domingo, marzo 25, 2007

Boletín Literario nº 64 // 24 de Marzo de 2007





Boletín Literario
Basta ya!
Año 2 // Nº 64 //
Córdoba, 24 de Marzo de 2007


La silla / Jorge Luis Carranza
Alrededor de un reloj de arena / Natalia Brusa
Bienvenidos los giles / Eduardo Planas
Peregrino del purgatorio / Juan Rulfo
Ilusión / Matilde Flores
En Cuba, los libros no muerden / Fernando López
No digan que no se los advertí / Pablo Carrera
Mi cóndor de nubes / Pascual Rousse
Encuentro con el mal / Mariano González
The dark side of the moon / Eduardo Planas

Fotografía: Mora, gentileza de
fotosgrises@gmail.com
Lucas Centurión


Jorge Luis Carranza
La silla









En la escultura de Luis
está grabada una silla.

Una silla desnuda, vacía, sola.
La toco y la recorro con mis dedos.
No es una silla cualquiera.

No es la del zapatero,
ni esa en la que la mujer se sienta
a dar de mamar al niño.

No es la del abuelo que por las tardes
se sienta en la vereda a matear
hasta que cae el sol.

La silla de la escultura,
tiene guardado mucho silencio, mucho dolor.

En la silla desnuda,
vacía, sola;
los interrogaron,
los golpearon, los torturaron.

Dicen que los otros
buscaban nombres, direcciones.

Lo que no pudieron atrapar:
lo inasible, la utopía
(el anhelo de un mundo mejor,
mas justo, mas humano,
en el que el hombre
no sea el lobo del hombre);
permanece allí,
en la silla sola,
en la silla injusta,
en la silla que no tendría nunca
que haber sido.

Es, cómo decirlo,
la presencia de una ternura herida que persiste
allí en la silla.

Puede tocarse, puede sentirse,
está latiendo; y ha comenzado tozuda,
terca como una mula,
otra vez a caminar.









Las esculturas que dieron lugar a este poema son de Luis Gómez, artista de Villa Allende, Córdoba. Las fotografías corresponden a la muestra efectuada del 1º al 18/09/05, en el Cabildo de Córdoba, que trató sobre la memoria colectiva, especialmente lo sucedido en la dictadura militar. La muestra se llamó “Demasiado hueco para tapar el olvido”.



Natalia Brusa
Alrededor de un reloj de arena



Resulta ser que estuve pensando en lo relativo que es el tiempo.
Hubo alguien al que se le ocurrió darle una unidad de medida. Y estuvo bien el hombre porque algún orden había que imponerle a su natural anarquía.
Pero a pesar de la formalidad, el tiempo se resiste a ser medido de igual manera en toda circunstancia.
Entonces nos encontramos con que hay tiempos digitales, tiempos de agujas, tiempos milimétricos, tiempos cronometrados y tiempos medidos por el sol.
Pero sobre todo hay tiempos eternos y livianos, que transcurren como una siesta de verano.
Hay tiempos breves e intensos, de esos que no se borran por la profundidad de cada segundo que pasa.
Hay tiempos prolongados por la soledad,
Hay tiempos aturdidos por el gentío
Hay tiempos acelerados por la adrenalina
Hay tiempos anestesiados por la calma
Hay tiempos esquivos
Hay tiempos tiranos.
Pero por sobre todas las cosas hay tiempos dulces, perfumados, embriagadores y frutales que llegan muy de vez en cuando como una brisa fresca, o como el aroma del jazmín de lluvia, cuando se acentúa por la noche.
Entonces el alma emprende vuelo de cóndor y uno, de repente, se siente como en sueños y vuelve a creer que todo es posible, que porqué no, que quizás esta vez ...
Por eso es que de todos los relojes, prefiero el de arena.

El único que pudo materializar en partículas al tiempo.
El único que le puso cuerpo, y hasta color.
El único que permite visualizar el poder del Instante.





Boletín Literario Basta Ya! // nº 64 // Córdoba // Marzo 2007



Staff:




Director: Eduardo Planas
Consejo de Redacción: Adriana Pozzo, Mariana Montenegro, Pascual Rousse, Caro Riachi (corresponsal en Oñati),
Jorge Luis Carranza, Hugo Conterno, Pablo Carrera, Raquel Martínez, Licurgo, Guillermo González




Colaboran en este número: Natalia Brusa, Fernando López, Matilde Flores, Mariano González


Los artículos firmados no reflejan necesariamente la opinión del Basta Ya!
Este boletín se edita Quincenalmente y circula bajo Licencia Copyleft. Puede difundirse siempre que se mencione el autor y la fuente.
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Suscripciones: email:
eduardoplanas2001@hotmail.com


