jueves, mayo 03, 2007

EL VIEJO OESTERHELD


Mempo Giardinelli
El viejo Oesterheld
(Nada que decir, nada que negociar)


Relato esto, hoy, primero de febrero de 1979, sabiendo que lo que escribo puede tener dos destinos; o alguna vez el viejo Héctor lo leerá, con su mirada clara y acaso sonriendo, para reconvenirme que estuve mal informado, que me equivoqué en ciertos detalles; o no lo sabrá jamás porque está muerto.Me aferraré a la primera posibilidad.
Es necesario que mantenga izada la esperanza, que las ilusiones sean capaces de horadar cualquier desaliento, que yo inaugure a cada palabra una fe nueva para imaginarlo vivo, entero, jodón como siempre.
Las versiones son contradictorias: hace dos años, los primeros informes que tuve fueron duros de asimilar:
Lo declaraban muerto y hubo quien dijo que en un enfrentamiento; otra versión aseguró que lo había entregado un delator; una tercera no especificaba detalles pero lo daba como desaparecido; ³ nunca más se supo² y uno ya está advertido de que esa fórmula, en mi país, quiere decir que se sabe perfectamente.No podría afirmar que he llorado, porque nosotros ya no lloramos a los muertos.
Tampoco se los reemplaza como jurábamos en las viejas consignas, simplemente se los guarda en la memoria, se los acumula en la cuenta que algún día nos pagarán y se sigue adelante.
Pero sí lo evoqué largamente.
Su imagen bonachona pareció revivir, entonces, y sus ojos grises, sus mofletes gordos y hasta sus enormes manos de carpintero jubilado se me hicieron tangibles como en cada reunión política, cuando las cruzaba sobre la mesa, escuchando atentamente, y solo las separaba si alguno le preguntaba sus opiniones.
Porque nunca hablaba si no para responder preguntas.
Jamás nadie se lo dijo, pero no entendíamos esa actitud suya, que no era de recelo ni de desconfianza, sino de hombre sabio. Solo que nosotros, jóvenes e impetuosos entonces no éramos capaces de comprender la sabiduría. Y así nos fue..La vez que se incorporó al grupo, todos lo miramos con prevenciones. En primer lugar porque nos triplicaba en edad. Ana juraba que debía tener más de 60 años. Luis, más benévolo lo hacía cincuentón. Y Rosita fue la que expresó lo que todos sentíamos: esa desconfianza o por la fama que traía, porque todos lo conocíamos desde niños, todos habíamos leído infinidad de veces el nombre y apellido del viejo Héctor en loas revistas de historietas.
Todos habíamos sido atrapados por la fantástica odisea de ³Los Eternautas², habíamos luchado junto al sargento Kirk alguna vez, o compartido las aventuras de Ticonderoga, de la Brigada Madelaine, o entusiasmado con las narraciones de Ernie Pike, el corresponsal de guerra, o sufrido con el patético relato de Mort Cinder. Eramos, ciertamente, una generación hija de las revistas Fantasía, D´Artagnan, Intervalo, El Tony.
Además, él, era el primero y único tipo famoso que se incorporaba al grupo. Y la fama resulta sospechosa para los jóvenes que se sienten revolucionarios.Por cierto, yo no puedo hacer su biografía, que por otra parte, sólo conozco en porciones. Diré, no más, que no me gustó al comienzo, su apellido alemán, quizás porque le atribuí una injusta connotación nazi. Y porque yo siempre desconfiaba de los alemanes.
Pero enseguida me cautivó su modo de ser tan italiano, tan afectivo, tan cálido y firme como una luna de enero sobre Buenos Airees.
Al cabo de tres o cuatro reuniones, supe porqué lo quería; porque encarnaba la imagen de mi padre, ese sujeto también mofletudo y de ojos grises que casi no conocí y que, por entonces, hubiera tenido aproximadamente la edad del viejo Héctor.Aunque el jamás lo hubiese admitido, sospecho que sabía que llegó a ser una mascota para el grupo; que representaba una especie de símbolo, de espejo que todos deseábamos conservar para cuando tuviéramos su edad.
Era un afecto que el nos retribuía gentilmente, cuando nos comparaba con sus hijas, de quienes hablaba con orgullo, porque las cuatro -como sus cuatro yernos - eran militantes.¡Cuantas fantasías elaboramos alrededor del pobre viejo!
