EDICIÓN ESPECIAL - LA JUSTICIA



0. El eje central de estas divagaciones es la figura femenina con la que representamos a “La Justicia”. Tal vez todo sea parte de mi mirada, pero más allá de eso, de algo estoy seguro, la imagen de la que parto es la misma que usted puede representarse en este momento.
El texto que aquí presento es en realidad un camino de preguntas y respuestas que me inquietaron hace un par de años. Caminata que recorrí principalmente en el año 1999 y que en varias oportunidades retomé y abandoné, según la vida. En el camino quedó un apéndice sobre un cuento de Kafka (“Ante la ley”, que se encuentra también en la novela “El proceso”), algunas referencias a la filosofía política y varias citas que pretendían dar sustento teórico a lo que puede ser leído, sin que ello altere en nada al relato, como una simple ficción.
Espero que algunas observaciones críticas me sean hechas (ya que ocho años después, sigo sin poder dilucidar mucho más) y, no es una pretensión menor, que alguien pueda disfrutar del camino, de las conclusiones o del paisaje.

1. INTRODUCCIÓN - Desde la inocencia de una imagen
Frente a la imagen de la Justicia, el artista se permite sólo imperceptibles cambios. Copiar y volver a copiar lo que nosotros podríamos describir de manera idéntica: una mujer bella, robusta, con redondeces y una espada, eventualmente los ojos tapados y una balanza. La tarea: asombrarnos por un momento de su belleza. La hemos hecho bella porque así la deseamos, y sólo desea quien está insatisfecho.
La pregunta clásica es: ¿Qué es la justicia? Jamás: ¿Quién es la justicia?
Es acaso que creemos que se trata de una cosa que le damos formas de mujer, o es que es una mujer a la que hemos vuelto cosa. En algunos pocos casos, se vuelve a la mitología griega y con ello se piensa haber encontrado gran cosa, sólo un mito sin buscar la razón del mismo. Preguntar por el qué es evitar preguntar por quién, y en definitiva es evadir la pregunta esencial por uno. Las cosas son cosas, las analizamos con la pretensión de ser objetivos, pero analizarse ya es otra cuestión, es un ejercicio peligroso, podemos descubrir más de lo que nosotros mismos queremos descubrir, volvernos sujetos y caer en la cuenta de nuestra poca objetividad.
Buscando en su ropaje, sigue oculto lo que La Justicia tiene, y no menos importante, lo que no tiene en su forma obvia de mujer. Comprender esta imagen que se nos presenta es en parte comprenderse, la hermenéutica atañe a la vida misma del intérprete, solo se entiende lo que ya tenemos adentro.
Cada vez que nuestros ojos se detienen en la imagen de La Justicia sólo reparamos en su espada, su balanza y sus ojos. Considerar relevante tales elementos, es de por sí una valoración nada desdeñable (fuerza, equilibrio e imparcialidad), pero parcial. Cada parte así tomada es indagada, y cada una nos expresa su fracción de historia, desconociendo a quien posee la gran parte del relato, esa bella mujer de la que son parte.
Dichas interpretaciones presentan el círculo hermenéutico fragmentado: no se comprenden las partes si no se tiene ya una idea del conjunto en que ellas se integran. A lo que se puede agregar: pero tampoco se conoce el todo más que a partir de sus partes. El círculo hermenéutico que se presenta como vicioso en realidad se disuelve no en su fractura, sí en su ingreso. El único modo es penetrar. El intento que desarrollo a continuación, se realiza justamente por donde se accede a toda mujer.
2. MUJER

a. La mujer
Nuestra imaginación no cree en el azar. Ella necesariamente se sumerge en nuestro ser, de donde extrae los elementos que nuestra conciencia permite y puede reconocer. El inconsciente es lenguaje, nuestra poca o mucha imaginación se estructura como nuestro inconsciente, como un chiste. Una cadena de significantes que nos lleva a lo que en principio no queremos o podemos ver.
La mujer está puesta por, y para, los hombres como símbolo de Justicia. El mismo juego de ensambles está implícito en esta ambivalencia, hombre y mujer, no cabe otra figura que la de mujer para expresar la justicia de los hombres, lo que ella guarda en la inmediatez de su cuerpo. Y qué imagen puede ser más impactante y movilizadora que una imagen de mujer madre, primer objeto de nuestro amor y deseo. Es el lenguaje de nuestro deseo, en donde amor es deseo de ser deseado. Deseos de madre y de hijo, distintos y complementarios. En dicho juego, el niño deseoso del amor de su madre; la madre deseosa de un hijo que la complete. En fin, los deseos de las dos partes completan la forma a La Justicia. Ese sentimiento de plenitud de la maternidad que emerge desde el hijo.