“La tarea de ablandar el ladrillo…” Julio Cortázar



Eduardo Alberto Planas
Bienaventurados los giles

Las ideologías han fenecido. La conciencia se degradó. El nuestro es un tiempo moderado. No hay que definir nada. Mencionar el socialismo es tabú... A la militancia la mató la TV y las agencias de publicidad. Los grandes paradigmas perdieron vigencia. La clase obrera desapareció. Valen más diez minutos con Neustad o Grondona que cien mil manifestantes. El cambio es imposible”, desgranaba sus verdades el operador político allá a comienzos de los 80, en los albores de una democracia anhelada, pero renga nacida más por la humillación militar en una guerra inicua, que por la lucha popular.

Olvidemos. Olvidemos el cambio, la revolución, es pesadilla del pasado”. Y el nuevo paradigma: “Si no sos revolucionario a los veinte años, sos un tonto; pero si lo sos a los cincuenta, sos más tonto todavía”. El más crudo pragmatismo se imponía por aquel entonces y se impone todavía, en el centro del poder y en los círculos áulicos del mismo y en toda una clase dirigente autista, a pesar de todo lo transcurrido: del “cacerolazo” y el “que se vayan todos” de hace casi un lustro... Y también es cierto que muchos volvieron y por el voto nuestro.
Mea culpa popular. Algunas cosas son distintas, pero en Córdoba no se nota.

La prensa refleja y potencia la fragmentación del saber. Descreen de la historia. Relatan “la semana”; la realidad nace a las cero del lunes y fenece a la medianoche del sábado. Todo lo demás es antiguo. No hay historias personales, tradiciones, raíces, memoria ni conflictos que autoricen violentar el estrecho margen de la semana. Todo es efímero. No hay posibilidad de hilvanar los hechos sociales.

Todos los saberes consagrados, confluyen pontificar: han muerto las utopías, los sueños de cambio. La política es el reino de lo previsible. La política–espectáculo avanza, los “medios”, con su cara adusta o risueña, imponen los criterios. Hay que almorzar con fulana de tal, hay que ir al programa de mengano. Hay rating. Hay efectivo.

La política, concebida como astucia de junta-votos, es el reino de la táctica. No hay principios ni que se quiebran ni que se doblan, ni doctrinas ni ideologías, (mala palabra esta última. Se actúa en función de las encuestas. Hoy puede ser loable una cosa, pero a la semana siguiente, si las aquellas son negativas, se puede desmentir, total quien se va a acordar. ”. Ayer dije una cosa, hoy “no fue tan así”; “me sacaron la frase fuera de contexto”, dirán.

Cultura de la imagen, fragmentación de la realidad, de la memoria. Se vende una imagen de un candidato, tal como se vende una imagen de un producto comercial: un auto, un shampoo, un celular, etc. Además se lo “instala” en la “sociedad”. (Ya no se dice “pueblo”, ni menos se puede hablar de “nación”.

Vaciados de contenido y principios, sin referenciar sectores económicos y sociales, los partidos políticos son solo cáscaras vacías, donde entra de todo. Y cualquiera puede estar hoy en uno y mañana en otro, o formar un bloque unipersonal, etc.

Pero nadie viene proponiendo –hoy y aquí- un cambio “a la del setenta y tres”. No hay fermento social que la sustente; la conciencia y el sentido común mayoritarios lo rechazan, pero si algunas de las propuestas del 70 están caducas, no debe ocurrir igual con el espíritu que las animó. La política se define por sus finalidades; reducirla a lo instrumental es bastardearla. Algunas lo están, pero no todas, inclusive la globalización y la aplicación durante treinta años de políticas de cuyo neoliberal -Consenso de Washington mediante- agravaron más aún las problemáticas, como el de la exclusión social, la inequitativa distribución de la riqueza, y la enorme concentración de la misma.

La actividad política tiene sentido en tanto y en cuanto incluye una recusación a los auténticos dueños del poder.

Nadie toma partido por nada, nadie fija una posición sobre tal o cual tema. Mientras menos defina, mejor. Ese pareciera ser el lema.






Es cierto que en Argentina no podemos plantearnos -hoy por hoy- hacer una transformación de estructuras tal que termine con el capitalismo salvaje, pero puede haber hombres nuevos que lo erosionen poniendo en entredicho sus valores fundamentales. Decir las cosas por su nombre, sin eufemismos, por ejemplo.

Construir un nuevo humanismo, pacífico, tolerante, democrático y participativo, partiendo de las distintos tipos de experiencias, construir espacios, sociales, culturales alternativos, donde se discutan y debatan estas cuestiones, no sería una mala opción... Quizás repasemos nuestra historia, quizás debatamos el porvenir…Que somos, que modelo de país queremos. ¿Cuál es nuestro lugar en el mundo? Y sobre todo debatir como construir un poder capaz de anunciar las bases de la transformación.

