miércoles, abril 26, 2006

BONUS TRACK

bonus track
¿que es un libro?

El primer ejemplar de la Biblia de Gutenberg, pongamos por caso, era un libro, el mismo que tradujo San Jerónimo. Pero distinto. El ejemplo permite observar que por libro se entienden al menos dos cosas: la obra y el objeto. Esta ambigüedad mengua la lucidez de la definición.

a) El libro como objeto. La nota básica de todo libro es ser soporte o receptáculo de un mensaje. Los libros están ahí para ser leídos. El deseo mínimo del escritor, por ejemplo, es que al menos los amigos y parientes le lean. Un libro en blanco no sirve para nada porque no puede leerse, es ilegible. Pero con propiedad, un libro ilegible no es un libro, es un remedo, un símil (Aristóteles diría que lo llamamos libro por un efecto de homonimia).

Nos asalta entonces una pregunta: ¿qué sucede con esos libros escritos en un idioma que no nos pertenece y que jamás aprenderemos: hasta qué punto será justo llamarlos libros? Nadie duda del carácter singular y preciso de un libro escrito, por ejemplo, en swahili, un idioma eternamente extraño para mí. Si no pongo en duda el carácter de estos libros, mucho menos titubearían los kenyatas. Y sin embargo, su contenido me está vedado. El libro contiene algunas ideas sólo descifrables por el lenguaje. La llave que las abre es el lenguaje. El libro está ahí sólo como garante y sustrato de esas ideas.
Habrá tantas especies de libros como combinaciones entre ideas y lenguajes. ¿Qué se puede entonces decir de esos libros imposibles de leer por reproducir sólo imágenes? Pongamos por caso un libro de fotografías. El fotógrafo se expresa mediante un lenguaje no escrito sino gráfico. El hombre ciego no podrá tener acceso a dicha obra, como yo tampoco puedo abordar los libros en swahili.
La tecnología multiplica los tipos de soportes. En cierta época, todos los libros eran de papel; ahora los hay también electrónicos, digitales, con sonidos (allí están los audiolibros) o en láminas de estaño, como los del artista Anselm Kiefer. Cierto instinto de conservadurismo nubla la vista de quien defiende a capa y espada la univocidad del libro de papel. En la historia del libro, el papel ha triunfado largos siglos, pero el papel no es decisivo. De hecho existen hoy algunos con la pretensión de eliminar los anticuados (sic) libros de papel.

b) El libro como obra. La Iliada y la Odisea eran obras populares mucho antes de que Homero las pusiera por escrito, pero no se puede afirmar que fueran libros, en el sentido contemporáneo, pues carecían de todo soporte físico. Las obras rodaban como monedas etéreas de griego en griego.
Alguno podría argumentar que el receptáculo de esa obra era la tradición oral y que, por lo tanto, aún antes de Homero sería válido ya calificar a estos poemas como libros. Difiero de esa opinión, pues el concepto de libro implica cierta independencia de las personas, incluso física.

El Quijote ya no le pertenece a Cervantes, ni Ana Karenina a Tolstoi. El ejemplo paradigmático es la música: sin un agente ejecutor no se tiene música, porque ni la partitura ni el piano, por sí mismos, son música.

Un libro se distingue de una revista por el contenido, quizá también por el formato y sin duda por el tiraje. Los libros no se vierten periódica ni regularmente. No existen los tirajes semanales, quincenales, mensuales o semestrales del mismo libro, al menos no de manera programada de antemano. El hecho de que un libro se reimprima o reedite no es motivo suficiente como para asemejarlo a la revista. La Biblia, se dice, es el libro más veces editado y traducido, vendido y acaso también leído (ojeado al menos), muchas más que cualquier revista. Y sin casualidades, la Biblia es el Liber Librorum. Las numerosas ediciones y reediciones de algunos libros sólo los confirman o afianzan en su carácter de libros: cada número de una revista es diferente, mientras que, en esencia, las distintas ediciones de un libro lo repiten siempre (son excepcionales las obras con diferencias importantes entre dos ediciones).

Antes de publicarse un texto, de rigeur, no puede llamársele libro. Imaginemos una obra que se quemó en la editorial justo antes de salir al mercado. Por fortuna, el editor logró rescatar un ejemplar. ¿Es eso un libro en el sentido cabal de la palabra? La diferencia respecto de Otelo, del cual tenemos millones de copias, no parece ser sólo numérica. Tampoco el número de ejemplares tirados, vendidos, comprados, regalados, incluso leídos, es determinante. Y sin embargo, para hablar de libro (a partir de cierta época), debe seguirse un protocolo de fabricación y de publicación. Hoy se usa la palabra tiraje para designar el número de ejemplares publicados de un libro. Empero, antes no se publicaban los libros de la misma forma como se publican ahora: entre los griegos, por ejemplo, un esclavo leía la obra en el ágora, a voz en cuello, frente a un público. En el momento en que Homero publicó la Ilíada, esa obra dejó de ser una leyenda para convertirse en un libro. Aunque los procesos de publicación son diversos y están sujetos a evolución, la publicación es determinante para llamar libro a una obra.

En este sentido, Anne Frank no pretendió, acordemos, escribir un libro, mucho menos ser la autora de un libro famoso a lo largo y ancho del planeta. Su única y legítima pretensión era escribir un diario privado. Un diario no es exactamente un libro, aunque pueda convertirse en ello. El Diario de Anne Frank es uno de los libros más leídos en el mundo

Fernando Báez no entra a estas discusiones. Da por sentado sencillamente que todo objeto con información (para decirlo sin esfuerzo) es un libro. Pero esta imprecisión desata una nueva problemática: ¿acaso la caja de cereal con la información acerca de lo nutricio y lo no nutricio es también un libro, o lo será el empaque de un fusible o la pera de la bombilla eléctrica que registra la marca y el voltaje, o la bolsa de plástico con tinta roja que advierte el riesgo de asfixia para los bebés? Esos objetos no son libros y, sin embargo, son portadores de información. El cine ofreció otra muestra con la película Memento, donde un hombre con una memoria limitadísima tatuaba las verdades más relevantes en su propio cuerpo.

Fernando Báez - Historia universal de la destrucción de libros
De las tablillas sumerias a la guerra de Iraq - Editorial Destino, Barcelona, 2004, 387 pp.

(Una gentileza y colaboración de la Revista Macedonio Belarte – Marzo 2006)

boletín literario
basta ya!
– bonus track –
– ¿ que es un libro ? –
– nº 39 –
– abril 2006

No hay comentarios.: