálculos entraban a punterazos en las palmas abiertas, con la navajita, el abuelo afilaba la punta cuidadosamente de los lápices de grafito para trazar mapas impecables con el triangulito desvalido de América del sur, cayéndose del mapa imperialista y los de colores Staedler, regalo de Navidad para las nenas rubias que habían conquistado el Primer Premio de Religión. En reposo, la navajita descansaba sobre el estante del ropero de tres cuerpos, entre el alicate de disciplinar las uñas y la máquina de cortar al ras las pelusas de la nuca que la mami manejaba con perfección de primogénita.

A las cinco de la tarde, cuando conseguía despertarse de la noche postergada de sus diez horas al volante de un taxi, Enrique llegaba a casa a estudiar Derecho Constitucional, hasta las 11 y de nuevo al taxi, para volver alguna vez con un título a Huaco, donde lo esperaban madre, mujer y dos hijos chicos. Armaba el mate amargo, el cigarrito con papel de liar y ponía en el tocadiscos algo de Buenaventura Luna o Falú y yo leía y leía, casi sin comentarios personales, mientras él hacía girar la navajita con incrustaciones de nácar sobre la mesa y decía “como la rueda de la fortuna de las kermeses de mi pueblo; hoy, la aguja me señala a mí. Suerte, para mí!”. Habíamos estado viendo las reformas constitucionales en el país y yo trataba de encontrar en los apuntes y los libros algo que justificara la desaparición total de las referencias a la del ´49, machacándole una y otra vez que él, como peronista tenía que saber algo. Harto, Enrique habló, como nunca antes, con un bocado de dolor en la garganta que no bajaba el mate amargo, del asesinato de su padre, dirigente sindical telefónico, arrancado de una asamblea obrera multitudinaria y aparecido muchos días después de que la madre recorriera comisarías y regimientos y juzgados, tirado en una cuneta, con la espalda acribillada a balazos y sobre la cara desfigurada a culatazos, su carnet de peronista. Después, del terror de la madre que arrastró a la familia a la finquita miserable del pueblito perdido. “Me voy”, anunció de golpe y volteando la silla, abandonó sobre la mesa los apuntes abiertos y la navajita señalándole un destino que los Olimareños en el tocadiscos cantaban aciago. No volvió a la Facultad y mucho tiempo más tarde, ante mi insistencia, un amigo común me susurró que, en la madrugada, varios autos oscuros sin patente habían cerrado el Pasaje de B° Güemes y allanado la pensión en que vivía con dos sanjuaninos más y entre gritos, patadas y culatazos, se habían llevado a Enrique, casi desnudo, que, al salir de casa, había resuelto que por esa noche no iba a trabajar.

Cuando enterramos al abuelo después de meses y meses de un cáncer que arrasó su tiesura prepotente de Duce junto con la dentadura perfecta de vegetariano converso, no quise ni su juego de living con vidrios biselados, ni su reloj de plata fina para colgar del bolsillo, ni siquiera su colección de sombreros ingleses… sólo la navajita baldada que reposa en los estantes de mi biblioteca, entre El Capital, Cien años de soledad y los quinientos cds -tango, folklore, gospel, también ópera- ahora, cuando desde mis casi cincuenta años sube un desaliento de patrias erráticas y sábanas traicionadas y fortunas malversadas por los manuscritos a lápiz de mi cuarta novela que tampoco nadie va a leer. Y, por primera vez, en media vida de rencor, sube también la pregunta sobre qué desaliento pariente del mío pudo tirarlo a la cama, entre la pila de libros indiferentes y los tenores excesivos, a esperar como lo único que puede esperarse de un destino filoso y torcido como una cimitarra el saludo de compromiso de los herederos forzados.

Entre los anaqueles de mi biblioteca, reposa la navajita heredada para dar cuenta de que llevo también por los canalitos de mi sangre diluida y parda de argentina, su pasión por los libros y la música infinitos.



Alfonsina Storni

Nació en Capriasca, Suiza, el 28 de mayo de 1892, pero desde los cuatro años fue llevada a Argentina, país que la acogió con su nacionalidad.
Desde muy niña empezó a trabajar como maestra, haciendo sus primeros pinos como poetisa bajo el pseudónimo de TaoLao.
Obtuvo importantes premios literarios que la hicieron conocer ampliamente en todos los países latinoamericanos, destacándose entre sus obras, «Languidez»,
«El dulce daño» y «La inquietud del rosal».
Falleció el 25 de octubre de 1938.

PAZ

VAMOS hacia los árboles... El sueño
Se hará en nosotros por virtud celeste.
Vamos hacia los árboles; la noche
Nos será blanda, la tristeza leve.

Vamos hacia los árboles, el alma
Adormecida de perfume agreste.
Pero calla, no hables, sé piadoso;
No despiertes los pájaros que duermen.



Todo por un caño
Adriana Pozzo

La Convención sobre los Derechos del Niño establece en el art. 17 la importante función que desempeñan los medios de comunicación, que tienen por finalidad promover el bienestar social, espiritual, moral, y la salud física y mental de los mismos.
Asimismo la Ley de Protección al Menor prescribe que en ningún caso podrán emitirse programas calificados por autoridad competente como prohibidos para menores de 18 años en el horario de protección al menor esto es hasta las veintidos horas.
El tema es que el programa que conduce Marcelo Tinelli en el segmento Bailando por un sueño, en la noche del martes reprodujo imágenes del baile del caño en la que una de sus participantes quedó semidesnuda, con una actitud altamente erótica.
El detalle es que en el estudio de Ideas del Sur la escena fue presenciada por más de 100 niños entre tres y diez años.
El Comité Federal de Radiodifusión –Comfer- aplicó sanciones al programa mencionado y a todos los programas que repitieron el baile del caño.
En la ciudad de Córdoba, puede presenciarse el baile del caño en un boliche nocturno destinado únicamente a adultos, y en el que generalmente se hacen despedidas de soltera o soltero, como así también se festeja la sentencia de divorcio, o simplemente concurren adultos a quienes les agrada la programación .
El adulto puede elegir los lugares de recreación nocturna, como sus prácticas sexuales en la vida privada.

En el caso de los niños la mirada es totalmente diferente, pues se encuentran en pleno proceso de la formación de su personalidad. Si los modelos para referenciarse convocan a la instalación de un caño en cada cocina, comedor, living o patio de la casa, debemos ser cuidadosos en la interpretación que le dan los niños, que pueden querer llevar a cabo la práctica como un juego.
Otra cosa es la actividad deportiva que conlleva la destreza y la armonización corporal.

Los niños pasan muchas horas frente al televisor y no siempre existe el criterio adulto de cambiar de canal o explicarles cuál es el programa adecuado que les va a dejar un aprendizaje que luego podrán compartir con sus pares.

Los párvulos son el presente y también el futuro junto a sus padres, abuelos o el adulto que se encargue de su educación; entonces existe un marco legal, pero también el sentido común para evitar que el centro de vida se convierta en pornografía y en la entrada a un sub mundo al cual todavía los locos bajitos no sacaron entrada. Como adultos nuestra función es recrear la risa, jugar con nuestros hijos, hacerles cosquillas, estimularlos en forma sana y con un mensaje claro.

1 comentario:

edu m dijo...

el poema de jaime sabine me llego muy fuerte adentro. hermoso