Se dirá: infantilismo, “setentista”, etc. Para quienes demandamos sentido a la política, el camino es más arduo que el mero “ocupar espacios”.




Las convocatorias éticas son más perdurables que las sociedades comerciales. El oportunismo no deja recuerdo ni semilla, sólo se glorifica el éxito. Pero ¿quién gana y quien pierde? Evita no llegó a Vice-Presidente, Camilo Torres no llegó a Concejal, Guevara prefirió la Sierra a un Ministerio. Ellos dejaron más admiradores que Corah, Kohan, el Coti Nosiglia o Kammerath.

Hay que promover la crítica, la ironía, el inconformismo creativo.

Es una lucha cultural, también. La contra cultura es creación colectiva. Hacer contracultura puede llevar a la marginalidad; tentación que conviene evadir.

Nos preguntamos: ¿Es posible preservar esencias, realizar propuestas de debates serios y entorno a un proyecto colectivo y al mismo tiempo “jugar al juego” de la política actual?
No tenemos respuesta, pero merece probarse. No hay respuestas, ni certezas, ni recetas. Pero hay que hacerlo.
¿Una convocatoria a ser gil? Para la cantidad de vivos que hay ahora…

Como decía San Peperino Poromo, mártir de los argentinos y cordobeses en particular, que miren si hemos sufrido gobiernos inmisericordes desde el 1974 hasta ahora: “
Bienaventurados los giles porque son la sal de la tierra y, quién sabe, algún día, de ellos será, por un rato, aunque sea un poco, el reino de este mundo”.

(Con algunos párrafos extraídos del ensayo homónimo de
Mario Wainfeld ––Rev. Unidos, Año IV – n 11/12))


Juan Rulfo
Peregrino del purgatorio
Comala, aldea hundida “en el puro calor sin aire” con sus casas vacías, un sitio silencioso, solitario y oscuro. Es el universo de Pedro Páramo, un mundo donde habitan seres extraños y errantes, a un paso de la muerte o en la muerte misma.
Nos llena de desolación y nos estremecemos. Es que la aldea imaginada por Rulfo, invadida de fantasmas y rencores, es muy real en muchos poblados de la extensa Latinoamérica.
El personaje principal le da nombre a la obra, y los pasajes entre la fantasía y la realidad de los que habitan el lugar, lo manifiestan las voces y murmullos en la aldea, donde conviven hombres y mujeres de distintas épocas: espectros que claman por descansar en paz.
Fue la obra que lo hizo inmortal, a pesar que él mismo comentó un año antes de morir que “nunca imagina el destino de estos libros. Los hice para que los leyeran dos o tres amigos o más bien por necesidad”.(…). En mayo de 1954 compre un cuaderno escolar y apunté el primer capítulo de una novela que durante muchos años había ido tomando forma en mi cabeza. Sentí por fin haber encontrado el tono y la atmósfera tan buscada para el libro que pensé tanto tiempo. Ignoro todavía de donde salieron las intuiciones a las que debo Pedro Páramo. Fue como si alguien me lo dictara. De pronto, a media calle, se me ocurría una idea y la anotaba en papelitos verdes y azules”.
El manuscrito se llamó sucesivamente Los murmullos y Una estrella junto a a la luna. Al fin, en septiembre de 1954 fue entregado al fondo de Cultura Económica con el título Pedro Páramo. En marzo de 1955 apareció en una edición de dos mil ejemplares. “Mil ejemplares tardaron en venderse cuatro años. El resto se agotó regalándolos a quienes me lo pedían”, recuerda el poeta.
Sólo una novela, Pedro Páramo y unos pocos cuentos y relatos en el El Llano en llamas fueron suficientes para que se convirtiera en lo máximo de la literatura contemporánea.
Juan Rulfo, nació en el Estado de Jalisco, México, en 1918 y su infancia transcurrió en un ambiente de disturbios campesinos y protestas sociales. Una realidad que lo marcó para el resto de su vida.
Antes de publicar sus primeros relatos, Rulfo recorrió su país, provincia por provincia, primero como inspector del servicio de inmigración, después como comerciante, vendiendo llantas, en época en que conoció a Clara Aparicio, que sería más adelante su mujer, y de quién se enamoró tanto que –decían jocosamente sus amigos- hasta le puso a su máquina fotográfica el nombre de ella.
Eternizó en fotografías todo su país. Juan Rulfo era un hombre esmirriado, delgado, parco al hablar. En Pedro Páramo y El llano en llamas agotó todas las palabras a las que estuvo destinado. La gente, los críticos amigos, le pedían otros libros, más voces, sin comprender que él había sido un médium y no un autor. Un médium que iba a congresos literarios.
Rulfo tenía un perfil de empleado público provincial. En las entrevistas se le preguntaba cosas que él no podía aclarar. En realidad, se había asomado a la existencia como un imprudente que espía por el ojo de una cerradura. Y había anotado no una novela sino una visión. El ingreso al universo crepuscular de Comala, es el ingreso a todo el universo.
Con las pocas páginas de Pedro Páramo le otorgó a toda la literatura iberoamericana (más bien una literatura de superficie y festividad) la gravedad de lo trágico. Rulfo disolvía los límites entre la muerte y la vida. Esto no era producto de la razón, sino revelación de las deidades crónicas, revelación de la profundidad de su México.