Que su silencio, que era apenas perceptible, suave como una brisa suave, discreto como el respirar de un niño que duerme, ni alentaba ni desalentaba.
Su empecinada modestia y ese cierto fastidio que le provocaba hablar de sí mismo, nos impulsaban a hacer averiguaciones.
Así supimos que venía del pecé, que era militante desde hacía un montón de años y que lo había seducido la furia revolucionaria de la juventud peronista, quizá porque , como una vez declaró, bajando la vista, acaso ruborizado, finalmente veía, a sus años, una revolución posible, cercana, casi palpable.
Esa vez lo acusamos de triunfalista y nos reímos porque estaba de moda hablar de la ³guerra prolongada¹ y el Inglés, nuestro responsable, dijo que después de todo no sería tan prolongada para el que no la viese. Pobre Inglés.Yo guardo para mí pocas fortunas, pero una de ellas es la de haber conocido su casa - cuya dirección daba a muy poca gente- y haber tomado unos mates una tarde de septiembre, escuchando el paso del tren suburbano cada tanto, cuyo transitar nos obligaba a pausas en el diálogo, como hacen los viejos, solo que entonces yo era demasiado joven.
Recuerdo que yo insistí para que me hablara de él, y me contó como trabajaba, describió su manera de andar siempre hablándole a esa pequeña grabadora portátil en la que parloteaba sus ideas, delineaba los personajes de las historietas, proponía imágenes para que los mejores dibujantes del país las plasmaran sobre los cuadritos de las revistas.Recuerdo que reconocí un cierto rencor cuando me habló de ese italiano famoso que le robó la paternidad del Sargento Kirk, así como compartí su aprecio por Alberto Breccia, o por Ongaro, por quienes el llamaba ³los muchachos¹, esa pléyade de dibujantes que había llevado ala editorial Abril en los años cincuenta cuando fue el iniciador de la época de oro de la historieta en Argentina. Creo que en algún momento le pregunté la edad . ¿Tenía entonces sesenta y dos años, como me parece? No lo sé bien, pero sé que le pregunté porqué militaba a su edad y con su fama. Me miró como pidiéndome disculpas, cebó un mate. Y dijo, con una naturalidad que ahora me emociona evocar: ³ y qué otra cosa puedo hacer? ¿Acaso no somos todos responsables de la misma tarea de mejorar la vida? Yo solo se que el peronismo es un trabajo y que hay que hacerlo ²,Y se dio vuelta y me mostró unos viejos ejemplares de HORA CERO y luego empezó a hablar de como se le ocurría ambientar a Mort Cinder en una casa de Beccar, que era exactamente la misma en que estábamos y que él habitaba desde hacía mucho tiempo.
Me llevó a su patio, de malezas crecidas, con esos rosales que daban pena de tan mustios y enseguida se justificó diciendo que no tenía tiempo para ocuparse de ciertas cosas, que era muy desordenado.
Y cebó otro mate.Se que la nostalgia, después de varios años, me leva a sublimar algunos detalles, y que no hay que confiar demasiado en este tipo de recuerdos, pues uno está muy expuesto a que el amor traicione a la memoria.
Todavía puedo mencionar, pequeños, difusos paisajes, datos sueltos que retengo, como su puntualidad admirable que garantizaba que ninguna reunión comenzara sin su presencia.
Era una manera del respeto, una responsabilidad que nos imponía sin querer (o acaso era un estilo de demanda, quien sabe). Y así, el más mínimo retraso suyo nos alarmaba, porque- debo decirlo- en el fondo ninguno de nosotros confiaba demasiado en su silencio si caía.
Había como una especie de endeblez que se imponía a su corpachón de viejo carpintero, y que nos hacía temer que, si lo detenían no resistiría a la torturara.
Eramos todos tan jóvenes, entonces, y no sabíamos que el valor es también una cuestión de madurez.Fue una tarde de abril cuando lo vi por última vez. Había llovido y se hacía difícil conseguir taxi, de modo que llegue demorado a la cita. El se había cambiado de esquina, por si acaso, y estaba como refugiado detrás de un buzón. Nos miramos sin saludarnos y yo entre a ese bar de Sarmiento y Riobamaba,. El me siguió 10 minutos después. Le entregue unos documentos y tomamos un café, hablamos de los bella que es buenos Aires cuando llueve , y nos despedimos, sin efusividad, como siempre.Y nunca más lo vi.