b. Presencia silenciosa: la espada
Íntimamente ligada a la imagen de la madre, se presenta la del padre. Presencia silenciosa en la espada, que se vincula al castigo viril a la virilidad ajena, y que sólo recae sobre quien tiene algo que perder. Vuelvo un poco, como dije era la imagen de los hombres, la espada nos recuerda que es posible que ella caiga sobre lo que nos hace hombres.
Represión y castigo que evocan siempre a la castración. Represión que no mata al deseo, lo transforma y lo desplaza, y que simplemente refuerza el sentido de Ley: el placer que no se produce por la posesión de La Mujer, se suple en el placer de la obediencia a la Ley. Un circulo que se alimenta en el deseo, circula desviado por la amenaza que confluye en el mismo objeto. Pero que lo accede de otro modo, del modo legalmente permitido en su cumplimiento de la ley (del incesto). Pero no lo olvidemos, este placer es posterior en su génesis, y aparece sólo como un consuelo, como un sustituto que permite sobrevivir en, y a la sociedad.


c. El nombre del padre
En la pareja Justicia e hijos, los deseos de ambos se acoplan: el hijo es lo que la mujer no tiene y cree que por fin ya no le faltará. El hijo se convierte, por amor y por temor de perderla, en el deseo de la madre.
Entre la relación madre hijo, sólo ella autoriza el ingreso del Padre, quien tiene la función de desplazar el deseo del hijo, de un corrimiento del deseo a la madre hasta el deseo de la madre. Pero se trata del ingreso de la imagen del padre, el padre simbólico, la espada, no es necesario que sea el padre biológico. Simple, no es necesario el padre biológico en el juego de la cultura (ni en la imagen de La Justicia que ponemos en los tribunales), lo es para la procreación no para la creación del sujeto. La imagen es lo necesario, el padre simbólico de Freud, el Nombre del padre de Lacán, la fuerza de la ley.
El Nombre del Padre es la espada, término mediador entre el hijo y la madre (interpuesto entre los deseos). El Padre, toma la tercera posición en la relación Justicia e hijos, y su ingreso tiene que estar permitido por la madre, cuando entiende que el hijo no es lo que a ella le falta para ser hombre. La madre se aviene al padre y entrona su autoridad hecha palabra.
Lo que la justicia haga de la Ley, de las palabras del padre, condiciona nuestro lugar, nuestro modo de ser con la madre y con el nombre del padre. Porque es el propio filo de la espada el que produce el corte entre la madre y el hijo.
Se trata ni más ni menos que de la espada del padre en manos de la madre.
De eso se trata siempre en la justicia: de deseos, conflictos, castigos y amenazas de pérdida (sea el que sea el objeto que cada sociedad considere el viril: dinero, libertad, honor).
Tratándose de la espada del padre, del castigo viril a la virilidad ajena, porqué no es simplemente la figura del padre. Responde Freud: las amenazas de castración a los niños, siempre son realizadas por la madre, pero invocando el poder del padre. Respuesta práctica a una cuestión teórica.
Este uso de la autoridad del padre, constituye dentro de nosotros el módulo central de nuestro sentido de obediencia a la ley. El uso de La Ley por parte de la madre se presenta cuando la madre necesita desprenderse de sus hijos luego de que entiende que el hijo no la convierte en hombre. Es imposible que ingrese el padre si la madre no pretende desprenderse de los hijos, es inútil que se invoque La Ley si la madre no está dispuesta a cumplirla. Las palabras de La Ley en boca del padre serían una amenaza, pero insuficientes para cambiar el sentido del deseo de los hijos y de la madre, es necesario que la madre entrone La Ley.
Para que la función de Nombre del Padre alcance su sentido pleno en los hijos es necesario que el amor a la madre sea tal que se desee la muerte del padre, la caída de la ley. Sin amor a la Justicia no hay posibilidad alguna de que la ley tenga sentido, ni de que la Justicia cumpla alguna función. Pero es justamente eso lo que asegura su continuidad, el verdadero sentido de La Ley. Ante el deseo de muerte, la culpa. Mecanismo que se repite en cada cumplimiento espontáneo a La Ley, sutileza que se esconde en un orgulloso placer de hacer lo debido pese a que pueda contradecir nuestros deseos primarios y hasta nuestros intereses. Mecanismo sutil que por años trabaja nuestras conciencias, debemos cumplir La Ley porque es La Ley, los problemas de castigo aparecen cuando la incumplimos, los problemas de culpa en cuanto empezamos a preguntarnos por La Ley. Es esta culpa la que funciona de manera previa y hace innecesario en la mayoría de los casos que recaiga el castigo, ya que de por sí la culpa es un castigo (distinto pero igualmente efectivo).
Regresemos un paso. La omnipotencia del deseo torna veraz la muerte mítica del padre, el sentimiento de culpa es la segunda operación que asegura su retorno. La muerte simbólica del padre, es un momento fecundo y de deuda, es cuando uno se liga para toda la vida con la LEY. Sin este sentimiento de culpa las sociedades no serían lo que hoy son, el castigo sólo sobrevendría luego de que se indaguen todos los hechos, con una maquinaria represiva omnisciente y necesariamente omnipresente, que se tornaría en círculo sobre sí misma. El mecanismo es más sutil, la maquinaria represiva está incorporada en cada uno, está en nuestras conciencias, las violaciones a La Ley se dan principalmente cuando el deseo traspasa el temor al castigo o cuando nuestro inconsciente lo permite y del modo que él nos deja.
El temor a la castración es inseparable de la imagen del padre, mientras que la amenaza siempre la realiza la madre. Pues en ese juego quien nos amenaza es el mismo objeto del deseo, se cierra un círculo que inicia en su cuerpo, continua en la extensión de su mano, en lo que ella indica, y el uso del nombre del padre por el mismo objeto del deseo. La ley por sí misma no nos compele sino es que hay en nosotros una creencia en su autoridad reforzada por la amenaza de perdida, ante cada conflicto es la madre la que toma la voz y nos dice que es la ley, cual es la norma, cual es la solución del problema.