Fuente: Verónica Cardozo // Mensuario Letra Viva, nº 11, Julio 2005 // Abel Posse, En Letra Grande, Emecé, ensayo 2005




Matilde Flores

Ilusión





Esta noche te tengo en mis brazos,


Dios mío,

y al estrechar tu cuerpo pequeño y desvalido


siento que la mirada de amor con que te miro,


no es de hombre ó mujer


sino de madre a hijo...




Dios mío

Hoy eres hijo mío.


Al pensar en los años que te esperan


Dios mío,con dos leños cruzados al final del camino

tengo miedo del tiempo,

y quiero interrumpirlo

con ansias de que seas eternamente niño


Dios mío,
Hoy eres hijo mío.


Y te pido que nunca me abandones

renuncies a todo,
por quedarte conmigo.

Que te tenga en mis brazos

como ahora dormido,

y que no te despiertes

hasta el fin de los siglos.


Dios mío,
Hoy eres hijo mío.








Fernando López
En Cuba, los libros no muerden



Una imagen, para iniciar esta breve reseña sobre las impresiones recogidas al visitar la Feria del Libro de La Habana: estaba sentado en un banco, después de recorrer una interesante muestra de artesanías cerca de la Plaza de Armas, al lado de un puesto de venta de canarios. Un niño de unos siete años le reclamaba a gritos a su madre que le comprara uno. La mujer soportó el berrinche del niño durante largos minutos, hasta que al fin detuvo la marcha. ¡Basta ya!, gritó. Y abriendo una pesada bolsa de nylon que llevaba en una mano, fruto, seguramente, del esforzado ahorro de varias semanas, remató: ¿No tienes bastante con todos los libros que te compré?



Me dejo llevar por el recuerdo libremente. Volver a La Habana después de veinte años fue una experiencia sensacional. Esperaba encontrarme con la misma ciudad avejentada por el tiempo y las sales marinas, que pedía a gritos un mantenimiento edilicio que ahora se realiza a gran velocidad. Sigue habiendo, sin embargo, edificios en ruinas. Me explicaba una mujer que vive en el Vedado, que a ellos, por su ubicación privilegiada dentro de la ciudad que incluye la provisión de gas natural por red central, les iba a tocar vaya a saber cuando gozar de los beneficios de la restauración, precisamente por las ventajas comparativas en relación con otros barrios. Todo se hace así en la isla, por turno, y nadie se queja. Es maravilloso recorrer el Vedado a pie y regocijarse con esos grandes caserones del siglo XIX, que de a poco irán recuperando su esplendor gracias a la obra sin pausa del arquitecto encargado de poner a La Habana vieja, y al resto de sus barrios, en buenas condiciones. Las calles arboladas y adoquinadas y las voces de su gente invitan a quedarse en esos lugares de esta ciudad, declarada patrimonio de la Humanidad por la UNESCO.




Unos días antes de partir se especulaba en todo el mundo que Fidel no se repondría de sus operaciones. Sin embargo en La Habana ocurría un fenómeno singular: aunque todos aseguraban que no se va a morir ahora, nadie estaba pendiente de que eso pudiera suceder. Antes bien, el deseo general parece ser que se produzca un gran cambio para mejorar la situación económica una vez que Fidel ya no esté.



Es difícil vivir con un salario mínimo de treinta dólares aunque todos tengan asegurada su ración de comida (que no alcanza para cubrir el mes), y los gastos de educación y salud. Para comprar lo que falta (aceite, carne) necesitan pesos convertibles (la relación es de 25 a 1), pero todo el mundo se las arregla. Y a pesar del acoso de quienes quieren aprovecharse de la ingenuidad de los turistas, se respiran una tranquilidad y una morosidad imposibles de encontrar en otras partes del mundo. No es que no sea peligroso andar de noche por lugares oscuros y desconocidos, pero no hay asaltos a mano armada, todos los vehículos se detienen en las esquinas frente al cartel que dice PARE, y los niños tienen una situación privilegiada: son sagrados para ese Estado que se ocupa de ellos hasta su mayoría de edad. Por eso no hay niños pidiendo limosna ni gente durmiendo en la calle. Yo le decía a un taxista habanero que a pesar de la pobreza general, esa situación es envidiable, totalmente contraria a la envidia que tienen de los bienes materiales de la sociedad capitalista los que todavía anhelan marcharse de la isla. Que los hay, sin duda, y debe de haber muchos.



La XVI Feria Internacional del Libro de La Habana 2007, fue inaugurada por el Ministro de Cultura Abel Prieto, un joven funcionario de las nuevas camadas, el jueves 8 de febrero en la Fortaleza San Carlos de la Cabaña, ubicada en la bahía de la Villa de San Cristóbal de La Habana, un fuerte construido por los españoles en el siglo XVIII para defenderse de ingleses y piratas. Para llegar hay que cruzar el canal de entrada a la bahía por un moderno túnel y caminar varias cuadras desde el lugar adonde el taxi nos deposita. El primer día pagamos 5 CUC, los días siguientes 3 y 2.80, según marcaban los taxímetros que no hizo funcionar el primero (hay varias empresas, todas estatales, y con distintos precios; aprendimos que antes de subir hay que preguntar y regatear). Ya en la Cabaña, nos vimos sorprendidos por la avalancha humana que recorría sus calles empedradas, gente de todas las edades, y las larguísimas colas para comprar libros de edición cubana a un precio increíble para un argentino: centavos, el más caro que vi –una edición popular del libro de Ignacio Ramonet Cien horas con Fidel- costaba 10 pesos cubanos (unos $ 2,50 de los nuestros, si no me falla la calculadora).




Por cierto que hubo una delegación oficial confeccionada en la Secretaría de Cultura de la Cancillería, para viajar y estar presente en este acontecimiento que tuvo a la Argentina como invitado de honor. Estaba integrada por un muy activo Vicente Battista, David Viñas, Noé Jitrik, Tununa Mercado, Quino, Rep, Hebe de Bonafini, Miguel Bonasso, Osvaldo Bayer, entre muchos más. Hubo una delegación de la provincia de Santa Fé, encabezada por su gobernador Jorge Obeid, quien presentó el libro Cuba, Fidel y el peronismo. Hubo también una delegación de músicos que llevaron el espectáculo 40 años de rock argentino, en un escenario frente a los mástiles que dificultan la visión de un letrero electrónico ubicado en las ventanas de la Oficina de intereses norteamericanos, que repite sólo noticias contrarias al régimen local. Estuvieron Lito y Liliana Vitale, Baglietto, Pedro Aznar, Fontova, David Lebón, Hilda Lizarazu, Fandermole, Abonizio y varios más. Una verdadera invasión de argentinos. Tuvimos que hacer una intensa gestión ante la secretaria Gloria Bender para que se agregaran a la lista inicial escritores cordobeses, y así logramos ser designados Carlos Dámaso Martínez (cordobés radicado en Buenos Aires) y yo, después de recorrer los despachos de la Agencia Córdoba Cultura y la Secretaría de Gobierno de la Municipalidad pidiendo su apoyo, sin ningún resultado. Situación que esperamos se revierta con los sucesores de los actuales mandatarios, que vendrán en los próximos meses.



Llegué a La Habana ansioso también por encontrarme con aquellos escritores cubanos con quienes compartí el jurado de Casa de las Américas en 1987. Senel Paz estaba de viaje en España, pero me encontré con Antón Arrufat, Arturo Arango, Nancy Morejón y Jorge Timossi (el argentino amigo de Quino, que le inspiró el personaje Felipito). A todos los vi muy bien. Roberto Fernández Retamar, el grandioso poeta de la revolución y presidente de Casa de las Américas, con sus 77 años, que no han hecho mella en su fino humor y en su memoria y a pesar de su dificultad para caminar, presentó tres libros suyos en la Feria, con una claridad intelectual digna de respeto. Según el Ministro de Cultura, este año visitaron la Feria 650.000 personas, se vendieron 1.496.000 libros (700.000 más que el año pasado), se recaudaron 8.000.000 de pesos cubanos, y será clausurada en Santiago, a 800 km. de La Habana, el 11 de marzo, después de recorrer 40 ciudades.



No es fácil la realidad cubana. Es contradictoria, la burocracia es pesada y proclive a impedir, como todas, en cualquier parte del mundo. Se perciben las diferencias en las formas de vida y la disponibilidad dineraria de quienes trabajan en el ejército, en el Estado y en las áreas de turismo. Se ven muchos automóviles nuevos que utilizan los diplomáticos, gerentes de empresas y taxímetros para turistas, junto al parque de los autos antiguos que siempre fueron una nota pintoresca. He visto a mucha gente, especialmente mujeres, sentadas en el malecón mirando a la distancia sobre el mar, en dirección al norte. Cuba es, junto a Corea del Norte, un sobreviviente del antiguo modelo socialista que se fue extinguiendo después de la caída del muro de Berlín. Sin embargo, creo que es una experiencia digna de quedar en la historia de la humanidad. El régimen cubano se opone a las crueldades del capitalismo salvaje. Allí se enseña sobre todo el valor que tiene la solidaridad. Allí, todo el mundo lee varios libros al año. La gente es muy culta, cualquiera habla inglés y ningún niño puede abandonar la escuela. Hay médicos y educadores cubanos en todas partes del mundo, allá donde sean requeridos, y se van y vuelven a su vida normal orgullosos de haber cumplido con el sueño de ser como el Che. Es una experiencia distinta y sabemos que lo distinto es sospechado y mal visto. Con todos sus errores, puesto que los tiene y muchos.



Para terminar, otra imagen que puede servir para entender y explicar algunas de las muchas cosas que vi en La Habana. Fue una agradable sorpresa encontrarme con una estatua ecuestre del Quijote, erigida en homenaje a España en una de las avenidas coquetas de La Habana (la 23, esquina I). Debajo de ese hombre alucinado, montado en su flaquísimo caballo, una inscripción anónima describe en pocas palabras lo que algunos no pueden entender:




Porque somos España en Lorca, en Machado, en Miguel.
Porque España fue el último sol en la mirada del Pablo nuestro.
Porque nunca medimos el tamaño de los molinos de viento,
y sentimos siempre bajo nosotros el costillar de Rocinante.










Fernando López nació en San Francisco ( Córdoba), en 1948. Es abogado, magistrado judicial retirado. Ha publicado varias novelas, El mejor enemigo, tres ediciones, Premio Latinoamericano de Narrativa, México,1984, 1986 y 1998, así como ensayos y cuentos. Vive en Córdoba. Su última novela se llama Odisea del Cangrejo, Edit. Planeta, 2006




Pablo Carrera
No digan que no se los advertí

Veníamos bien. Con alguna que otra crítica, pero para eso estamos. No todas son loas, ¿no?
Bue. Llego la hora de decir a donde NO les recomendaría ir a comer.

Vamos por parte: para evitar el juicio, quiero aclarar que referiré experiencias personales en los locales que a continuación mencionaré. Lo cual no necesariamente tiene que ser lo habitual en ellos. Pero como para muestra basta un botón, para mí ya fueron y no creo me convenzan de volver, ni con frentes marchitas ni sienes plateadas.

El primer misil va para el lado del parque Sarmiento. ¿Vieron que lindo que está? Todo iluminado, lleno de gente, limpito, da gusto pasear. Y en estas noches veraniegas uno se decía “que lindo está para comer al aire libre”. Como no vivimos en Europa y las terrazas no son de lo más tentadoras acá (terrazas: mesas en la vereda, rodeadas por maceteros, generalmente en alguna plaza, o con alguna vista espectacular, con musiquita de acordeón de fondo y donde ¡se puede fumar porque es aire libre!), nos queda la alternativa del parque. Voy a obviar las lomiterias, que sí recomiendo. Lo que me desencantó fueron las dos alternativas mas paquetonas que vienen a conformar la Cervecería (frente al laguito y al Super Park) y Faustino (frente al teatro griego).

En la primera te prometen una picada de la casa que cuando lees los ingredientes (¡que antigüedad!) los jugos gástricos hablan por vos y la claman a grito pelado. Cuando te la traen, de cada seis cazuelas cinco traen pickles. Una estafa. Conste que a este lugar, que me gustaba, fui dos veces y las dos me pasó lo mismo. No vuelvo.

El otro lugar es Faustino: re lindo el emplazamiento y la mise en scene. Muy bien puesto. En cuanto a la atención, un desastre. La moza estaba mas empeñada en su delineador de ojos que en agasajar al cliente. Nunca un patecito, un quesito, o al menos el pan para esperar (y vaya que hay que esperar). Te traen el plato que pediste con el pan y un escabeche para picar todo junto. El concepto de ensalada caprese que tienen no se de dónde lo sacaron. La rúcula no es achicoria (nadie se los explicó). Falta una buena parrillada como propuesta (es el fuerte, lo asado), a tener cuidado con eso. Si van (a pesar de la advertencia), vayan de a muchos y cada uno pida un corte, asi entre seis se puede armar un asadito más o menos completo. Porque te venden por corte. O mollejas, o vacío, o matambre, o morcillas. No “y”. Y a la hora de pagar, caro. ¡Ah! Llevar Off. Los que sí comen bien y gratis son los mosquitos.