Cuando me fui del país, dejé saludos para él; no se si se los dieron. Más tarde, en alguna carta, algún compañero me dijo que lo habían visto que estaba bien.
Dadas las circunstancias, no era una pobre noticia. Y eso fue todo.Hasta que llegaron los comentarios de su desaparición, que trajeron un dolor intenso, profundo, nunca expresado (porque uno siempre se las ingenia para no exteriorizar los dolores intensos. Profundos.
Lo imaginé entonces soportando un calvario, resistiendo un poquito y - lo deseé con todas mis fuerzas- muriéndose rápido gracias al cansancio de su corazón. Y hasta pensé: - Que bueno, al viejo Héctor le habrá servido de algo tener tantos años: para sufrir menos y no cantar a nadie.Y desde entonces, casi no hubo historieta que no me hiciera recordarlo, no hubo mención a las palabras ³derechos humanos¹ que no estuviera ligada a la evocación de su cara bonachona, sus ojos grises, sus mofletes.Pero sucede que esta misma tarde, este primero de febrero de 1979 hace apenas algunas horas, me encontré con un par de amigos que acababan de llegar de Buenos Aires con noticias frescas, de esas que literalmente devoramos, exigimos con avidez porque sirven para modificar criterios, para reubicarnos en la realidad perdida, aunque a veces los que llegan nos matan a los vivos, como también, a veces resucitan algunos muertos.No pude creerlo cuando me dijeron - Héctor está vivo, parece que está vivo² debo pedir disculpas por la duda, pero de pronto es demasiado absurdo que cuatro palabras sean capaces de resucitar a un muerto.
Es tan difícil asimilar la idea de la muerte que, años después, resulta casi imposible asimilar la cereza de la vida.Me contaron además algunos detalles que ratificaron su estatura, su calidad humana, la solidez maravillosa de su madera.
Dicen estos compañeros, que lo detuvieron en una casa que estaba cantada, en la que habría una reunión importante y que los demás habían sido alertados, excepto él, por esas cosas tremendas del destino, por una inconveniencia, por esas maneras caprichos de la tragedia.
Dicen que le salieron al encuentro un montón de milicos, que lo golpearon mucho y se lo llevaron, de prisa, como siempre tienen ellos, para que hablara lo que sabía, acaso confiados en la debilidad de sus años.
Dicen que cundió cierto pánico y que costó un día levantar lo levantable, cambiar citas, movilizar casas, hacer mudanzas apresuradas, esconder gente, porque ­ aseguran- realmente nadie creía en su fortaleza, en su silencio.Pero pasó ese día y otro, y otro, y una semana y no sucedió absolutamente nada. Todo siguió igual, y esa fue la prueba de su aguante ( que era lo que importaba, parece) aunque también ­ dicen- hubo quienes imaginaron lo que le hacían, el horror que padecía.
A mi se me hace, ahora, que muchos lo habrán querido más que nunca, que en muchos sitios de buenos aires se habrán producido silencios respetuosos, apenas quebrados, quizá, por el canto de los gorriones, por el entrechocar de las hojas de las casuarinas, por el lento paso del sólo, acariciando las riberas, por alguna paloma que se extraviaba rumbo a Montevideo.Se me ocurre, también, que acaso ahí nació la certeza de su muerte, una certeza que hoy, primero de febrero de 1979 parece afortunadamente quebradiza.
Aunque mete esta confusión, que de alguna manera sobrecoge y aplaca - ya que hay que reconocer que es posible que Héctor jamás lea esta carta -, no impide que en este momento yo lo sueñe con su sonrisa cálida y su mirada clara dispuesto a reconvenirme que estuve mal informado, que estos imperfectos datos bibliográficos no son correctos.
MG/
( Para Héctor G. Oesterheld, guionista de historietas, hombre sabio, compañero, si está vivo. A la memoria de Héctor G. Oesterheld si está muerto)

1 comentario:

Mariano Chinelli dijo...

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