3. LO ACTUAL
Las normas jurídicas carecerían de utilidad, al menos en nuestras sociedades, sino estuviesen acompañadas de la amenaza de una sanción. A su vez, si las normas no son aplicadas por la Justicia, ellas no tienen efectividad y casi nadie repararía en ellas. El derecho como mecanismo de control social es una herramienta ancestral, todas las religiones apelan en forma parecida al mismo mecanismo aunque la sanción nos espere más allá o un poco más acá, y en la modernidad no nos resulta extraño que de sistemas religiosos pasemos a sistemas estatales, que cada vez se inmiscuyen más y más en la vida de las personas. Las justificaciones son otras, las órdenes son las mismas. En realidad lo que cambió son las leyes secundarias, La Justicia permanece igual y la razón principal de que obedezcamos es la misma, no la podemos tener en nuestras manos y la amenaza si pretendemos acceder a ella es real (sólo se nos permite en propia defensa, cuando el destino nos pone como a Edipo de Tebas).
A lo que hoy le llamamos carácter autoritativo del derecho, que en otras palabras es la pretensión del derecho de ser una razón excluyente para la acción de los sujetos (que ya lo señalaba Max Weber), es lo mismo que pretendía el macho dominante, el jefe de la tribu, el sacerdote, el señor feudal, la burguesía, nuestros estados modernos (con la ideología que se quiera), que las órdenes sean cumplidas sin que pensemos en nuestras propias razones, en nuestros deseos o intereses.
4.- EL FIN

La presente tesis es nada más que una interpretación, dentro de aquella idea de que no hay hechos sólo interpretaciones. Se trata nada más de “otra” interpretación. Sin olvidar que es un mundo, para el que a la mayoría la ley es sólo expresión del deseo ajeno - ”el otro”-, en donde el “otro” puede ser el inconsciente.
Volver decible lo que escondemos en nosotros, hace accesible el mecanismo del “otro”. Lo que escondemos en el “otro”, es lo mismo que nos esconde “el otro”, y por las mismas razones.
La interpretación de la sexualidad de una dama que habita en nosotros, desde su lugar de mujer e imagen simbólica, posibilita nuevos sentidos. Lo que renueva las expresiones como seno, brazo, mirada y castigo de la Justicia. Y sonreír, madre cierta es. O no es significativo que ante el reproche de un extraño el niño imponga la certera frase: Vos no sos mi mamá.





Bibliografía
Freud, Sigmund, Tótem y tabú, Obras completas, T. 13, Amorrortú, Bs. As. 1986.
Lacán, Jacques, La familia, Argonauta, Bs. As. s.d.
Masotta, Oscar, Ensayos lacanianos, Anagrama, España 1996.




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