Otro no digo: ahora me voy para B° Gral. Paz. Calle: Jacinto Ríos primera cuadra. Restaurant: Jacinto. Otro desastre. Ya había ido un par de veces y mmmm, no me acuerdo por qué, pasé como un año sin ir. Y volví este fin de semana. ¿Para qué?! La casa está linda. Habilitaron un patio donde te sirven pizzas y tapas. Las ídems dejan bastante que desear. Vamos a las tapas. Escuetísimas. Una para cuatro de casualidad sacia a uno y te quedas con ganas de pedir un suculento plato de polenta como para llenar el vacío. Las pizzas nada del otro mundo. Parece que hay oferta de aceitunas negras chiquitas, porque se ven por todos lados. La carta y el pizarrón de sugerencias es más que ambicioso. Probé las cocochas y no es por nada, pero a mí me salen mejores. Dos de los comensales del grupo que me acompañaba (éramos siete) llegaron a las 23:15 y eran las 00:20 y nunca aparecieron los escalopines pedidos. A los platos hay que sumarles la guarnición. Caro (demasiado para lo que ofrecen), mal atendidos (treinta minutos aproxi para que traigan hielo), cero autocrítica (fueron interpelados por algunas de las parroquianas que iban conmigo y no se le movió un pelo al encargado). O sea. No he de volver. Como dije antes, ni con la frente marchita ni con las sienes plateadas.

Epílogo: para cerrar el cuento, los que no comieron escalopines huyeron al bar Venecia, que queda a dos cuadras (Lima y Viamonte), donde los encontramos después de pagar la cuenta en Jacinto. Los lomitos de Venecia parecían riquísimos. La atención estupenda. Ahí sí da para el bis. Ampliaremos.






Pascual Rousse
Mi cóndor hecho de nubes




Que las lluvias mojen tu cuerpo suave y contenedor
como cuando el agua cristalina cae por una ladera
de sombrías cimas deseosas de llegar a su calor
de declives suaves adornados de verde enredadera

Si, con caídas abruptas y descansos reparadores
desde donde se puede ver todo el camino recorrido
donde el aire duele de puro duende en los rincones
te hace saber que nunca el tiempo de paz esta perdido

Súbito viento frío te envuelve reparando tu dolor
y la sangre bulle fuerte dentro de los corazones
que te amaron y buscaron en tus faldas el amor
alejándose por siempre de turbios resquemores

La borrasca va pasando y late el sol en tus laderas
y calienta la razón estallando en mil maneras
y golpeándote en la frente con un beso inolvidable
que deja un brillo cálido en tu mano tan amable

¡Alguien te espera, debes retomar el vuelo!
ya deja de mirarte tanto en el cielo
ave fuerte voluptuosa peregrina
vuela fuerte tu destino se encamina...






Mariano González // Un pequeño gran escritor
Encuentro con el mal



Había una vez un científico e investigador, Licenciado en Lógica, etc., que se llamaba Gonzalo J. Rivadavia. En ese entonces por el pueblo se discutía sobre la gran mansión de la colina, abandonada hace tanto tiempo como tiene la pregunta quién vino primero: el huevo o la gallina.
El doctor Rivadavia sintió mucha curiosidad y se encaminó hacia la mansión. Llegó, se paró y miró por la ventana. Nada, absolutamente nada. Entonces entró. Enseguida deseó no haberlo hecho, porque estaba tan oscuro y tenebroso que sintió más miedo de lo que hubiera experimentado antes. Las telarañas cubrían el techo y varias líneas negras cubrías las paredes y el piso tenía por lo menos cinco capas de polvo.
Entonces se acercó y examinó las líneas. Se dio cuenta de que eran trapos con gasolina. Le acercó un fósforo y los trapos se prendieron e iluminaron el pasillo y fue como si unas manos pintaran rayas rojas y amarillas en las paredes.
De repente un alarido llegó hasta sus oídos y le heló hasta los huesos. Paralizado, intentó descubrir de dónde provino el grito y descubrió que venía de una habitación contigua al doctor. Abrió la puerta y vio a una muchacha blanca que iba flotando de un lado a otro, llorando y gimiendo, con un papel en la mano. Era hermosa, extraordinariamente bella, pero era mucho más pálida de lo normal. Entonces se frenó y miró al doctor Rivadavia con expresión de tristeza.
- ¿Quién eres? – le preguntó.
- El doctor Rivadavia – respondió éste, aterrado.
- ¿Qué hace usted aquí? – preguntó ella con un gemido.
- Investigo – respondió él. Se hizo un silencio triste y lúgubre.
-¿Quién es usted? – preguntó, esta vez, el doctor Rivadavia.
- Yo soy una pobre muchacha destinada a sufrir por el resto de la eternidad – respondió ella con voz apagada.
Entonces se apagó el fuego de las paredes y todo quedó iluminado por un débil resplandor anaranjado. De repente entró una bola de fuego en la habitación. Era más o menos del tamaño de una pelota de básquet y flotaba espectralmente. De repente se volvió mucho más luminosa y habló:
- Conque estás buscando ayuda, ¿eh? – dijo con voz atronadora. La muchacha bajó la mirada.
- ¿Qué es esto? – preguntó el doctor.
- ¿Yo? – dijo la bola de fuego – Yo soy el mal en persona -.
- ¿El mal en persona? – preguntó el doctor con curiosidad.
- Sí, soy yo – confirmó la bola de fuego. Se volvió hacia la muchacha.
- Tú querías engañarme, ¿no? – dijo con crueldad –querías escapar -.
La chica no respondió. La bola de fuego habló pero con un grito doloroso.
- Tú querías ayudarla, ¿eh, humano repugnante? – dijo. El doctor no respondió.
- Ahora estarán encerrados los dos – dijo muy satisfecho. En eso la puerta estalló en llamas y la bola de fuego desapareció. Cuando las llamas se apagaron, la puerta estaba igual que antes, sin ningún cambio aparente.
- ¡Qué extraño! – dijo la muchacha, avanzando cautelosamente.
- ¡Qué puerta más pesada! – la tocó, al hablar, y se cerró de pronto con un golpe.
- ¡Dios mío! – dijo el doctor –me parece que no tiene picaporte del lado de adentro. ¡Cómo, nos ha encerrado a los dos! -.
- A los dos no, a uno solo – dijo la muchacha. Pasó a través de la puerta y desapareció.


Mariano González (11 años)
Córdoba, Marzo de 2007



Eduardo Planas
The dark side of the moon



¿Que más se puede decir? Que el recital fue impresionante, por la calidad del sonido cuadrofónico, las imágenes, la definición de la pantalla que parecía que te podías tomar ese vaso de whisky, que Roger Water le puso unas “pilas “ que ni te cuento. Que suena igual que el disco. Que no le cambió a la versión original de The dark side of de moon ni una coma porque bien dijo, “no hace falta hacerlo, porque son diez canciones que están en la conciencia de millones de personas”.
Que cuando apareció en escena y tocó los primeros acordes de “In the Flesh”, me di cuenta que valía la pena el viaje, la guita gastada, el cansancio, el circular por las rutas de Argentina por la noche sin dormir, para llegar cuanto antes. Que cuando sonaron los de “Whish you where here” se me piantó un lagrimón. Que había visto los DVD, pero nada es igual que estar ahí, con la gente, con los jóvenes de 18 a 50 y pico de años, con la remera original del recital. Que toda la gente se sabía de memoria las letras en inglés, y yo también la cantaba en mi conocido dialecto english-cordubensis. Que no sólo conformó sino que superó ampliamente todas las expectativas. Que parecía mentira verlo y escucharlo cuando pensabas que nunca iba a venir a Argentina. Que Roger Waters es realmente un grande entre los grandes. Que el Cerdito Antibush se llevó todos los laureles: “ Kakfa rules ok. ¡Encierren a Bush antes que nos mate a todos!”. En la parte de atrás tenía escrito: “El miedo construye paredes. Videla, Galtieri y Tatcher, asesinos. Aparición con vida de Julio López. ¡Desaparecidos Nunca Más!”. Que las canciones de su etapa solista son bellísimas y suenan tremendas. Que el prisma gigante de rayos laser, que imitaba la carátula original del vinilo y el espectro del arco iris pasando por sobre nuestras cabezas, nos hizo enmudecer a todos. Que el ritmo de “Another brick in the wall” hizo saltar a todo el estadio, especialmente a los más jóvenes. Y el final no podía ser otro que “Comfortably numb”. Conexión, comunión total entre el artista y su público. Roger Waters mantiene la coherencia de siempre. Su conciencia antibélica y antiautoritaria es necesaria hoy más que nunca. Un recital no cambia la historia, pero…
Tengo las fotos, tengo los videitos un poco movidos por el agite, pero lo más importante es decir: yo estuve allí, con mi hijo y amigos. Vi, disfruté y volví.
La luna materialmente estuvo ausente en River, pero no la emoción que durará eternamente. Emprendimos el regreso, envueltos en un estado de dulce esperanza, que eclipsa los pretendidos destellos de la vida cotidiana.

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